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Feminismo de clase y deseo de maternidad

Fuentes: Pikara magazine

El imaginario de maternidad de las clases burguesas se ofrece hoy como un modelo de éxito: se puede ser madre sin renunciar a nada, manteniendo la carrera, viajando, cuidándose, haciendo deporte.

Reflexionar críticamente sobre el deseo individual de maternidad implica entenderlo como el resultado de un fenómeno social e ideológico. No se trata de oponer maternidad y no maternidad, sino de interrogar qué sostiene el relato que convierte la maternidad en el centro simbólico de lo que se entiende por feminidad. Hablar de deseo significa reconocerlo como una construcción atravesada por estructuras económicas, culturales y relacionales que funcionan como una tecnología de poder y de reproducción social.

Desde una perspectiva de clase, el deseo de ser madre, así como la posibilidad material de serlo o no serlo, no opera igual para todas. Las condiciones económicas, laborales y culturales modelan tanto la vivencia del deseo como la manera en que este es leído y valorado socialmente. La maternidad no significa lo mismo para una feminidad de clase trabajadora que para una feminidad profesional o burguesa: mientras unas son empujadas a maternar como un destino inevitable, otras lo hacen como un proyecto individual y como producto de un supuesto deseo propio.

El deseo de maternidad es uno de los relatos más persistentes de la feminidad contemporánea. El dolor de no tener criaturas suele expresarse como la sensación de no haber completado la trayectoria vital esperada o como un vacío dentro de un orden que organiza la feminidad alrededor de la maternidad y sigue asociando la maternidad al éxito, al estatus y al reconocimiento social. También puede aparecer la sensación de quedar al margen de escenas cotidianas que actúan como marco de pertenencia.

Aquello que a menudo llamamos deseo propio está atravesado por la interiorización de un orden simbólico que identifica la feminidad con la entrega, el cuidado y el sacrificio. El deseo de maternidad no nace únicamente de una experiencia íntima, sino que se moldea en un contexto patriarcal y capitalista.

La maternidad ha dejado de presentarse como un destino impuesto para convertirse en un deseo aparentemente libre que promete plenitud a la feminidad. En las últimas décadas, los discursos que promueven “maternar de forma natural”, basados en visiones biológicas y esencialistas de la feminidad, han reforzado la idea del deseo como un impulso innato. Movimientos como la crianza intensiva o la maternidad ecológica, aunque surgieran como una crítica al capitalismo, acaban reproduciendo un mandato naturalizador que presenta la maternidad como una vocación inherente. Esta exaltación del maternar “auténtico” recoloca a las mujeres en el centro del cuidado bajo nuevas formas de control moral y emocional, y convierte la conexión con la naturaleza o el cuerpo en una actualización del destino maternal y de la responsabilidad individual sobre la crianza.

El patriarcado y el capitalismo convierten el deseo de maternidad en una condición de legitimidad social y en una herramienta para garantizar la continuidad de la familia nuclear y la transmisión del capital económico, cultural y simbólico entre generaciones. Tal como señalan las teóricas feministas de la reproducción social, como Lise VogelSilvia Federici o Tithi Bhattacharya, la familia es el espacio donde se reproduce no solo la vida, sino también la fuerza de trabajo que sostiene el capitalismo.

El neoliberalismo delega en la familia la reproducción social —cuidado, herencia, estabilidad— liberándose de los costos públicos

Si leemos el deseo de maternidad en clave de clase, su función política se hace aún más evidente. En los discursos de la clase profesional y burguesa, la maternidad ya no es una obligación a los 25 años, sino un proyecto personal aplazado una década más tarde, momento en el que la presión reaparece disfrazada de deseo libre o de derecho a completarse. El capitalismo ha sabido leer muy bien este momento de vulnerabilidad: las clínicas de reproducción asistida, presentadas como instrumentos de emancipación femenina, se han convertido en una industria multimillonaria que mercantiliza la capacidad reproductiva y medicaliza el deseo materno. Bajo el relato de la libertad opera una maquinaria de control, culpa y dependencia.

El imaginario de maternidad de las clases burguesas se ofrece hoy como un modelo de éxito: se puede ser madre sin renunciar a nada, manteniendo la carrera, viajando, cuidándose, haciendo deporte. Es lo que podríamos llamar el imaginario actual de feminidad burguesa, que presume de no tener que renunciar a nada: una fantasía de equilibrio entre carrera, realización personal y crianza intensiva que solo es posible gracias a la desigualdad de clase y a la externalización de los cuidados. Pero es un modelo inalcanzable para la mayoría de mujeres, que viven esta promesa como una doble violencia: la frustración de no poder llegar y la culpa por haber quedado fuera.

Este imaginario, revestido de empoderamiento y autonomía, reproduce códigos burgueses y contrasta con la maternidad de clase obrera, todavía asociada a la precariedad y a la renuncia absoluta. Este contraste refuerza la maternidad como proyecto individual de éxito y perpetúa las desigualdades estructurales.

En el Manifiesto comunistaKarl Marx y Friedrich Engels lanzan una proclama que aún hoy resuena como una provocación: “¡Abolición de la familia!”. Lejos de ser una consigna destructiva, es una invitación a imaginar formas de vida y de cuidado liberadas de la lógica de la propiedad y del papel asignado a las mujeres dentro de la familia burguesa. Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), muestra que la familia monógama burguesa no es una institución natural, sino una construcción histórica destinada a asegurar la transmisión del patrimonio y a mantener la división sexual del trabajo. En esta lógica, la maternidad se convierte en el engranaje central que garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo sin coste para el capital.

