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Francisco Fernández Buey sobre George Steiner

Fuentes: Rebelión

No son muchas las referencias del autor de Poliética a la obra del gran humanista recientemente fallecido (3 de febrero de 2020). Pero es muy significativo que su libro póstumo, Para la tercera cultura. Ensayo sobre ciencias y humanidades, se abra describiendo una preocupación e inquietud común directamente relacionada con la temática de las «dos […]

No son muchas las referencias del autor de Poliética a la obra del gran humanista recientemente fallecido (3 de febrero de 2020). Pero es muy significativo que su libro póstumo, Para la tercera cultura. Ensayo sobre ciencias y humanidades, se abra describiendo una preocupación e inquietud común directamente relacionada con la temática de las «dos culturas».

En el capítulo 1, «Humanidades y tercera cultura», primer apartado «Idea en torno a una tercera cultura», Francisco Fernández Buey recuerda que hacía unos años, con motivo de una conferencia que había pronunciado en la Cátedra Ferrater Mora de la Universidad de Girona, «el conocido escritor y humanista George Steiner ofrecía esta declaración llamativa». La siguiente:

Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clásicas o literatura española no estudie también matemáticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podemos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los científicos les gustaría hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cómo escucharles. Este es el problema (G. Steiner, en Trípodos nº 12, URL, Barcelona, 2002).

Era posible que «el gran Steiner», decepcionado ya de lo que han sido en el siglo XX las humanidades clásicas y de lo que se ha llamado laalta cultura humanística, exagerara un poco en su vejez, comentada Fernández Buey -«eso sí, por reacción ante otras presunciones anteriores»-, al poner todas sus esperanzas en lo que en esa misma entrevista había denominadola moral implícita en la metodología científica. Pues tendía «a identificar ahora la alegría que suele acompañar a la investigación científica en acto con la gaya ciencia nietzscheana».

Y tal vez, proseguía el profesor de filosofía moral y política de la UPF, Steiner también exagerara otro poco «al declarar, gozoso, que, finalmente, las matemáticas, la computación y el cálculo han venido a ocupar el lugar que ocuparon las humanidades» y al confesar que él mismo se encontraba «mucho más a gusto entre los colegas científicos dedicados a la demostración del teorema de Fermat [ahora ya demostrado], o a explicar por qué la máquina Deep Blue pudo ganar a Kasparov, que leyendo la enésima tesis doctoral sobre Shakespeare o Baudelaire».

Para poner en su lugar las esperanzas del sabio y viejo humanista decepcionado de la alta cultura de los «letreros» y esa percepción externa de la gaya ciencia, de la alegría con que se comportaba el investigador científico, bastaría tal vez, conjeturaba el autor de Marx (sin ismos), con recordar la forma en que uno de los más eminentes físicos de la segunda mitad del pasado siglo, Richard P. Feynman, se había referido al estado de ánimo del investigador científico en una de las más alabadas exposiciones de la física contemporánea.

Uno de los descubrimientos más impresionantes [del siglo XX] fue el del origen de la energía de las estrellas, que hace que sigan quemándose. Uno de los hombres que lo descubrió estaba con su novia la noche siguiente al momento en que comprendió que en las estrellas deben tener lugar reacciones nucleares para hacer que brillen. Ella dijo: Mira qué bellas brillan las estrellas. Él dijo: Sí, y en este momento yo soy el único hombre en el mundo que sabe por qué brillan. Ella simplemente le sonrió. No estaba impresionada por estar con el único hombre que, en ese instante, sabía porqué brillan las estrellas. Y bien, es triste estar solo, pero así son las cosas de este mundo (Seis piezas fáciles. La física explicada por un genio. Crítica, Barcelona, 2002).

Feynman, como se sabe, solía cultivar la ironía y la modestia no siempre era fiel compañera suya.

Pero, en opinión del autor de Leyendo a Gramsci, dejando aparte las exageraciones acerca de los estados de ánimo de los unos y los otros, «sobre todo cuando los unos hablan de los otros y los otros de los unos», se tenía que reconocer que George Steiner no era el único humanista grande del siglo XXI que estaba diciendo cosas parecidas.

Al afirmar que si no entendíamos algo mejor el lenguaje de las ciencias -no solo de las llamadas «ciencias sociales»- no era posible ni siquiera entrar en los grandes debates públicos que se avecinaban (Fernández Buey habló largo y tendido de ello en Ética y filosofía política, Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000), Steiner estaba apuntando a un problema muy real de nuestro época.

Pues si se quiere hacer algo en serio a favor de la resolución racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ético-políticos controvertidos, en sociedades como las nuestras, en las cuales el complejo tecno-científico ha pasado a tener un peso primordial, no cabe duda de que los humanistas van a necesitar cultura científica para superar actitudes sólo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias.

A lo que habría que añadir complementariamente, como solían hacerlo algunos (cada vez más) de los grandes científicos contemporáneos, también ellos desde las alturas de la edad, «que tampoco hay duda de que los científicos y los tecnólogos necesitarán formación humanística (o sea, histórico-filosófica, metodológica, ética, deontológica)» para superar el viejo cientifismo de raíz positivista «que todavía tiende a considerar el progreso humano como una mera derivación del progreso científico-técnico». Era obvio que no era así para alguien que siempre estuvo alejado de las indocumentadas aguas del cientificismo más estrecho. Recordemos, por ejemplo, su Albert Einstein. Ciencia y conciencia (Retratos de El Viejo Topo, Vilassar de Dalt, 2005)

Ese era el motivo de fondo por el que en los últimos tiempos, y desde perspectivas diferentes, científicos sensibles y humanistas comprometidos estaban dando tanta importancia a la indagación de lo que podría ser una tercera cultura. En lo que seguía, el autor de Para la tercera cultura anunciaba que iba a intentar argumentar con más detalle lo que le parecía que estaba en el fondo de la preocupación de humanistas como Steiner. Había sido uno de sus temas esenciales desde hacía años.

No es ahora el momento para dar cuenta de este desarrollo. Sí para recordar con estas líneas al gran humanista parisino fallecido y el homenaje que le rindió en su libro póstumo otro «más que humanista», en este caso palentino-barcelonés.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.