La visita de Estado del presidente Donald Trump a China pasará a la historia como el día en que Estados Unidos reconoció finalmente la preeminencia de Beijing como superpotencia mundial, un reconocimiento que no hay necesidad de formularlo en una declaración formal; se puede leer claramente en el trasfondo del comportamiento diplomático, en la percepción global y en la cambiante cobertura mediática.
La delegación de Trump, en la que participaron destacados líderes empresariales estadounidenses, se relacionó durante la cumbre con el presidente Xi Jinping no desde una posición de dominio mundial absoluto, sino a través de una perspectiva de pragmatismo defensivo. Este planteamiento transaccional se centró en asegurar los compromisos comerciales bilaterales y evitar fricciones económicas catastróficas.
El espectáculo del líder del mundo occidental adaptándose a las condiciones de Beijing mientras gestiona activamente las preocupaciones económicas internas supone un cambio profundo. La postura tradicional de Estados Unidos como indiscutible potencia hegemónica mundial se ha transformado en la de una gran potencia entre iguales, que busca unos términos estables de coexistencia con un rival imposible de ignorar.
Este momento solo se puede comparar con la histórica visita de Richard Nixon a Beijing en 1972, aunque las circunstancias son totalmente diferentes. El objetivo de Estados Unidos en aquel momento era explotar las divergencias chino-soviéticas y conseguir tener más influencia que la Unión Soviética a cambio de la normalización de las relaciones.
En 1972 China estaba aislada desde el punto de vista económico y era una sociedad agrícola que se estaba recuperando de graves tensiones internas. Beijing es hoy un gigante financiero que presume de ser la mayor economía del mundo según la paridad de poder adquisitivo, es un centro fundamental de las cadenas de suministro mundiales y un líder de las tecnologías de última generación, como la inteligencia artificial.
En el ámbito militar, el Ejército Popular de Liberación
se ha convertido en una poderosa fuerza naval y de alta tecnología
capaz de impedir el acceso al Pacífico occidental. Esta vasta
expansión económica y militar se traduce en una influencia global
sin precedentes, que altera el equilibrio de poder en Asia, África y
América Latina.
Si tenemos todo esto en cuenta, parece que la vista de Trump a China tiene que ver más con un imperio en decadencia que intenta gestionar su propio declive, un paso que probablemente lleve a importantes concesiones.
Donde es más evidente este declive del estatus de Estados Unidos es en Asia Occidental. Décadas de campañas militares desastrosas, de alienación política y el deterioro de las alianzas tradicionales han erosionado la credibilidad de Washington. Las potencias regionales ya no consideran a Estados Unidos un garante indispensable de su seguridad, sino que miran a un futuro multipolar.
China ya es el mayor socio comercial de Asia Occidental y sus intereses van desde las importaciones masivas de petróleo crudo hasta las inversiones en infraestructura a gran escala en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, redes de telecomunicaciones de vanguardia y redes de energía limpia por valor de miles de millones de dólares.
Sin embargo, la manera que tiene Beijing de encarara las relaciones con Asia Occidental es esencialmente diferente de la de Estados Unidos, que heredó el legado colonial de Gran Bretaña y Francia. Aunque Washington se resiste a considerarse una potencia colonial, se comporta como tal: utiliza su poderío militar para lograr dominio político y privilegios económicos.
China es diferente. Al estar libre del lastre de una pasado colonial regional y al tener memoria histórica como superviviente ella misma del imperialismo occidental, China utiliza para su expansión un modelo completamente alternativo: integración económica, desarrollo y relaciones comerciales. Con todo, este modelo podría cambiar si cambian las circunstancias. Si Beijing se ve obligada a defender sus fuertes intereses y sus rutas enérgeticas, puede que adopte una postura más firme, similar a su actual estrategia asertiva en el mar de la China Meridional.
Hace años que ha ido disminuyendo la influencia estadounidenses en Asia Occidental y prueba de ello es el último documento sobre Estrategia de Defensa Nacional estadounidense, publicado a principios de 2026. Este documento vincula explícitamente la prioridad militar estadounidense a una postura que prioriza el territorio nacional y a la contención de China en la región indopacífica. Al mencionar formalmente la Doctrina Monroe para centrarse en el hemisferio occidental y destacar el apoyo condicional a los aliados, los propios documentos de Washington muestran un repliegue estratégico y el reconocimiento de haberse extendido demasiado.
En este contexto no se debe entender las destructiva escalada de Estados Unidos e Israel contra Irán como una vuelta de Estados Unidos a Asia Occidental, sino como un intento desesperado de mantener su importancia. La situación recuerda mucho a la agresión tripartita (Gran Bretaña, Francia e Israel) contra Egipto en 1956. Del mismo modo que aquella desafortunada campaña fue un intento desesperado y violento por parte de unos imperios europeos en decadencia de demostrar la relevancia de Occidente tras el devastador coste de la Segunda Guerra Mundial, las actuales acciones de Estados Unidos e Israel son los espasmos imprevisibles de una hegemonía en declive.
Dada la agenda global de expansión e integración de China, es probable que Beijing resulte ser el nuevo actor global en nuestra región, aunque adecúe ese papel para que signifique asociación entendida como lo opuesto a dominio.
Al advertir en contra del horror vacuii, Aristóteles proponía que cada espacio se debe rellenar con algo; si Estados Unidos se marcha o su presencia se sigue reduciendo, ese espacio político no se quedará vacío . El futuro supone para el mundo árabe tanto un reto como una oportunidad inmensa. La salida de Estados Unidos creará unos márgenes políticos que deben aprovechar los países árabes y llenar según sus propios criterios. Si no lo hacen, lo harán otros.
Las naciones árabes, lo mismo que otras del Sur Global, son plenamente conscientes del peligro que entraña la vulnerabilidad durante los cambios globales trascendentales mientras las grandes potencias rivalizan por la influencia. También reconocen que el comportamiento de Estados Unidos, que actúa como facilitador de Israel al tiempo que es incapaz de controlar los resultados que ello provoca en la región, solo contribuye a la desesperación estratégica de Washington. Esta desesperación podría llevar a una salida repentina y caótica de Estados Unidos que deje a un agresivo Israel para que se expanda como potencia hegemónica local, o provocar más campañas militares carentes de estrategia que tendrán unas consecuencias nefastas. Todo ello deja a las naciones de Asia Occidental rehenes de una imprevisible política exterior estadounidense que da a un expansionista Israel oportunidades de generar más caos.
Por consiguiente, esta situación exige al mundo árabe una claridad política y una unidad totales, que insista en una verdadera soberanía y en la libertad para actuar en base a los intereses del pueblo. Esta nueva agenda debería priorizar el desarrollo humano y la prosperidad económica, junto con la igualdad y la justicia social.
Asimismo, los árabes deben lograr un nuevo pacto político que rechace más injerencias extranjeras o intervenciones militares, y que exija responsabilidades a cualquier gobierno que se desvíe de este principio.
Por último, una postura árabe unificada debe ir más allá de la mera retórica para llegar a acciones concretas destinadas a exigir responsabilidades a Israel, y debe trabajar sin descanso por la libertad de Palestina y acabar con la ocupación ilegal de territorios libaneses y sirios.
Las puntos de vista políticos árabes deben anteponer estas cuestiones en todas las futuras integraciones con actores globales, incluida China, para garantizar que acaba de una vez por todas el ciclo de violencia que dura ya un siglo y que ha sido causado por el colonialismo occidental.
Texto original: https://znetwork.org/znetarticle/the-urgent-need-for-a-united-arab-initiative/
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