La guerra moral o psicológica no constituye una novedad en los estudios de estrategia militar ni en la psicología social. A lo largo del tiempo ha recibido distintas denominaciones: Guerra Fría, guerra de ideas, guerra de propaganda y, en las últimas décadas, el concepto más amplio de guerra cognitiva. Más allá de las diferencias terminológicas, los especialistas coinciden en su esencia: se trata de una forma de conflicto que busca influir en el oponente, debilitar su cohesión moral y reorientar sus pensamientos, creencias y juicios, para sustituirlos por marcos interpretativos que favorezcan los intereses de quien desarrolla la operación.
Es esa sustitución de marcos la que el líder mártir de la Revolución Islámica, el ayatolá Ali Jamenei -asesinado el 28 de febrero de 2026 en ataques de EE.UU. e Israel- colocó como hipótesis fundamental. Para Jamenei la guerra cognitiva no es un complemento, es el centro de la guerra híbrida actual: «las guerras que tienen lugar por el mundo son guerras híbridas, como ustedes saben. La guerra dura, la guerra blanda, la guerra intelectual, la guerra cultural, la guerra con armas diversas, la guerra cognitiva, etc., se combinan para atacar a una nación o un país».
Su diagnóstico parte de una premisa territorial invertida y sostiene que «lo que busca el enemigo es hacerse con el dominio de los cerebros. Dominar estos es para él mucho más valioso que dominar los territorios. Si logran apoderarse del cerebro de una nación, esta entregará su territorio al enemigo sin ningún reparo. Los cerebros deben salvaguardarse». Y advertía que «uno de sus puntos vulnerables es la lucidez de ustedes. Cuando ustedes son lúcidos, ellos resultan perjudicados. Traten de incrementar su lucidez».
Hoy esta dinámica ha mutado y crecido exponencialmente gracias a la expansión de internet y las redes sociales, y se ha convertido en un mecanismo masivo capaz de generar lo que podemos definir como extravío generalizado, con la pérdida de criterio colectivo ante la avalancha de estímulos, versiones y mensajes circulantes. Para comprender su funcionamiento más profundo, recurrimos a tres referencias fundamentales del pensamiento contemporáneo, que convergen con la hipótesis de Khamenei.
El mito como herramienta de dominación simbólica
El semiólogo francés Roland Barthes, en su obra Mitologías (1957), demostró que el lenguaje no es solo un instrumento para describir la realidad, sino fundamentalmente una herramienta para construirla. Según su análisis, los discursos dominantes operan transformando hechos particulares, intereses específicos o visiones parciales en «verdades naturales», presentadas como si siempre hubieran existido y no respondieran a ninguna intención.
«El mito no oculta nada, su función es deformar, no hacer desaparecer; si pareciera ocultar algo, sería fácilmente desmentido. Su mecanismo es más sutil: convierte lo histórico en natural, lo construido en espontáneo.»
En el marco de la guerra cognitiva, este razonamiento resulta clave. Khamenei describía exactamente ese mecanismo cuando afirmaba que «el método más importante del enemigo es la falsificación, la mentira […]. Esas televisiones que ustedes conocen y ven son del enemigo, así como el ciberespacio; dan noticias falsas, dan análisis falaces». Cada relato que circula no es neutral: lleva implícita una jerarquía de significados que define qué es aceptable, qué es cuestionable y qué debe rechazarse.
La pérdida de sentido y la alienación interpretativa
Por su parte, el filósofo alemán Martin Heidegger abordó la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad en obras como Ser y tiempo (1927) y Carta sobre el humanismo (1947). Su reflexión parte de una premisa esencial: es a través del lenguaje como el ser humano habita y comprende el mundo.
«El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Quien piensa y quien crea con palabras es el guardián de esa morada.»
Heidegger advierte que cuando las personas renuncian a cuestionar el origen, el propósito y el contenido de lo que escuchan o leen, entran en lo que denomina la «vida inauténtica» y aceptan explicaciones ajenas como propias, sin examinar su fundamento. Aplicado al conflicto actual, esto significa que la saturación de mensajes no solo informa, sino que ocupa el espacio necesario para la reflexión profunda. Jamenei lo tradujo a términos de seguridad nacional al señalar que «una de las partes de la guerra blanda es crear inseguridad psicológica en la sociedad».
El poder de la sobrecarga informativa
El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han aporta la visión más actualizada, adaptada a la lógica de la sociedad digital, en libros como Psicopolítica: el poder en la era del capitalismo (2017). Según su análisis, el control hoy no funciona mediante la censura directa o la prohibición explícita, sino a través de la abundancia.
«El poder hoy no se ejerce suprimiendo la información, sino multiplicándola hasta la saturación. El exceso de comunicación genera ruido, y el ruido destruye el sentido. Ya no se nos dice qué pensar, sino que se nos impide pensar con claridad.»
En este escenario, la guerra cognitiva se convierte en una operación de saturación, al ofrecerse todo tipo de datos, opiniones, titulares y rumores, pero organizados de tal forma que el receptor pierde la capacidad de distinguir lo relevante de lo accesorio, lo veraz de lo manipulado.
Washington no inventó nada
Lejos de la OTAN, tres potencias llevan décadas teorizando lo mismo con otros nombres.
