Revelado por la inteligencia iraní, en su momento se informó que los Estados Unidos habían instalado en el norte de Afganistán un grupo de mercenarios de Asia Central con el rótulo de Daesh Wilāyat Khorasan (DWK), que habían combatido al Gobierno del presidente Bashar al-Assad, como parte de la feroz embestida de Occidente contra Siria, en lo que se conoció como la operación Primavera Árabe, diseñada en Londres para terminar con ese Gobierno y el del coronel Mohammad Gaddafi en Libia. Y cuyos trágicos resultados están a la vista, tras haber pulverizado a las dos naciones más progresistas de Medio Oriente y África, dejándolas a las puertas de convertirse, ambas, en Estados fallidos.
De aquel grupo de mercenarios instalados en Afganistán como medida desesperada del Departamento de Estado para intentar un quiebre en las monolíticas milicias talibanas, intentando así evitar una victoria, que ya entonces parecía incontenible, aunque llegaría seis años después, el D-K era un reaseguro… literalmente una mina de retardo para que estalle en el momento oportuno y, por lo que parece, ese momento se aproxima.
Como ya hemos visto, desde su exitosa entrada a Kabul en agosto del 2021, el mullah Hibatullah Akhundzada, líder supremo del Emirato, no ha podido unificar su poder: las tensiones entre Kabul, donde se ha instalado el poder político, y la ciudad de Kandahar, sede del poder religioso, por momentos parecen aproximarse a un quiebre total. A esto se suma la crónica crisis económica, en un país sin ningún rubro que le provea de divisas. Esta misma inestabilidad a la vez está demorando la llegada de inversiones extranjeras. El correlato de esta situación es lo que lleva a cada vez más frecuentes movilizaciones de multitudes carenciadas, fundamentalmente en el plano alimentario y de salud. Estas protestas son encabezadas por los agricultores, a los que se les ha prohibido, por intermedio de una fatwa, como ya lo había hecho en el año 2000, continuar sembrando adormidera para la producción de opio. Reduciendo las áreas cultivables de más de 230.000 hectáreas a unas 11.000.
En este marco se suma el conflicto con Pakistán, con quien desde fines de febrero están formalmente en guerra de baja intensidad, pero guerra al fin, que ya ha provocado centenares de muertos y daños a infraestructuras que cada vez es más difícil reconstruir. Como todas las de este tipo, siempre mucho más difícil de desescalar que de terminarlas. En este caso, Islamabad reclama desde hace años que los mullah dejen de dar protección al Tehrik-e-Talibán Pakistán o TTP (Movimiento de los talibanes pakistaníes), que usan Afganistán como santuario para atacar blancos en territorio pakistaní.
Este cúmulo de situaciones, que hace cada día más agobiante la realidad afgana, parece anunciar una nueva crisis que arrastrará a los 37 millones de afganos a un nuevo capítulo de una guerra que trágicamente parece ser siempre, desde hace más de cuarenta años, la misma. (Ver. Afganistán, grietas en el emirato).
En este contexto, fuentes rusas vinculadas al Ministerio de Exterior han denunciado el envío de armamento y municiones occidentales desde Ucrania al Daesh Wilāyat Khorasan, dejando en claro la jugada de los Estados Unidos hace más de una década.
Recordemos que la asociación entre los terroristas del DWK y Kiev fue la que produjo el ataque al complejo moscovita Crocus City Hall, en marzo de 2024, que dejó al menos 144 muertos y más de 550 heridos. Ver: Rusia: El laberinto de Crocus.
En las actuales condiciones, cuando sabemos que el eje Washington-Kiev-Tel Aviv-Abu Dabi, y en menor medida Arabia Saudita y Pakistán, están utilizando todos los escenarios de conflictos, como vemos, lo están haciendo junto a los grupos terroristas en el Sahel,como Grupo de Apoyo al Islām y a los musulmanes (JNIM), franquicia de al-Qaeda y del Estado Islámico para el gran Sahara, en la guerra civil en Sudán y en Somalia, por ejemplo, para posicionarse territorialmente en búsquedas de recursos naturales e influencia geoestratégica.
