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LA EDUCACIÓN PROGRESISTA QUE ACABÓ EN UNA FOSA

El maestro que prometió la guerra

Fuentes: Naiz

La historia de Antonio Benaiges, divulgada en la película «El maestro que prometió el mar», se entrelaza con la de otro maestro, cuya promesa fue la guerra y que protagonizó otra historia muy distinta en Gasteiz, después de haber liderado las milicias falangistas en el pueblo burgalés donde detuvieron a Benaiges. El fotógrafo Sergi Bernal ha documentado ambas vidas y la confrontación brutal de dos modelos pedagógicos.

Pongamos que es una mañana de 1946 en una fría Gasteiz, en la época del racionamiento y las penurias de la posguerra. En una de las aulas del colegio San José, en la calle La Paz, un hombre bajito y con bigotillo exalta ante los alumnos la patria, la Cruzada nacional y los principios de la Falange. Es la hora de la Formación del Espíritu Nacional. También imparte Educación Física, ambas materias vinculadas por un sistema educativo que ya lleva una década en funcionamiento tras la aniquilación del que implantó la República.

A unos metros de la escuela se encuentra la prisión de la capital alavesa, donde el régimen militar mantiene encarcelados a centenares de alaveses por motivos políticos. Muchos de ellos salieron de ella para ser fusilados y enterrados en las cunetas de la provincia, entre ellos el propio alcalde de la ciudad.

El maestro, Arsenio Hermosilla, vive en la misma calle. Es un “camisa vieja” con varias condecoraciones. Habla con entusiasmo de Franco y España. Había llegado a Gasteiz hacía poco desde Briviesca, otro lugar donde se empadrona el frío.

Allí también fue maestro, pero su militancia falangista lo elevó a una autoridad mayor, teniente de alcalde, y le hizo conocer de cerca -muy de cerca- las mismas “sacas” de prisioneros que las milicias franquistas llevaron a cabo en el edificio de la calle La Paz.

Señalización de la fosa de La Pedraja. Miembros de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con Paco Etxeberria al frente, siguen vaciando la fosa. Sergi Bernal

«EL MAESTRO QUE PROMETIÓ EL MAR»

Diez años antes, en una aldea cercana a Briviesca, la escena de un maestro y su clase es otra. La escuela de Bañuelos de Bureba es un edificio de dos plantas situado en la parte baja del pueblo, frente a un arroyo y bajo la sombra de la iglesia ubicada en la parte alta.

Los alumnos y alumnas tienen entre 5 y 14 años, se sientan en dos bancos corridos, en torno a una estufa. No hay pupitres, pero sí un gramófono y una imprenta. Aquí participan todos y todas para componer textos, descubrir y aprender con lo que observan y con lo que imaginan. La última nevada, las coplas del pueblo, cuentos…

El maestro es Antonio Benaiges, que había llegado dos años antes desde Catalunya y abrió las ventanas de aquella escuela rural de Burgos a la libertad infantil de pensamiento y a su participación, en un medio rural donde la religión encadenaba la educación.

En Bañuelos, que contaba entonces con unos 200 habitantes, aplicó los métodos de la técnica Freinet (del pedagogo francés Célestin Freinet), basada en la cooperación y el apoyo mutuo, sobre todo con la imprenta como herramienta.

La llegada de la II República permitió que estas nuevas experiencias, junto a bibliotecas y medios, entraran en las escuelas de los pueblos, de cuyas paredes iban desapareciendo los crucifijos.

Las balas de paja evocan la dispersión de sepulturas anónimas que esconden estas tierras. Sergi Bernal

La historia de Benaiges la contó Patricia Font en la película “El maestro que prometió el mar” y ha sido objeto de un exhaustivo trabajo para sacarla de la desmemoria que implantó el terror franquista.

El fotógrafo Sergi Bernal se ha dedicado a investigar a fondo la vida y muerte de Benaiges. Su trabajo y el de otros ha servido para documentar exposiciones, ensayos, documentales, una obra de teatro y la propia película, que dio otro impulso para conocer la historia del maestro catalán que llegó a Bañuelos en 1934 y que fue ejecutado y desaparecido dos años después como tantos otros docentes en una «depuración» generalizada.

