El 4 de marzo del 2024, cuando faltaba poco más de mes y medio para las elecciones autonómicas en Euskadi del 21 de abril, publiqué un artículo de opinión en este mismo medio bajo el título “Elecciones en Euskadi: ¿sumar de otra manera?”. Han pasado ya dos años y el titular podría seguir siendo el mismo. Nada ha cambiado, salvo la capacidad de la izquierda para repetir sus errores con mayor velocidad y menor pudor.
Aquel artículo comenzaba recordando que “el entramado Sumar, montado por Yolanda Díaz, con la inestimable colaboración de su terminal local en Euskadi, Lander Martínez, había terminado con la última esperanza de que Podemos, la formación surgida del 15M, pudiera formalizar un acuerdo siquiera de mera colaboración sin tener que pasar por las horcas caudinas de una rendición total”. Es decir, Sumar y Podemos irían cada uno por su lado, siguiendo la inveterada tradición de la izquierda de dividirse hasta el infinito y más allá.
También advertía en ese momento algo que hoy suena premonitorio o profético: “No hace falta ser un lince para pronosticar que el descalabro total de esta formación —la de Podemos— está a punto de consumarse”. Y así fue. Mes y medio después, el 21 de abril de 2024, Sumar no sumó prácticamente nada —un único parlamentario—, y Elkarrekin Podemos (con Ezker Anitza) alcanzó un récord histórico, difícil de igualar: pasó de seis a cero escaños. Y de haber sido primera fuerza en Euskadi en 2016 con 335.740 votos, pasó a obtener tan solo 23.888. Nueve de cada diez de sus votantes se esfumaron. Séptima posición. Un derrumbe sin paliativos. ¿Se hizo alguna autocrítica? ¿Dimitió alguien?
Y ahora, justo dos años después de aquel terromoto electoral, vuelven a sonar tambores de unidad por doquier a partir de lo que se podría catalogar como “el síndrome Rufián”, convertido en el nuevo capítulo de una serie que ya no sorprende a nadie porque siempre acaba igual: con una boda que no se celebra y un funeral que nadie reconoce.
La reciente propuesta de Rufián no abre debates, solo abre tertulias. No genera reflexión estratégica, sino contenido televisivo. No articula un proyecto, sino una coreografía para cámaras. No une a nadie, pero da minutos de pantalla a todos. Lo que hace dos años era, y sigue siendo, un problema político, hoy es un producto audiovisual. Y como todo producto audiovisual, dura lo que dura el siguiente bloque publicitario. Es la política espectáculo para filibusteros de la información, cuya más avanzada versión es Antonio García Ferreras y la Sexta, por no hablar del resto de cadenas televisivas que sufrimos.
Mientras tanto, la izquierda estatal —la más necesitada de concentrar el voto— no está haciendo absolutamente nada para acercar posturas, bueno si, hace postureo. Sumar (y su minigalaxia de meteoritos políticos) reedita acuerdos que ya fracasaron. Y Podemos, que guarda sus esencias en el mausoleo de su propio cementerio, sigue sin un proyecto territorial claro. Las bases sociales están prácticamente evaporadas. Lo que queda son aparatos gestionando siglas, estructuras sin músculo, organizaciones que sobreviven por inercia más que por convicción. La izquierda estatal, lease Sumar, Podemos, Izquierda Unida… se han convertido en una maquinaria obsoleta con escaso cuerpo social, sin apenas arraigo y comunidad. El infumable Ferreras y su tinglado mediatico tiene más poder de convocatoria que todos juntos.
