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La guerra del «mundo de la post-verdad»

Fuentes: Rebelión

El «mundo de la post-verdad» no describe una novedad sino la consolidación de un mundo sin alternativas. Es el desenlace de una fatalidad que nace con el mundo moderno y que se proyecta globalmente imponiendo un proyecto único de vida. Pero ese proyecto, desde sus inicios, no es posible para toda la humanidad; por eso […]

El «mundo de la post-verdad» no describe una novedad sino la consolidación de un mundo sin alternativas. Es el desenlace de una fatalidad que nace con el mundo moderno y que se proyecta globalmente imponiendo un proyecto único de vida. Pero ese proyecto, desde sus inicios, no es posible para toda la humanidad; por eso la modernidad nace en el diseño de una clasificación antropológico-racial que biologiza las diferencias culturales (haciendo aparecer «superiores» e «inferiores»), naturalizando, de ese modo, las relaciones de poder y dominación exponencial a todos los ámbitos de la vida. En ese contexto es que se funda la posibilidad de la modernidad como única forma de vida y su economía, el capitalismo, como la única economía posible.

Es la Conferencia de Seguridad de Múnich, en vísperas de su reunión anual, la que publica, en su Reporte 2017, la siguiente interrogante: «¿post-verdad, post-occidente, post-orden?». Esta identificación de los tres conceptos es el marco, en el cual, situamos el «mundo de la post-verdad». Un mundo «post-occidental», según la Deutsche Welle, significa un «orden mundial frágil», marcado por el ascenso del populismo como una seria amenaza al «orden internacional». Lo que no se dice es que, ese «orden», del que se sirve Alemania y Europa, bajo la tutela de USA, pasa por la decadencia institucional global creada para preservar, precisamente, ese «orden». En ese sentido, la crisis financiera que arrastra a las economías del primer mundo al colapso, exponencialmente mundial, exhibe el aislamiento de USA del escenario mundial, dejando la posibilidad de que las potencias emergentes, los BRICS, pero, en particular Rusia y China, puedan aprovechar el vacío de poder que deja la hegemonía en decadencia. Mientras se desarticula la Unión Europea, desde el brexit, el Occidente moderno empieza a vislumbrar el desmantelamiento de su centralidad global.

La imposición de un mundo sin alternativas es prototípico del mundo moderno; porque la posibilidad de una alternativa la constituye, en última instancia, otra forma de vida; pero si la modernidad establece que todo lo pre-moderno no es sólo anterior sino inferior, entonces, por inferencia lógica, y de acuerdo a la racionalidad imperante, otra forma de vida es imposible. Un mundo sin alternativas no es entonces una fatalidad histórica sino la imposición de un proyecto único de dominación exponencial. La literatura del siglo XX es recurrente en la descripción de un mundo convertido en panóptico; eso manifiesta una situación en la que no hay salida.

Con el desarrollo tecnológico, la comunicación y la información coadyuvan a cerrar aún más las alternativas. El manejo estratégico de la información, por parte de las agencias de inteligencia y el Pentágono, que trasmiten las grandes cadenas de noticias, genera la producción manipulada de opinión pública. El panóptico entonces se introduce en la propia subjetividad de los dominados y ordena la interpretación de los hechos políticos. Por eso se puede hablar, y con sentido, de un «mundo de la post-verdad», pero no como algo coyuntural sino como la conclusividad de un mundo sin alternativas. Sólo en esta clase de mundo la verdad ya no importa, porque cuando el negocio se transforma en forma de vida, lo que importa es quién gana, no quién tiene la razón.

El «mundo de la post-verdad» es la develación de un mundo forjado en la conquista, por eso fragua sus opciones en la guerra; la guerra se convierte en el incensario de sus holocaustos ofrecidos en el altar del dólar. Si el dólar no crece se muere, pero crece a expensas de todo. La globalización expresaba ese afán infinito de crecimiento; por eso el crecimiento económico no es un indicador de distribución de riqueza sino de acumulación monetaria en un patrón financiero único. Una economía globalizada genera, de ese modo, las condiciones ideales para raptar definitivamente a la humanidad y a la naturaleza en una dinámica concéntrica de despojo sistemático de vida; porque la riqueza es la objetivación de vida y, si la economía imperante, tiene como fin la concentración acumulativa de riqueza, entonces eso no puede significar otra cosa sino privación constante y creciente de vida.

