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Entrevista a Roberto Robles, Joaquín Florido Berrocal, Eduardo Matos Martín y Luis Martín Cabrera, editores de "Fuera de la ley: asedios al fenómeno quinqui en la transición"

«El fenómeno ‘quinqui’ se abrió paso por la situación socio política de la Transición»

Fuentes: Nueva Tribuna/Libreria CAzarbet

Fuera de la Ley’ es un libro que se acerca, con Comares Ediciones, a lo que podríamos conocer como ‘los bajos años’, los años del fenómeno quinqui, en el corazón de la Transición española.

Como cualquier época los años setenta y ochenta en España se encuentran atravesados de múltiples relatos en conflicto que tratan de aprehender lo que fue ese período crucial para la historia de España. Durante mucho tiempo el relato hegemónico de esos años consistía en afirmar que en los años setenta y ochenta los españoles adquirimos la mayoría de edad, dejamos de ser niños tutelados por el dictador más anciano de Europa, ingresamos en la post-modernidad sin pasar por la modernidad y experimentamos con las drogas y la sexualidad. En el año 2002, por ejemplo, el diario español El Mundo publicaba un artículo enfáticamente titulado «¿Por qué los 80 son tan míticos?» En él, Rafa Cervera escribía que «la llamada movida madrileña»:se coció al filo de un acontecimiento muy concreto. Franco murió y la gente descubrió su propia libertad. No muy lejos, el punk británico cambió las normas estéticas y estilísticas del pop para siempre y, mientras en España se legalizaba el Partido Comunista, los Sex Pistols cantaban Anarquía en el Reino Unido. Así fue como la semilla para que los 80 fuesen únicos germinó. España se hizo europea, moderna, perdió sus complejos, y tuvo un gobierno de izquierdas entre pelos cardados y teñidos. Alaska y Almodóvar se convirtieron en los iconos de esa nueva cultura definida popularmente como movida. Los 80, al menos en su primera mitad, fueron una época irrepetible para los que vivimos en este país. Quizá por eso tiende a mitificarse.

¿De dónde surge el término «quinqui»?

Como explicaba Javier García-Egocheaga en su libro Minorías Malditas, «quinqui» proviene, etimológicamente hablando, del término quincallero, que es aquél que elabora o comercia con quincalla. Pero más allá de lo puramente lingüístico, el quinqui es una formación socio política en nuestra opinión. Mientras que el quincallero se asienta y deja su vida nómada, el quinqui surge de esos asentamientos creados en los barrios periurbanos de protección oficial inventados durante el franquismo para acoger la masiva llegada de personas que dejaban la vida rural para afrontar las promesas sobre una mejor vida. Los «Servicios sociales» que aportaba el franquismo carecían de la estructura y planificación necesarias, estaban basados en las políticas autárquicas franquistas y lo peor, durante la Transición no se cortó de base esta política, sino que simplemente se adaptó a las necesidades de una nueva realidad en la que el franquismo no tenía cabida a cara descubierta. El término quinqui que usamos en el libro viene exactamente de este tiempo del que hablamos y este lugar al que nos referimos.

¿El «fenómeno quinqui» hubiese sido posible igualmente si no se hubiese dado la Transición?

La respuesta es un no rotundo. La Transición aceleró el proceso de cultivo que generó al quinqui como lo conocemos hoy. El desempleo, la epidemia de la droga, la superpoblación de las cárceles, y por qué no, el beneplácito a La Movida como movimiento cultural transgresivo, pero después de todo fácilmente controlable desde el gobierno gracias a su desvinculación política fueron factores formativos del quinqui y del fenómeno que suscitó. Se puede decir que el «fenómeno quinqui», se abre paso en la sociedad española como consecuencia de una situación socio política generada por la Transición que nos tocó vivir para bien o para mal.

Mientras muere el dictador y a unos les da, sobre todo los que tenían ciertos estudios, estaban en las universidades, sindicatos y movidas reivindicativas, por salir a la calle y abogar por la democracia, a otros les da por este tipo de «nuevo estilo de vida», quizá la muerte del dictador es el detonante en común, el punto de inflexión.