Este fotógrafo lleva años trabajando el documental social, desde los campos de refugiados saharauis a las minorías étnicas en Guizhou, los deportados del campo de Buchenwald o los desahuciados en Barcelona.

Sobre Benaiges, Bernal llega a definir como «una obsesión» una investigación que le llevó a preguntarse por los perpetradores de aquellos crímenes, más allá del genérico “la Falange” que se menciona cuando se habla de los autores de las matanzas que asolaron las zonas conquistadas por los golpistas.

Arriba, Eladio Díez, ex-alumno, en la puerta de la escuela de Bañuelos de Bureba, en 2012. Abajo, caja donde la familia Benaiges ha conservado los cuadernillos realizados por los alumnos; fotografía de Benaiges; y cartel de la película «El maestro que prometió el mar». Sergi Bernal

«LOS DOS MAESTROS»

Fruto de ese empeño escribió “Los dos Maestros”, un texto donde relata dos vidas paralelas y radicalmente opuestas. «Es que de alguna manera no era justo que, con toda la barbarie y el holocausto que crearon algunos, al final no se hable, no se puedan sacar sus nombres. Estamos recuperando la memoria de las víctimas, pero, para explicar la historia, tenemos que explicar también quiénes fueron los victimarios», asegura Bernal.

Como a centenares de maestros, el golpe militar de 1936 hizo desaparecer a Benaiges y lo enterró junto a su experiencia educativa, probablemente en la fosa común de la Pedraja, en la Bureba, hasta que el médico José Antonio Abella se enteró de la historia y puso en marcha el trabajo de recuperación de su memoria, treinta años después.

Es precisamente ante las fosas de la Pedraja, de donde se recuperaron 139 esqueletos, donde Bernal empieza a preguntarse por los autores de la barbarie. Y, tras la recuperación de la memoria de Benaiges, descubre una historia menos conocida, la del otro maestro, Arsenio Hermosilla, que antes del golpe compartió con aquel columnas en el periódico “La Voz de la Bureba”.

Y ambas vidas no solo cruzaron dos ideologías radicalmente opuestas, sino dos modelos pedagógicos completamente alejados.

Balas recuperadas en la fosa. Sergi Bernal

En el periódico briviescano, el docente catalán escribe poemas y artículos sobre la comarca, y también aprovecha para divulgar su ideario de transformación de la escuela. No se lo iban a perdonar. Estaba escribiendo, sin saberlo, su sentencia de muerte. Porque, como señala Bernal, el terror no solo perseguía la ideología política, sino también un modelo de educación.

Benaiges defendía «el derecho de los niños a ir a la escuela y estar bien en ella, a correr, estar alegres…» y el respeto a la conciencia del menor, un nuevo modelo dirigido a enseñar a pensar. Aunque hoy parezca una obviedad, aquello era la antítesis de la escuela dogmática católica y patriótica, lo que provocó que se ganara el cariño de los niños y niñas, pero también la desconfianza y la hostilidad del cura y algunos vecinos del pueblo.

«Y no son pocos vuestros derechos, los derechos de los niños. Primer derecho vuestro: derecho a nacer. Luego, derecho a alimentaros, a ir vestidos, a tener casa. Derecho a correr, a saltar, a estar alegres, a divertiros. Derecho a ser cuidados si os ponéis enfermos. Derecho a que os ayuden si corréis peligro. Derecho a que se os trate bien. Derecho a ir a la escuela… ¿Os extrañan tantos derechos? Pues aún tenéis más. Ya sé por qué os extrañan tantos derechos: porque muchos no se cumplen o se cumplen mal», escribe en 1935 en la “Carta a los niños de Briviesca”.

Cita también a Giner de los Ríos para denostar «la escuela triste, sin sol, sin horizontes, de espaldas al campo; el maestro triste, agrio, iracundo», frente a lo que reclama «la alegría y el bullicio del niño».

