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La fiesta en Cuba la pone Van Van

Fuentes: Rebelión

La música cubana, «mística fusión de mujer desbordada con sombrero de culta». Está abrigada por una diversidad de géneros y estilos que desde la óptica creativa la definen como «una identidad de muchos acentos». La condición geográfica de Cuba no es obstáculo para su enriquecimiento transite por una permanente renovación. La UNESCO le dio la […]

La música cubana, «mística fusión de mujer desbordada con sombrero de culta». Está abrigada por una diversidad de géneros y estilos que desde la óptica creativa la definen como «una identidad de muchos acentos». La condición geográfica de Cuba no es obstáculo para su enriquecimiento transite por una permanente renovación.

La UNESCO le dio la condición de reservorio de la música universal junto a Brasil. Esta categoría impone una reflexión sopesada y abarcadora en la que Los Van Van -agrupación de música popular bailable- es eje de muchos análisis. No solo musicológicos, -que resulta obvio- lo sociológico, lo cultural y lo estético también son parte de esta suma de saberes. Se incorporan a estas categorías, el hecho de aportar frases o palabras que han trascendido lo popular, incorporados al verbo cotidiano de los cubanos en los últimos treinta años.

Bajo este prisma se desarrolla la obra documental Van Van, empezó la fiesta (2000), de los realizadores Liliana Mazurre (Argentina) y Aarón Vega (Cuba). Un espectacular concierto con aires de sudor y salitre ante más de 100 mil personas en el recurrente escenario de La Piragua, -a un costado del simbólico Hotel Nacional de Cuba-, es portada de esta propuesta cinematográfica.

Ojeada aérea de este singular espacio que presume de malecón, queriendo penetrar con sus alas en las faldas de La Habana. Abarrotado por un público cadencioso, estrepitoso, bullanguero. Esta fiesta musical es un guillo para el espectador ante una puesta cinematográfica de sobrados ingredientes y esbeltos.

La orquesta está dispuesta a «enganchar» al más puritano de los bailadores. Esos que suelen pasar la noche entre copas en pose de sostener paredes y carpas del refrigerio sin atisbo de mover ni el dedo pulgar.

Reflexionar sobre esta propuesta fílmica significa identificar un juego paralelo de imágenes que asisten de forma escalonada, distantes de toda cronología. En ella, los 15 integrantes de esta banda, junto a algunos ex miembros y los fieles bailadores-gozadores e intelectuales, se «invitan» para testificar el calibre de los vanvaneros.

No es una obra hecha desde el caos, es una gozada musical en la que nos darán exclusiva entrada. Resulta revelador estar en los ensayos de la agrupación o participar en primera fila en la puesta en marcha de un nuevo disco con todo lo que implica estar inmersos en un estudio de grabación. En ese «escenario» de pulcros interiores, donde se destila y rebosa intimidad colectiva. Juan Formell (Director y fundador de Los Van Van) no pretende retener la fiesta que constituye para los muchachos de la mítica banda ser los protagonistas colectivos, forma parte de la sabia de este colectivo mitológico.

La subjetiva óptica de la cámara, el paneo revelador de la precisa atmósfera de estos involucrados del buen arte, revela y confirma una relación de familia entre sus miembros. Entendido este proceso musical «de todos», como apuestas e ideas en las que caben todas las opiniones y pretextos musicales. Esta práctica es una de las claves de la permanencia de esta agrupación por más de 30 años en los más «duros» escenarios musicales de Cuba y el mundo.

La interpretación que hacen los realizadores sobre este capítulo, despeja el papel de su director en el buen curso de este singular barco. Retocada con escenas en que la participan en un divertimento de conjugaciones y propuestas, que se entrecruzan por la sonoridad de trombones que entran «sin pedir permiso». Un piano eléctrico que asume dar el tono, o la flauta desbordada e intimista y el sincretismo sonoro de la percusión que nos trasladan a los solares habaneros, a los «escenarios» naturales de la rumba y el dominó.

Los diversos espacios por donde transita Van Van y su particular relación con el público -que es en primer término Cuba-, es otro de los recursos cinematográficos que habitan en esta obra para legitimar la calidad artística y musical en permanente entronque con la sociedad cubana, que es su fuente de materia y contenidos para despejar sus artes musicales. Es esencial esta tesis, respaldada por la confesión de su director y de sus integrantes a la hora de sopesar su popularidad dentro del escenario cultural y social de la isla.