Nosotros pondríamos estas afirmaciones en otros términos para hacerlos más comprensibles. En primer lugar, no creemos que sea la muerte del dictador el detonante de un cambio fundamental en todos los ámbitos de la sociedad, quizás tan sólo de una manera simbólica y así es cómo nos lo ha transmitido la visión tradicional sobre la Transición. Personalizar todo el peso de la dictadura en la figura individual de Franco sería un tanto peligroso y nos llevaría a pensar que cuando desaparece da paso a un cambio radical en todos los ámbitos de la sociedad y todo lo referente a la dictadura desaparece de un plumazo. Obviamente no es así. Los cambios económicos que se desarrollan después de la dictadura tienen origen en la última parte de ésta, así como muchos cambios sociales. También, las reivindicaciones estudiantiles y sindicales, han permanecido en la clandestinidad pero han estado ahí sobre todo en los últimos años de la dictadura.

De igual manera, la delincuencia callejera está presente también durante el franquismo, sobre todo con la llegada de los procesos de crecimiento de las ciudades y la conformación de barrios marginalizados en los extrarradios de estas, ahora bien, o se reprime duramente o se invisibiliza o se utiliza como pantalla de humo ante otros problemas (pensemos en «El Caso» y en las portadas de «El Lute» como el delincuente más peligroso y más buscado de España). Hay todavía muchas discusiones historiográficas y políticas sobre el tema, pero nuestra propuesta es reflexionar sobre los quinquis para poder repensar un momento histórico que no es tan simple como se nos ha pretendido hacer creer.

Respecto a los «estilos de vida» también optaríamos por otra denominación. Este rubro nos da la impresión de que hay opciones a elegir y se opta por una u otra en función de preferencias personales. No creemos que sea el caso. La delincuencia y la drogadicción tienen mucho que ver con las condiciones marginales y de precariedad de esos barrios periféricos y deprimidos, con enormes tasas de paro y de pobreza. Es una cuestión, pues, social y también política más que una cuestión de decisión personal. Es probable, sin embargo, que la llegada de la democracia permita precisamente la aparición de estas películas y en cierto modo la rebeldía del quinqui atrae al espectador, igual que lo hace la fascinación por una representación realista y dura de la realidad circundante. La figura del quinqui es por naturaleza ambigua en las representaciones cinemáticas y si bien es cierto que la libertad personal siempre existe es importante considerar los límites de esta en determinadas circunstancias y en comparación con otros segmentos sociales.

De todas formas, también había en la calle «quinquis» que reivindicaban derechos, luchaban por la democracia, aunque quizás eran los más vinculados al mundo de la cultura, la música, las artes… ¿Qué opinas?

Definitivamente como dices, estos jóvenes quinquis reivindicativos eran los «quinquis» de adopción, es decir el que entre los 70 y los 80 se autodenominaba quinqui y se anteponía por principios al «pijo». El quinqui auténtico, el espejo en el que se miraban los primeros para indumentarias, música y actitud rebelde, en el único sitio donde reivindicó fue en las cárceles, durante los motines a finales de los setenta y principios de los ochenta. Reivindicaban mejoras en las condiciones de vida del interno y en varios casos consiguieron hacerse oír. El Vaquilla fue famoso por su participación en algún que otro motín carcelero en busca de mejoras. Pero fue quizá la actitud rebelde del quinqui la que mantuvo el carácter político reivindicativo que La Movida se encargaba de diluir en su reverso sacarino.

¿Qué aportaron aquellos años de agitación política como de «caldo de cultivo» para que ciertas maneras de delincuencia de baja intensidad, pero casi a modo de supervivencia se instalasen en el día a día?, me refiero a personas que malvivían de cometer pequeños actos delictivos, pero que venían desde la marginalidad.

Creemos que el «caldo de cultivo» no es tanto la agitación política como los cambios estructurales en la sociedad y la economía españolas que apuntalan una distribución injusta de la riqueza. La proliferación de barrios marginales en casi todas las ciudades grandes y pequeñas desde los años del desarrollismo franquista son el espacio que posibilita las condiciones para la existencia de ciertos jóvenes que se convierten en desechables para el modelo de desarrollo del momento (recordemos las reconversiones industriales y la altísima tasa de paro en los inicios de la democracia). La crisis económica del momento afecta de manera especial a estos espacios y la delincuencia se dispara en estos años, quizás no tanto por los cambios políticos que están teniendo lugar como por las propias condiciones de estos focos urbanos fruto del desarrollismo.