Clases de Formación del Espíritu Nacional a los aprendices en el Hogar del Frente de Juventudes y campamentos de verano organizados por el Frente de Juventudes de Álava en Argantzun. Archivo de Araba

En el mismo diario, no deja de exponer su pensamiento socialista. «Escalofría esta cuestión previa. Que haya humanos, ¡millones de humanos!, que carezcan de lo elemental para sostenerse físicamente, solo puede ser posible en una sociedad como la actual, donde los que no produciendo nada y disfrutándolo todo acumulan tanta riqueza como inferioridad moral. Humanamente es incomprensible; socialmente, intolerable; económicamente, suicida y estúpido».

Por su parte, Hermosilla, al plasmar su ideario en el mismo periódico, defiende el fascismo de Mussolini y la guerra.

«Así pues, la lucha o, en otros términos, la guerra, es propia e innata de la humanidad. […] Yo soy partidario -y no apasionado- de la guerra, cuando su fin y norte es llevar a pueblos sumergidos en tinieblas de ignorancia, los esplendores de la civilización. Yo soy partidario de la guerra cuando, después de ultrajar el sacrosanto honor de mi Patria, quieren poseerla; como tú, lector, serías partidario de matar al malvado que difamara a tu amada madre y la violentara. Entonces la guerra es buena, es justa. Ahora bien, cuando la guerra es movida por intereses criminales, y su móvil es la ambición, entonces no solo debemos renegar y maldecir la guerra, sino también recoger los fusiles que nos dan para apuntar y disparar, como se dispara a un chacal o a una fiera, al corazón de esos seres malvados […] que, aun muriendo como una fiera, no estarán debidamente castigados esos seres inmundos y asquerosos cual merecen», escribió en 1935.

En otro artículo defiende el fascismo sin reparos: «¿El fascismo régimen de esclavitud terrorista y criminal? Más vale que el autor de la estúpida frase o San Vicente nos hubieran dado la estadística de los crímenes y actos terroristas cometidos por los que profesan la idea fascista y de este modo se ahorraban inventar tópicas frases».

Y su modelo pedagógico lo adelantaba unos años antes, siendo todavía estudiante de Magisterio, en un artículo titulado “Fuera cobardes”. «No podemos consentir que algunos, los menos, pisoteen y se rían de lo que más amamos. No podemos tolerar que el Estado se apodere de los niños para que los descatolice. ¿Cómo? Muy sencillamente. Preguntarles todos los días lo que el maestro les ha enseñado, y, si encontráis algo opuesto, contrario a nuestra religión, arrancadlo, cual si fuera veneno, antes que se filtre».

Clases de Formación del Espíritu Nacional a los aprendices en el Hogar del Frente de Juventudes (1953) en Gasteiz. Archivo de Araba

REPRESIÓN ORGANIZADA, CON LIDERAZGO FALANGISTA

Son las mismas ideas que también llevaron a una brutal práctica las milicias de Falange que se encargaron de «depurar» al maestro de Bañuelos de Bureba, detenido el día 19 de julio de 1936 y ejecutado seis días más tarde.

Bernal menciona que los textos de “El Diario de Burgos” y “El Castellano” sobre la situación en Briviesca tras el golpe «hablan de cómo el que comanda las huestes es el joven Hermosilla, de 20 a 22 años, y las milicias eran quienes detenían, quienes torturaban y al final las milicias del pueblo de al lado se llevaban aquellos a la montaña y estos se llevaban los del otro pueblo». Al menos 52 vecinos desaparecieron por las acciones de los fascistas, entre ellos el maestro Benaiges.

Recuerda la frase del general Emilio Mola que sustentó la barbarie y que respaldó lo ocurrido en Briviesca: «Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros».

El fotógrafo catalán ha documentado también, a través del trabajo de varios historiadores, que la represión de los días siguientes al golpe militar estaba organizada en Briviesca «desde el aparato local de poder que era el Ayuntamiento, se usaban sus medios y funcionarios para realizar la labor depuradora» y no fue un acto incontrolado, sino que tenía un liderazgo que dirigía y tomaba las decisiones.

