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Junior Jein no llegará a la hora de la cena

Fuentes: Rebelión

En lo que va del 2021, los líderes comunitarios afrocolombianos asesinados son 172, incluyendo a Junior Jein.

Madre

No llegaré a la hora de la cena

Aparecí en un lugar

Que no era mi hogar

Me duele estar tan lejos

Oigo me están llamando.

¿Quién los mató?,

-Hendrix Hinestroza Mosquera (cantor y compositor afrocolombiano)

                Junior Jein tampoco llegó a la hora de la cena. Y jamás volverá a otra merienda de negros.  Y no es uno más, son todos en él y él con todos en la comunidad afropacífica colombo-ecuatoriana, la Gran Comarca como la identificaban los ancestros combatientes de ambos lados de la raya (frontera interestatal). Es un asesinato a miles de kilómetros de donde yo vivo (Esmeraldas, Ecuador), y por eso la distancia debería amortiguar tristeza e indignación, pero la borrasca del encabronamiento está ahí, justo ahí compartiendo axê emocional con la preocupación solidaria con las Comunidades Negras de Colombia. Estoy seguro que fue rabia sagrada Costa abajo y Costa arriba, porque sabíamos de otros asesinatos como los cinco jóvenes de la canción Hendrix B. Y ahora también esta ausencia.

                Media noche del 13 de junio, domingo 13, día y número fatales para un hermano de otra madre que salió para volver, pero no habrá retorno. Dicen que fueron dos sicarios, sí, claro, las manos ejecutoras. Media noche sin malos presagios, en Cali, discoteca A otro nivel disco club, quienes saben de temas arcanos, dicen que la media noche es el punto nodal de las ánimas benditas y de aquellas que por razones éticas se quedan en penitente soledad, las llamadas ánimas solas. Y no olvidemos esas que estando de este lado de la vida salen a “recoger sus pasos”. En fin, son cosas de gente mayor, colectivos de cantadores de alabaos y, por respeto, con los orixâs no se juega.

                ¿Quién realmente mató al Caballo (o Cabaio)? Hay un par de nombres de aquellos que dispararon al momento de desembarcar del vehículo. Son dos de los cuatros, genéricamente llamados sicarios, que estuvieron en la emboscada. La prensa la suelta para barrer hipótesis: Junio Jein era chantajeado por unos bandidos llamados Los Espartanos y al no pagar ya se sabe. Pum. Ese es el escenario último y todo final tiene un principio. ¿Quién realmente asesinó a Junior Jein?  Mientras los alabaos no pierdan intensidad su recuerdo será oral y hallará oídos receptivos, después quedará la memoria colectiva de cada lado de la raya. Las manos ejecutoras están capturadas, pero las mentes que preferían a Harold Angulo Vencé quejándose sin remedio en una esquina de Buenaventura y no a Junior Jein cimarroneando en voz alta en Cali o por las redes sociales, de esas quizás nunca sabremos. Quizás.

                ¿Quiénes están matando a la juventud afrocolombiana? ¿Quién los mata? Es una vaina sistemática como corresponde a la criminalidad política sistémica del Estado colombiano. ¿Quién los mató? Es Rithm and Poetry, es flow arrullo-bundeao, currulao y es manifiesto lírico que interroga de frente: “¿quién interrumpió sus sueños? Eso no era justo, no, (¿Quién los mató?” A tres voces ( más coros, por supuesto) con Hendrix B, Alex Play y Nidia Góngora. Y además Junior Jein, por supuesto. Cinco jóvenes afrocolombianos asesinados y de los cuales no se podrá decir que “andaban en cosas raras”, difamación oficial para que policía y Fiscalía colombianas no investiguen. República de la impunidad con democracia perversa del bandidaje. O del paramilitarismo. Con cada muerte los grupos sociales hegemónicos colombianos incrementan sus privilegios económicos. Y no comenzó ayer, por cierto.