Pero eso tiene un límite y eso significa la rebelión de los límites. La crisis climática y el calentamiento global son la cara dramática de esta rebelión. Esa es la verdad. La vida misma se encuentra en estado de rebelión. Pero la respuesta de los poderes fácticos no es respuesta sino la aniquilación de toda rebelión. Para ello hacen uso de toda la institucionalidad creada, a nivel global, para proseguir una política de despojo de todo lo que queda. El 1% rico del mundo sabe que el progreso y el desarrollo no son posibles para todos. Es más, nunca lo ha sido. Por eso la guerra es lo único que les queda. Siempre ha sido así.

Todas las guerras del mundo moderno siempre se emprendieron en aras de la paz, porque la paz significa la estabilidad y ésta significa la mantención de la desigualdad; por eso de la guerra proviene mucho del progreso y desarrollo actual. El desarrollo es sólo posible por el crecimiento, pero el crecimiento sólo expresa la acumulación disponible de capital que concentra, en última instancia, el poder financiero a nivel global. Pero esa concentración no basta, pues el capital debe seguir creciendo y lo que ya no puede la producción, se propone la especulación: tasas de rendimiento extraordinarias (que no es otra cosa que despojo salvaje de todo lo que queda). Entonces, ¿qué mejor opción que la guerra?, porque en la guerra las apuestas crecen y los apostadores tienen el mejor de los escenarios, pues, por sobrevivir, los beligerantes ofrecen todo lo que tienen e, inevitablemente, se endeudan. Esto significa que la guerra es provocada y tiene, como finalidad, un nuevo ciclo de acumulación. Pero esa constante también tiene un límite y esa es la diferencia que destaca a la nueva guerra que, podría ser la última, porque se trata de una guerra inevitablemente nuclear.

Sólo en ese contexto se comprende qué clase de mundo nos enfrenta el «mundo de la post-verdad». Esta clase de mundo es el escenario del supuesto viraje de la administración Trump y del triunfo de Emmanuel Macron en Francia, la promoción de focos de conflicto regional con repercusión global, como es el caso de Siria, Ucrania, Corea del norte y Venezuela. El Occidente moderno (USA y Europa, o lo que queda de ella) juega sus últimas cartas para reponer su condición de «centro», o sea, su hegemonía global. No otra cosa significa el informe del gral. Curtis Scaparrotti (comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, es decir, cabeza de la OTAN), ante el senado gringo, el pasado 2 de mayo: «la OTAN nos da una ventaja única sobre nuestros adversarios [pero que peligra ante] una Rusia resurgente, que trata de socavar el orden internacional bajo la dirección de Occidente». Previamente, el jefe de mando del Pacífico, almirante Harris, se había referido a dos desafíos simultáneos que enfrenta USA en esa región: «una China agresiva y una Rusia revanchista». Demás está decir que, en los planes gringos, Europa y toda la esfera anglosajona, extensiva hasta Australia y Nueva Zelanda, se convierten en carne de cañón en el enfrentamiento con Rusia y China.

Atizar conflictos más allá de las fronteras gringas (ahora en las puertas de Rusia y China, con Ucrania y Corea del norte) había sido siempre la ventaja que parecía hacer de la guerra un espectáculo televisivo para el disfrute de Gringolandia. Pero eso es historia pasada desde que el ministro de defensa ruso, gral. Serguei Choigu, anunció el 2015 la creación de un «sistema unificado de defensa» en la región de Chukotka, al frente de Alaska, cuyo fin, entre otras cosas, es el de fortalecer las capacidades combativas de la marina nuclear rusa. La base militar gringa de Elmendorf en Anchorage, contiene los más recientes aviones de guerra F-22 Raptor, destinados a interceptar a los bombarderos estratégicos rusos. Pero el ejército ruso sólo necesitaría el emplazamiento de rampas móviles de lanzamiento de misiles balísticos de corto alcance Iskander para hacer imposible el despegue de los F-22 (sin el añadido de que los rusos han demostrado -en el episodio con el USS Donald Cook en el Mar Negro- que pueden paralizar completamente los dispositivos electrónicos militares gringos).

Las 10 bases que posee la aviación rusa en el Ártico cuentan con aviones de combate equipados con el misil aire-aire Vympel R-37; estos misiles están diseñados para recorrer grandes distancias, de tal modo que los aviones que los disparan son inaccesibles para aviones de combate que hacen de escolta para bombarderos gringos como el AWACS y el C4-ISTAR; también, de especial preocupación para los militares gringos, es el misil aire-aire Nivator KS-17 (que es apodado como «AWACS killer») cuya precisión se garantiza a una distancia de 400 km. Los chinos no se quedan atrás con su misil PL-15, que arma al flamante avión caza Chengdu J-20, el cual, por su velocidad y eficacia, preocupa a la armada gringa, ya que con esa tecnología china queda al descubierto la vulnerabilidad de sus barcos de guerra.

