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Crónicas sabatinas

Homenaje a Gabriel Jackson en Barcelona

Fuentes: Rebelión

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. / Hay otros que luchan un año y son mejores. / Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. / Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”

Bertolt Brecht

Para Mario Bunge (1919-2020), por su rigor, por su filosofar profundo y sólido.

Para Juan Eduardo Zuñiga (1919-2020), por sus relatos imperecederos.

Para don Antonio Machado (1875-1939) y Giulia Adinolfi (1930-1980), 81 y 40 años después.

Y, por supuesto, para Gabriel Jackson (1921-2019) [https://www.youtube.com/watch?v=czK-8s1jBV4.]

Pujol es el político más importante de Cataluña del siglo XX.

Jaume Sobrequés (2020)

La idea de una rebelión popular catalana existe solo en libros de propaganda nacionalista. La de 1705-1714 fue una guerra como cualquier guerra civil, una guerra de represión. Pero no fue una rebelión popular. Es una réplica de la imagen liberal de la resistencia del pueblo español contra los franceses. El hecho de que la mitad de los catalanes, o puede que más, estuviera de lado de Felipe V se omite deliberadamente de estos libros de Historia.

Henri Kamen (2020)

La gran visibilidad y poder del independentismo catalán no radica en el apoyo de una mayoría, sino en el apoyo de las clases dominantes social y culturalmente. Los intereses de clase y la identidad cultural se combinan evolutivamente para dar una coartada moral a quienes han adoptado el independentismo, donde resultan inseparables las reivindicaciones culturales y las fiscales (éstas más o menos camufladas). El último objetivo de las élites catalanas que impulsan la independencia sería para Piketty crear un paraíso fiscal, al igual que los partidarios del Brexit en Inglaterra, en un contexto de creciente movilidad del capital. El “síndrome catalán”, pues, resultaría de la incapacidad de las fuerzas políticas, especialmente la socialdemocracia, para trasladar al nivel transnacional la lucha por la igualdad […] El autor considera que el independentismo catalán (u otros social-separatismos) no hubiera sido tan fuerte con una Europa más potente en sus elementos distributivos, y señala de esta manera la forma de superar síndromes como el nuestro con el consentimiento, si no el entusiasmo, de una gran mayoría. Para superar el síndrome catalán hace falta un proyecto ambicioso impulsado desde diversas partes (y no, una “oferta de Madrid”), que pueda compartir una gran mayoría de la sociedad catalana, no sólo las clases medias que se pueden sentir más o menos catalanistas. El social-federalismo de Piketty señala el camino.
Francesc Trillas (2019)

Para la versión ampliada:

Un regalo-recomendación: discurso de Lourdes Oñederra, pronunciado el pasado jueves 20 de febrero. https://www.youtube.com/watch?v=HnoWdfaD0zE&feature=youtu.be. Un comentario del compañero Ángel Martínez:

Os mando el enlace del discurso de una amiga, Lourdes Oñederra (escritora, catedrática de Fonología y académica de la Real Academia de la Lengua Vasca), pronunciado el pasado jueves en el homenaje a Fernando Buesa, con motivo del XX aniversario de su asesinato y del de su escolta, Jorge Díez.

Discurso que ha levantado ampollas en determinadas sectores, pero que, a otros, hoy nos reconcilia con el género humano, y como dice nuestro amigo Martín Alonso en un texto de agradecimiento al discurso… “Muchas gracias por esta inmensa lección. Por ese ejercicio supremo del magisterio que remite a la única identidad que merece ser atendida porque es la que nos constituye como humanos, como personas con dignidad, la identidad moral (Jonathan Glover)”.

