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La memoria

Fuentes: Cubadebate

Ha transcurrido casi una semana desde que la oí por primera vez, pero la canción sigue dando vueltas en mi cabeza, eterno ritornelo del dolor y de la esperanza. «Los viejos amores que no están,/ la ilusión de los que perdieron,/ todas las promesas que se van,/ y los que en cualquier guerra se cayeron.// […]

Ha transcurrido casi una semana desde que la oí por primera vez, pero la canción sigue dando vueltas en mi cabeza, eterno ritornelo del dolor y de la esperanza. «Los viejos amores que no están,/ la ilusión de los que perdieron,/ todas las promesas que se van,/ y los que en cualquier guerra se cayeron.// Todo está guardado en la memoria,/ sueño de la vida y de la historia.»

Es del argentino León Gieco, que la incluyó en su disco Bandidos rurales, para cantarle al engaño y a la complicidad de los represores argentinos, a los desaparecidos que aún se buscan, a «los muertos de la A.M.I.A. y a los de la Embajada de Israel», al «poder secreto de las armas», a «la justicia que mira y no ve». «La memoria» es, sencillamente, un tema destinado a ser un clásico de clásicos, a la altura de «Solo le pido a Dios», también de Gieco, canción que en América Latina pueden tararear hasta las piedras.

Pero el punto que quiero compartir con ustedes es que esa música imposible de olvidar, escúchela donde la escuche, suena a eternidad cuando usted la oye mientras asiste a la presentación de un libro de la poeta y periodista argentina Stella Calloni, al pie del edificio de la Sección de Intereses norteamericanos (SINA) en La Habana. Ocurrió hace pocos días, en febrero, de noche, cuando Stella comentó su libro Operación Cóndor: Pacto criminal. «La memoria» abrió y cerró el acto al que asistió Fidel enfundado en un sobretodo verdeolivo que no le habíamos visto en años, quizás desde su última gira internacional por países de crudo invierno.

Hacía mucho frío junto al Malecón y el viento batía furiosamente el mar de banderas negras que se levanta frente a la residencia de la SINA. Así como ellas recordaban a los muertos del terrorismo norteamericano y Stella repasaba la historia asesina de los Estados Unidos en América Latina, la memoria se instalaba allí con palabras y música, vigilante, haciendo posible el único exorcismo que puede evitar que el pasado regrese sobre nosotros.

Desde entonces, cada vez que la música de Gieco vuelve a mi mente, sola o acompañada de las sensaciones de aquella noche, no logro evadir un mismo pensamiento: el ejercicio de la memoria puede que altere, sustituya y afantasme los hechos, pero tiene la prudencia de conservarlos en sus formas esenciales. La memoria es reparación, tanto como el olvido es impunidad. Recordar, como decía Stella frente a la SINA, es el primer paso para la justicia posible y para evitar que se perpetúe el horror.

¿Puede llamarse humana una sociedad que intenta ignorar sus crímenes? No puede. «Las cárceles secretas de Estados Unidos, con sus torturados y desaparecidos, existen porque no fueron juzgados los responsables de las dictaduras latinoamericanas en los años 70 y 80», decía Stella, pero hay posibilidades para la salvación, porque «todo está escondido en la memoria,/ refugio de la vida y de la historia», como cantó Gieco: «La memoria estalla hasta vencer / a los pueblos que la aplastan/ y que no la dejan ser / libre como el viento».