Antonio García, exalumno, probando de nuevo la prensa Freinet, en la escuela de Bañuelos, en 2014. Elisa y Jaume, sobrinos del maestro, conservan parte de su legado. Eladio Díez, exalumno, en la escuela, en 2011. Sergi Bernal

«Tal como apuntan los estudios y fuentes consultadas, estas decisiones provendrían del propio Ayuntamiento y serían ejecutadas por milicias de Falange Española y, más concretamente, por las milicias de las J.O.N.S., cuyos integrantes, así como sus milicias, destacaban por su carácter castrense: obediencia al mando jerárquico y, cómo no, por ser grupos disciplinados», afirma.

Hermosilla, teniente de alcalde, era un camisa vieja procedente de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (J.O.N.S.) y, como reflejan las crónicas de la época, lideraba las milicias falangistas de la zona, a las que se sumaron jóvenes de Acción Católica y requetés, hasta que en enero de 1937 es destinado al frente.

Así, Bernal explica que en diciembre de 1935 aparece en un mitin en Briviesca como orador junto a nada menos que Raimundo Fernández Cuesta, secretario general de Falange Española de la J.O.N.S. y Julio Ruiz de Alda, fundador de la Falange. También encabeza actos públicos falangistas en los meses siguientes, uno de ellos apenas una semana después del golpe militar, donde defiende «la dignidad de nuestras Camisas Azules del lenguaje de pistolas y puños, única dialéctica posible contra los que renegaron de su Patria».

El día del golpe, Benaiges se encontraba en Briviesca preparando una reunión sindical en Burgos y luego un congreso en Manresa. Nunca llegó. El mismo 19 de julio es arrestado, maltratado y paseado por las calles, cubierto con una bandera rojigualda antes de ser llevado a la cárcel.

Un amigo, Demetrio Sáez, relatará más tarde en una carta que fue sacado días después y llevado a la zona de La Pedraja, donde lo fusilaron el 25 de julio. Sáez, vecino de Bañuelos, permaneció escondido y se alistó en el Ejército fascista para pasar luego a las filas republicanas precisamente en Araba, en Markina.

El alcalde, el cura y varios vecinos de Bañuelos de Bureba refrendaron más tarde la muerte del maestro del que denunciaban una conducta «antipatriótica, antisocial y mal vista por todo el mundo». Y no olvidaban que retiró el crucifijo de la pared de la escuela.

«Durante las horas de clase, algunos días distraía a los niños tocando el gramófono y les hacía bailar. También a los niños les tenía varios días más de una hora de recreo», explica en el expediente de depuración uno de los vecinos.

Pero, tras la quema del material escolar para limpiar la escuela unos años después, el recuerdo del “maestro que prometió el mar” desaparece durante años enterrado en un miedo atroz.

Pasquín de un mitin de Falange con la intervención de Hermosilla. Archivo Municipal de Briviesca

EDUCACIÓN PARA LA GUERRA

Si la historia del maestro Benaiges desapareció en una fosa hasta hace pocos años, la del otro maestro tuvo continuidad en Gasteiz y Bernal le ha seguido la pista.

En 1943 deja la escuela nacional de Briviesca para ser secretario provincial del Frente de Juventudes por Álava, la organización que debía ser «el cauce que pueda asegurar la formación y disciplina de las generaciones de la Patria en el espíritu católico, español y de milicia». Como tal, en Gasteiz impartió la asignatura Formación del Espíritu Nacional, que era obligatoria para el Bachillerato y en las escuelas de magisterio.

En 1945 comienza a dar clases en el colegio San José, que más tarde se transformaría en el actual San Viator, donde también imparte Educación Física, y desde 1954 lo hará en Corazonistas.

Así, durante veinte años, se encargará de inculcar en los niños de la posguerra de Gasteiz los valores de la “España” franquista y del Movimiento Nacional que en Burgos había implantado «con los puños y las pistolas».

Trabajos de exhumación. Sergi Bernal

Participó también en varios campamentos del Frente de Juventudes y en 1955 se hizo cargo de la jefatura provincial de estos campamentos que, a imitación de las juventudes nazis alemanas o fascistas italianas, buscaban la socialización política de la juventud, a través de prácticas físicas y deportivas.

