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La falacia de Adam Smith

Fuentes: Rebelión

1.- Promesas Decía Adam Smith, como modo de salvar la cuestión social dentro del libre mercado, que el interés individual repercutía en último término en el interés social. Esto lo hacía bajo el supuesto de que el interés individual era inocente, es decir, que el preocuparse de uno mismo no lleva consigo hacer daño a […]

1.- Promesas

Decía Adam Smith, como modo de salvar la cuestión social dentro del libre mercado, que el interés individual repercutía en último término en el interés social. Esto lo hacía bajo el supuesto de que el interés individual era inocente, es decir, que el preocuparse de uno mismo no lleva consigo hacer daño a los demás, antes al contrario, pues yo puedo tener interés en venderte algo porque me beneficio de ello pero también me interesa que te beneficies pues de este modo ganamos los dos y la relación continúa. Adoptando esta máxima de manera ingenua, puede decirse que uno se hace constructor de vivienda para ganar dinero y al mismo tiempo ofrece a la sociedad un producto que necesita, siendo mínimo el papel del estado. Abracadabra, la mano invisible del mercado es de por sí benevolente.

Este individualismo, como horizonte ético del capitalismo, lentamente se fue imponiendo a lo largo del siglo XX y alcanza su punto máximo de esplendor en los noventa, como consecuencia de la caída del muro de Berlín y el posterior desmembramiento de los estados socialistas adscritos en la órbita de la Rusia soviética. La premisa de Adam Smith recibe el acicate del fracaso del comunismo y desde las distintas corrientes liberales se apresuran a afirmar que ya no hay alternativa posible. El mercado es por fin libre y finiquitada la traba comunista, es el único factor que puede hacer felices a los hombres. En este sentido el interés individual, como agente principal del mercado, adquiere carta de naturaleza, y como tal, resulta indiscutible.

Esta particularidad de indiscutible se vio favorecida por una izquierda que había quedado perpleja tras comprobar la magnitud de la caída y a la que se empieza a tachar de antigua, de inservible, de incapaz de comprender y de interpretar un mundo nuevo, en el cual, si hay situaciones de pobreza, es porque o bien el protagonismo del mercado aun no ha alcanzado suficiente protagonismo o bien hay un poca ambición individual por salir adelante. De modo que los movimientos que siguieron a la nueva situación fueron en pos de la conversión del mundo en un gran mercado que exigía minimizar a los estados a favor de unos intereses privados que prometían favorecer a todos.

 

2.- Incumplimientos

Es evidente que esa ingenuidad teórica del interés individual se está viendo desmentida por el decurso que han tomado las cosas, en donde la pobreza, las desigualdades, la corrupción, la acumulación de riqueza en manos de unos pocos, las guerras económicas y la especulación sin ningún tipo de escrúpulos han tomado el protagonismo en los movimientos de los mercados libres, ahora ya sin las trabas que tuvieron en el pasado, ya fuera en forma de movimientos sociales o de una religión que los frenaba (como pudiera ser el caso del ascetismo protestante del que nos habló Weber).

Adam Smith creía que las relaciones siempre se realizaban bajo el supuesto del beneficio mutuo, de modo que la sociedad se constituía como una red de intereses privados que en sus interactuaciones se beneficiaban unos a otros. Pero ocurre que las interacciones entre intereses privados han arrojado casos de gran acumulación como consecuencia del despojamiento y el hundimiento de otros intereses privados; de tal modo que la convergencia de intereses individuales queda puesta en duda. Cuando se habla de intereses individuales no cabe la ingenuidad.

Más correcto sería decir que el interés individual capitalista está motivado por la acumulación, y que Max Weber plasmó como «filosofía de la avaricia». El fenómeno de la acumulación se realiza sobre la base de que el ser humano siempre se desenvuelve en un escenario de recursos limitados, de tal modo que con la acumulación se puede hacer frente a los periodos de escasez, entre otras cosas. En un escenario así el interés individual siempre compite contra otros intereses individuales, lo cual, más que contribuir al interés social lo que hace es aniquilarlo, en la medida en que competir supone descartar al otro en el acceso y posesión de los recursos.

En este sentido, la primacía del interés individual en la regulación de la economía lo que ha producido no es un beneficio generalizado, como teorizaba Adam Smith, sino una regresión a un estado de naturaleza de corte hobbesiano en donde nos encontramos una lucha generalizada por la acumulación de recursos y beneficios. Todo esto tiene como ejemplo más plausible el proceso de desmantelamiento de los estados mediante las largas series de privatizaciones de servicios que antes caían en el campo del interés social, creando con ello bolsas de población desprotegidas y sometidas a condiciones de vida indignas, descartadas por la mano invisible del mercado.

 

3.- Regresión o revolución

La crisis económica actual ha exacerbado como nunca antes el carácter competitivo del interés individual. Y los estados, lejos de actuar contra esa exacerbación, lo que están haciendo es acelerar su propio desmantelamiento en favor de unos pocos intereses privados.

Dado que esto es una regresión al estado de naturaleza, nos está permitido pensar que para gran parte de la población, instalada en una situación de inseguridad y precariedad, el llamado contrato social no se está cumpliendo, ya que no se siente defendida por nadie externo a sí misma, papel que correspondería al Estado; situada cada vez más al margen de una rueda económica marcada por la ferocidad de los participantes.

Llegados a este punto en el que la economía reproduce un estado de naturaleza de corte hobbesiano, quebrando con ello el contrato social, cabe preguntarnos si no ha llegado el momento de desprendernos de la falacia de Adam Smith, de desprendernos de la primacía del interés individual, el cual para algunos significa riqueza desmesurada y para la mayoría una lucha por la vida que en último término lleva a la negación del otro.

Para hacer efectivo el desprendimiento se hace necesario reivindicar la validez de un contrato social en el que el interés social, es decir, el acceso a los recursos esté al alcance de todos de manera igual, de tal modo que las relaciones con el otro no se realicen bajo el signo de la competencia sino de la colaboración. Para ello se hace necesario asimismo, una renuncia a la «filosofía de la avaricia» y de la acumulación, lo cual pasa inevitablemente por propiciar un cambio de mentalidad, de forma de pensar, que fuerce el cambio de un modelo económico basado en el beneficio a cualquier precio. Así pues, cabe hablar de revolución como vía legítima para salvarnos de nosotros mismos y detener de este modo una regresión que nos lleva irremisiblemente a la catástrofe; ya que el interés individual es el viaje a ninguna parte del capitalismo.

 

Blog del autor: http://tiemposdenadie.wordpress.com/

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