El pasado agosto publiqué en este medio el artículo «El inmigrante, ese desconocido en la sociedad española». Y la lectura del libro de Abdelmalek Sayak, cuyo título he utilizado para el encabezamiento de estas líneas, del que hablaré más adelante, me reafirma más si cabe en el desconocimiento por parte de la sociedad española de los inmigrantes llegados a nuestro país.
Igualmente en junio de 2018 en este mismo medio publiqué otro artículo de título no menos explícito «Si somos tan civilizados, tendremos que considerar alguna vez a los inmigrantes como personas«. Ni que decir tiene que para determinadas fuerzas políticas, como también para amplios sectores de nuestra sociedad, los inmigrantes, además de desconocidos, no son consideradas personas. Mas, la realidad es la que es.
La llegada muy importante de inmigrantes a nuestro país es un hecho de una gran trascendencia sociológica, probablemente la más importante en las 4 últimas décadas. Es una España diferente y quizá la sociedad española no estaba preparada para asumir la llegada de millones de inmigrantes. Recuerdo en una charla impartida por Cristina Almeida a comienzos de los 90 en el IES “Cardenal Ram” de Alcañiz sus palabras de que la cuestión clave en el futuro iba a ser la llegada de inmigrantes desde el Sur. A todos nos sorprendió. Pero, ¡vaya que sí acertó! Por las mismas fechas, como vicedirector del IES, cargo ya desaparecido de las directivas de colegios e institutos, y encargado de las actividades extraescolares y culturales, me puse en contacto con la ONG AlgecirasAcoge, fundada en 1991, que se dedicaba y sigue haciéndolo a la recepción y atención a inmigrantes en el sur de España y en la defensa de sus derechos y su plena inclusión en la sociedad. Me mandaron unas diapositivas para proyectarlas en diferentes cursos, algunas de ellas dramáticas, pues aparecían cuerpos de inmigrantes despeñados contras las rocas, por no haber podido llegar a las playas. También, sobre el año 1992-93, a inicios de curso escolar, al pasar lista en una clase quedé muy sorprendido por la presencia de un alumno bosnio. Recuerdo haber hablado con él, y me comentó que su padre se había tenido que quedar en Bosnia en el ejército, había venido con su madre, que trabajaba en una residencia de Alcañiz. Esta irrupción de la inmigración, a mí me cogió por sorpresa, como a la gran mayoría de los españoles.
No quiero detenerme en su contribución a nuestra economía, al sostenimiento de nuestro Estado de bienestar, al crecimiento demográfico de nuestra población, como también en el enriquecimiento cultural; aspectos que son incuestionables. Mas, a pesar de ello, muchos ciudadanos españoles, no solo no reconocen estas aportaciones positivas, sino que estigmatizan a los inmigrantes; acusándoles del incremento de la delincuencia, de la saturación de nuestros servicios sanitarios y educativos, de quitar trabajo a los nativos o de la precariedad laboral porque aceptan salarios más bajos… Tratar de convencer a muchos españoles racistas y xenófobos, sé que es inútil. A pesar de ello, no quiero perder la ocasión de recordarles las palabras de Américo Castro, gran historiador “los españoles no sabemos quiénes somos, porque no sabemos quiénes fuimos”.
En los años 50, 60 y 70 muchos españoles éramos inmigrantes en Europa, para desempeñar los trabajos que los alemanes, franceses, holandeses o suizos rechazaban. Lo mismo que ahora en España, los inmigrantes ejercen los trabajos rechazados por nosotros. En Zaragoza en mi comunidad de vecinos, las chicas que limpian las escaleras son colombianas, la cuidadora de un vecino mayor es una marroquí, quienes nos traen los paquetes son nicaragüenses o ecuatorianos. Y paseando por la Gran Vía puedes encontrar numerosas chicas inmigrantes, sobre todo sudamericanas, cuidando y paseando a personas mayores.
