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El escritor Joseph Roth y el nazi Raynhard Heydrich: dos hombres y un destino

Fuentes: Gara

Recientemente se cumplía el 73 aniversario de la muerte del escritor austriaco de origen judío Joseph Roth. Era, concretamente, el 27 de mayo de 1939 cuando moría, internado en un sanatorio parisino. Sumido en un delirium tremens provocado por su alcoholismo, las últimas y solitarias horas de Roth fueron el epílogo trágico de una existencia que había hecho del exilio y la huida dos constantes desde que los nazis llegaran al poder en Berlín.

La capital alemana primero, Viena, Ámsterdam, y finalmente, París, fueron la ruta de escape de un escritor que fue sumiéndose en el alcoholismo como el crudo alivio ante un mundo que ya no reconocía como suyo. Con el ejército alemán pisándole los talones, siempre pendiente de un cheque, vital para la supervivencia, y que no llegaba o era reenviado a antiguas direcciones, el escritor y periodista austriaco fue arrastrando su existencia por pensiones en las que malvivía y por cafés en los que continuaría escribiendo casi hasta el día de su muerte.

Durante toda su vida Joseph Roth reconoció una única patria, la vieja monarquía austrohúngara, en cuyo seno vino al mundo en 1894, en la fronteriza localidad de Brody, en Galitzia, ubicada en el extremo del imperio, cerca de la frontera con Rusia. Tampoco eran tiempos fáciles aunque desde luego resultaron utópicos en comparación con la tormenta de acero que llegaría decenios más tarde. El ambiente intelectual era prestigioso, el teatro muy apreciado y era casi una obligación escolar el aprendizaje de al menos tres lenguas: el polaco, el ucraniano y el alemán. Más de la mitad de la población de Brody era de origen judío y el comercio era la actividad más prolífica en aquellas estepas de calurosos y cortos veranos y de inviernos eternos y heladores. No en vano la localidad de Brody fue el epicentro de la Haskala, la ilustración judía que alumbró numerosos talentos, especialmente en las obras dramáticas representadas en yidish.

La vieja monarquía

Con el discurrir de los años Joseph Roth llegó a apreciar como un paraíso aquella mezcolanza de súbditos de un amplio y heterodoxo imperio que incluía a checos, eslovacos, polacos, eslovenos, serbios, croatas y ucranianos entre otros. Entre sus cincuenta millones de súbditos, Roth descubrió la importancia de la individualidad, del respeto a unas reglas de convivencia amplias y de la consideración hacia las minorías. En sus propias palabras: «Amaba esta patria mía que permitía ser a la vez un patriota y un ciudadano del mundo entre todos los pueblos de Austria y también un alemán».

Como es sabido todo ese delicado entramado institucional, en realidad decadente y hasta contradictorio, saltó por los aires el 28 de junio de 1914 en Sarajevo cuando el estudiante serbio Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su esposa. La difícil unidad de los Balcanes se rompió en mil pedazos y Europa dio un paso de gigante hacia su autodestrucción. En pocas fechas la I Guerra Mundial sería una realidad. Esta tragedia fue magistralmente descrita por un colega, y amigo hasta sus últimos días, de Joseph Roth, el vienés Stefan Zweig, en su obra «El mundo de ayer». Toda una forma de entender la vida cayó bajo las balas aquella tarde de verano en Sarajevo.

Algunos críticos literarios afirman que la obra más significativa de Roth es «La marcha Radetzky». Esta novela histórica se sirve de una familia, los Trotta, vinculados generacionalmente al servicio del emperador, para describir el proceso histórico que conduce a la decadencia austrohúngara. La obra arranca en la batalla de Solferino con el fundador de la dinastía, Trotta, quien tiene ocasión de salvar la vida del emperador Francisco José vinculando de esta forma su apellido y la vida de sus descendientes a la casa de Habsburgo. El título de la novela es el de la pieza musical compuesta por Johan Strauss padre en 1848. Radetzky era un mariscal de campo austriaco y la marcha militar que lleva su nombre fue considerada símbolo de esta monarquía imperial. «La Marcha Radetzky» es una novela melancólica y a ratos nostálgica, que radiografió con acierto el siglo XVIII en Europa central y que supo anticipar temores que el futuro histórico dejaría pequeños.

Una vida de paralelismos

Los paralelismos entre las vidas de Joseph Roth y Stefan Zweig son evidentes. Ambos fueron fruto de la vieja monarquía austrohúngara y en su seno se forjaron como escritores y ciudadanos, ambos eran de origen judío y a los dos el auge del totalitarismo en Europa les obligó al exilio dejándoles huérfanos y desubicados. Ninguno tuvo fuerzas para emprender una nueva vida y si Joseph Roth escogió el lento suicidio del alcoholismo, Zweig, junto con su esposa, eligieron, desde su exilio en la ciudad brasileña de Petrópolis, una salida más expeditiva el 22 de febrero de 1942, después de la caída de Singapur en manos del Eje y convencidos de que el fascismo italiano, el nazismo alemán y el imperialismo japonés acabarían por dominar el mundo. En una nota previa Zweig afirmaba: «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra».