La socióloga Melinda Cooper analiza cómo la familia normativa se ha convertido en la alternativa privada al retroceso del Estado: el neoliberalismo delega en la familia la reproducción social —cuidado, herencia, estabilidad— liberándose de los costos públicos. Allí donde el Estado se retira, la familia asume el coste de la reproducción social, y las mujeres, en particular, pagan el precio.

Los cuidados comunitarios no pueden ser solo un complemento de la familia nuclear

Uno de los pilares invisibles del patriarcado capitalista es la concepción de las criaturas como propiedad privada, extensión simbólica del yo femenino y de la unidad familiar. Esta idea asegura que la reproducción social siga siendo una responsabilidad privada, jerárquica e individualizada.

Por tanto, si queremos abolir la familia, debemos cuestionar también ese deseo individual de maternidad entendido como un derecho: la idea de que la feminidad necesita gestar, parir y criar criaturas propias para sentirse completa. Sin poner en debate este mandato biológico convertido en necesidad personal, en deseo de descendencia y genética propia, y en fundamento de reconocimiento social, es muy difícil imaginar formas de afiliación y de cuidados que no reproduzcan el esquema de la familia nuclear y la propiedad privada de las criaturas.

Por eso, los cuidados comunitarios no pueden ser solo un complemento de la familia nuclear, sino una alternativa real a su estructura. Abolir la familia implica revisar los fundamentos simbólicos que la sostienen: el mandato de la feminidad, la propiedad de las niñas y los niños y la naturalización del vínculo biológico como un deseo incuestionable.

Nos encontramos en un momento histórico caracterizado por un nivel de individualismo tan elevado que el imaginario colectivo entiende que la única manera de no ser individualista es ser madre. La maternidad se ha convertido en el espacio simbólico donde las mujeres cis pueden ser reconocidas por cuidar de los demás, por dar tiempo, afecto y sentido a una vida que no gire en torno al propio yo. Así, el orden social conserva el mandato de género tradicional bajo nuevas formas: el deseo de no maternar casi nunca se lee como una opción colectiva o política, sino como una expresión de autonomía individual o incluso de egoísmo.

Necesitamos un feminismo de clase capaz de entender que la maternidad es un espacio donde se articulan poder, clase y reproducción

No ser madre supone una renuncia mal vista por el mandato de la feminidad: es renunciar a un estatus social, a tener la propia familia; es hacer visible que renuncias a la reproducción de la comunidad para centrarte en la expansión de tu propio individuo. Por eso, el deseo individual de maternidad sigue siendo hoy un producto perfecto para la reproducción de la familia nuclear. No hemos generado nuevos modelos de afiliación ni formas de colectivizar los cuidados, y el sistema consigue que asumir el deseo de maternidad —y, con él, la responsabilidad de los cuidados— se perciba como una elección natural e incluso deseable, con la recompensa simbólica de “tener tu propia familia”.

El feminismo que necesitamos hoy no es aquel que sacraliza el deseo individual como principio de libertad, sino el que es capaz de preguntarse qué produce ese deseo. Necesitamos un feminismo de clase capaz de entender que la maternidad —como experiencia y como ideal— es un espacio donde se articulan poder, clase y reproducción. Un feminismo que no romantice ni esencialice el derecho a tener criaturas, sino que lo sitúe dentro del sistema que lo hace posible y necesario. La libertad, entendida como emancipación, no reside en tener más opciones dentro del mercado, sino en romper las condiciones materiales y simbólicas que nos hacen creer que la maternidad es la culminación de la feminidad.

Pensar y hablar sobre el deseo de maternidad es esencial para abrir espacio a la no maternidad como una opción igualmente legítima y necesaria. En los últimos años, el feminismo ha reflexionado ampliamente sobre nuevas formas de maternar, muy necesarias, pero ha tendido a dejar en un segundo plano los relatos y las experiencias de las mujeres que no maternan. Reivindicar la no maternidad no es ir contra las madres, sino ampliar los márgenes de lo posible y cuestionar el mandato que vincula feminidad, cuidado y descendencia. Hablar de la no maternidad permite también desacralizar el deseo materno, liberarlo de su lectura naturalizada y esencialista y entenderlo como una construcción histórica e ideológica. Al mismo tiempo, es necesario recuperar y poner en valor las genealogías queer y migradas de clase trabajadora, y dejar de tomar la familia nuclear burguesa como referencia.

En definitiva, el deseo individual de maternidad forma parte de una economía política de la vida que organiza quién cuida, quién recibe cuidado y en qué condiciones, y es a la vez un deseo altamente rentable para el capitalismo y el patriarcado. Solo politizando el deseo de maternidad, colectivizando la reproducción y reconociendo las no maternidades como espacios reales de desarrollo para las mujeres, sin tener que situarse en los márgenes de las opciones vitales posibles, podremos liberar la maternidad de su función de control. Solo así el feminismo de clase puede convertirse en una fuerza verdaderamente transformadora.

Este artículo ha sido publicado inicialmente en catalán en la edición en papel de La Directa.

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2026/02/feminismo-de-clase-y-deseo-de-maternidad/