Los cambios políticos se confunden en ocasiones con estas transformaciones estructurales y en otros las ocultan. Tiene más lógica entender estas transformaciones estructurales como una continuación de las que tienen lugar en el franquismo y que no se ven afectadas por el cambio político en ciernes. Por esta razón muchos autores señalan la ausencia de una ruptura real con el pasado franquista, que mantiene sus élites de poder económico, político y social en sus posiciones una vez llegada la democracia.

Si el fenómeno se da es porque surge de algo, puede que de la marginalidad… ¿nos hemos encontrado y nos encontramos todavía hoy con estos fenómenos, se llamen «quinquis» o no?

Obviamente, las circunstancias históricas son hoy otras y no cabe extrapolar la singularidad del sujeto quinqui de los años 80 (los robos de coches, los tirones de bolso, los chutes de heroína, las máquinas de marcianitos, música de los Chichos, etc.) al tiempo presente. Sin embargo, los condicionantes sociales y económicos que subyacían al quinqui (desempleo juvenil, falta de opciones, carencia de una vivienda digna, ausencia de políticas públicas, violencia policial, etc. ), vuelven a mostrarse con mucha intensidad en las barriadas periféricas de las ciudades españolas. De esta manera, como se dice en el prólogo de Fuera de la ley, no es casual que se haya producido una suerte de «revival» de lo quinqui durante la crisis financiera que comienza en el 2008, particularmente desde la exposición organizada en el 2009 por Mery Cuesta y Amanda Cuesta, «Quinquis de los 80,» en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona). Al mismo tiempo, han ido surgiendo también, en estos últimos años, filmes contemporáneos que tratan la problemática de la juventud marginal y que se insertan de algún modo en la estela del género quinqui. Algunos ejemplos podrían ser A cambio de nada (2015) de Daniel Guzmán, Ártico (2014) de Gabriel Velázquez, o Criando ratas (2014) de Carlos Salado.

Y la marginalidad obedece a cierta desestructuración social, a la desigualdad, a la pobreza, a la pérdida de derechos, ya casi desde el nacimiento. Estamos con lo de siempre, no es lo mismo nacer en La Moraleja que en El Pozo del Tío Raimundo y eso no debería tener cabida en esta Europa que muchos se empeñan en pintar de rosa a la vez que la blindan.

Parece evidente que esa Europa que algunos relatos dominantes se empeñan en pintar de rosa es una Europa que está generando múltiples formas de violencia y de desigualdad. Desde hace unos años, vivimos una crisis sistémica del modelo neoliberal que ha amplificado la polarización social y económica, creando una sociedad mucho más injusta. De esta manera, la distancia entre los barrios más opulentos o privilegiados como «La Moraleja» y los barrios desfavorecidos como «El Pozo del Tío Raimundo», lejos de reducirse, ha aumentado vertiginosamente. Puede decirse así que de la misma manera que la vida marginal de los quinquis chocaba frontalmente con las imágenes de hedonismo y progreso (La «Movida») que se difundieron en la España de los 80, las amplias zonas de desamparo social y económico que genera la actualidad cuestionan cada vez más la legitimidad del modernismo europeísta, tan fuertemente implantado en el imaginario político español.

Estos días cuando miro la televisión, aunque sea en otra dimensión, veo algo paralelo, no sé a lo mejor no lo sé leer, pero fijaros estos jóvenes que han sido los artífices de los atentados en París, la gran mayoría han sufrido la marginalidad, de una crisis más bestia, del prejuicio. ¿Qué lectura podéis hacer, aunque sé que las comparaciones son odiosas?