A todos esos españoles aquejados de esa amnesia quiero dedicarles un artículo de Juan Goytisolo de 1998, publicado en El País, con un título muy explícito. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Sería recomendable su lectura en todos los colegios e institutos españoles. Nos cuenta que en el verano de 1957 atravesó con un coche la comarca almeriense de El Ejido. Un paisaje huérfano, pedregoso, de tierras áridas y arbustos mezquinos. Unos pocos edificios de una planta bordeaban la carretera: puestos de venta de alfarería y cerámica, dos o tres ventas, casucas enjalbegadas, algún almacén primitivo. Sigue contando que al detenerse Monique Lange y yo, con nuestro diminuto Renault, los parroquianos de un ventorro acudieron a saludarnos: un coche con matrícula extranjera y conducido por una mujer no era pan de todos los días. Nos ofrecieron el agua fresca de un cántaro y aceptaron a cambio los cigarrillos de una marca para ellos desconocida. Preguntaban si en Francia había trabajo, nos dictaban sus nombres y domicilios con la esperanza de obtener un contrato. Buscaban una salida de aquel mundo inhospitalario y agreste, con el pie en el estribo de un caballo todavía imaginario. Almería era entonces la Cenicienta de nuestras provincias. Una frase cruel, despectiva, abreviaba sus lacras y desdichas: «esparto, mocos y legañas«.
Hoy en El Ejido, en las ultimas elecciones generales del 23-J el 27,9% fueron votantes de VOX, y más del 40% al PP, cuyas políticas migratorias claramente racistas son muy semejantes, ya que el primer partido ha contamino al segundo. Por ello, el título del artículo de Goytisolo, está más que justificado: ¡Quién te ha visto y quién te ve!
Insisto todavía más en refrescar la memoria de algunos españoles, que anda un poco amodorrada, para ello les recuerdo el siguiente hecho. En el puerto de Veracruz (México) se erigieron unos monumentos, para conmemorar la llegada a esta ciudad de muchos emigrantes-exiliados españoles tras el final de la Guerra Civil. Uno de estos monumentos, sobre un pedestal se levanta una estatua de un hombre de mediana edad, vestido con traje rústico, gorra y con una maleta de madera en su mano derecha. Debajo aparece la siguiente inscripción: “En recuerdo de todos los emigrantes españoles que llegaron a México por este puerto, en busca de un mejor futuro y que con su trabajo han contribuido a engrandecer esta generosa y hospitalaria Gran Nación Mejicana”.
Ignoro si en algún puerto, aeropuerto, calle o plaza en España se ha erigido algún monumento semejante en agradecimiento a los inmigrantes por sus diversas contribuciones. Señor Pérez-Reverte, estos españoles exiliados sí que perdieron la guerra, otros no. Perdieron todo: su patria, su patrimonio, su familia, sus carreras, sus trabajos y muchas ilusiones. No obstante, le dedico, como profundo patriota, un fragmento del artículo publicado en noviembre de 2011 en El Espectador de Bogotá Digresiones sobre un poeta muerto del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Es breve pero pleno de densidad histórica para los españoles. Nos dice Juan Gabriel: “Mis alumnos norteamericanos suelen tener serios problemas para entender la Guerra Civil Española. La clase que les doy trata del boom de la literatura latinoamericana y están confusos cuando les hablo de la república legítimamente establecida en España, de sus leyes progresistas y su espíritu liberal, y luego de la sublevación armada de Franco, de su victoria en 1939, de la persecución y el exilio de los republicanos vencidos. Llenos de perplejidad uno levanta la mano y pregunta: “¿Pero qué tiene que ver esto con el boom?”. Les contesto: “Bueno, ya saben ustedes: la Guerra Civil Española la ganaron los mexicanos”. Y les cuento que el boom no es concebible sin el exilio republicano: sin las editoriales, las revistas, los libros escritos en Latinoamérica por republicanos expulsados de España tras la victoria del fascismo. En México escribió sus novelas Max Aub e hizo sus películas Luis Buñuel. En Argentina escribió sus poemas Rafael Alberti, y en Puerto Rico Juan Ramón Jiménez. Hasta Estados Unidos, que recibió a Pedro Salinas y a Ramón J. Sender, recibió los beneficios indirectos de aquella desgracia geopolítica… En numerosas ocasiones profundamente apesadumbrado me he planteado una pregunta cargada de emotividad: ¿Qué hubiera sido de España sin una guerra civil?
