Donald Trump puede recuperar el lenguaje del asedio, endurecer las sanciones hasta paralizar a los bancos y venderle a Florida, una vez más, la fantasía de un derrumbe inminente. Pero Cuba ya vio esta película. La isla ha sobrevivido al embargo, a la escasez y a la persistente costumbre de Washington de confundir el castigo con la estrategia. La crisis cubana es real. Lo que no resiste análisis es la idea de que una coerción mayor terminará por quebrar al régimen. Esa lectura desconoce cómo operan el poder, la supervivencia y la soberanía en la isla.
Esta también es una historia de repetición estratégica en Washington: Estados Unidos sigue confundiendo el dolor económico con la capacidad de ejercer presión política y sigue fingiendo sorpresa cuando Cuba no se quiebra.
La administración Trump habla de Cuba como si bastara con un golpe más. Eso no es una estrategia: es un reflejo. No se trata de una negociación convencional, sino de una disputa por la soberanía moldeada por la historia, la adaptación autoritaria y las formas transnacionales de supervivencia de las familias cubanas. El desenlace más probable no es un avance, sino el mismo estancamiento corrosivo que la política estadounidense viene produciendo desde hace décadas.
Sin acuerdo, sin salida
Washington y La Habana no negocian con el mismo horizonte. En Washington, un verdadero “acuerdo” todavía implica un cambio político en Cuba. En La Habana, en cambio, un acuerdo puede abarcar migración, comercio, remesas o seguridad, pero no la autoextinción negociada. Por eso las exigencias maximalistas no producen concesiones. Producen parálisis.
La historia agrava el conflicto. Mucho antes de la Guerra Fría, John Quincy Adams formuló la teoría de la fruta madura: la idea de que Cuba terminaría cayendo en la órbita de Estados Unidos. Ese impulso todavía sobrevive en la política estadounidense, que con demasiada frecuencia trata la soberanía cubana como un asunto que debe administrarse, y no como un principio que debe respetarse. [9]
El viejo guion imperial
La historia entre Estados Unidos y Cuba también se escribió a través de la ocupación y de una soberanía condicionada. Después de 1898, Washington ocupó la isla, impuso la Enmienda Platt, se arrogó el derecho de intervenir y aseguró una presencia permanente en la bahía de Guantánamo. [10] Mucho antes de Castro, muchos cubanos ya habían vivido bajo una república ensombrecida por la presión estadounidense. Esa memoria sigue pesando.
La fantasía del colapso
Trump habla de Cuba como si el colapso estuviera a un empujón de distancia. La miseria es real, pero la conclusión es apresurada. La privación extrema no se traduce automáticamente en un fracaso estatal. Cuba sobrevive mediante represión, racionamiento, aperturas selectivas, remesas e intercambios informales que mantienen en circulación suficiente moneda dura y suficiente sostén interno como para aplazar el derrumbe sin corregir la podredumbre de fondo. [1]
La maquinaria del embargo
El embargo no es solo un castigo: es una arquitectura de poder que determina quién puede comerciar, viajar, asegurar, invertir, transportar o pagar dentro del corredor entre Estados Unidos y Cuba. [2] Eleva los costos de cumplimiento, estrecha los canales formales, ahuyenta a los bancos y empuja la supervivencia hacia circuitos informales. El resultado es brutalmente eficaz: la presión existe, pero gran parte del dolor recae sobre la base social, mientras el régimen conserva el control de los accesos que todavía importan.
Eso importa en términos estratégicos. Cuba no solo pesa como símbolo político, sino también por la migración, la proximidad marítima y la competencia en inteligencia y en minerales como el níquel y el cobalto. Sin embargo, las sanciones más recientes de Washington también alcanzan a los metales y a la minería, encarecen cualquier futura apertura de recursos e incentivan a La Habana a profundizar sus vínculos con potencias rivales. [3] Una política más inteligente apostaría por aperturas limitadas, monitoreo estricto y alivios selectivos vinculados a conductas verificables, no por fantasías cinematográficas de colapso. [4]
Dinero sin voz
La crisis cubana también es transnacional. Las remesas, los viajes de retorno y las transferencias informales ayudan a las familias a sobrevivir y siguen inyectando divisas al sistema, pero no compran una voz política significativa. [5] El régimen quiere dinero sin reciprocidad. Esa es otra razón por la que la presión externa, por sí sola, difícilmente transformará al Estado.
