Recomiendo:
0

Frank Westerman, literatura fluvial

Fuentes: Ladinamo

Frank Westerman (Emmen, Países Bajos, 1964) es uno de los grandes ensayistas contemporáneos, legítimo heredero de Kapuscinsky, Lindqvist o Herr. Sus libros se nutren de un cóctel de conocimiento científico, experiencia autobiográfica y crítica social. Tras su genial Ingenieros del alma y El negro y yo, se publica ahora Ararat, un ensayo acerca del monte […]

Frank Westerman (Emmen, Países Bajos, 1964) es uno de los grandes ensayistas contemporáneos, legítimo heredero de Kapuscinsky, Lindqvist o Herr. Sus libros se nutren de un cóctel de conocimiento científico, experiencia autobiográfica y crítica social. Tras su genial Ingenieros del alma y El negro y yo, se publica ahora Ararat, un ensayo acerca del monte donde encalló el Arca de Noé tras el Diluvio.

Tengo entendido que su educación fue básicamente científica, ¿cómo se pasó a la literatura?
Empecé a escribir en mi época de estudiante, cuando estaba viviendo en Perú, en 1987. En aquel momento Sendero Lu-minoso tenía aterrorizadas varias zonas de los Andes, al igual que las tropas gubernamentales y distintos grupos paramilitares. Se suponía que yo tenía que estudiar los métodos de irrigación precolombinos, pero la figura de Abimael «Comandante Gonzalo» Guzmán distrajo mi atención. Los asesinatos llegaron a los aledaños del Lago Tititaca, donde yo vivía en una comunidad campesina, y decidí escribir acerca de aquel estrambótico y cruel movimiento maoísta.

Parece interesado en ciencias y técnicas poco frecuentadas por la literatura, como la ingeniería hidráulica o la geología.
Me encantan los hechos y también los relatos. Ciencia y literatura; geología y mitología. En Ararat intento explorar cómo se relacionan entre sí. Para mí, el monte Ararat es el lugar donde el relato (en este caso: el relato del Diluvio y los supervivientes que navegaron en el Arca) se topa con una base sólida, concretamente un volcán realmente existente de más de 5.000 metros de altitud.

Sus tres libros editados en España tienen una fuerte componente biográfica. ¿Cómo elige los temas de sus ensayos?
Necesito un punto fijo. Una montaña, por ejemplo. O un africano disecado, clavado a un pedestal. Intento mostrar la carga simbólica que estos objetos tienen para mí convirtiéndolos en metáforas. Ellos nos cuentan una historia más general sobre los hechos y la fe (Ararat) o la raza y la cultura (El Negro y yo). Pero para ir más allá de su extravagante particularidad, necesito también un tema que interactúe con su punto focal y lo refleje. Muy a menudo, asumo yo mismo ese papel.

Los viajes son otra constante en sus libros. ¿Por qué cree que son tan buena fuente de inspiración?
Cuando estás en el camino, eres más susceptible a las cosas que cuando estás en casa. Absorbes el paisaje, los alrededores… todo. Incluso te comportas de forma diferente cuando dejas atrás las certezas y familiaridad de tu hábitat diario.

El caso de Ararat es particularmente llamativo. ¿Por qué se tomó tantas molestias para escalar esa montaña? En realidad, el grueso del libro se ocupa de la obsesión por encontrar el Arca y de la relación entre ciencia y religión. ¿Para qué subir allí arriba?
Es una montaña fabulosa. En algún lugar cito al poeta Osip Mandelstam, que escribió desde Ar-menia: «He desarrollado un sexto sentido, un sentido Ararat: el sentimiento de ser atraído por una montaña». Algo similar me sucedió a mí. Pero había algo más en juego. La cuestión que planteo («¿quién o qué ha sustituido mi creencia en el Dios de mi Biblia infantil?») merecía algo más que un paseo por el parque o una visita a la biblioteca pública.