Les supongo informado de la composición de la “mesa de diálogo” y del primer encuenbtro del pasado miércoles 26 de febrero. Es más que evidente (y es punto nodal) que muchos ciudadanos catalanes no nacionalistas no podemos sentirnos representados. En absoluto. Un desequilibrio evidente. Los representantes nacionalistas sólo representan a los suyos, a los nacional-secesionistas. Por lo demás, y para evitar desenfoques o ensoñaciones, ERC, el ahora “sector moderado” del nacional-secesionismo, agitó hace muy pocos días a sus fieles afirmando que la independencia .Cat está al caer. El sector “intransigente”, el clan CP y afines, ha organizado un encuentro de los suyos el próximo 29 de febrero, en Perpignan, en la que llaman “Catalunya Nord” (Para la interpretación de esta primera reunión: Iñaki Gabilondo, “El primer paso hacia nadie sabe dónde”. Con la preocupación por el coronavirus, que crece, y por la economía, que tiembla, el jeroglífico catalán sonaba ayer como algo extraño y extemporáneo, como un disco rallado. https://elpais.com/elpais/2020/02/27/la_voz_de_inaki/1582788802_559116.html).

La primera cita es la más significativa: lo ha afirmado recientemente (mediados de febrero) un historiador nacional-secesionista ex dirigente del PSC. Con perdón por el símil taurino: el ex molt honorable Jordi Pujol, el corrupto confeso, nos dejará algún día y saldrá por la puerta grande con dos orejas y un rabo y con honores de “hombre de Estado”. ¿Exagero? Al tiempo. Las otras dos citas transitan por senderos críticos.

Nuestro tema: Gabriel Jackson.

El colectivo Juan de Mariena ha organizado un homenaje en recuerdo del gran historiador norteamericano, ciudadano barcelonés durante muchos años. Este sábado por la mañana, 29 de febrero, cuando ustedes probablemente vean esta sabatina, se estará celebrando. En el Centre Cívic Teresa Pàmies (calle Urgell, 155, Barcelona; L5, Hospital Clínic). Tanto la escritora catalana, como su compañero, Gregorio López Raimundo, estarían felices por la iniciativa.

Han dividido el acto en tres bloques: 1. Gabriel Jackson, persona. 2. Gabriel Jackson, historiador. 3. Gabriel Jackson, activista. Son muchos los familiares y amigos que intervendrán. Entre ellos: Katherine Jackson (su hija), Carmen Negrín (nieta del presidente republicano), Ángel Viñas, Gonzalo Pontón, Joan Botella, Francesc de Carreras,… Otros invitados han excusado su asistencia y han enviado textos para su lectura. Paul Preston, Julián Casanova y Sebastian Faber son algunos de estos últimos.

Desde la perspectiva de nuestra temática, es justo recordar aquí algunos de los textos y reflexiones del autor de La República española y la guerra civil.

En un artículo de hace 24 años, 12 de enero de 1996 (“Matices catalanes”), comentaba nuestro historiador:

Desde el 8 de septiembre vengo preguntándome, y preguntando a mis amigos, sobre los sentimientos lingüísticos de una parte considerable de la opinión pública catalana que no está fielmente representada por ninguno de los cinco partidos que compitieron en las recientes elecciones. En aquella fecha, como parte de la celebración anual de la Diada, di una conferencia en el Ayuntamiento de Barcelona titulada Sobre cultura lingüística y nacionalismo. Mi tesis general era que Cataluña, a través de su sistema escolar, y con una administración equitativa de la Ley de Normalización, tiene una oportunidad muy favorable de crear una auténtica sociedad bilingüe; que, igual que la transición a la democracia tras la muerte de Franco ha surgido como un modelo para muchos países de Latinoamérica y Europa del Este salidos de una dictadura, la convivencia de los idiomas y de las culturas catalana y castellana podría proporcionar un modelo más afortunado de bilingüismo que las situaciones que existen en Canadá o Bélgica.

Añadía:

Uno de los efectos secundarios sorprendentes de mi conferencia fue la cantidad de llamadas telefónicas de gentes que no me conocían personalmente, y la cantidad de comentarios de tenderos locales que sí me conocen, para decirme que agradecían escuchar a alguien decir cosas que piensan desde hace tiempo pero se sienten reacios a expresar en público. Después de 12 años viviendo en Barcelona, sé bien que muchas personas, especialmente entre los intelectuales y los políticos, sienten emociones muy intensas en torno a la cuestión lingüística. Pero me sorprendió que tantas personas me dijeran que yo expresaba cosas que. ellos no podían decir «sin quedar mal», o que incluso les podían perjudicar en su vida profesional.