Es un tema muy peliagudo y por desgracia a veces parece que son momentos cada vez más difíciles para la reflexión y el análisis. Si bien no es fácil realizar una comparación automática sí que estaríamos de acuerdo que hay que tener en cuenta elementos de la estructura de nuestra propia sociedad, y por supuesto de la de nuestro mundo globalizado, para poder entender estos procesos de violencia extrema. Es decir, parece un poco apresurado buscar un enemigo único y definido, ponerle un nombre y un espacio y bombardearlo esperando que desaparezca. Esa estrategia, además, se ha demostrado inútil en las últimas décadas, incluso contraproducente. Esa fórmula, además, como estamos comprobando en estos días, está dando alas a planteamientos extremos desde diferentes derechas. Por poner un ejemplo, LePen en Francia acapara más apoyos que nunca con su mensaje xenófobo y Trump se atreve a lanzar la burrada de que si fuera presidente no dejaría entrar a ningún musulmán.

En este sentido, nos parece interesante que pensar y reflexionar sobre el fenómeno quinqui en nuestro país, nos puede ayudar a abrir puertas para pensar otras violencias e intentar comprender estos complejos mecanismos. Al igual que nuestra intención es hacer pensar al lector sobre la Transición y nuestro pasado reciente -mucho más complejo y menos idealizado de lo que se nos ha hecho creer- a través de los cuerpos y de las muertes de los quinquis, sería interesante pensar seriamente cómo la marginalidad y la situación de precariedad tienen un papel importante en procesos de extremismo violento que se nos presentan sólo desde un punto de vista de choque de civilizaciones o de religiones imposibles de integrarse. Sin lugar a dudas, la marginalidad de los barrios franceses (pero también de otros lugares, pensemos en Melilla) son ejemplos perfectos para pensar en estas cuestiones.

Como botón de muestra citamos a uno de los colaboradores del libro que escribe: «Y es que con el comienzo del nuevo siglo, mientras se celebraban los carnavales funerarios en recuerdo del mundo de los quinquis, y mientras con sus despojos nos fabricábamos las máscaras y los disfraces de un quinqui creado a nuestra imagen y semejanza para que nos asuste lo justo, ardían en los veranos los suburbios de Europa […] los haces de fuego procedentes de los coches en llamas iluminaban los barrios periféricos con hogueras inéditas en París, en Londres, en Estocolmo o en Berlín.»

¿Creéis que los fenómenos como estos se «alimentan» a veces por el sistema, por el «status quo» establecido? ¿Viene bien, por parte del poder, utilizar una delincuencia de baja intensidad para mantener tensa la cuerda de cierta presencia en la calle policial y, a la vez, tener a la gente prejuzgando a parte de los conciudadanos?

Como señaló Foucault, la figura del delincuente se halla inscrita en una agenda política amplia de disciplina social y protección de los intereses de las clases dominantes. Así, en Navajeros de Eloy de la Iglesia, una de las películas fundacionales de la cinematografía quinqui, se menciona un viejo refrán («el miedo guarda la viña») que es un vivo reflejo de esta idea en la medida en que viene a decirnos que la inoculación de miedo es un dispositivo fundamental de control político y defensa del «status quo». De esta manera, el poder propaga una sensación de alarma social y alimenta la demanda de seguridad para, entre otras cosas, legitimar su propio aparato estatal y policial o favorecer la aceptación de la vigilancia sobre el conjunto de la sociedad. Desde otro punto de mira, la criminalización del delincuente de baja intensidad no es útil como modo de regular la conflictividad en las periferias o legitimar la propia violencia estatal, sino que, de acuerdo con Michel Foucault en Vigilar y castigar, suele a su vez conformar una «gestión diferencial de los ilegalismos» en la medida en que, al penalizar la violencia callejera y la delincuencia juvenil, sirve de tapadera a las corrupciones de las elites y grupos privilegiados. En el filme Navajeros, vemos por ejemplo cómo la misma policía está implicada en todo tipo de delitos.

Me acuerdo que se han creado «status» que obedecen o que han pretendido obedecer a esto; mirad por ejemplo en el País Vasco de los 80 ,en plena época dura de E.T.A, en los años de plomo, la droga y las facilidades en el tráfico de la misma y en cómo conseguirla eran bestiales, crearon a la vez (quizás es lo que perseguían) una especie de «fenómeno de delincuencia de cierta intensidad», pero que no venía, generalmente, de la marginalidad. Fue una guerra sucia. ¿Qué nos puedes comentar?