Los bombarderos gringos no podrían ingresar a territorio ruso o chino sin ser interceptados por sus sistemas de defensa, como tampoco podrían realizar acciones de combate en sus zonas costeras. Lo que sí pueden hacer rusos y chinos. Desactivando los sistemas de alerta electrónica, la defensa antiaérea gringa queda sin posibilidades de acción, sin contar que, en combate aéreo, los misiles aire-aire de largo alcance de rusos y chinos son superiores a los gringos. Todo esto cambia por completo la situación y describe la vulnerabilidad de la defensa militar gringa en su propio suelo.

Y si todo se trata de medir fuerzas, después de que USA hiciera el alarde del uso de la MOAB (la llamada «madre de todas las bombas», que es un acrónimo en inglés de «Massive Ordnance Air Burst» o munición masiva de explosión aérea) en Afganistán; no tardaron los rusos en demostrar la posesión del FOAB (el «padre de todas las bombas», que se trata de una bomba termobárica de aviación de potencia aumentada), que supera en un 400% la efectividad de la MOAB, doblando además su radio de devastación (la MOAB tiene un peso aproximado de 10 ton. y su rendimiento explosivo es de 11 ton. de TNT, mientras el FOAB pesa 7 y su rendimiento es de 44 ton. de TNT).

Frente a ello, ya que casi todos los informes militares del propio Pentágono concuerdan que, en una guerra convencional, USA acaba perdiendo, la «Air Force Nuclear Weapons Center», anunció en abril de este año que, en el polígono de Nellis, en Nevada, se realizó un ensayo de los componentes no nucleares de la súper bomba atómica B61-12. El peligro potencial que se abre es el siguiente: la utilización de este tipo de armas nucleares, de más precisión y potencia reducida (entre 0.3 y 50 kilotones) abre la siniestra posibilidad de la tentación de su uso como «primer recurso y no como represalia», como señala el gral. James Cartwright, ex comandante supremo del Mando Estratégico de USA.

Por ello, la disposición estratégica disuasiva que vienen desarrollando Rusia y China es la respuesta contundente a la probabilidad de un primer ataque nuclear gringo. No olvidemos que el ataque con 59 misiles crucero Tomahawk a la base aérea de Al-Shayrat en Siria, rompe el acuerdo mutuo entre USA y Rusia de cooperación militar para acabar con el ISIS. Lo insólito de semejante ataque queda evidenciado por la no activación del sistema ruso de defensa antimisiles tierra-aire S-300 del ejército sirio, o del S-400, en manos del ejército ruso presente en suelo sirio. Que los misiles hayan atravesado el espacio cubierto por el nuevo armamento radioeléctrico ruso (que se demostró capaz de anular los sistemas de comunicación y control de la OTAN, y anular los sistemas de guía de los misiles gringos), sólo demuestra que ese sistema se encontraba desactivado como resultado del acuerdo (aun así, la poca efectividad de los Tomahawk queda al descubierto, pues sólo 23 de los 59 misiles impactan en Al-Shayrat).

¿Por qué Trump restablece la confrontación si, días antes, por boca de Nikky Haley, embajadora gringa en la ONU, y Rex Tillerson, secretario de Estado, se reafirmaba la postura del candidato Trump, de ya no inmiscuirse en el asunto sirio? Todo da un giro de 180° desde el «operativo de falsa bandera» sobre un supuesto uso de armas químicas por parte del ejército sirio, montado en la localidad de Khan Shaykhun (que eso era un teatro montado lo demuestra incluso el profesor emérito de ciencia y tecnología del MIT, Theodor Postol); siendo además, aquel operativo, demasiado oportuno, pues aquello sucedía justo en vísperas de la reunión en Bruselas sobre la paz en Siria que, gracias al incidente que se le atribuye al ejército sirio, fue cancelado. Este brusco cambio en la política exterior gringa se evidencia con el proyecto de resolución que presenta la OTAN ante el Consejo de Seguridad de la ONU, donde se imponía al ejército sirio ponerse bajo control del jefe de «asuntos políticos» de la ONU, Jeffrey Feltman, ex adjunto de Hillary Clinton y promotor del plan de capitulación incondicional del gobierno sirio de Bashar al Assad.