No se olvidaba Jackson de la “realidad real” de la situación:

Hay dos dificultades políticas generales que afectan especialmente a los profesores y funcionarios, pero que en alguna medida afectan a todas las personas del sector económico de los servicios. Una de ellas es la diferencia sabida pero no reconocida entre la letra de la ley y la administración preferida de dicha ley mientras CiU esté en el poder. En teoría, se supone que los dos idiomas deben enseñarse y emplearse por igual, pero de hecho el esfuerzo nacionalista es dar una preferencia clara y constante al catalán, con la justificación extraoficial (victimista) de que el catalán sigue siendo el idioma desfavorecido incluso después de más de una década de normalización. Por eso, los profesores que quieren realmente usar los dos idiomas son vistos con malos ojos por la Administración. Un resultado práctico es que las escuelas empresariales y universidades tienen que enseñar castellano a los alumnos procedentes de institutos locales.

Finalizaba con las siguientes palabras (que también hago mías):

En mis conversaciones con intelectuales catalanes. he notado otro rasgo curioso y desgraciado. Casi nadie habla del bilingüismo como un enriquecimiento cultural, como una oportunidad de hablar, leer y escribir en dos idiomas. Casi toda la discusión gira en torno a presiones competitivas y diferencias entre «ellos» y «nosotros». Sin embargo, la mejor oportunidad de que Cataluña sea una sociedad europea singular, próspera y culta está precisamente en la colaboración voluntaria de sus dos culturas lingüísticas. Y en el seny de sus ciudadanos de a pie, frente al esnobismo cultural de gran parte de su élite.

En un artículo posterior, 5 de diciembre de 2000 (¿Somos todos nacionalistas de algún tipo?”), Jackson se expresaba así:

En los 16 años que ya llevo viviendo en Barcelona he mantenido muchas conversaciones con amigos catalanes que profesan algún tipo de nacionalismo catalán o un cierto grado de catalanidad. Mi actitud con respecto al tema lingüístico, que es el que he discutido con más frecuencia, ha sido que creo que una sociedad bilingüe supone una forma de enriquecimiento para todos sus habitantes; que, por lo tanto, estoy a favor del uso tanto del catalán como del español como idiomas de uso en todos los niveles del sistema educativo, pero que en la mayoría de las cuestiones económicas, sociales y políticas relativas a la calidad de la vida humana, así como en las decisiones importantes que se deben tomar en una sociedad democrática, el nacionalismo supone una complicación innecesaria para una situación ya compleja de por sí. Actitud que muchas veces ha suscitado la réplica, en un tono de amistosa exasperación, de que «todos somos nacionalistas de algún tipo, tanto si lo reconocemos como si no».

En su texto, apuntaba, iba a intentar ser todo lo incluyente que le fuera posible sobre su propia «identidad». Invitaba al lector a valorar si efectivamente él era inevitablemente un nacionalista de algún tipo. Tras describir partes sustantivas de su biografía señalaba:

Llegado a este punto me pregunto y pregunto a todos los lectores: ¿hay alguna variante de nacionalismo oculto en esta lista de experiencias, emociones y compromisos personales? En concreto, si creo que a los niños catalanes les beneficiaría contar tanto con el catalán como con el español como lenguas de uso en la escuela, ¿me convierte eso en un espanyolista? Y si creo que la separación entre Iglesia y Estado en EE UU y la libertad de inmigración en Estados Unidos son ejemplos deseables de medidas políticas a largo plazo, ¿me convierte eso en un nacionalista estadounidense?

Nuestro músico mozartiano pensaba que el verdadero problema era que, cuando a la gente le preocupaba ante todo su nacionalidad o identidad étnica particular, empezaba a examinar cada pronunciamiento político y cada acontecimiento local en busca de las implicaciones para dicha identidad.