Juan Marichal en su libro El secreto de España. Ensayos de historia intelectual y política y en el capítulo El pensamiento transterrado, califica a los años de 1886- 1936 un nuevo “medio siglo de oro” para nuestra cultura. José Carlos Mainer acuñó el término “la edad de plata” en su conocidísimo libro. Juicios ambos totalmente justificados. En esta autentica explosión cultural, que contrasta con el páramo cultural del período anterior y el posterior, tuvo mucho que ver la Institución Libre de Enseñanza (ILE), de inspiración krausista, creada en 1876 por Francisco Gíner de los Ríos, un proyecto educativo basado en la libertad de la ciencia, de investigación y de cátedra, que supuso una ruptura con la enseñanza dogmática entonces vigente controlada por las autoridades eclesiásticas; una educación para la libertad, neutral y aconfesional desde un punto de vista religioso. Más la labor de la ILE no quedaba circunscrita al ámbito pedagógico, iba más lejos, ya que quería conseguir un nuevo tipo de hombre, con una nueva ética con el fin de llevar a cabo un profundo cambio social, tan necesario en la España de aquel entonces. Toda esa pujanza cultural fue dilapidada por una cuadrilla de desalmados.
Lo más preocupante, por lo menos para mí, es que la cuestión migratoria cobra cada vez más importancia en España en todos los procesos electorales. Ha sido un tema fundamental en las elecciones autonómicas de Aragón. Y esto es así, porque se ha impuesto una narrativa tóxica sobre los inmigrantes, y se utiliza en la confrontación política en clave electoralista. Una narrativa tóxica, potenciada desde la política, los medios y especialmente por las plataformas como X, impregnada de falacias, mitos y manipulaciones, presentando a los inmigrantes como una fuente peligros, antes ya comentados. Y ese discurso impuesto por la ultraderecha, lo ha asumido la derecha tradicional, el ejemplo más claro es hoy en España. Ya no hay diferencias sustantivas en esta cuestión en el discurso de Abascal y Feijóo. Y en muchos casos, incluso lo asumen la izquierda europea, afortunadamente no la española. Una política basada en la justicia, la humanidad, los valores democráticos y el respeto de los derechos humanos hacia los inmigrantes, como es el decreto de la regularización de inmigrantes por parte del gobierno de Pedro Sánchez, puede llevar inexorablemente a la pérdida de votos. Y las derechas lo saben y usan ese decreto pleno de humanidad y de espíritu evangélico, para ganar votos.
Este es el nivel de degradación moral al que está llegando España y también la Unión Europea. Para Michael Walzer, la hipocresía es el grado mínimo de moralidad. Ahí, en ese casi subsuelo de la moral, está instalada la política inmigratoria europea. En las fronteras, Europa despliega una tanatopolítica, en la que la muerte del otro intentando llegar a la Tierra Prometida es justificable, pues la culpa no es nuestra. En las fronteras abiertas al comercio de bienes y armas, mueren las personas. La Europa barrera sigue su imperturbable carrera hacia un futuro de iniquidad.
Como señala en su libro Migraciones. La política (2025) Javier de Lucas, gran experto en el tema de las migraciones, se nos ha olvidado a los europeos, que fuimos emigrantes, que la movilidad humana es un factor fundamental para la civilización. Somos civilizados porque nos movemos, porque interactuamos con quienes son distintos a nosotros. Por eso, el modelo de sociedad civilizada reside en la capacidad de tomar en serio la hospitalidad, la pluralidad, la diferencia, en constituir una “sociedad abierta”, como enseñó Popper. Es lo que se ha llamado, con una expresión del filósofo Margalit, “sociedad decente”: una sociedad civilizada es aquella capaz de incluir en condiciones de igualdad a todos los que aparecen como otros, a quienes percibimos como ajenos a la comunidad del nosotros. Una sociedad decente es la que hace suyo el lema de una ciudad sin exilio, tal como escribió el poeta francés Péguy o, por decirlo con Honneth, aquella cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad, aquella en la que no cabe el desprecio al otro. Para Péguy, la «ciudad sin exilio» (o ciudad armoniosa) es una sociedad fundamentada en la fraternidad, la justicia y la ausencia de exiliados, tanto en sentido físico como económico. Implica una construcción social donde ningún ser humano sea privado de su reconocimiento como sujeto de derecho.