¿Y por qué un libro sobre religión justo ahora? ¿La elección del tema está guiada por criterios de actualidad política?
Si te compras un Peugeot rojo, de repente ves Peugeots rojos por todas partes. Eso me sucedió a mí también: comencé mi investigación para Ararat en 2002, justo después de que naciera mi hija Vera. Su nacimiento fue lo que puso todo en marcha. Sólo después me di cuenta de hasta qué punto la religión se había convertido recientemente en un tema de debate candente.

El realismo socialista puro y duro carece de drama. Es prosa muerta. Pero sus autores son personajes hondamente dramáticos

En cualquier caso, parece que el distanciamiento de la religión ha desempeñado un papel importante en su vida. Es curioso, porque la imagen que se tiene de los Países Bajos en España es la de un país muy tolerante y básicamente laico.
No creo que mi historia personal sea excepcional. Al contrario. Es cierto que mucha gente en los Países Bajos se ha alejado de la religión desde hace mucho tiempo pero, por otra parte, no hay que olvidar que un partido protestante ultraortodoxo forma parte de la coalición que gobierna actualmente mi país.

En Ingenieros del alma me sorprendió una visión matizada y poco tópica de la Unión Soviética. Generalmente se percibe como un bloque monolítico, en cambio, usted encuentra aspectos positivos incluso en el realismo socialista más gélido.
La cuestión es que el realismo socialista puro y duro carece de drama. Es prosa muerta. Pero sus autores, forzados o entregados a la «producción» de libros con un vívido mensaje antiimperialista, son personajes hondamente dramáticos. Sus biografías se pueden leer como auténticos thrillers. Así que desplacé mi interés desde su literatura a sus vidas altamente comprometidas, e intenté mostrar cómo reaccionaron a las exigencias de la censura y el terror.

De hecho, Ingenieros del Alma es una obra un tanto ambigua. Hay una crítica evidente de las grandes obras hidráulicas, pero también cierta fascinación…
Es la escala lo que me fascina. No hay nada de malo en manipular un flujo de agua para regar cultivos. Pero cuando los esquemas de irrigación alcanzan una dimensión faraónica (como la inversión del curso de los ríos siberianos Obi e Irtish del Norte al Sur a lo largo de más de 2.000 kilómetros, como intentaron los soviéticos) las cosas se van de las manos. En Ingenieros del alma me centré en la supuesta influencia de la construcción de grandes obras fluviales en el despotismo de estado, una tesis originalmente planteada por Marx y posteriormente desarrollada por Karl August Wittfogel.

En El Negro y yo reflexiona acerca de la posibilidad de que Occidente contribuya a reparar los efectos del colonialismo. Parece muy escéptico acerca de la utilidad de la cooperación.
Soy crítico con el papel de un tipo de cooperante para el desarrollo muy concreto: justamente el tipo de cooperante en el que se suponía que yo debía convertirme. Es decir, un experto en cierto campo (irrigación, en mi caso) que trabaja en un proyecto específico durante tres años en -pongamos- Guinea Bissau y, a continuación, durante otro periodo en Ecuador o Nepal… Mi experiencia personal en Perú de la que antes hablaba me enseñó que este tipo de ayuda para el desarrollo está impregnada de la idea de «conviértete en uno de nosotros». O «venga, hazlo a nuestra manera». Por muy buenas intenciones que se tenga, hay algo paternalista en el hecho de decirles a los indios aymara, como se suponía que yo tenía que hacer, de qué modo tienen que regar sus campos o plantar sus patatas (a pesar de que la patata procede de los montes andinos). Creo que la figura del técnico trabajador para el desarrollo que llega de lejos para occidentalizar otros países ha quedado obsoleta. Es hora de exponerlo en un museo, de hecho, bien podría reemplazar al Negro.

http://www.ladinamo.org/ldnm/articulo.php?numero=28&id=716

http://www.ladinamo.org/ldnm/articulo.php?numero=28&id=716