Eso reeditaría la ilegal intervención de la OTAN contra Serbia en 1998. Hay que recordar que la balcanización provocada en la ex Yugoeslavia ocultaba el propósito de captura geoestratégica de una Europa oriental parte del anterior Pacto de Varsovia. Con la más reciente aprobación gringa de la integración de Montenegro a la OTAN, se cierra el círculo estratégico de cercar nuclearmente a Rusia en su frontera occidental más inmediata (porque ya el ejército gringo, en un comunicado realizado el pasado 4 de mayo, anunció la apertura de un nuevo cuartel general en Poznan, Polonia, donde se concentrarán los 6000 militares gringos acantonados en Estonia, Letonia, Eslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Polonia, con el fin declarado de reforzar el flanco oriental de la OTAN contra Rusia). Con la reunión en la Casa Blanca entre Trump y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, se acaba con la indócil prepotencia de Trump y, como si de un hijo descarriado se tratase, el Estado profundo re-encauza su tono prepotente hacia los enemigos del dólar. En aquella reunión, Trump señalaba que ya no creía que la OTAN sea obsoleta y, es más, le agradecía su respaldo contra Siria.

O sea, nos encontramos nuevamente en una situación Obama-Clinton, donde los warmongers o deseosos de una conflagración nuclear global han volcado la balanza política a su favor. Esto ya se venía esbozando desde la remoción, por presión del Congreso, del asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn (también del alejamiento del consejero especial Steve Bannon y su adjunto Sebastian Gorka), poniendo en su lugar a un rusófobo como el general McMaster. Con la presencia de James Mattis como jefe del Pentágono, Mike Pompeo como director de la CIA, Dan Coats como director de Inteligencia Nacional (íntimo del vicepresidente Mike Pence) y del mismo secretario de Estado Rex Tillerson, todo parece indicar que el Estado profundo se decidió por la conflagración.

O sea, USA está determinada a abandonar todo escenario diplomático y amenaza con lanzar la primera ojiva nuclear. Para ello cuenta con un personaje, como presidente, que retrata muy bien la locura de una apuesta que, curiosamente, tiene el nombre de MAD (mutual assured destruction o destrucción mutua asegurada), lo que se traduce como loco o demente. Esta apuesta proviene de la guerra fría y es parte de la doctrina de estrategia militar propuesta por John von Neumann (quien es además jefe del «Consejo de Misiles Balísticos Intercontinentales»). Las consecuencias demenciales de aplicar la metáfora absurda del MAD, han sido denunciadas incluso por influyentes personajes de los think tanks, como Herman Kahn o Greg Grandin.

Quien podría hallarse detrás de esta apuesta es el influyente Henry Kissinger que, desde 1957, proponía la puesta en marcha del MAD a través de una «guerra nuclear limitada»; esto en consonancia además con su propensión al uso de la impredecibilidad y hasta la irracionalidad en materia diplomática. En palabras de Kissinger, se trataría de que USA abandone la prudencia y, mediante la «constante redefinición de objetivos», descoloque siempre a los rivales en forma permanente, «por temor a la volatilidad peligrosa del poder estadounidense». Esto significa, como señala bien Alfredo Jalife-Rahme, «borrar los límites entre la verdad y la mentira, gracias al avasallante control de los desinformativos multimedia»: la instauración del «mundo de la post-verdad». Kissinger ha sido, junto a Zbigniew Brzezinsky, uno de los principales asesores en cuestiones de política exterior, y su influencia en la nueva administración es visible a través de su anterior asistente, Kathleen MacFarland, hoy viceconsejera de Seguridad Nacional.

Por ello la detonación de la MOAB en Afganistán era previa a dos importantes reuniones diplomáticas en Moscú: la conferencia de paz de 12 países (Rusia, India, China, Irán, Pakistán y demás países centroasiáticos) sobre Afganistán, y la reunión de los cancilleres de Rusia, Irán y Siria. En ambos casos no asiste USA, porque la detonación del día anterior era más que suficiente declaración: en la puesta en marcha del MAD, la diplomacia está de más. Todo ello no hace más que convencer a Rusia y China de que USA no está dispuesta a ninguna clase de entendimiento y cree poder imponer su resquebrajada hegemonía global a la fuerza. En respuesta, Rusia anuncia al mundo que el 60% de su fuerza nuclear se encuentra actualizada y lista para cualquier eventualidad.