Y aquí conviene recordar lo que escribí hace dos años, porque creo sigue siendo válido. Entonces planteé una propuesta sencilla, práctica y eficaz: sumar a la vasca. No se trataba de integrar formalmente a Podemos Euskadi en EH Bildu —ni necesario ni recomendable— ni de lanzar una OPA hostil. Se trataba de algo más simple y honesto: que se ofreciera desde EH Bilbud a algunos cabezas de lista de Podemos entrar en sus planchas con posibilidades reales de salir elegidos. Una fórmula generosa, pragmática, que evitaba la desaparición paulatina de un espacio político y fortalecía un bloque progresista en un territorio donde la fragmentación también beneficia solo a quienes llevan décadas gobernando, más bien cambiando cromos con el PSOE-PSE. Era una propuesta sensata. Y, por supuesto, nadie la quiso escuchar, ni los de un lado ni los del otro.
Pero sería demasiado cómodo cargar toda la responsabilidad sobre los partidos. El problema es más profundo. No es solo una cuestión de siglas: es un problema “de país”, incluso diría que de cultura política. O, mejor dicho, de “un país” —y subrayo esto— que no existe más allá de una ligazón obligatoria constitucional. Y hay algo más: una parte muy amplia de la población, por muchos motivos, ha dejado de pensar en términos colectivos. La izquierda habla de comunidad, pero una gran mayoría de la sociedad, en una dinámica que va a más, se mueve desde la lógica egoista del interés individual. Las distintas izquierdas dicen querer sumar, pero viven en “un país” que delega sistemáticamente sus responsabilidades en otros. Y así resulta muy difícil construir algo que no sea humo.
A esto se añade el nudo histórico que las izquierdas con mirada estatalista ni han querido nunca ni quieren desatar: la cuestión territorial. Sin embargo, las izquierdas nacionalistas de Catalunya, Hego Euskal Herria y Galiza tienen proyectos discutibles pero, al menos, con base democrática, legítimos, coherentes y concentrados. La izquierda estatal vive dispersa, sin marco territorial claro, sin una lectura mínimamente sólida de la plurinacionalidad. Y el Estado sigue sin resolver su relación con las nacionalidades históricas. Y sin resolver eso, no hay frente amplio posible. No se puede sumar lo que no comparte ni el mismo mapa.
En otros lugares, como en Colombia, por ejemplo, el “Pacto Histórico” está logrando articular un frente amplio sin borrar identidades muy diversas. Allí se entendió que la unidad era estratégica. Aquí cada sigla defiende su parcela como un feudo medieval. Allí la unidad es un proyecto. Aquí la unidad solo aparece cuando hay miedo.
La izquierda con visión española puede seguir celebrando bodas sin novios y funerales sin duelo. Puede seguir posando para fotos que no significan nada. Puede seguir confundiendo espectáculo con política y urgencia electoral con proyecto “de país”. Puede seguir creyendo que la suma es una operación aritmética y no un proceso ideológico, económico, cultural, social y territorial de largo aliento. O puede decidir si quiere seguir existiendo. Las dos cosas a la vez ya no caben en la misma urna.
Así que, visto lo visto, paso a realizar algunas consideraciones sobre algunas cuestiones que, en mi humilde opinión, creo que no reman en la buena dirección. La primera es que la pretendida estrategia de aproximación de EH Bildu a las bases del PNV puede que, a medio y largo plazo, se vuelva en su contra. También, que la calle —que en el pasado fue una de sus señas de identidad— ha ido perdiendo peso frente a la disputa institucional, y que convendría reequilibrar esa balanza porque fue, es y seguirá siendo un territorio en disputa.
La segunda andanada va para Podemos Euskadi, o lo que queda de esta formación en pleno desguace, a la que quizá convendría dejar de mirar a los cielos y bajar la vista a tierra, antes de llegar solos a ninguna parte.
Al conglomerado Sumar, salvo a algunos votantes despistados, no les diría nada, salvo que quizá llevan camino de echarse en brazos del PSOE-PSE, puesto que en el práctica apenas mantienen diferencias más allá de cierto postureo ante las cámaras.
