Ni los efectos de la Guerra Civil (que no dañó tanto los puntos de suministros ni el tejido productivo), ni la maldición de la sequía ni el aislamiento al que sometieron los países del entorno a España. El hambre que acabó con miles de españoles durante la posguerra tuvo una causa mucho más concreta: las draconianas y erráticas medidas económicas tomadas por el régimen, las políticas autárquicas. Así lo demuestra el historiador Miguel Ángel del Arco Blanco (Granada, 1978) en su investigación La hambruna española (Crítica).

Unas doscientas mil personas murieron de hambre entre 1939 y 1942. Según la dictadura, por la Guerra Civil, el aislamiento y la “pertinaz sequía”. ¿Cuánto de verdad hay en esa afirmación?
Poca verdad… pero la suficiente para construir un mito que, desgraciadamente, ha permanecido hasta nuestros días. Este libro quiere contribuir a derribarlo, mediante fuentes y trabajos previos que demuestran que no fue así. La guerra no afectó tanto al tejido productivo como la dictadura afirmó, ni a la agricultura ni a la industria; en la Europa de la Segunda Guerra Mundial sí sucedió esto, puesto que algunas ciudades quedaron arrasadas, pero al poco de terminar la contienda, la economía se recuperó; en la España franquista, todo lo contrario. También es falsa la justificación del aislamiento: el país fue sometido a un bloqueo económico porque el franquismo estaba enviando alimentos a Alemania y a la Italia fascista, a pesar de que el país se moría de hambre. Y finalmente, los estudios pluviométricos demuestran que no hubo una gran sequía en los años cuarenta, limitándose a un año de pocas lluvias entre 1944 y 1945. Estos mitos no pueden justificar por sí solos las dimensiones de la tragedia ocurrida en la España de posguerra. Lo ocurrido se explica fundamentalmente por decisiones humanas: la adopción de la política autárquica.
De las medidas autárquicas, que fueron, según apunta usted, las responsables del hambre, ¿cuáles fueron las más nefastas?
Sin duda, el intervencionismo económico extremo. Las políticas autárquicas estaban guiadas por una aspiración imperial del franquismo que buscaba forzar la industrialización y el desarrollo económico de España. Para ello, ataron de pies y manos a la economía: en la agricultura se decidía qué debía producirse, quién debía hacerlo, cuánto de su cosecha tenía que entregar al Estado; después, este determinaba dónde se dirigiría la mercancía y a qué valor se vendería. Se fijaron unos precios fijos muy bajos y ajenos al mercado. El mercado negro estaba servido: desde el momento de la siembra hasta que el alimento llegaba a la boca de quien lo comía, comenzaba la vorágine del mercado negro, con precios imposibles para buena parte de los españoles, que sencillamente no pudieron conseguir lo necesario para comer.
El hambre lo cubría todo. ¿Hasta qué punto puede producirse una hambruna sin escasez real de alimentos?
Casi siempre es así. En las hambrunas contemporáneas, la escasez es, en muchos casos, artificial. Por ejemplo, en la actualidad somos capaces de alimentar hasta a 12.000 millones de personas en el mundo y, aunque hoy somos 8.000 millones, el hambre es una realidad. El hambre tiene orígenes humanos: su explicación está en la decisión de algunos hombres y, también, en la desigualdad. En las hambrunas sucede algo parecido: el problema no es que no pueda encontrarse alimentos, sino que algunos grupos sociales no pueden acceder a él, por no poder pagar los precios por el incremento espectacular del coste de vida o porque no son afines políticamente al régimen que los gobierna.
¿Utilizó el régimen el hambre como modo de acallar la disidencia política?
En efecto. En la España de posguerra los hambrientos se centraron en sobrevivir, en encontrar algo con lo que alimentarse ellos o sus familias. El hambre fue un instrumento de desmovilización. En el libro recojo relatos de testigos que veían a la gente desmayarse por las calles de debilidad, de personas mendigando o llamando a las puertas de las casas por un pedazo de pan; mucho no encontraron más solución que el suicidio. Con un paisaje humano con esas características, era difícil pensar en una oposición abierta al régimen. Y más con una dictadura como la franquista, donde la violencia estuvo siempre presente.
¿Cómo se les escapó a los censores la figura de Carpanta, creada por José Escobar, que tan bien representaba a la mayor parte de la población?
En realidad, escapó solo al principio. Las viñetas de Escobar, antiguo empleado de correos depurado y encarcelado por el franquismo, comenzaron a publicarse en 1947. Entonces, el delgado personaje tenía hambre en todas sus historias, convirtiéndose en un éxito absoluto por conectar con las necesidades y experiencias de la población. Sin embargo, la censura reaccionó y la palabra “hambre” cambió por “apetito”. Además, pese a la ironía y a la temática de esta tira cómica, nunca recogió ni por asomo la magnitud de la tragedia de la hambruna.
¿En qué momento y qué propició que del pan se pasara a la leche, a la mantequilla y finalmente a la carne?