La crisis de los misiles en Cuba de 1962 es el único parangón con la actualidad; con la siguiente salvedad: allí se intensificaron las vías diplomáticas para evitar la opción nuclear (sacrificando a Cuba, por supuesto, con el bloqueo económico; ante lo cual, ningún país de la región ha mostrado nunca ni siquiera gratitud). Ahora que la vía diplomática ya no parece ser contemplada, las relaciones internacionales se muestran más preocupantes como nunca antes, a decir de los propios actores de la política gringa, como Lawrence Wilkerson, jefe de gabinete del anterior secretario de Estado Colin Powell.

Toda esta situación se reflejó en el «reloj del Apocalipsis» del Bulletin of Atomic Scientist (diseñado para medir el peligro al que se enfrenta la humanidad en la era nuclear), que, desde el 12 de abril pasado, se encuentra a 2:30 minutos antes de la medianoche del fin del mundo. Similar situación se vivió en 1953, después de que USA y la URSS detonaran las primeras bombas termonucleares de hidrógeno. Nos encontramos muy cerca del desastre total, debido a la proximidad de una conflagración nuclear y la amenaza de catástrofe medioambiental.

El ataque en Siria no era un hecho aislado sino parte de una escalada bélica que amenaza a China y Rusia. La movilización de la armada gringa en el mar sur de la China, mediante el despliegue del portaviones USS Carl Vinson, equipado con armas nucleares, desnuda la intención de llevar la confrontación nuclear a las puertas de China, tensionando a la península coreana. Fueron las maniobras diplomáticas de Rusia y China las que frenaron los intentos de Corea del Norte (que se cree posee una veintena de bombas nucleares) de realizar su sexta prueba nuclear. Anoticiarse de la presencia de un portaviones gringo rumbo a la península coreana o de bombarderos B 52 con capacidad nuclear despierta la memoria de Corea del Norte (que aún vive la guerra fría y no tiene todavía un acuerdo de paz con Corea del Sur), porque fueron casi destruidos por los bombardeos más intensos que se recuerde desde la segunda guerra mundial; los gringos no se ahorraron objetivo alguno, incluida infraestructura civil como represas.

Entre tanto, el triunfo de Moon Jae-in, en las recientes elecciones de Corea del Sur, enrarece las opciones belicistas gringas; miembro del Partido Liberal Democrático, abogado especializado en derechos humanos, ya se había opuesto al despliegue del escudo antimisiles de USA en suelo coreano y apoyó siempre la vía diplomática (siendo además hijo de un refugiado norcoreano y cuya madre vive en Corea del Norte). Ese historial podría chocar con la política gringa en la península, además de favorecer a China, que no vislumbra, bajo ninguna circunstancia, la idea de «vender» Pyongyang a los gringos.

Corea del Norte no es Siria y eso se demostró en el último desfile militar, con motivo del 105 aniversario del nacimiento de Kim Il Sung en Pyongyang, donde se mostró una capacidad militar que cuenta, entre otras cosas, con misiles submarinos con un alcance de hasta 1000 km. Pero Washington parece arrinconarse, a sí misma, a la insana opción de provocar una destrucción mutua (la opción MAD), arriesgando un desenlace fatal para toda la vida del planeta, basándose en la demencial suposición de que una ofensiva nuclear eliminará eficazmente toda capacidad de respuesta de Rusia y China. Y esto acompañado por una fiebre belicista que ha despertado en USA y que ha hecho subir considerablemente la alicaída popularidad de Trump. El antes considerado enfermo mental es ahora el héroe que festeja el establishment. Todo volvió a la normalidad en Gringolandia.

También en Europa, una vez declarado ganador Emanuelle Macron en las elecciones francesas. La OTAN, la mediocracia global, la Banca Rothschild y la Bolsa de París, demostraron la cautividad en la que se halla el pueblo francés por el «mundo de la post-verdad», ya que su favorito se hizo pasar por el «salvador del fascismo». El partido de Macron, En Marche!, es una creación de la firma Steele & Holt, cuyos principales clientes son los Rothschild y la transnacional francesa de seguros AXA, cuyo presidente es Henry de la Croix, quinto duque de Castries, quien preside el Club Bilderberg. Macron fue invitado a la reunión anual del Club Bilderberg en 2014 por Henry Kissinger, junto a la también francesa Christine Lagarde, presidenta del FMI.