Ese denotado juego entre el texto cantado con aires de improvisación -que distingue a buena parte de la música popular cubana-, junto a la respuesta del público que sirve de retroalimentación de su propia puesta emerge como un caudal de cultura, como un particular sello orquesta-público.

Pero la cámara no se conforma con mostrar los habituales planos del escenario en sus diversos tipos. Una atrevida intromisión de la lente dentro del público bailador descubre una respuesta que trasciende cualquier connotación sociológica. La desenfadada manera de bailar, el movimiento y soltura de caderas en contorneo provocador -que es iconografía de lo popular-, valen para testificar la hondura de la música en franca respuesta ante la «provocación» del entorno social.

Esta obra no se satisface con los recursos repetitivos que persisten -anquilosados y recurrentes- en el género. Los textos de las canciones participan en generosa versatilidad textual -lingüística audiovisual-, desmenuzando algunos temas que son emblemáticos y trascendentes en toda la trayectoria del grupo.

«Ya llegó la botellita loca», «El baile del buey cansao», «Que no me toquen la puerta, que el negro está cocinando», «Un meneíto pa’ qui, un meneito pa’ lla». «Hay, Dios, ampárame», «Podemos decir yes», «¡Sandunguera, que te vas por encima del nivel!».

Son frases, títulos de canciones y acertijos que definen el sello Van Van. Textos que tratan el contorneo natural de la mujer cubana, o el doble sentido del hombre que cocina en casa «pues está ocupado», o participaciones musicales de las diversas religiones que conviven en Cuba ajenas a toda imagen de censura, son algunas de las temáticas del repertorio Van Van.

Esta idea la proyecta de manera inteligente el periodista y crítico de arte Pedro de la Hoz cuando afirma: «Las migraciones internas, los amoríos de hombres maduros con muchachas jóvenes, las falsas aspiraciones sociales, el pulso de las ciudades de la isla, el movimiento, la sensualidad, los celos, las pasiones, todo cabe bien cantado en los temas de la orquesta, sin concesiones al mal gusto ni estridencias: la más legítima picaresca es la que asoma».

Pero Liliana y Aarón incorporan nuevos derroteros estéticos, aprovechando las diversas locaciones para particularizar a cada uno de los integrantes de esta súper banda.

Samuel Formell despunta como un despampanante baterista haciendo gala de virtuosismo y poder sobre «todo lo que toca», avalado por su aprendizaje en la Escuela Cubana de Música y la formación personalizada que le dio el respetado percusionista Changuito.

Cesar (Pupy) Pedroso -quien actualmente capitanea su propia agrupación-, «Pupy y los que son son»-, ha sido el principal compositor y arreglista -junto a Formell-, aporta sonoridades que entroncan con lo más rancio de la música popular cubana, pasando por Bach.

Mayito Rivera se desplaya en escena con una soltura descollante, que es aprovechada por el dueto de realizadores más allá de la habitual escena de concierto. Nos descubre con anécdotas su trayectoria y aprovecha su particular presencia dentro de la agrupación, para resaltar la osadía de Formell en incorporar tres generaciones de músicos que, -como Mayito-, le dan un acento musical apto para todos los públicos, para «todas las voces».

Pedro Calvo, quien también ha creado su propia agrupación -«Pedrito Calvo y la Nueva Justicia»-, fue hasta ese momento y durante muchos años el sello personalísimo de Los Van Van. Una voz conquistadora de pasiones, un elegante de pistas deportivas y escenarios a prueba de todos los públicos, «un temba pa´que te mantenga».

En la nómina visual del documental se incluyen el joven pianista, los veteranos del trombón, los violinistas -imprescindible instrumento de las orquestas charangas-, más la percusión menor. Todos cierran una marca que atestigua sus méritos como descollantes instrumentistas y colectivo musical-familiar.

En puntillazo de esta idea se cierra con una secuencia del concierto en el ya mencionado escenario de «La Piragua». Cada cual hace un solo de instrumento, como una reafirmación insinuada de la calidad y virtuosismos de los integrantes de esta familia, en la que conviven generaciones de formación empírica y académica.