Y falta una pieza importante: la de la disidencia de la izquierda abertzale oficial, EHKS, que, como apuesta estratégica, ha decidido no jugar en el campo de las instituciones y no participar en las contiendas electorales. A ellos les diría: ¿No fue suficiente aprendizaje lo vivido durante décadas, cuando la izquierda abertzale de entonces, articulada en torno a Herri Batasuna, combinaba la participación electoral con una estrategia que la situaba fuera del marco institucional que decía disputar? Aquella etapa estuvo marcada por un uso intermitente de los escaños, por la idea de que las instituciones eran un terreno hostil que solo servía como altavoz y no como espacio de transformación. En el Congreso español no se participaba en la actividad parlamentaria ordinaria; en el Parlamento Vasco, la presencia era irregular (a veces no se ocupaban los escaños como protesta o se hacía de forma intermitente); y en los ayuntamientos, donde sí había una intervención constante, la lógica seguía siendo la confrontación. Todo ello en un contexto atravesado por la lucha armada, la violencia del Estado, las ilegalizaciones sucesivas y una cultura política que entendía la representación como un instrumento táctico, no como un compromiso estable con la ciudadanía.
Ese modelo, que pretendía demostrar coherencia ideológica, terminó generando efectos muy diversos en un contexto muy diferente al actual. La historia muestra con bastante claridad que entrar y salir de las instituciones según el momento no fortaleció el proyecto, sino que lo debilitó. Por eso sorprende que hoy, desde EHKS, se reivindique una abstención estratégica que recuerda demasiado a aquel ciclo. La coherencia es legítima, pero repetir esquemas que ya demostraron sus límites no parece la mejor manera de construir fuerza social en un tiempo que exige presencia, constancia y capacidad de disputar cada palmo de todos los terrenos políticos, sin olvidarnos de otro fundamental, el mediático, donde la izquierda, todas las izquierdas, están a verlas venir.
El momento actual exige otra mirada. La amenaza real es el avance del fascismo, que se abre paso mientras la izquierda sigue discutiendo en voz baja cómo repartirse un espacio cada vez más estrecho. Ante un escenario así, la rigidez es un suicidio político. La única salida pasa por construir un frente común capaz de defender derechos, ampliar libertades y frenar una deriva autoritaria que ya se asoma en demasiados rincones.
Conviene recordar algo que a veces se olvida: las instituciones y la calle no son mundos separados. Forman parte de una misma disputa política que solo funciona cuando está sincronizada, cuando cada espacio respeta su lógica y cuando ambos se refuerzan en lugar de anularse. La representación parlamentaria sin movilización social se convierte en un trámite burocrático. La movilización sin presencia institucional se queda sin capacidad de traducir fuerza en cambios reales.
El tiempo que vivimos no permite retiradas tácticas ni abstenciones elevadas a categoría moral. El fascismo avanza con una determinación que no admite vacíos, y cada espacio que la izquierda abandona es un espacio que otros ocupan con entusiasmo. En este escenario, nadie es prescindible. Cada militante, cada colectivo, cada organización y cada voto cuentan. La lucha en las calles y en los parlamentos forman parte de la misma defensa de derechos y libertades que hoy vuelven a estar en riesgo. Y si algo debiera unir a todas las izquierdas vascas es la certeza de que frente a esa amenaza no hay margen para el repliegue. Solo cabe estar, sumar y pelear en todos los frentes a la vez.
Falte lo que falte para las elecciones creo que EH Bildu, EHKS, y Podemos deben sentarse a hablar largo y entendido, de forma discreta y constructiva, para articular un programa de mínimos poniendo el acento en todo lo que les une y no en lo que les divide y que, caso de concretarse en algún tipo de propuesta a la sociedad vasca, estoy seguro que arrastraría a militantes comprometidos de Izquierda Unida, Sumar, etc. e, incluso, a otros muchos ciudadanos y ciudadanas que en su voluntad esta abstenerse. Así que flexibilidad, generosidad y sentido estratégico: sin eso, la izquierda acabará entre bodas que no terminan de sumar y un funeral que nadie quiere pagar.
Txema García, escritor y periodista
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