Es la OTAN y la Banca Rothschild, como muestra Thierry Meyssan, las interesadas en el triunfo de Macron y quienes orquestaron el show mediático de «la amenaza fascista de Marine Le Pen», apoyándose en las antiguas redes pro-yanquis de la Fondation Saint Simon. Como en el episodio Trump, se trata de desviar la atención del pueblo mediante la invención de amenazas focalizadas para no dejar otra opción que la orquestada por la propaganda, es decir, la capitulación nacional al «mundo de la post-verdad», o sea, la versión de los ricos del mundo.

Si en 1940, los franceses, por miedo al nazismo, apoyan al mariscal Philippe Petain y terminan, para su desgracia, avalando el fascismo que instaura ese mismo mariscal, parece que ahora, votando por Macron, por miedo a la extrema derecha de Le Pen, acaben, otra vez, los franceses, legitimando a la verdadera derecha fascista. No en vano Marx escribe, en «El 18 brumario de Luis Bonaparte», que la historia se repite, una vez como tragedia y otra como comedia. Una vez que Europa está destinada por la OTAN, es decir, por el Pentágono, a ser la primera línea de enfrentamiento con Rusia, lo único que se necesita son gobiernos títeres. Y Macron y En Marche! están hechos a la medida de esta decisión extra-nacional.

En el «mundo de la post-verdad» la guerra es lo único cierto. Por eso se derrumban todas las coordenadas éticas que permitían sostener una convivencia mutua. El poder de los medios o mediocracia se hace omnímodo e impone una fatalidad que es común incluso en los medios alternativos: la velocidad de la información exige análisis inmediatos que coadyuvan a la diseminación del vértigo social. El caos es premeditado incluso por el uso de las nuevas tecnologías que son exaltadas como insustituibles en el ejercicio informativo; pero ninguna tecnología ha superado jamás al periodismo de lápiz y papel, porque si la información se mide por ser veraz, no es ninguna técnica lo que hace a algo más o menos veraz. Pero cuando la información es manipulada y es el resultado de su manejo instrumental, entonces se entiende la idolátrica tendencia a concebir la información como espectáculo, donde sí cuentan, de sobremanera, las formas aparentes. El nuevo circo romano son los medios y se convierten en los templos donde se gana la guerra por anticipado, como decía Sun Tzu.

El «mundo de la post-verdad» es sólo posible en un mundo único, con pensamiento único y con moneda única. De eso trataba la globalización, algo sólo posible en la disposición geopolítica que crea el mundo moderno: «centro-periferia». L o cual no quiere decir que antes todo haya sido cierto, quiere decir que nunca antes se habían desplomado, de tal modo, las coordenadas de la verdad; que la única y necesaria estabilidad de una vida en común, el acuerdo en algo cierto, quedara a merced de un sistemático despliegue de una forma de vida basada en la más absoluta incertidumbre.

Este desplome es ético, pues aunque las coordenadas morales pudieron haber sido artificiosas, se trataban de coordenadas comúnmente aceptadas y constituían la referencia obligada de la convivencia. Pero una situación más allá de la verdad derrumba todo, pues se trata de un derrumbe ético, porque lo que en realidad se derrumba son las coordenadas del bien y del mal. Se trata de una masacre.

Se dice que la primera víctima de la guerra es la verdad, pero se olvida señalar que, cuando la verdad ha muerto, la guerra es la única verdad que queda. Por eso el miedo se constituye en cultura y devela a una sociedad atrapada en puros mitos que encubren, de tal modo, la realidad, que la enajenan por completo del ser humano. Eso constituye a la sociedad moderna y lo retrata muy bien la cultura gringa de la guerra fría. Con la «guerra contra el terrorismo» ahora Europa se muestra prisionera de la cultura del miedo, y la constante social pareciera señalar un fenómeno implosivo de desagregación social, en medio de una cultura de incertidumbre generalizada. En ese marco, la política misma se hace inútil, porque si la política es posible por las utopías que movilizan al presente y le impulsan a producir futuro, en una situación de incertidumbre, la guerra se presenta como la fatídica ley de supervivencia de la especie (cualquiera que ésta sea) y no hay racionalidad alguna que pueda discutir la imposición de tal fatalidad.

El llamado «mundo de la post-verdad» descubre la invalidez de la condición humana actual y es el último proceso de acumulación que ha encontrado la lógica del capital para condenar definitivamente a la humanidad y al planeta a una situación ya promovida por la ideología neoliberal del tiempo de Reagan y Thatcher: el mundo sin alternativas. Esta clase de mundo puede prescindir de la verdad, porque en el reino del mercado absoluto lo que importa es comprar y vender. No interesa quién tiene la razón sino quién gana. El mundo de los «ganadores» y los «exitosos», de los «triunfadores» y los «fuertes», es un mundo donde todos pierden, porque en esa carrera sólo uno podría declararse ganador, una vez que haya acabado con todos los demás competidores. Ese es el 1% de los ricos del mundo que pelean incluso entre ellos para seguir ganando.