Con ese estado de ánimo, todos los debates sobre impuestos, o sobre líneas de trenes de alta velocidad, o sobre adjudicaciones del agua, o sobre derechos de gestión de costas, o sobre subvenciones a los museos de arte o las salas de conciertos, etcétera, se convierten automáticamente en debates que implican a «nuestra cultura» y a «nuestra identidad». Al decir esto no pretendo achacar, en absoluto, ninguna responsabilidad especial a las sensibilidades catalanas. Cuando estoy en Madrid me veo defendiendo a Cataluña contra unos prejuicios ridículos, y cuando estoy en Barcelona tengo que recordar a los amigos que Franco ha muerto y que Madrid es la sede de un Gobierno elegido democráticamente.

Concluía así su argumentación:

No tengo ni idea del porcentaje de personas que, como yo, piensan que su identidad consiste en sus creencias políticas y morales, en sus preferencias estéticas, en sus gustos y aptitudes acumulados y en las muchas imágenes de sus primeros años de vida que han establecido esos principios y esos gustos, la mayoría de los cuales no tienen nada que ver ni con la raza ni con la nacionalidad. Probablemente el porcentaje será muy pequeño. De otro modo, los nacionalismos no tendrían ni remotamente la fuerza que tienen. Pero, a menos que exista algún elemento de nacionalismo oculto entre los componentes de mi identidad personal, tengo que insistir contundentemente en que no todos somos nacionalistas de algún tipo.

En “Propuestas para una izquierda democrática” (5 de marzo de 1998), nuestro gran y sutil melómano comentaba:

La izquierda debería darse cuenta de que el nacionalismo político en la Europa contemporánea favorece a la derecha. Cuando Italia luchaba por liberarse de Austria y de los papas, cuando los griegos luchaban por su independencia contra el imperio turco, cuando los pueblos de Europa central y del Este luchaban contra los imperios reaccionarios de los zares, los Hohenzollern y los Habsburgo, el nacionalismo fue por lo general progresivo en sus resultados. Lo mismo puede decirse de España, cuando los nacionalismos vasco y catalán lucharon contra el caciquismo y contra una monarquía falsamente llamada «constitucional» a finales del siglo XIX; y, por supuesto, cuando se resistieron, en formas limitadas, a la dictadura de Franco. Pero, hoy día, esos nacionalismos representan oligarquías conservadoras que luchan por un privilegio especial contra el primer Gobierno democrático y descentralizado estable de la historia de España. La misión de la izquierda es contemplar las cosas desde el punto de vista de la solidaridad humana, en lugar de competir por votos con la derecha apoyándose en mitos y resentimientos nacionalistas.

Fueran muchas las enseñanzas, en este y en tantos otros ámbitos, de este verdadero maestro en la Academia y fuera de ella, un verdadero maestro de ciudadanos/as, un historiador e intelectual muy sólido al que una vez llamó Pujol a su despacho en la Generalitat. Cuando Jackson empezó a hablar, el molt ex honorable le interrumpió inmediatamente y le soltó, con toda la descortesía del mundo, que no le había mandado llamar para que le contara su impresión y concepción de Cataluña sino para que escuchara sus palabras y su visión del país. La suya, no la de él. Así que, silencio y a tomar nota, hablaba el “Jefe”.

Les dejo con una música que a él, a pesar de su gusto por lo clásico, probablemente no le hubiera disgustado: “Jarama Valley / Bandiera Rosa – The Laggan” https://www.youtube.com/watch?v=l_Ql-iLRnKs&list=RDl_Ql-iLRnKs&start_radio=1

Una invitación, resérvense la mañana si pueden: presentación del último libro del profesor Andrés Martínez Lorca, Tomás de Aquino, Exposición de la Política de Aristóteles.

El acto tendrá lugar el próximo día 12 de marzo, jueves, en la Sala de Grados de la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), a las 10:00 horas. Acompañarán al autor tres profesores de la Facultad; el latinista José Martínez Gázquez y los medievalistas Jaume Mensa y Alexander Fidora.

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