En el año 1999 Los Van Van, -como parte de una gira que hicieron por los Estados Unidos-, son invitados a tocar en Coliseo Arenas de Miami. Esta visita generó -dentro de una minoría de cubanoamericanos- expresiones de histeria, de actitudes anticulturales, quienes apelaron a calificativos tan aberrantes para una agrupación musical como Los Van Van como la de «terroristas».

Esta secuencia constituye una marca del calibre de estos recalcitrantes y retrógrados personajillos, que estimulan una política agresiva contra la Revolución Cubana, herederos de las «escuela» del dictador Fulgencio Batista. Al final la cultura se impuso, Juan Formell y Los Van Van tocaron ante dos mil personas mostrando su calidad interpretativa desde el buen y auténtico arte cubano.

Los testimonios de músicos de la talla de Silvio Rodríguez son apabullantes en esta puesta documental: «No me tocó compartir la escena y la música con los Beatles, pero me tocó -a mucha honra- compartir la música con Juan Formell y Los Van Van. Como dice un amigo: el que pida más es un goloso». O la afirmación de Pablo Milanés: «Formell ha hecho sonreír y hacer feliz a este país durante treinta años… se ha convertido en el cronista popular de nuestro país». Son argumentos de pesos pesados que jerarquizan la valía de la agrupación dentro del contexto musical cubano y universal.

Las canciones de Los Van Van deambulan por las calles y la gente se apropia de ellas, esta «praxis» tiene un efecto inverso. Los Van Van sitúan su termómetro entre la gente. Asumen -por derecho propio- el papel social y cultural de ser voz y sentimiento de los cubanos.

Pero las claves de esta idea las dio el propio Formell en una entrevista para el Diario Clarín: «Yo me fijo en lo que la gente habla; no hago más que crónicas de un país que tiene un desarrollo bien complejo y muchas cosas que contar; de una anécdota o de una situación que está ocurriendo a nivel nacional, surge el comentario, bien sea sobre algo positivo, simpático o de lo que sea. Sobre todo, siempre en broma. El que baila está gozando y no es para que tú le estés diciendo, mira para esto o aquello. Se lo vas diciendo, pero en broma. Y lo va gozando. Es la idea».

Este es un documental cuya estructura se aferra invisible. Esta virtud cartográfica contribuye a estimular un diálogo de dos: con los músicos, con los actores temporales que se acercan al escenario documental. Y el otro, -el gran público-, que resulta difícil de cuantificar, de clasificar, de poner en una balanza sociológica, pero sin dudas, es CUBA.

Esa multiplicidad de actores musicales nos permite vibrar con sus canciones, bailar como los de «La Piragua», «con ese aire cadencioso, estrepitoso, bullanguero». Sin saberlo, estaremos dentro de la pantalla buscando espacio para mover caderas, y al final nos tocará movernos a duras penas «en un ladrillito».

Pero no dejaremos de ver esta fiesta donde La Habana es su principal escenario. Nuestra percepción no estará limitada por el conocimiento de la agrupación musical. El responsable de esta idea es el hechizo de la cámara en mano, que seccionará los textos de estos peculiares interlocutores desgranando una humanidad que es universal.

La relación coordinada de imágenes y sonidos es indicativa del mundo histórico que ostenta esta agrupación. La propuesta semiótica de esta pieza documental ha sufrido poca o ninguna transformación. Los procesos simbólicos de esta singular agrupación están acompasados en una relación íntima y colectiva de la que seremos más que espectadores. Si usted se pone a bailar ante el televisor de su casa, el filme habrá logrado su cometido: hacerle sentir y gozar con Los Van Van.

Largometraje Documental (2000) 84 minutos. Formato: 35 mm.

Productora: ICAIC, Arca Difusión S.A., Argentina

Ficha Técnica

Guión: Martín Salinas

Dirección: Liliana Mazure y Aarón Vega

Producción General: Jorge Devoto y Noel Álvarez

Dirección de Fotografía: Rafael Solís, Marcelo Iaccarino

Edición: Miguel Schverdfinger

Sonido: Nerio Barberis, Osvaldo Vacca

Sinopsis

Cuenta la historia de los treinta años de vida de la orquesta cubana de música popular Los Van Van, ganadora del premio Grammy en 1999.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.