Recomiendo:
0

Fidel

Fuentes: Rebelión

Seguramente lo que se espera en estos días al leer un artículo de opinión sobre Fidel Castro, son elogios encendidos a su figura o críticas implacables. Habrá quien habla de su alto nivel de vida y quien de su austeridad. Es lo que predomina en un debate que planteado de esta manera poco me interesa. […]


Seguramente lo que se espera en estos días al leer un artículo de opinión sobre Fidel Castro, son elogios encendidos a su figura o críticas implacables. Habrá quien habla de su alto nivel de vida y quien de su austeridad. Es lo que predomina en un debate que planteado de esta manera poco me interesa. Antes bien, planteada la cuestión en otros términos, tal y como Eduardo Galeano la sintetizó acertadamente, la revolución cubana no es el sueño que algunos creen, ni la pesadilla que otros inventan. Ni paraíso ni infierno. Es justamente desde esta misma premisa que me acerco a Fidel, a su obra y su legado. No me interesa la propaganda en uno u otro sentido, me mueve el deseo de entender mejor a un personaje que está en el centro de la historia del siglo XX y que en cierto modo se vio obligado a actuar de una determinada manera en el marco de una contingencia histórica.

Quiero adentrarme de inmediato en un terreno resbaladizo, la democracia representativa. Está bien conversar y discutir con honestidad sobre este aspecto de la realidad cubana. Pero lo cierto es que 1959 responde a una época de división del mundo en dos bloques, no hay escapatoria para un país que se refunda. O con uno o con otro. Es conocido que Fidel, inicialmente, centró su posición en la cubanía, en José Martí, en un nuevo nacionalismo. Pero nada más tomar la primera medida consecuente con el espíritu de la revolución, la reforma agraria, encontró la respuesta del presidente Eisenhower, más militar que político , que ordenó a la CIA: «Maten a Castro». No parece que esa orden de asesinar al líder de quienes habían echado del poder al dictador Fulgencio Batista, el mismo hombre que el embajador de Estados Unidos en La Habana en un informe confidencial de enero de 1953, definió como «un tirano sin piedad», fuera la respuesta más adecuada para el entendimiento entre los dos países.

En una espiral de reacciones los guerrilleros de Sierra Maestra giraron su mirada hacia la Unión Soviética. Desde ese momento, incubada por la intransigencia norteamericana la democracia representativa quedó castigada en un rincón. Estados Unidos respondió con el inicio del embargo económico, comercial y financiero, en octubre de 1960. Y la conspiración para matar a Fidel se concretaba en nuevos intentos. ¿En un escenario así, puede alguien creer que fuera fácil decretar la libertad de partidos políticos y sindicatos, así como la libertad de prensa? El problema no era sólo de voluntades políticas, era un asunto de vida o muerte. Y lo era, sin duda, porque es sabido que Estados Unidos buscaba su penetración en la isla no ya sólo por la vía de invasiones (como la fracasada de Bahía Cochinos) sino que también por la de la creación de partidos y organizaciones obedientes y financiadas por Washington. Se pondrían asimismo en marcha poderosos medios de comunicación como fuerza de choque contra la revolución.

Este bloqueo de la democracia representativa dura hasta nuestros días porque las docenas de intentos de matar a Fidel son tan sólo la muestra un acoso incesante haciendo que la revolución sobreviviera como pudo y no como quiso. El pueblo cubano pagó las consecuencias y fue perdiendo el viento de la espontaneidad y la frescura que le había empujado. Imaginen la situación al hilo de los gritos de la escritora exiliada Zoe Valdés, quien desde la televisión española pedía «que le metan un bombazo al dictador». Es tan sólo una anécdota que refleja un escenario de virulencia histérica, sin tregua, en medio del cual, ¿era o no difícil tomar el camino de la apertura, dejando que la diversidad se expresara políticamente y en competencia electoral?

Soy de los que piensan que no es posible hablar de la política interna de la revolución cubana omitiendo el contexto de una permanente agresión en forma de embargo y de amenaza militar. El buenismo y la demagogia no pueden explicar por si solo el cierre de espacios en Cuba, porque no parece de sentido común decir «legalicen por principio a los partidos políticos y la libertad de prensa, al margen de si tal medida pueda volverse en su contra y facilite la organización interna de una oposición norteamericana en la isla». Y, sin embargo, estoy de acuerdo con lo que decía Rosa Luxemburg: «La libertad es siempre libertad para el que piensa diferente». Nunca he creído en la democracia del partido único. Por eso, la contradicción entre lo que la revolución cubana es y lo que debe ser, debiera resolverse a favor de la apertura mediante una legislación que reconozca el libre derecho a organizarse y también la prohibición de financiación extranjera a partidos y asociaciones, así como a medios de comunicación. Lo contrario es seguir entregando el poder a una burocracia que decide desde arriba y prefiere que la ciudadela siga cerrada para defenderse, lo que se traduce en un Estado omnipresente nada aconsejable.

Creo que antes o después la diversidad se expresara de esta manera, con más libertad y, a la vez, poniendo veto a esa penetración norteamericana que de modo perverso viene buscando Washington. En realidad a Estados Unidos, como a la derecha europea, les importa muy poco la democracia en Cuba. ¿Quién sino ellos mantienen negocios y vínculos geopolíticos con dictaduras como Araba Saudí, los emiratos y teocracias árabes? El uso de la democracia no es inocente. ¿Quién sino Estados Unidos viene alentando golpes de estado «parlamentarios» en Haití, Honduras, en Paraguay, en Brasil, en Ecuador…? No nacimos ayer ni nos chupamos el dedo.