Retorno al libro La doble ausencia: De las ilusiones del emigrado, a los padecimientos del inmigrado, que puede considerarse el testamento científico del sociólogo franco-argelino Abdelmalek Sayad, fallecido en 1998. El título se explica por la doble paradoja de la condición de los inmigrantes, en contraste entre las ilusiones de quien emprende el viaje y la frustración, con sus correspondientes padecimientos, de quien está asentado en otro país: a caballo entre dos sociedades, y se sienten que no pertenecen finalmente a ninguna. De ahí la doble ausencia. Hay una canción de un cantautor cabileño y narrador de la emigración, Sliman Azzem, que refleja muy bien esa doble ausencia, titulada Las tres edades de la emigración: “Mi corazón, sin embargo, reflexiona/ si debe quedarse o irse/ si debe irse o quedarse/ ni se ha ido ni se ha quedado/ ni se ha quedado ni se ha ido/ su enfermedad se ha hecho crónica/ Y su vida, desdichada, pende de un hilo/”.
El libro de Sayad es una recopilación de algunos de sus más significativos artículos realizada por su colega Pierre Bourdieu, que escribe el prólogo. Es además accesible en la red, que lo he leído en gran parte. La relación entre ambas figuras clave en la sociología francesa contemporánea se inicia en la Argelia colonial de finales de los cincuenta, donde un joven Bourdieu imparte clases en la Universidad de Argel al estudiante Sayad, mayor que aquél y notablemente implicado en la lucha por la independencia. Fruto de ese encuentro serán las primeras colaboraciones en diferentes investigaciones y, en especial, la publicación conjunta, en 1964, del libro Le déracinement. La crise de l’agriculture traditionnelle en Algérie (El desarraigo. La crisis de la agricultura tradicional en Argelia), donde muestran las consecuencias de los cambios socioproductivos introducidos por la colonización francesa entre el campesinado argelino. Casi al mismo tiempo en que se publicó este libro de referencia, en 1963, Sayad abandonó Argelia para instalarse en Francia, donde se reencontrará con su maestro Bourdieu, que ya ejercía como profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.
Sus principales aportaciones suponen un enfoque sociológico totalmente novedoso sobre el fenómeno de las migraciones. Pongo migraciones a propósito, porque en ellas hay dos fenómenos totalmente diferentes: la emigración y la inmigración. Son dos momentos muy diferentes.

Según palabras de Bourdieu, Sayad es uno de los grandes teóricos y pensadores de la Sociología de las Migraciones del siglo XX. Una propuesta que permite, de un lado, revisar y cuestionar el modo en que la sociología se aproxima a las movilidades humanas actuales, y, de otro, constatar que con Sayad estamos ante uno de esos pensadores imprescindibles para la sociología, uno de esos autores cuya obra exige una obligada y constante lectura. A lo largo de su vida intelectual e investigadora, Sayad desafió los análisis, visiones y definiciones teóricas y políticas vigentes, intentando ir más allá de lo que está definido e impuesto como dominante. Se puede hablar, por consiguiente, de una sociología incómoda, de una sociología para la emancipación
Bourdieu afirma que “Abdelmalek Sayad estaba animado por un deseo apasionado de saber y de comprender, que era sin duda ante todo voluntad de conocerse y de comprenderse a él mismo, de comprender lo que él mismo era y su posición imposible de extranjero perfectamente integrado y sin embargo perfectamente inasimilable”. Estar “a caballo entre dos mundos”, es clave para entender la ruptura de Sayad con las tradiciones metodológicas etnocéntricas, que le permitieron estudiar la inmigración y la emigración como dos realidades de un mismo fenómeno. Una perspectiva con la que logra superar visiones más parciales y sesgadas sobre los movimientos migratorios instaladas en la academia: “Mi posición, mis orígenes, mis investigaciones anteriores me permiten agarrar con más facilidad, quizás con más facilidad que a otra persona, los dos cabos de la cadena”, nos dice Sayad.