                ¿Ustedes qué creen? ¿Chantaje de bandidos urbanos (o regionales) o chantaje-mensaje para que ningún artista cruce la línea de la denuncia política-cultural? Debe haber algún punto de encuentro en estas geopolíticas de intereses disímiles y a la vez parecidos por su esencial moral; no está escrito, pero es aceptado en las narrativas discriminatorias de la sociedad colombiana; llueven argumentos lamentables y no mojan las conciencias que deberían, porque son líquidos malditos del mismo material de todos los Gobiernos colombianos. Aguas mortíferas tanto como el uribismo. Los medios corporativos de Colombia trabajarán sus versiones hasta conseguir cierta verdad fantasmal, ellos agrandarán las dudas hasta que ya no lo sean y se conviertan en hard boiled y, una vez más, los líquidos detestables mojando la nitidez de otras manchas macabras. En definitiva, el verso está ahí, gritando la verdad más verdadera: “Sangre, hay sangre en unas manos ajenas…”[1] De quienes dispararon y de quienes pensaron que el artista al soltar la palabra sentipensante ocurre el optimismo maoísta: una chispa le prende fuego a la pradera. Y algunas regiones de Colombia son hojarasca.

                Los líderes comunitarios afrocolombianos asesinados, mujeres y hombres, en este 2021 son cientos, algunos periódicos que llevan contabilidad fúnebre precisan: 172. Incluyendo a Junior Jein. Y la pregunta no hay que detenerla, que se repita como en disco de melodía larguísima y un solo verso campanea todo el tiempo en las calles y en las veredas: ¿quién los mató? O mejor: ¿quién interrumpió sus sueños? ¿Quién dañó sus ilusiones para siempre? ¿Quién, maldita sea, quién? Claro, que se sabe quiénes son. Y lo sabe todo el mundillo institucional de la justicia: policía, fiscalía, Gobierno, vecinos y hasta las probables víctimas que dejan el miedo amarrado a una pata de la cama. Y, previa persignación más la encomienda de seguridad personal a los Ancestros, salen a buscar su Madre de Dios, en el espectáculo, en el cultivo agrícola, en el oficio artesanal, en el comercio de medio pelo, en la organización social, en el arte y en la palabra politizada. Hay quienes emigran a otras ciudades, porque el plebiscito de la buena fe concluye que más provechosos resultan vivos que muertos. Sean mujeres como Francia Márquez u otros miles de líderes que viven al filo de la existencia disimulando sus actividades en Cali o Bogotá. Y eso que es el país que más personal de seguridad tiene por metro cuadrado, incluyendo G. I. Joes[2] gringos. Una paradoja mortal para el cimarronismo colombiano.  ¿O solo es una metáfora del mismo problema mortal?

                Ese es el otro mensaje, si las sospechas de este asesinato para este jazzman son mucho más que eso, y es entendible hasta para los más animosos: las ánimas benditas no llegarán a la hora de la cena. Jamás. Otra madre buscará donde no hay un cuerpo baleado. Es una elección cada día. Porque el mapeo de la situación es preciso: “Volvió el monstruo que acecha
El que despoja las tierras Y el que pudre las cosechas Tiene la mirada fría y carece de empatía Su apetito es insaciable, tiene la panza vacía No cree en edades, ni dogmas, ni formas, ni normas Destruye lo que ve y no se conforma Solo obedece intereses económicos Infunde el miedo y entierra a soldados anónimos”. La advertencia a los artistas está ahí, por ahí, implícitamente ahí, mientras sean folcloristas de musarañas sus cuerpos no aparecerán como falsos positivos. O aparecerá finado en cualquier manglar. O “ Nada, la vida de los negros no importa nada”, verso cantado por Junior Jein. La suya, Junior Jein, sí nos importa una eternidad. ¡Axê, carajo!             


[1] Estos y los versos corresponden a la canción ¿Quién los mató?

[2] Comic estadounidense creado por David Breger para los militares durante la Segunda Guerra Mundial.

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