El «mundo de la post-verdad» retrata un mundo donde se puede prescindir de la política y el derecho, ya que la guerra de conquista cuenta con un derecho que permite todo: el derecho del vencedor brinda tales prerrogativas que, la víctima, se ve obligada, incluso, a pagar los costos de guerra que debe sufragar el vencedor. Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de Bill Clinton, lo manifiesta así, cuando señalaba: «antes el Departamento de Estado fijaba la política exterior y el Pentágono la respaldaba con la fuerza disuasiva de sus armas. Ahora es éste quien la determina, y a los diplomáticos nos cabe la misión de explicarla y de lograr que otros gobiernos nos acompañen en nuestra tarea».

¿Cuál es esa tarea? La que viene pregonando el Estado profundo desde los años de la «Comisión Trilateral» y que aparece como título de una de sus más tempranas publicaciones: «The Crisis of Democracy». Este diagnóstico viene precedido, como recuerda Noam Chomsky, por un memorándum que un abogado corporativo, de nombre Lewis Powell, enviara a la Cámara de Comercio en 1971. En él advertía al mundo empresarial que las fuerzas de la izquierda amenazaban su papel rector en la sociedad norteamericana. El asunto, dirá después la «Comisión Trilateral», es que hay demasiada democracia y fruto de ello es que «las instituciones responsables del adoctrinamiento de los jóvenes», como son las universidades, iglesias, colegios y medios de comunicación, ya no cumplen con esa función.

Por ello, concluyen, la democracia misma es una amenaza; en tal sentido, los think tanks que crea la Comisión, se encargan de producir una nueva idea de democracia acorde a los nuevos intereses/valores que patrocina el mundo financiero. Nace la democracia neoliberal, en cuanto «sistema democrático», que empieza a ser promovido hasta por las academias; y es esa clase de democracia, sin demos, la que se impone en nuestros países, una vez que acaban las dictaduras. Es la democracia que defienden los grandes medios de comunicación y toda la institucionalidad creada por el patrón dólar, desde la ONU hasta la OEA, para adiestrar a los países según la mitología del dólar.

Por eso la OEA puede arrogarse la potestad de calificar si un país es democrático o no (si cumple o no, con aquella mitología). Habría que recordar que la «Carta Democrática Interamericana» que se pretendió aplicar a Venezuela, se aprobó en Lima, el 11 de septiembre de 2001, horas después del atentado a las torres gemelas en New York. Aquel evento que sirvió como la excusa perfecta para suprimir definitivamente las libertades civiles en USA, sirve también para aprobar una resolución que le da a la OEA facultades extraordinarias de fiscalización, injerencia y sanción contra los países que no cumplan las estipulaciones que dicta un verdadero «Ministerio de Colonias».

La primera víctima iba a ser el gobierno de Hugo Chávez, si se procedía a las especificaciones respectivas acerca de qué país clasifica como democrático y qué país no. Tales atribuciones que violan la soberanía de nuestros países, son prerrogativas que se arroga todo el sistema institucional que sirve al dólar. Y que puede constituir razón suficiente, en el «mundo de la post-verdad», en la opinión pública producida mediáticamente. La Heritage Foundation, en el 2014, ya publicó un informe acerca de las «amenazas del socialismo del siglo XXI», donde se vincula a Venezuela con el terrorismo islámico. El informe propone que la OEA se convierta en una plataforma de denuncia contra Venezuela y haga valer la «Carta Democrática»; en caso de que la OEA fallara, se menciona «otras vías», con el respaldo de «aliados regionales».

El pasado 6 de abril, el jefe del Comando Sur, almirante Kurt Tidd, ante la Comisión de Servicios Militares del Senado, recordó que la «doctrina de seguridad colectiva» de la OEA, faculta una intervención militar en Venezuela, lo cual no hace sino reafirmar el plan «Venezuela Freedom II», que tiene como operadores políticos al secretario general de la OEA, Luis Almagro, el bloque de gobiernos neoliberales presentes en la OEA, a la cabeza del presidente Peña Nieto de México, al consorcio mediático CNN y a Exxon Mobil (que planeaba ser indemnizada por el gobierno de Maduro por 12.500 millones de $US, pero sólo recibirá 900 millones, gracias al juicio ganado por Venezuela; el actual secretario de Estado Rex Tillerson fue presidente de esa empresa en buena parte del juicio, por ello algunos ven más que probable una intervención militar por parte de la administración Trump).

