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En la perspectiva del centenario de la Revolución rusa

Fuentes: Rebelión

Hoy, el mundo recuerda el 99 aniversario de la Revolución Socialista de Octubre. El próximo 2017, celebraremos el centenario de esta epopeya que, como José Carlos Mariátegui dijo «fue la obra de hombres heroicos y excepcionales». No obstante, la fecha convoca no solo a homenajes, sino también a reflexiones, que luce indispensable considerar en nuestro […]

Hoy, el mundo recuerda el 99 aniversario de la Revolución Socialista de Octubre. El próximo 2017, celebraremos el centenario de esta epopeya que, como José Carlos Mariátegui dijo «fue la obra de hombres heroicos y excepcionales». No obstante, la fecha convoca no solo a homenajes, sino también a reflexiones, que luce indispensable considerar en nuestro tiempo.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde que un aguerrido destacamento de obreros y soldados al mando de Antonov-Ovseenko, tomó por asalto las instalaciones del Palacio de Invierno en la antigua ciudad de Petrogrado; y permitió, con su acción, que Vladimir Ilich Lenin informara esa noche al Congreso de los Soviets que la Revolución sobre la que tanto se había escrito y hablado, estaba en marcha.

Y muchos sucesos de la historia han ocurrido también. Entre ellos, la dolorosa experiencia signada por el derrumbe del Poder Soviético y el virtual fracaso de un sistema de gestión que parecía imbatible ante propios y extraños. En torno al tema, Fidel diría: «la existencia de la Unión Soviética, era tan segura como la salida del sol en la mañana. Así era de sólida, poderosa, un país con increíble fortaleza, que había sobrevivido pruebas y dificultades extremas».

Los cañonazos del Crucero «Aurora», la instalación del Congreso Pan Ruso de los Soviets, las primeras medidas del gobierno de los «Comisarios del Pueblo», las exigencia de Lenin para imponer la paz, organizar la defensa del país ante la agresión de las 14 Naciones, la guerra civil que durara hasta 1921, la NEP y el deceso del líder, en enero de 1924; fueron el primer tramo de una historia que llenó de júbilo, y de ilusiones a los pueblos.

Lo que vino después, no fue menor: la construcción del socialismo en un solo país, como lo intuyera Marx y lo sustentara Lenin; la política de Industrialización forzada y de colectivización forzosa de la agricultura, los agresivos planes quinquenales, los procesos de Moscú, la Gran Guerra Patria con sus hitos históricos: Leningrado, Stalingrado, el Arco de Kurts; el Día de la Victoria; la muerte de Stalin.

Las denuncias referidas al «culto a la personalidad» y su lado oscuro, las luchas al interior del PCUS, la solidaridad internacionalista, el sólido proceso de descolonización, Vietnam y Cuba; las luchas de los pueblos por derrotar la feroz voracidad del Imperio, el apoyo a Chile antifascista y a la América La tina en ascenso.

Y luego de todo eso, la caída. Porque es bueno recordar ahora -como lo señalan estudiosos del tema, Como Roger Keerán y Thomas Kenny que «el colapso de la Unión Soviética no fue consecuencia de una crisis económica interna ni de un levantamiento popular. Ocurrió por las reformas implantadas desde la cúpula del Partido Comunista» en un proceso en el cual esas reformas no «curaron» al paciente sino que lo dañaron aún más, hasta causarle la muerte.

La primera experiencia de una insurrección obrera triunfante, fue la Comuna de París, que duró algo más de 60 días. La segunda, la Revolución Rusa, que alcanzó casi los 80 años. Pero ambas, trajeron imborrables lecciones ara los pueblos. De ellas se nutre el combate de quienes se empeñan en afirmar un nuevo camino de victoria.

Lo primero que hay que rescatar es que si. Que es posible, realmente, derribar al Poder tradicional del Gran Capital y de los Monopolios, y tentar la construcción de una sociedad de nuevo tipo. Y que la derrota de ella, producida por factores internos, más que externos; no es un sino fatal, sino un hecho infausto que puede evitarse.

Que eso se puede lograr ganando la voluntad de las grandes masas, y uniéndolas, a su vez, tras una clase de Vanguardia que puede cambiar su composición, pero que no variará su esencia mientras exista explotación capitalista y trabajo asalariado.

En el centro de la tarea por asegurar la consolidación y la victoria del socialismo, está, ciertamente, la Unidad de todas las fuerzas progresistas y democráticas del mundo contemporáneo.

Si el Partido Comunista de la Unión Soviética, después de la muerte de Lenin hubiese podido consolidar su unidad sin convulsiones; y si en los años 60 no se hubiese fraccionado el Campo Socialista por una pugna artificial y estéril; la respuesta a la agresividad imperialista en cada recodo del camino, hubiese sido otra.

Hoy, la bandera del socialismo se mantiene en alto. La enarbolan los pueblos en distintos confines del planeta. América Latina es escenario de parte de la confrontación que existe entre los pueblos y el imperio. En nuestro suelo, al lado del Gran Capital y de los Monopolios, subyace una oligarquía envilecida que busca cobijarse, a sabiendas que sus días sobre la faz de la tierra, no serán numerosos.

Cada uno de los procesos que ocurren en nuestro continente, es propio, y es independiente. Cada país tiene su historia sus tradiciones y sus luchas Y aunque nuestros pueblos son hermanos, cada cual respeta el camino del otro porque saben todos que la diversidad no contrapone, sino que complementa.

Por eso se habla del Socialismo en el Siglo XXI. No surge renegando de las experiencias del pasado, sino asimilando sus lecciones. Y abre camino con la idea de consolida los cambios en condiciones propias de nuestro desarrollo.

Ni Marx ni Lenin hablaron nunca de un «único camino». Tampoco negaron las especificidades nacionales, ni los rasgos que debía adquirir el socialismo aclimatado en cada escenario. Nunca se habló de «un sólo modelo» ni buscó imponerse un recetario mágico.

Se afirmó sin embargo, que una nueva sociedad, más humana y más justa tendría que generarse a partir de dos rasgos distintivos, y esenciales: la propiedad social sobre los principales medios de producción, y el cambio de clases en la estructura del Poder.

Pero esa idea no derivó sólo de un estudio académico, sino también de la realidad concreta: En una sociedad en la que los grandes medios de producción están en manos del capital privado y los dueños de los mismos detentan las riendas del Poder, no será posible forjar un Orden Nuevo.

La batalla por comprender eso en nuestro tiempo es en buena medida, radica en las ideas. José Martí dijo hace muchos años: «Trinchera de ideas, vale más que trinchera de Piedra» Y se confirma en el escenario de nuestro tiempo.

En nuestros días, el pueblo ruso se moviliza en el afán de recuperar el Poder y generar un nuevo escenario. La correlación de fuerzas, que hace veinte años parecía haberse volcado en provecho del Imperio, parece abrir paso a un nuevo destino. Y vuelven a sonar los tambores de la rebeldía.

Para sustentarlos, está el pensamiento Marxista, enriquecido por la vida. Y el legado de Lenin, el más grande revolucionario de nuestro tiempo, aquel del que el Amauta dijo que «poseía una facultad asombrosa para percibir honradamente el curso de la historia y para adaptar a él, la actividad revolucionaria».

Percibamos con él, el curso de la historia y adaptemos nuestra idea a la acción revolucionaria.

Gustavo Espinoza M. Colectivo de dirección de Nuestra Bandera

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.