A los pequeños productores les compran el arroz muy barato, pero los intermediarios lo venden caro en las grandes superficies. Esa dinámica debe acabarse.
Resulta altamente positivo que, tras una negociación con el Ministerio de Agricultura, se hayan llegado a acuerdos que permiten levantar el paro de los arroceros. Fedearroz, al menos, considera que se dieron avances tras una semana de protestas y bloqueos en las vías en varios departamentos.
Un aspecto relevante es la creación de una bolsa con $21,9 mil millones. De allí queda disponible un aporte de $8,747 mil millones para atender la comercialización de los pequeños productores por hasta 72.896 toneladas.
Sin embargo, el problema de fondo sigue preocupando. Gira alrededor de la tenencia de tierras porque los pequeños cultivadores de Cesar, Meta, Casanare, Norte de Santander, Huila, Tolima y Metapagan alquiler. En tanto siga esa dinámica, la proclividad a las pérdidas está latente.
Otro factor grave lo representan los intermediarios. Es cierto, el gobierno nacional está planteando acabar con ese proceso, pero deben sentarse cuanto antes las bases para que la comercialización sea directa.
Los que sacaron la mejor parte con este paro fueron los acaparadores que le aumentaron el precio al arroz y, si usted lo pregunta hoy en la tierra del barrio, no bajaron el valor, aunque haya concluido el paro. Lo subieron y pare de contar. Volvemos a lo mismo, el problema de la intermediación.
Esa realidad dolorosa me retrotrae al argumento de la novela “Tierra mojada” del escritor, Manuel Zapata Olivella.
La historia se desarrolla en Los Secos, un territorio cercano a la desembocadura del río Sinú. El protagonista es Gregorio Correa, un campesino que es despojado de sus tierras por el latifundista Jesús Espitia.
Gregorio y su familia se refugian en Los Secos, donde forman un grupo con otros expoliados. «Tierra mojada» es una crítica a la realidad de la tenencia de la tierra en Colombia. La novela muestra cómo el despojo de tierras, el desplazamiento y el asesinato, son formas de opresión de los terratenientes.
La única alternativa es organizarse en cooperativas. De lo contrario, los arroceros seguirán dependiendo de los comercializadores que van de la mano con los propietarios de la tierra. En pocas palabras, sujetos a la explotación y el despojo, como históricamente lo han pretendido los pocos que concentran el poder económico en el país.
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