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Hacia el amanecer de la Izquierda

Entre votos y luciérnagas

Fuentes: Punto Final

Las conclusiones que los partidos sacan de las elecciones municipales del 26 de octubre dejan una impresión de hipocresía y cinismo. A ninguno parece importarle -aunque viven a su costa- el agotamiento del sistema «democrático». Esa indiferencia real o aparente es otro síntoma de la tendencia a la extinción de los partidos, como ya ha […]

Las conclusiones que los partidos sacan de las elecciones municipales del 26 de octubre dejan una impresión de hipocresía y cinismo. A ninguno parece importarle -aunque viven a su costa- el agotamiento del sistema «democrático». Esa indiferencia real o aparente es otro síntoma de la tendencia a la extinción de los partidos, como ya ha ocurrido en buena parte de América Latina.

Las elecciones no sólo mostraron una victoria de la derecha en alcaldes (40,56%) y de la Concertación (45,24%) en concejales -lo cual mantiene el equilibrio que garantiza la Constitución-. También pusieron de relieve el inexorable empobrecimiento de la institucionalidad creada por la dictadura en 1980 y retocada por la Concertación en 2005. Sin embargo, desde la anterior elección municipal, hace cuatro años, no ha surgido ninguna fuerza significativa que con su votación impugne los fundamentos del actual sistema político. El pacto Juntos Podemos Más (partidos Comunista, Humanista e Izquierda Cristiana), el sector más radical que participa en el escenario electoral, bajó una décima su porcentaje (9.08%) y perdió 65.711votos. En cambio el nuevo mosaico ideológico disidente de la Concertación -el Partido Regionalista de los Independientes, PRI-, obtuvo casi medio millón de votos (7,57%) en su debut electoral. En cuanto a las coaliciones partidarias, la Concertación perdió 411.788 votos en estos cuatro años y a la Alianza se le escaparon 302.893 votos.

Todos los actores políticos partícipes del sistema han sufrido una derrota que disfrazan torciendo las cifras. Pero aquellos resultados que gritan la verdad sin lograr hacerse oír, denuncian el deterioro irremediable del sistema político chileno. Ahí están, en primer lugar, los 3 millones 106 mil 622 ciudadanos mayores de 18 años que se niegan a inscribirse en los registros electorales. Representan casi un tercio de la población habilitada para votar. Su ausencia hace que el padrón electoral sea hoy casi igual (8 millones 110 mil 265 ciudadanos) al de hace ocho años. La abstención -que se castiga con multa- sube sin tregua ni temor a la ley. El año 2000 fue de 12,4%; el 2004 alcanzó al 14,2%; y este año subió al 16%. Esto significa que un millón 303 mil 772 ciudadanos inscritos no votaron el 26 de octubre.

Por otra parte, anularon su voto 516.319 electores (8,12%) y otros 267.767 (4,21%) votaron en blanco.
Son demasiados ciudadanos -más de 5 millones- los que se marginan del voto o que manifiestan su rechazo votando nulo o blanco. Pero este alarmante fenómeno ocupa un lugar muy secundario en la preocupación de los partidos. Están más interesados en repartirse el pastel parlamentario y en negociar su apoyo a un candidato presidencial que en revitalizar la institucionalidad que les permite subsistir. Se camina así a la inanición del sistema electoral y a la futilidad de partidos convertidos en estructuras oligárquicas y agencias de empleos.

Desde el punto de vista de la Izquierda -en el significado más amplio del término, o sea de la fuerza del cambio social-, la situación es sumamente delicada. Se ha perdido un tiempo precioso en la esterilidad de los lamentos y de las recriminaciones. La Izquierda necesaria -capaz de poner en marcha millones de voluntades- no ha logrado todavía generar el instrumento pluralista que permita orientar las luchas políticas y sociales del pueblo. El terrorismo de Estado de la dictadura militar y la crisis ideológica causada por el derrumbe del «socialismo real» -sin contar las ineptitudes y errores que tanto nos cuesta reconocer-, diezmaron a la Izquierda chilena. Nuestra incapacidad, que se prolonga casi un cuarto de siglo, para reconstruir un proyecto que asuma el cambio de época que vive la Humanidad, nos ha convertido en un espectro cuyo eco sólo resuena en el pasado. Entretanto, en buena parte de América Latina se ha vuelto a levantar la alternativa socialista, esta vez cargada de humanismo y respeto a la diversidad y a las especificidades locales.