Ocurrió ya en los años cincuenta. Y fue posible porque la política autárquica, verdadera partera de la hambruna, fue abandonada a comienzos de los años cincuenta. La económica se liberalizó, modernizándose la agricultura. Gracias a la ayuda económica y alimenticia americana tras los pactos con Estados Unidos en 1953, comenzó a llegar la mantequilla o la leche en polvo, convirtiéndose en un complemento alimenticio esencial para muchos jóvenes. Pero fue a finales de los cincuenta y especialmente a lo largo de los sesenta cuando, gracias a la industrialización de la agricultura, hubo un cambio en la dieta de los españoles, que comenzaron a ingerir proteínas como hasta entonces no lo habían hecho (leche, mantequilla, huevos, carne, etc.)
No deja de resultarme curioso que algunos de los alimentos que comían quienes pasaban hambre (achicoria, pan negro, aceite de coco) hoy forman parte de dietas adineradas…
Es toda una paradoja. Aquellos alimentos eran en realidad derivados y sucedáneos de posguerra: se comía porque no podían conseguirse los originales. Ingerirlos era una necesidad para sobrevivir, no había alternativa. Sin embargo, hoy se han convertido en alimentos que tratan de paliar un problema distinto en nuestra sociedad: la obesidad. Hemos pasado de luchar por sobrevivir a pelear por bajar de peso. Un signo de los tiempos, que no esconde que, mientras que renunciamos a buena parte de nuestra comida o la tiramos a la basura, la desnutrición y el hambre sigue siendo un problema acuciante en nuestro mundo.
¿Cómo se extendía el mercado negro, el estraperlo? ¿Qué era lo más codiciado? Las autoridades, ¿hacían la vista gorda sobre ello?
El mercado negro era una necesidad. El gobernador civil de Mallorca lo dice claro en una cita que recojo: “Si en esta isla viviésemos solo de lo que nos proporciona el racionamiento, todos seríamos cadáveres”. La única fórmula de obtener todo lo necesario para comer era o comprarlo en el mercado negro o recurriendo a la venta de productos en él, obteniendo así algo de dinero para poder comprar alimentos. Ahora bien, hubo dos tipos de estraperlo. El estraperlo de los pobres, el realizado por imperiosa necesidad. Y el estraperlo de los ricos, el gran estraperlo, en manos de personas afectas al régimen o directamente en la médula espinal de Estado (Ejército, Falange, clase política, etc.) El primero era un pasaporte a la supervivencia, mientras que el segundo lo era para el enriquecimiento a costa del hambre ajena. El franquismo emprendió numerosas “campañas contra los especuladores”, pero curiosamente siempre castigó a los pequeños estraperlistas, mientras que miró para otro lado ante el gran estraperlo. Haberlo castigado hubiese supuesto ir contra su propia supervivencia política.
¿Qué propició que en determinadas zonas (Murcia, Albacete, Ciudad Real, Andalucía) el hambre fuera más acuciante?
Fundamentalmente, la polarización social. Eran regiones donde la riqueza estaba peor repartida, donde la sociedad era menos homogénea. Pero hubo otros factores: por ejemplo, las zonas de cultivo de secano sufrieron más la hambruna porque eran más productivas. Y claro, hubo un factor esencial: una vez que la cosecha se recogía, el alimento volaba a las ciudades, donde era posible venderlo a precios más altos. Otra vez el hambre como algo artificial, otra vez el lucro de unos como reverso del sufrimiento de otros.
¿Cómo es posible que en el medio rural se pasara más hambre que en las ciudades?
Por el fenómeno del estraperlo. Esto hacía que, aunque el campo era el productor de los alimentos, éstos no permaneciesen allí tras ser recogidos en el momento de la cosecha. Pero no todos en el campo pasaron hambre: aquellos que tenían acceso a los productos agrícolas, tales como latifundistas, medianos y pequeños propietarios, siempre pudieron alimentarse de lo que producían y derivar el resto al mercado negro. De hecho, se hicieron no pocas grandes fortunas en los años de la hambruna. Como demuestro en el libro, mientras que algunos vecinos de pueblos de la Vega de Granada se morían de hambre, algunos propietarios que eran concejales en los ayuntamientos incrementaban su patrimonio comprando tierras en la comarca.
De los muchos escritores que transitan en estas páginas, a su juicio, ¿quién reflejó mejor en sus obras esta hambre atroz?
Es difícil decidirse por uno. Quizá apostaría por Agustín Gomez Arcos, que vivió la hambruna siendo niño en un pueblo pobre de Almería. Sus obras son desgarradoras, contienen las palabras claves para entender lo sucedido: pan, hambre, victoria, viudas, miseria. El Niño Pan (1983/2006) es posiblemente la mejor novela de posguerra en el mundo rural. Después, para las ciudades siempre tendremos a Luis Martín Santos y su Tiempo de Silencio, un retrato brutal del Madrid de posguerra, donde no sólo aparece el hambre, sino la atmósfera de miseria y mediocridad que lo envuelve. Lo llamativo, en todo caso, es cómo esta memoria de la hambruna quedó presente en la literatura y fue pasando de generación en generación, llegando hasta nuestros días. Es algo secreto, escondido, pero al mismo tiempo vivo, que se mueve en nosotros y que abraza lo que fuimos y, también, lo que somos. Este libro de historia no es más que parte de ese pasado, ahora presente.