Moscú no cree en lágrimas
Fue el propio ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, el encargado de denunciar la creciente capacidad militar de las organizaciones terroristas que operan en Afganistán, con un sospechoso acceso a armamento de última generación, drones y, además, elementos de comunicación.
Según Lavrov, las armas y municiones que están llegando al D-K son suministradas como parte del material enviado por la OTAN a Kiev, desde donde, por diferentes vías, son reenviadas no solo a los muyahidines de la wilāyat (región-país), que en la actualidad cuenta con campos de entrenamiento y bases de apoyo en el este, norte y noreste afgano, sino también a las katibas que operan en África. Si bien el ministro no especificó cómo ingresan esos envíos a Afganistán, algunos funcionarios rusos de segundo rango han deslizado que sería a través de Pakistán, ya que es improbable que lo hagan desde Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, Irán y mucho menos China.
Se estima que además del wilāyat Khorasan, que es la más poderosa y activa, otras veinte organizaciones terroristas antitalibán funcionan en la actualidad en el emirato con una fuerza en total cercana a los 25.000 hombres. Muchos de ellos llegados desde el exterior.
Algunos analistas consideran que la presencia de estos terroristas en Afganistán no solo apunta a desestabilizar el poder de Kabul y Kandahar, sino el resto de la región, creando focos de insurgencia en proximidades de Moscú, Beijing y Teherán, mucho más si tenemos en cuenta el actual contexto de la guerra de Washington y Tel Aviv contra Irán.
Por lo que nadie puede analizar este contexto sin tener en cuenta los diferentes servicios de inteligencia occidentales o prooccidentales que desde hace décadas operan en el interior iraní, que en muchas oportunidades han intentado levantar las tribus no persas (árabes, kurdas y baluchis) localizadas en territorio iraní, aportándoles armamento y fondos. A principios de la guerra en febrero último, se conoció el flujo de armamento y dólares en aquellas tribus para generar un frente interno que, si bien fueron recibidas, nunca las apuntaron contra el Gobierno de los ayatolás, sino que las han utilizado para resistir a pocos intentos de ocupar territorio vía aérea.
Para lo que Pakistán una vez más, como durante la guerra antisoviética de Afganistán (1979-1994), facilitó el envío de armamento occidental desde Ucrania, ahora lo hace con los terroristas del Daesh distribuidos en varias provincias afganas.
Pakistán en este conflicto juega en diferentes tableros, ya que si bien es cierto que el TTP, junto a los grupos separatistas de Baluchistán, tiene en el territorio afgano un gran santuario donde han establecido campamento, campos de entrenamiento, hospitales a donde regresan después de sus operaciones, habiéndole provocado centenares de bajas a las Fuerzas de Seguridad de Islamabad, no deben descuidar su frontera sur con India, que es también un vector clave en la región y se sospecha tiene mucha injerencia en las acciones de los terroristas, a los que no solo financia, sino que también colabora con Kabul para mantener el frente norte de Islamabad encendido.
El Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif, perteneciente a una de las familias políticas más vinculadas con los Estados Unidos a lo largo de la historia independiente de Pakistán, se ha revelado como factor clave para la transferencia de armamento pakistaní a Ucrania a comienzo de la Operación Especial rusa, con un acuerdo secreto en 2023, a cambio de miles de millones de dólares de Washington para el rescate de deuda pakistaní con el FMI, después de la Argentina uno de los países más endeudados del mundo. Por lo que seguirá asistiendo a los terroristas del Daesh Wilāyat Khorasan para seguir generando inestabilidad en la región, a donde Estados Unidos pretende retornar tras la ignominiosa derrota del 2021.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
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