Hemos hecho mención a esto en la pregunta anterior y, efectivamente, este fenómeno -y otros similares- nos permiten reflexionar y analizar cómo funciona el poder y cómo el concepto de biopolítica, desde la crítica cultural, nos sirve para entender mejor estos procesos. Por una parte, como señala Steve Torres en el libro, parece cierto que la pequeña delincuencia sirve al poder para reforzar su aparato represivo, incrementando la percepción de peligrosidad y de miedo en la población. Las películas contribuyen a ello en cierto modo por su carácter ambiguo como señalamos en nuestra introducción. Por una parte los quinquis se convierten en héroes subversivos de la ley, pero también en monstruos peligrosos que ponen en peligro el sueño de estabilidad y desarrollo de la posmodernidad.

De manera más profunda creemos que nuestra propuesta apunta hacia la idea de pensar lo quinqui como un espacio que, entre otras cosas, desvela el fundamento violento de la sociedad, por oposición al ideal del «contrato social». El énfasis del poder y las representaciones mediáticas en mostrar la violencia de lo quinqui, tiene como resultado ocultar la violencia fundacional y estructural del poder y su origen problemático y a la vez reforzar su presencia. De igual manera, ayuda a despolitizarlo, a separar al fenómeno de su contexto social y económico para justificar una respuesta más contundente. «El pico«, de Eloy de la Iglesia, es uno de los ejemplos más interesantes de cómo el cine quinqui aborda estas cuestiones complejas en el marco de otras violencias -ETA- y plantea cuestiones sobre tales procesos en la transición a las que esperamos contribuir con nuestro libro, no tanto para dar respuestas como para trasladarlas de nuevo a los lectores de nuestro presente.

¿Se podría, creo, estudiar al fenómeno «quinqui» desde un punto de vista más sociológico-antropológico o obedece casi más a «algo generacional»?; ¿o son, más bien, como una «subcultura»?

Todos esos rubros pueden aplicarse de una manera u otra al fenómeno quinqui. Nuestro libro no pretender ofrecer un estudio sociológico-antropológico de «lo quinqui», aunque no negamos lo interesante que podría ser tal perspectiva. Por otra parte es cierto que existe un componente generacional del fenómeno que opone a la juventud que protagoniza el fenómeno a las anteriores generaciones que se enfrentan a ellos desde la incomprensión. Por último, desde luego que la expresión de lo quinqui tiene lugar siempre en un mundo marginal que podríamos denominar «subcultura», siempre y cuando no dotemos a este sustantivo de un valor despectivo. Sin embargo, no hay que olvidar que desde la cultura de lo marginal, las representaciones cinemáticas llegaron a convertirse en «cultura popular» de amplio éxito durante al menos una década, si tenemos en cuenta el número de espectadores de ciertas películas y su repercusión en el imaginario colectivo de al menos una generación de la transición.

Sin embargo, nuestra apuesta en el volumen «Fuera de la ley» se mueve por otros derroteros que tienen más que ver con la reflexión sobre un momento histórico determinado y la significancia que pueden tener tanto el fenómeno sociológico de lo quinqui como su representación cinemática para su mejor entendimiento. De alguna manera viene a abrir un debate -en el que las diversas voces de los contribuidores del libro son sólo un comienzo, que sigue a diversos autores que han pensado esta crítica con anterioridad- para acercarse críticamente a la transición y en cómo se nos ha representado tradicionalmente. Lo quinqui se instala en las grietas de esa representación aparentemente monolítica y celebratoria y ofrece la cara B, la parte incómoda que no se nos ha querido mostrar pero que ha estado ahí todo el tiempo. Nuestra intención no es ofrecer respuestas sino provocar más preguntas y abrir al lector la posibilidad de explorar y reflexionar por sí mismo sobre este momento y este fenómeno para poder poner en común de manera crítica nuestro pasado reciente y nuestro presente conflictive.

Fuente: http://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/cazarabet/20160121092749124568.html

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