Del liderazgo de Fidel Castro lo primero que se me ocurre es que fue el constructor de la nación cubana, siguiendo a José Martí. Antes de su entrada victoriosa en La Habana quien mandaba en la isla era Washington. Fulgencio Batista ejecutaba las órdenes de la embajada norteamericana. Lo venía haciendo desde 1934, año en que derrocó al gobierno de Grau San Martín, lo que le sirvió para ascender de sargento a general. El dictador obediente llegó a la presidencia en 1940 y enseguida entregó la soberanía nacional a Estados Unidos que comenzó a utilizar el espacio aéreo, marítimo y terrestre con uso exclusivo y sin reciprocidad. Luego perdió el gobierno ante su enemigo Grau que permitió la gangrena de la corrupción y no supo o no quiso enfrentar el hecho de que para entonces la economía dependía de Estados Unidos que manipulaba las tarifas y las cuotas del monocultivo azucarero. Batista, siempre con el apoyo de la embajada, volvió al poder mediante un golpe de estado en junio de 1952 e instauró una dictadura militar.

Cuba era un territorio dominado por mafias. La capital, La Habana, estaba repleta de casinos, la prostitución alcanzaba a decenas de miles de jóvenes, el tráfico de drogas controlado por organizaciones criminales estadounidenses estaba asegurado por policías corruptos y políticos elegidos de manera fraudulenta. Batista hizo una alianza con mafiosos como Lucky Luciano y Lansky que le proporcionaban sobornos a cambio de ver protegidos sus negocios que comprendían también las apuestas. En un escenario de abandono y represión de las mayorías llegó Fidel. Y mandó parar.

Ciertamente Fidel y sus compañeros hicieron la nación en un país que no llegaba ni a la categoría de protectorado. Proclamó la independencia de Cuba, su soberanía. Y al hacerlo colocó al pueblo en el centro de la vida política y surgió lo nacional-popular.

Efectivamente, el pueblo sometido pasó a ser protagonista. Un detalle: en la década de los cincuenta, de una población de seis millones de habitantes, sólo el 10% podía escribir y leer con normalidad. Un 30% eran analfabetos profundos y una 60% lo eran funcionales por su incapacidad de escritura, lectura y cálculo, de forma eficiente en situaciones habituales. Es significativo que el 40% de los niños y niñas no estaban escolarizados. La respuesta fue la campaña de alfabetización de 1961 que se culminó con éxito y declaró a Cuba como territorio libre de analfabetismo. La nación, recurrentemente nombrada y manipulada por los de arriba, pudo ser reconocida como propia por los de abajo que, ahora, accedían a saberes básicos dejando atrás la ignorancia. Las palabras nación y pueblo quedaban asociadas de manera que en adelante no podían ser entendidas por separado. Lo nacional se convierte entonces en identidad colectiva.

Lo nacional-popular se comprende mejor cuando Fidel pasó a ser el arquitecto del Estado social. Es entonces cuando la vocación de la revolución expresa su voluntad fundadora de una nueva sociedad cubana hasta entonces inédita. El Estado social rompe con el Estado elitista, botín de los privilegiados y arma coercitiva contra el pueblo, y pasa a ser un Estado al servicio de las mayorías, extendiendo los derechos de acceso a la salud, el trabajo, la educación, la vivienda, en un proceso que cubre todos los ciclos de vida de las personas hasta llegar a una jubilación protegida por las instituciones y por la propia sociedad que llega a un consenso. De tal manera la construcción de la identidad nacional cubana es alentada por Fidel como un patriotismo de los derechos y los bienes comunes, una nueva realidad que se opone al poder de unos pocos para unos pocos. Eso sí, el estado burocratizado ha sido siempre una rémora.

Un cuarto elemento que destaca en Fidel es su compromiso internacionalista. Tal vez es de los capítulos más conocidos. Su compromiso en África, un continente lejano de cuyas luchas anticoloniales podía haberse liberado dando la espalda. Su apoyo a las luchas surafricanas contra el apartheid que Nelson Mandela siempre agradeció. Su apoyo siempre a las luchas latinoamericanas, inculcando sin cansarse la idea de la unidad popular y de las izquierdas. En los últimos años, la misión de médicos cubanos en la lucha contra el ébola y las misiones pos terremotos, son sólo muestra de un abanico solidario que incorpora a la Operación Milagro, a contingentes de maestras, de deportistas y a una amplia gama de profesionales al servicio de los pueblos.

Tras su fallecimiento partidos y medios españoles se han lanzado a una competencia singular: se trata de ver quién es más duro contra Fidel y cuanto representa. Uno de los grandes argumentos viene siendo el número de personas muertas por la revolución desde 1959 hasta hoy: unos hablan de 5.600 y los más atrevidos de hasta 7.000. Cifras que habría que comprobar, pero que si aceptamos como buenas podemos compararlas con otras: Se estima que por motivo de la pobreza energética fallecen al año 7.000 personas en el estado español. Sin palabras.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.