Se hace necesario volver al presente para proyectarnos al futuro, superar la dispersión, salir del marasmo y dejar de lado el autismo político. Eso no se logrará negociando cupos parlamentarios con la Concertación ni asociándose a sus desesperados intentos por reanimar una institucionalidad en agonía. Lo que fue correcto hace unos años para impedir el retorno prematuro de la derecha, hoy ya no lo es. Por el contrario, juega en contra de las posibilidades de la Izquierda de rehacer sus propias fuerzas y de levantar una alternativa no capitalista. Los gobiernos de la Concertación han resultado ser fieles defensores del neoliberalismo. Nunca el empresariado nacional y transnacional había ganado tanto dinero como en este período, en particular durante los gobiernos encabezados por presidentes «socialistas». Ahora que la crisis capitalista amenaza poner en riesgo la gobernabilidad y terminar con la Concertación, los operadores del gobierno corren a buscar aliados en el campo popular. Pero el suyo es el mortal abrazo del oso. Lo aprecia con claridad el sumo pontífice de la reacción, el diario El Mercurio: «Con todo, las fórmulas de entendimiento más o menos instrumentales de la Concertación con el PC -terminando con su autoexclusión- pueden ser absorbidas por el país. Se trata de una solución política y no de un cambio institucional al sistema electoral para resolver el problema de una colectividad, como han propugnado hasta ahora el PC y la Concertación. Pero, además, obligaría a los comunistas a moderar sus planteamientos si pretenden permanecer en la política de pactos y acceder a mayores grados de participación» (La semana política, 2/11/2008).

La Izquierda necesaria, en cambio, está llamada a colocar en el debate político -con inteligencia y creatividad- el fin de la herencia institucional y económica de la dictadura. Esto es parte fundamental del propio proceso de construcción de la Izquierda del siglo XXI. La acumulación de fuerzas real le exige hoy llevar adelante una política independiente de toda fuerza defensora del capitalismo, incluyendo partidos de nombres equívocos como el Socialista que, en realidad, es el moderno Partido Liberal del siglo pasado. Las consideraciones tácticas que llevaron a sectores de Izquierda a permitir con sus votos la elección de los presidentes Lagos y Bachelet, dejaron de ser válidas. La experiencia ha demostrado que los mandatarios «socialistas» pueden ser tan procapitalistas como cualquier gobierno de derecha. La meta de la Izquierda es la convocatoria -por primera vez en la historia de Chile- a una Asamblea Constituyente que elabore una Constitución Política legitimada en plebiscito que sirva para fundar una nueva República en que imperen la soberanía del pueblo, la igualdad, la justicia social y una democracia participativa que estimule todas las formas asociativas.

La naturaleza insoslayable de un proyecto de Izquierda en Chile es también socialista, como en toda la región. Hay que decirlo con claridad, porque no tiene otro nombre. Sólo un proyecto socialista, contemporáneo en su discurso y en sus propuestas, permitirá el reencuentro de los trabajadores con su ideología, la conjunción de lo político y lo social que hoy marchan cada uno por su lado. Hay que reinventar el socialismo como plantea el profesor Carlos Pérez Soto: «Olvidarse de cien años de marxismo real para hacer que el marxismo sea posible»(*). Un socialismo global pero a la vez nacional. Cada pueblo creando su propio socialismo. Estados fuertes pero organizaciones ciudadanas capaces de controlar a la burocracia para mantener a raya sus excesos y su lógica de corrupción.
La crisis capitalista, cuyos efectos ya comienzan a sentirse en Chile, se ha sumado al proceso de deterioro senil de nuestro sistema político. La crisis se instalará entre nosotros.

El sufrimiento de los trabajadores y sus familias se agudizará en los próximos meses. Habrá que construir mecanismos para defenderse del desempleo y el hambre. Esa es otra razón para comenzar desde ya a construir una alternativa de Izquierda. Será un proceso difícil que durante un período se desarrollará en forma fragmentada y confusa. Habrá que derribar los muros del individualismo que levantó el neoliberalismo. Su ideología inficionó las conciencias de millones de chilenos. Los valores de la solidaridad y responsabilidad social deberán luchar muy duro para recuperar terreno. Sin embargo, no podemos esperar a que aparezcan mesías o fórmulas mágicas que faciliten el trabajo de forjar la unidad política y social del pueblo. Está en marcha en América Latina un proceso histórico que en el caso de Chile no admite más esperas.

Hay factores que atemorizan. Por ahora, es verdad, nos moveremos en tinieblas buscando el camino. Pero lo vamos a descubrir gracias a la voluntad de cada cual. Es absolutamente seguro que separados seguiremos en la oscuridad. En cambio, millones de luciérnagas pueden convertir la noche en amanecer. La nuestra quizás sea la revolución de las luciérnagas. Una revolución radiante y esplendorosa, una prueba más de que la voluntad de un pueblo es capaz de mover montañas.

(*) Proposición de un marxismo hegeliano, Carlos Pérez Soto, pág.19, Editorial Arcis, 2008.