China sostiene como premisa la superioridad mental. El Ejército Popular habla de «operaciones en el dominio cognitivo» y de «superioridad mental». Zeng Huafeng, de la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa, definió en 2017 en el Diario del Ejército Popular el espacio cognitivo como el ámbito donde habitan sentimientos, percepción, creencias y valores, es decir, donde se decide. Propuso cuatro caminos para ganarlo: manipular la percepción, cortar la memoria histórica, cambiar los paradigmas atacando a las élites y deconstruir los símbolos nacionales. Junto a Shi Haiming, Zeng acuñó entre 2013 y 2014 el concepto de «seguridad cognitiva nacional». Su base es la vieja doctrina de las «tres guerras»: guerra psicológica, guerra de opinión pública y guerra legal.
Para Rusia la principal hipótesis sostiene el control reflexivo. Moscú lo desarrolla desde los años sesenta como «control reflexivo». Vladimir Lefebvre lo resumió así: lograr que el adversario te entregue la base de su propia decisión, para que elija lo que tú quieres creyendo que elige libremente. Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor, lo llevó a doctrina actual: «Las reglas de la guerra han cambiado. El papel de los medios no militares para alcanzar objetivos políticos y estratégicos ha aumentado, y en muchos casos ha sobrepasado el poder de las armas en efectividad». Igor Panarin, exanalista del KGB, detalla los instrumentos: propaganda negra, gris y blanca, inteligencia y coordinación de canales para formar la opinión de los dirigentes.
Por su parte Japón define el cerebro como un campo de batalla. Desde el Instituto Nacional de Estudios de Defensa, Koichiro Takagi sostiene que el espacio cognitivo, ligado directamente al cerebro, las emociones y los juicios, será la clave de las guerras futuras. Kazumi Naganuma lo describe como una «batalla de relatos» donde vuelan balas invisibles en todas direcciones.
Tres escuelas, una misma conclusión que valida a Jamenei: el dominio territorial sigue al dominio mental.
Guerra cognitiva, soberanía y desvío colectivo
Al no ser el objeto de estudio fundamental para este artículo, no nos extendernos aquí sobre los aportes de Rusia, China y Japón, pero al integrar estas miradas con la hipótesis de Jamenei, queda claro que la guerra cognitiva trasciende con creces la vieja propaganda. Es un sistema integral que actúa sobre cómo percibimos, interpretamos y valoramos la realidad moldeando la subjetividad colectiva sin que muchas veces seamos conscientes de ello.
Desde la perspectiva de Barthes, entendemos que cada relato que gana visibilidad en las redes es un mito en construcción: naturaliza relaciones de poder, justifica decisiones y establece quiénes son los actores válidos. Heidegger nos advierte sobre la consecuencia más grave: la pérdida de autonomía intelectual. Si el lenguaje y el sentido de los hechos nos son entregados listos para consumir, dejamos de ser protagonistas de nuestra propia historia.
La visión de Han completa este diagnóstico al explicar cómo opera el control en el entorno digital. El enemigo cognitivo no necesita silenciar la verdad; basta con hacerla desaparecer entre miles de mensajes contradictorios. El extravío generalizado no es un efecto secundario, sino el objetivo buscado.
Los acontecimientos recientes confirman esta dinámica. Actores como Irán demuestran que hoy la capacidad de respuesta militar no es suficiente: es indispensable también gestionar la dimensión simbólica. Jamenei lo formuló como doctrina operativa frente a la mentira enemiga: «cae naturalmente sobre sus hombros una responsabilidad: explicar. Este es uno de los lugares donde procede el «Yihad de la explicación»». Su accionar, que combina estrategia en el terreno con un manejo coherente de su propio relato, revela que comprenden la lógica del conflicto actual.
La conclusión es contundente para cualquier nación que defienda su autonomía: la defensa no es solo territorial, económica o institucional. Es también una defensa de la capacidad de pensar. Recuperar el criterio propio, enseñar a analizar las fuentes y cuestionar el sentido de cada mensaje, es hoy la herramienta más efectiva para frenar el extravío colectivo. Sin independencia cognitiva, ninguna soberanía es realmente posible.
«Ali Reza» Peralta es director de la Academia del Pensamiento Estratégico.
Fuentes consultadas:
• Barthes, R. (1957). Mitologías, Editorial Seuil.
• Heidegger, M. (1947). Carta sobre el humanismo, Editorial Alianza.
• Han, B.-C. (2017). Psicopolítica: el poder en la era del capitalismo, Herder Editorial.
• Jamenei, A. (2022-2024). Discursos sobre guerra híbrida y yihad de la explicación, Oficina del Líder Supremo.
Fuentes de China:
• UNDEF (2023) – https://undef.edu.ar/fmc/maresdechina/boletin/boletin17-0708-2023.pdf
• Jamestown (2019) – https://jamestown.org/program/cognitive-domain-operations-the-plas-new-holistic-concept-for-influence-operations/
Rusia:
• UNISCI (2023) – https://doaj.org/article/e4e3618bfe97491db549e922a03aeffd
• Meira Mattos (2021) – http://ebrevistas.eb.mil.br/RMM/article/download/8997/8103
• Gerasimov (2013) –
Inicio
• SciELO (2024) – http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1909-30632024000100031
Japón:
• Wikipedia/Takagi – https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_cognitiva
• Hudson (2022) – https://www.hudson.org/national-security-defense/the-future-of-chinas-cognitive-warfare-lessons-from-the-war-in-ukraine
• NIDS (2021) – https://www.nids.mod.go.jp/english/publication/kiyo/pdf/2021/bulletin_e2021_6.pdf
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