Durante semanas enteras, los jóvenes eran instruidos en los principios falangistas bajo una organización paramilitar formada por “flechas”, “cadetes” y “guías”; “escuadras”, “pelotones” y “falanges”. «Estos tenían que ser los cuadros que reemplazasen a los falangistas adultos», recuerda el fotógrafo catalán.

La admiración a Primo de Rivera, la obediencia y el respeto a la autoridad eran sus principios básicos.

Si los niños de Bañuelos confeccionaban sus propios cuadernos y publicaciones bajo el título de “Gestos” y “Recreo”, donde relataban cuentos de Navidad, hablaban de cómo seleccionar las gallinas ponedoras, costumbres de otros países…, aquí, con el otro maestro, son revistas como “Mandos” o “Yugo” los que divulgan el ideario paramilitar con consignas como “La Falange ama lo difícil y lo heroico” o “Cuando estudies o trabajes, piensa que estás en acto de servicio por la Falange y por España”.

El gramófono y las canciones de Bañuelos tienen su réplica antagónica en los himnos de los campamentos del Frente de Juventudes que dirige el maestro que prometía la guerra, como el propio himno de la Falange, “Cruzada de Juventudes” o “Por la España Imperial”.

«A luchar, a triunfar, a vencer o morir,

por la España imperial,

por la España inmortal,

nada importa morir,

si es por nuestro ideal.

¡La Falange triunfar!»

Que está en las J.O.N.S., sin discusión,

la juventud de más valor de la nación,

que al pelear, sin vacilar,

sabe luchar, sabe vencer, sabe morir,

pero también sabe matar.

Acto del Frente de Juventudes en la calle Mateo Moraza, en Gasteiz. J.M. Parra – Archivo Municipal de Gasteiz

OLVIDO

Bernal destaca que el maestro falangista llega a Gasteiz porque «de alguna manera pone tierra de por medio» y abandona la Bureba. Rompe con su lugar de origen y «ya no hay artículos, no hay nada más».

Sugiere que puede tener que ver con la masacre perpetrada por «distanciarse de las familias de los asesinados en una ciudad pequeña, aunque, si te metes en la cabeza de un fascista, igual es todo lo contrario». O quizá por algún choque con el cura o el alcalde. Al parecer, Hermosilla no gozó del gran botín de los vencedores, del robo y el expolio que se llevó a cabo con los perdedores. Ni siquiera llegó a alcanzar grandes cargos como consiguieron otros, pero tampoco llegó a desaparecer del entramado del régimen. «Tuvo cargos de segunda, secretario del Frente de Juventudes», indica Bernal, pero ya no escribía, no prosperaba, más allá de al menos siete medallas y distinciones por su labor militar y política. En 1962 dejó Gasteiz para trasladarse con la misma función a Zaragoza.

Sergi Bernal descubrió esta historia a pesar de que las familias de las víctimas habían querido borrarla de su memoria y gracias a que, «aunque quemaron muchos de los archivos que certificaban los crímenes, las hemerotecas por suerte están ahí».

Cuando en La Pedraja se desenterraron los restos de los desaparecidos, «parecía que todas aquellas gentes los habían asesinado por rencillas y por las envidias, pero, cuando luego comenzabas a rascar, aquella gente tenía unas ideas políticas».

«Los familiares simplemente querían recoger los huesos e identificarlos. No querían buscar más. En ciudades pequeñas y medianas, aquellas familias continúan teniendo el poder y, de alguna manera, no se quieren exponer a señalar. Es como si hubiese habido una nebulosa y que la gente hubiera olvidado los nombres», explica.

También habría quedado borrado el recuerdo de Antonio Bonaiges sin la labor de recuperación de memoria que Bernal y muchas otras personas han llevado a cabo en los últimos años. Al igual que la de su escuela, convertida hoy en museo que puede visitarse en Bañuelos de Bureba, y los cuadernos de sus alumnos, convertidos en «escritos de vida» que han sobrevivido a los maestros que prometieron la guerra.

Frente de Juventudes en la plaza Nueva. J.M. Parra – Archivo Municipal de Gasteiz

Fuente: https://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2026-03-22-06-00/hemeroteca_articles/el-maestro-que-prometio-la-guerra