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La Casa de los Esclavos

Fuentes: Rebelión

La isla de Gorée situada a unos 3 kilómetros de Dakar, capital de Senegal, es un lugar que apesar de sus bellos paisajes, su gente agradable, sus exóticas plantas y sus coloridas fachadas de las casas; nos trae recuerdo a un período oscuro de la humanidad. Durante tres siglos fue una zona marcada por el […]

La isla de Gorée situada a unos 3 kilómetros de Dakar, capital de Senegal, es un lugar que apesar de sus bellos paisajes, su gente agradable, sus exóticas plantas y sus coloridas fachadas de las casas; nos trae recuerdo a un período oscuro de la humanidad.

Durante tres siglos fue una zona marcada por el comercio de esclavos. Los portugueses descubrieron la isla en el siglo XIV, y posteriormente fue lugar de disputa entre Francia, Holanda, Inglaterra y Portugal, quedando en manos de los franceses gracias al Tratado de Versalles. A partir del descubrimiento del Nuevo Mundo, el comercio de esclavos se intensificó de una manera exponencial. Al parecer, al rededor de 20 millones de esclavos partieron, desde esta isla, hacia Europa, Estados Unidos y América Latina. Se calcula que seis millones de estas personas subyugadas, murieron antes de ser embarcadas hacia otras latitudes. En realidad, los esclavos estaban muertos en vida; porque la vida y la muerte eran dos palabras con un significado casi equivalente para ciertos grupos de seres humanos de aquella época. Las enfermedades, la desnutrición y las torturas los convertía en comida para los tiburones. O bien se transformaban en un montón de huesos en algún lugar de la isla. Pero también es cierto que muchas personas sobrevivieron las condiciones infrahumanas a las que fueron sometidas, y pues millones de almas africanas fueron a parar por todo el mundo.

Cabe señalar, que los europeos aplicaban un proyecto mercantilista a donde iban y que, además, era dependiente de la fuerza esclava. Sus motivaciones para las políticas expansionistas fueron la plata, el oro, otros metales preciosos y el enriquecimiento a costa del sufrimiento humano. Por lo tanto, las colonias españolas y portuguesas necesitaban esclavos para que trabajen en las minas y en la agricultura. Y los europeros llevaban espejos, armas, bisutería barata, ropa, pólvora, sal y otros productos; no solamente para intercambiar por esclavos, sino también para intercambiar por oro, cueros, goma, marfil etc. Otra situación que fevoreció a los conquistadores, fue las guerras entre las diferentes tribus. Esta circunstancia desencadenó la negociación, de los prisioneros de guerra, entre europeos y los jefes de las etnias. La «Casa de los Esclavos», construida en 1776, atestigua este hecho vergonzoso de una historia repudiable, y se ha convertido en un Museo Histórico. Además, fue declarada, por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad en 1978.

La casa es de dos pisos. La parte superior, donde ahora se exiben fotos y textos que denuncian la barbarie de la esclavitud, era la vivienda de los señores que traficaban con esclavos. Lujosos muebles, cortinas y alfombras traídas desde Francia, adornaban los cuartos dando un aspecto de riqueza. Mientras que la planta baja, donde se encontraban los esclavos amontonados como animales, era un recinto lleno de dolor, hambre, angustia, llanto y asesinatos. Es decir, un infierno terrenal para todas aquellas personas que fueron capturadas con violencia, por piratas europeos que traían la codicia en sus mentes. Para someterlos al yugo de la esclavitud usaron falsas teorías, como por ejemplo, que la raza blanca era superior a la negra. Y, por consiguiente, había que insuflar en sus cerebros disciplina a látigos. Esta estructura social de superioridad se practicó a todo nivel. El peso de esta casa y el sufrimiento latente entre los techos hablan por si solos. Los pequeños sótanos, con paredes de piedra y piso de tierra, eran destinados para diferentes grupos de personas dependiendo del sexo y la edad. Un sótano para los hombres jóvenes. Otro para hombres adultos. De la misma manera sótanos para las mujeres y otro sótano para los niños.

Permanecían todos los días sentados espalda contra espalda encadenados. No tenían nombres sino números en el pecho. Salían de los sótanos una vez al día para ir al baño o respirar aire fresco. Las mujeres eran más caras que los hombres tomando en cuenta su dentadura, sus pechos y sus nalgas. Si eran virgenes subía el precio. Un sótano, especial con ventanas sin vidrios y mucho más amplio que lo habitual, era destinado para las mujeres que poseían esas cualidades. Algunos huespedes europeos que vivían en la planta alta de la casa, que por lo general eran mercaderes de esclavos, administradores y militares, bajaban y las observaban a esas mujeres por las ventanillas. Escogían a la mujer más bella, según su criterio personal, y compraban su virginidad. Si la mujer quedaba encinta, se la llamaba «signora» (señora), una derivación del portugues «senhora», y subía un peldaño más, en la jerarquía social que reinaba en la isla. A las mujeres embarazadas se les daba libertad, a sus hijos se los llamaba mulatos o mulatas y nunca eran sometidos a la esclavitud. Las «signoras» más ricas de la isla fueron Victoria Alberis, Anne Pépin y Cathy Louette. Eran dueñas de mansiones y tenían a su disposición esclavos y sirvientes.

Los hombres, por lo general, debían ser fuertes, sanos y pesar 60 kilos. Si un varón pesaba menos era trasladado a un sótano exclusivo, donde permanecía tres meses, para recuperar el peso deseado. De lo contrario, se quedaba en la isla como esclavo domestico. A las personas enfermas se las arrojaba al mar. Y los esclavos, que por alguna razón desobedecían las ordenes de su amo, eran sometidos a castigos brutales. En un calabozo pequeñito permanecían, 10 a 20 esclavos, de cuclillas o de pie almacenados como mercancías, esperando que se cumpla su pena.

Cuando venían a comprar esclavos, sacaban de los sótanos a las personas con mejores atributos. Les hacían posar en el patio, en las gradas exteriores y en el balcón de la planta superior, se encontraban los mercaderes y los traficantes de esclavos. Desde arriba daban ordenes para hacerles dar vueltas, como a vacas, y así poder observar su condición física. Una vez fijado el precio de cada esclavo, atravesaban un estrecho túnel que conectaba, mediante una puerta, hacia el Océano Atlántico. Allí esperaban barcos para transportarlos al Caribe, Estados Unidos, Brasil y a otros sitios del mundo. Esa puerta; era la puerta de la tragedia, la puerta maldita a la cual nunca más regresaban. Se despedían de sus familias con lágrimas en el rostro, desesperados gritos y palabras de angustia. Cada cual partía rumbo a un destino incierto para instalarse en algún trabajo forzado, y nunca más reencontrar a sus seres más queridos.

En el año 1848 Francia abolió el tráfico de esclavos. Sin embargo, la esclavitud continuó en la isla, en el resto de África y en otros continentes. Hoy en día la isla de Gorée, conocida como la isla de los esclavos, es un símbolo del dolor humano. Turistas de todo el mundo van al encuentro, de esa devastadora historia que arrasó con sus habitantes. Sus calles y balcones coloniales, las palmeras, el castillo ubicado en las colinas más altas, el fuerte militar circular, el mar, las olas y las bungavillas le dan un ambiente mágico. Según los isleños, aún se escucha, por las noches, quejidos de mujeres, hombres y niños. Desconsuelos de almas errantes que no logran conseguir la paz. Y que gritan sin pausa para señalar; que millones de personas fueron sometidas a la esclavitud y a la explotación del hombre por el hombre.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.