Carlos Fazio recuerda que el mismo actual secretario de Seguridad Nacional, gral. John Kelly, el 12 de marzo pasado, ante el Senado gringo, declaró que «la primera fase de la operación Venezuela Freedom, había conseguido parte de sus objetivos», esto es, la generación de caos y desestabilización, sabotajes contra instalaciones estratégicas y acciones paramilitares. La operación completa contempla una fase terminal que requiere la generación de una matriz de opinión mediática de crisis humanitaria y de colapso institucional en Venezuela. O sea, dentro de la «doctrina del espectro completo», que forma parte del concepto de «guerras de cuarta generación», esto significa: la demolición planificada de un gobierno democrático.

Colombia forma parte de la base operativa de guerra psicológica y electrónica contra Venezuela. El propio Comando Sur cuenta con Liliana Ayalde, anterior embajadora en Paraguay y Brasil y ahora vice jefa civil de este Comando (se dice que Ayalde orquestó los golpes parlamentarios contra Lugo y Dilma Roussef). México, que se ha convertido en una colonia perfecta, tiene al canciller Luis Videgaray como impulsor de las acciones intervencionistas de la OEA contra Venezuela y, para colmo, son generales mexicanos, como Salvador Cienfuegos y Vidal Soberón, que fungen como «edecanes» de la jefa del Comando Norte, gral. Lory Robinson y del jefe del Comando Sur, gral. Kurt Tidd, en la «V Conferencia de Seguridad de Centroamérica». Pero toda esta información es obviada por las grandes cadenas de noticias.

Lo que anida en la opinión pública como recurrencia pueril, patrocinada por el análisis mediático, es la figura de la confrontación, centrada en la polarización maniquea que provoca la agudización del conflicto. Porque todo se reduce a la defenestración del contrario. De nuevo, en el «mundo de la post-verdad», todo es beligerancia, ya no importa quién tiene razón, porque la única razón que importa es la mía, dice el beligerante.

Cuando se polariza un país, no es porque haya posiciones claramente opuestas sino por la estigmatización y la demonización del contrario. Esto produce el enfrentamiento irracional y es a lo que conduce la polarización. Cuando la lucha ya no es más democrática, pasar del insulto a la aniquilación es sólo cuestión de iniciativa. Los medios provocan la polarización porque de ese modo no interesa la política sino sólo el conflicto, es decir, ya no se trata de proyectos políticos o de sujetos políticos sino de un reality show, violento y con sangre. Por eso, al final, funciona la tramoya de la intervención. Eso lo saben los estrategas del «caos constructivo»; en la banalización de la política, los medios no hacen ningún esfuerzo por retratar la situación con justicia. Eso provoca la indignación formateada, a favor de la versión ya manipulada, para legitimar el derrocamiento del gobierno demonizado; o la indiferencia, que viene a ser lo mismo, ya que ésta también garantiza el derrocamiento.

Esta promoción de la polarización está diseñada para hacer desaparecer a los pueblos como sujetos políticos y mostrarlos como el eterno rebaño embaucado por embusteros que aparecen de vez en cuando para «alterar el orden»; conocido, hoy en día, como «sistema democrático made in USA» (no hecho en China ni marca sudaquita sino genuinamente «americano»).

Para eso está diseñado ese «sistema democrático», para no permitir su alteración y limpiar de la consciencia popular todo atisbo de barbarie que le lleva siempre a promover caudillos que le alimentan falsamente con utopías necias, como las que proclaman un mundo más digno, más justo, o «un mundo en el que quepan todos». Ese «sistema democrático» es el encargado de imponer el «mundo de la post-verdad».

Por eso, cuando los pobres ejercen más democracia que la permitida, se promueve la idea de que la democracia se encuentra en crisis. Pero si la crisis se generaliza y se expande, como en la actualidad, hasta al primer mundo, entonces ya no se trata sólo de gobernabilidad sino de operación quirúrgica. La guerra declarada es entonces contra todos. El imperio, en su decadencia, ya ha declarado: si caigo, haré hasta lo imposible, para que el mundo entero caiga conmigo.

Rafael Bautista S. autor de «Del mito del desarrollo al horizonte del vivir bien». Dirige «el taller de la descolonización».

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