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«El fallecimiento», expresión de un tiempo

Fuentes: Rebelión

Tengo la necesidad de expresar, comunicar tras los aconteceres que se han venido sucediendo a consecuencia del fallecimiento de la Reina de Inglaterra. Y que como cualquiera de nosotras/os con mayor o menor interés por el tema hemos sido golpeados por “el fallecimiento”. Uno que lleva años dedicándose a la formación, estudio e investigación social bajo la mirada ingenua (no incauta, ni mucho menos vacía de intención) de la antropología, debo reconocer que me sentí, me siento sobrepasado ante el cúmulo de actuaciones, más o menos preparadas, mejor o peor escenificadas, pero siempre con un profundo ejercicio de extralimitación con el que se han presentado.

En concreto, las lanzadas desde los medias (no podría ser de otra manera en el presente contexto), así como las posturas oficiales desde las distintas instituciones y estamentos tanto de nuestro país como del contemporáneo y moderno occidente. Imposible la indiferencia, imposible la sobre-excitación, imposible no acordarme de tantos y tantos, que a lo largo de siglos se han ido encargando de observar, revisar, diagnosticar la naturaleza humana y la vida en sociedad, así como el papel de los distintos resortes del poder que, como enormes orfebres, manosean, hacen sujeto. Y que a buen seguro nos serviría para explicar el imaginario proyectado por “el fallecimiento”.

Es evidente que la actual sociedad en la que nos desenvolvemos en occidente, no deja de ser la sociedad de la sobredimensión, factor determinante en nuestro devenir y donde tantos otros diagnosticaron e incluso arriesgaron en lanzar hipótesis que tan bien nos viene definiendo, pero miren por donde no ha sido tras “el fallecimiento” ninguno de estos recientes pensadores de los que me he venido a acordar sino que desde el primer momento que se publicó la noticia y toda su simbología me vino de manera súbita el acordarme de alguien que 200 años atrás escribió La Fenomenología del Espíritu, Hegel.

Así es, Hegel entre alguna que otra cosa, intentó condensar en su obra la realidad vital (esencia) del ser humano, y en un capítulo del libro señalado, venía a plantear la reciprocidad de dependencia entre el amo y el esclavo y más en concreto habla de la tranquilidad del vivir como esclavo, pues ante toda apariencia de ser el menos digno, el hecho de que siempre hay un amo que le dirá lo que tiene que hacer como lo que se debe hacer, hacen de la vida del esclavo una vida tranquila solucionada y sin la duda de pensar como me ganaré la vida mañana. Sus noches serán tranquilas, no habrá preocupación por el devenir, ni responsabilidad alguna de hacerse cargo de sus acciones. Y sobre todo le proporcionará una identidad de pertenencia al grupo que ostenta el poder y establece el orden. En definitiva, la necesidad humana de ser aceptado.

Evidentemente, el paralelismo con lo que se ha venido a expresar estos días tras “el fallecimiento” es más que similar; metáfora de un tiempo que sigue representándose 200 años después, la dialéctica del amo y el esclavo, relación vital que nos hace y que pone en su justa dimensión y espacio a unos y a otros. Los medios olvidaron aquello de quinto poder para convertirse (nunca dejaron de serlo) en la voz de su amo, encuentro unívoco de unos con otros que conforma la realidad, única realidad reflejada en la confluencia del reconocimiento de control de unos sobre otros. Y los medios de comunicación, insisto, perfectamente engrasados para determinar la verdad, la verdad de una conciencia, la conciencia del poder.

Y es que lo que realmente hemos vivido, bajo el eufemismo de la estabilidad que ha dado la Monarquía al Estado Británico no es otra cosa que la esencia de un poder que muestra sin la menor falla su total control. Poniendo de manifiesto que el orden no depende tanto del sistema de gobierno y sí las relaciones de poder entre élites, las cuales cuentan, con frecuencia, con un amplio respaldo social basado en creencias de origen religioso. En definitiva, la noción de monarquía mixta, que aludiría más a una legitimidad del poder tipo contractual. Es decir, un negociar su propia estabilidad en tiempo de cambios profundos en los que como amos terminan imponiendo su criterio y así seguir disfrutando de los beneficios que disponían en el anterior régimen. De hecho, tanto el anglicanismo como los ideales clásicos de organización social sostienen el orden aristocrático en Inglaterra, como en otros países de Europa, clave para seguir perpetuando que las élites locales gobernarán el territorio. De eso trataríamos y de eso necesitan a sus esclavos que proclamen la estabilidad que nos da la monarquía en el caso que nos ocupa, “el fallecimiento” del monarca.

Y así fue como faltó tiempo sobre-manera en nuestro país para que el esclavo se diera en favor de un “fallecimiento” que en todo momento vino a reflejar lo aquí señalado. El reconocerse como fiel a un orden que no se pone en duda, un orden que da sentido y un orden que no pone en duda ningún devenir. Todo es, era y será estabilidad. Creo que Hegel por pretencioso que lo fue y por engreído que se sintiera, no podría imaginar que el capitalismo del libre mercado capaz de hacer 60 años atrás que el viaje a la luna de Verne fuese una realidad, pudiera seguir necesitando de la dialéctica del amo y del esclavo. Inútil libertad e inútil dignidad kantiana. Pues… todo sigue igual, diría el otro gran filósofo de la canción popular, Iglesias.

“El fallecimiento” paradigma de un tiempo que no vislumbra tiempo mejores, a buen seguro es que no hay esperanza, a buen seguro, no soy capaz de imaginarla y a buen seguro los quehaceres del amo no son otras que seguir probando hasta donde es capaz de seguir perdiendo la dignidad el esclavo, sujeto mínimo en una democracia mínima. No hay posibilidad, los resortes han mostrado tras “el fallecimiento” que están mejor que nunca y Hegel tan contento sobre un diagnóstico que lejos de caducar define una sociedad sustentada en el convencimiento de que todo es tolerable y este es el verdadero conflicto, el de dos conciencias (amo/esclavo) que quieren ser las que determinen la verdad de las cosas. “El fallecimiento” alegoría de que cuando unos dicen: “Esto es así” siempre estarán los otros, diciendo: “tienes razón, es así”.

José Turpín Saorín es Antropólogo.

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