No parece extraño que en los días de su exilio, con la monarquía austrohúngara convertida en un recuerdo borroso, Joseph Roth afirmara «la verdadera patria es la amistad».

Joseph Roth fue autor de una vasta obra periodística y, al margen de su obra maestra, «La marcha Radetzky», de un puñado de novelas memorables. El autor de «Hotel Savoy» y «La leyenda del santo bebedor» ejerció notable influencia cultural entre los exiliados del nazismo y el conflicto europeo. Otro de sus amigos más íntimos fue el también periodista y escritor Soma Morgenstern, autor de «Huida y Fin de Joseph Roth», (Editorial Pre textos) un libro que retrata la última temporada del maestro en París, su progresiva degradación física, su compleja relación con el alcohol y su muerte final.

El destino juega a los dados

En el tercer aniversario de la muerte de Roth el destino volvió a jugar una carta inesperada. Era una mañana soleada la de aquel 27 de mayo de 1942 en la ocupada Praga. A la vuelta de una curva pronunciada dos paracaidistas checos entrenados en Inglaterra esperaban el paso del coche que conducía a Raynhard Heydrich, la «bestia rubia», el gobernador nazi de la histórica ciudad europea, el hombre que unía en su personalidad un sadismo sin límites y un pragmatismo que le llevó a desempeñar sus tareas políticas en la República Checa con gran éxito para el Reich.

Raynhard Heydrich era un hombre construido a sí mismo con los ladrillos de la ambición y la carencia absoluta de escrúpulos. Era también un hombre inteligente y sabía ser sibilino. Desde su puesto de máximo responsable del ejército alemán en Praga y tres meses antes de su muerte pronunció un discurso revelador: «Es esencial ajustar cuentas con los profesores checos, porque el cuerpo docente es un vivero para la oposición. Hay que destruirlo y cerrar los institutos checos. Naturalmente habrá que hacerse cargo de la juventud checa en algún lugar donde se la pueda educar fuera de la escuela y arrancarla de esa fórmula subversiva. No veo mejor lugar para ello que un campo de deporte. Con la educación física y el deporte, nos aseguramos a la vez un desarrollo, una reeducación y una formación».

Aquella mañana el coche de Heydrich se retrasaba y la pareja de paracaidistas emboscados se impacientaba. Al fin, el Mercedes descapotable hizo su aparición. El atentado fue una chapuza, con una ametralladora encasquillada y una bomba que únicamente logró reventar los neumáticos y deformar la parte trasera del coche del jerarca nazi. Sin embargo, y a pesar de sobrevivir al atentado, Heydrich (como si de un cuento borgiano se tratara) no pudo escapar a su cita con el destino. Las heridas se infectaron y desembocaron en una septicemia. El gobernador nazi de Praga moriría días más tarde. Al parecer Heydrich rechazó la asistencia médica local hasta que se lograra traer desde Alemania a un cirujano ario. Llegó demasiado tarde.

Los paracaidistas checos, ayudados por la red de resistencia, consiguieron ocultarse. Sin embargo una traición inesperada permitió a los alemanes localizarles en su escondite, una céntrica iglesia. El cerco del edificio religioso se extendió durante días y Jozef Gabcík y Jan Kubis, que así se llamaban los paracaidistas, uno checo y otro eslovaco, optaron por suicidarse antes de caer en manos del enemigo.

La cobardía y la impotencia de los nazis explotaron pocos días más tarde en el pueblo checo de Lídice, que fue arrasado hasta los cimientos, y sus habitantes, sin excepción, fusilados en el caso de los varones o deportados a campos de concentración.

«HHhH» La extraordinaria historia de los dos paracaidistas y del atentado contra Heydrich son los mimbres con los que el joven autor francés Laurent Binet construye su obra «HHhH» (Seix Barral). Detrás de su extraño título se parapeta la frase en alemán «Himmlers Hirn heisst Heydrich» («el cerebro de Himmler se llama Heydrich»), y que hace alusión a la alta consideración que había logrado Raynhard Heydrich ante la jerarquía nazi. Mezclando hechos históricos y peripecias personales, Laurent Bidet logra que unos hechos que transcurrieron durante la ocupación alemana de Europa, parezcan actuales. De hecho, el autor alerta con perspicacia que las terribles consecuencias que tuvo para Europa el auge del nacionalsocialismo no surgieron al azar. Fue un largo proceso en el que intervinieron muchos factores los que hicieron posible que un hombre como Raynhard Heydrich llegase a gobernar Praga. De la llamada conciencia colectiva, viene a decir Binet, depende que se haga imposible que una conjunción de factores parecida pueda repetirse. Joseph Roth firmaría esas conclusiones.