Resulta muy interesante y más que justificada la queja de Sayad: «La literatura sobre la inmigración en los países de inmigración, y para las necesidades de la sociedad de inmigración, es tan sobreabundante como indigente, e incluso desfalleciente, es la literatura sobre la emigración, tal como estamos en nuestro derecho de esperar de los países de emigración. Así como la primera es sumamente diversificada, yendo desde el periodismo a la literatura científica, pasando por el ensayo, la literatura militante, los escritos legislativos, políticos e incluso la novela, la segunda, en cambio, cuando ésta existe, sólo trata a los emigrados en tanto que son inmigrados entre los otros, es decir, a grandes rasgos, de la misma manera que hablan de ellos esos otros, que están preocupados por la inmigración«. Por ende, nos sigue diciendo: «Todo estudio de los fenómenos migratorios que descuide las condiciones de origen de los emigrados está condenado a no dar más que una visión a la vez parcial y etnocéntrica del fenómeno migratorio: como si, por una parte, su existencia comenzara en el momento en que llega a Francia, de manera que es al inmigrante —y sólo a él— y no al emigrado a quien se toma en cuenta; y, por otra parte, la problemática abordada explícita e implícitamente es siempre la de la adaptación a la sociedad de «acogida».
En algunas ocasiones he comentado que lamentablemente a la sociedad europea los inmigrantes solo interesan desde un punto de vista económico. Los inmigrantes no cuentan, se cuentan. Se cuentan en los institutos, en los ambulatorios, los servicios sociales, se hacen estadísticas de su actividad legal o ilegal, se discute sobre el número de irregulares o de la cuota de refugiados. Muchos, demasiados, excesivos: es el único lenguaje usado cuando hablamos de inmigración. Y esta visión economicista la corrobora Sayad: «La lucha por la representación de la inmigración y de los inmigrados en términos económicos de «costes» y «beneficios» es, en realidad, el ejemplo mismo del trabajo político que se disimula bajo las apariencias de una simple operación de orden económico. Racionalizar en el lenguaje de la economía un problema que no es (o no es solamente) económico sino político, lleva a convertir en argumentos puramente técnicos los argumentos éticos y políticos».
En el estudio de la integración realizada por Sayad, se hace una crítica demostrando que las políticas migratorias y la visión de Estado no persiguen la construcción de sociedades integradas, sino que exigen al migrante su incorporación (asimilación) a un conjunto de prácticas, ritos y haceres que aparecen como universales y propios de la nación. La diversidad es socialmente juzgada y castigada. Además, esta construcción de la integración desde la identidad y la cultura expulsa e impide a los hijos e hijas de la migración llegar a ser considerados, pese a nunca haber migrado, ya han nacido, en Francia o España, miembros plenos de la sociedad de acogida. Examina algunas de las políticas de integración de inmigrantes (contratos, exámenes, certificados…) desarrolladas en los países europeos. Su trabajo permite observar que estas políticas funcionan como una herramienta más del Estado para determinar quién es auténtico y quién un impostor, y, con ello, reproducen las desigualdades e introducen nuevas dificultades y espacios de expulsión».
Sayad puede considerarse como precursor de los estudios postcoloniales. Principalmente sustentados en sus trabajos a partir de las migraciones de Argelia a Francia, examinando el mantenimiento de aparatos de explotación y subordinación propios del funcionamiento de la colonia. Para Sayad “La situación colonial de ayer y la situación de inmigración hoy –esta no es, por otro lado, más que la prolongación de aquella, de la que es una especie de variante paradigmática.