Cómo Cuba absorbe el golpe
Los debates sobre sanciones suelen tratar a Cuba como si fuera indistinguible del régimen. No lo es. La isla también está conformada por emprendedores privados, comunidades religiosas, intermediarios del mercado negro y redes familiares que cruzan fronteras. Esas redes no derriban al poder autoritario, pero sí redistribuyen las penurias y ayudan a explicar por qué las sanciones suelen golpear antes al bienestar social que al Estado.
La reacción adversa que viene
Si Washington sigue exigiendo resultados que La Habana no puede aceptar, el desenlace será una escalada sin salida. El primer riesgo es humanitario y migratorio: un deterioro más profundo empujará a más personas hacia el corredor de Florida. El segundo es geopolítico: un mayor cerco estadounidense le da a La Habana más incentivos para buscar apoyo energético, tecnológico y de inteligencia en potencias rivales. La declaración de emergencia nacional de enero de 2026 no hace más que agravar ese riesgo.
Por qué el cerco sigue fracasando
El embargo fracasó como instrumento de cambio de régimen, no porque fuera demasiado blando, sino porque Washington leyó mal la cadena de reacciones que pretendía desencadenar. El dolor económico en Cuba nunca fue políticamente neutral. El Estado podía racionarlo, narrarlo y redirigirlo mientras recurría al apoyo externo, al turismo, a las remesas y a nuevos socios. El resultado no fue el colapso, sino una emergencia permanente que castigó a la sociedad fortaleció el relato del régimen y siguió prometiendo una implosión que nunca llegó.
Trump aprieta más los tornillos
La política reciente no ha hecho más que reforzar ese patrón. En 2025 y 2026, Washington endureció las restricciones mediante la NSPM-5, una declaración de emergencia nacional y la Orden Ejecutiva 14404, ampliando la presión sobre entidades ligadas al aparato militar y sobre actores extranjeros en sectores clave, entre ellos energía, finanzas, seguridad y minería. [11][12][13]
Las designaciones del 7 de mayo de 2026, incluidas las de GAESA y Moa Nickel S.A., junto con la orientación correspondiente de OFAC, ampliaron la red de sanciones. [14][15][16] El efecto inmediato es un clima de cumplimiento más severo. A más largo plazo, el resultado puede ser dificultar cualquier apertura comercial futura, incluso si Washington decide más adelante que sí la necesita.
El argumento a favor de la presión
El campo favorable a la presión no se equivoca en todo: las sanciones pueden elevar el costo de la represión y restringir a conglomerados vinculados al aparato militar, como GAESA. Pero el acercamiento también tuvo sus propias ilusiones. La lección real es más dura: la presión fracasa cuando ignora cómo sobrevive el sistema, y el compromiso fracasa cuando romantiza aperturas que el régimen puede capturar.
Cuba no se quebrará
El fracaso de la política estadounidense hacia Cuba no radica en la timidez. Radica en una lectura equivocada del terreno. Washington sigue actuando como si la privación pudiera convertirse, de manera mecánica, en una palanca política contra un régimen diseñado para sobrevivir y reforzado por el lenguaje de la coerción externa.
Una política estadounidense más creíble dejaría de fantasear con el colapso y se concentraría en objetivos limitados y verificables: estabilizar la migración, proteger los canales humanitarios y de apoyo familiar, abrir espacio para una actividad genuinamente privada, reforzar las salvaguardas frente a la captura militar y vincular los alivios selectivos a conductas comprobables. Sin esa recalibración, la máxima presión seguirá produciendo lo de siempre: estancamiento, presión migratoria y una nueva profecía vacía sobre la inminente caída de Cuba.
Fuente: https://kaosenlared.net/la-isla-que-no-se-rinde-por-que-trump-todavia-no-puede-doblegar-a-cuba/
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