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La muerte como mercancía y la sangre insurgente

Fuentes: CLAE

Más allá del ordenamiento bajo los pabellones nacionales (hoy más complejo de esquematizar por el control financiero), lo que acontece en la actualidad está signado por el desarrollo de un nuevo régimen de acumulación, que amerita por lo tanto, un nuevo reparto del mundo.

Hemos sido construidos históricamente para repeler, horrorizados y horrorizadas, el fenómeno de la guerra burguesa desde la óptica de su moral universal. Lo curioso es que la guerra precede a la paz y nos obligan por la fuerza -aunque parezca contradictorio-, a reconocer el fetiche de la paz como único mediador posible. Nos repiten constantemente que la razón debe primar sobre la fuerza, el consenso sobre el conflicto, como única salida posible para el entendimiento general, obviando que esa moral universal, ese espíritu del mundo, fue forjado por una sociedad específica a base de victorias militares.

En palabras de Hegel: «Ahí viene el Espíritu Universal montado en un caballo blanco», como exclamación ante la entrada de Napoleón en la Jena de 1806.

Proponemos un ejercicio dialéctico de ascenso y descenso por algunos conceptos y realidades que hoy están en boca de todos los analistas vulgares, en función de la coyuntura mundial. Como sostenía Lenin en 1917, “hay guerras y guerras”, por lo que se hace “necesario comprender de qué condiciones históricas ha surgido una guerra concreta, qué clases la sostienen y con qué fines”. Sin comprender esto, la lectura posible queda encerrada en la óptica de la burguesía, en disquisiciones “verbales y estériles”, obturando la posibilidad de entender los conflictos desde el campo del pueblo.

La guerra burguesa, utilizando el célebre aforismo de Clausewitz, “es la continuación de la política por otros medios”, y en el sistema capitalista, la política es conducida por la iniciativa de la burguesía, al igual que su continuación, la guerra. Ésta puede tomar diferentes formas y carácter: cuando la crisis golpea sobre el sistema y los capitales que lo sostienen, las viejas sociedades recurren a los conflictos bélicos para dirimir sus diferencias ocultando sus intereses bajo cualquier fachada, incluso la de los pabellones nacionales.

Para dejar de mirar la superficie, primero debiéramos distinguir a la guerra por fuera de la concepción militarista, e intentar comprenderla como el primer catalizador del proceso social, como motor primero del proceso productivo de las condiciones materiales de existencia. La llamada “acumulación originaria”, como prehistoria de la sociedad capitalista, fue el relato idílico que intentó ocultar el papel de la violencia como potencia económica en sí misma, “esa comadrona” de nuevas relaciones sociales, contenidas ya en el seno de la vieja sociedad.

“Trazos de sangre y fuego” escindieron al productor de sus medios de producción a través de “la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia”. Así, la  nueva sociedad se esmera en su desarrollo, por desplazar una clase dominante por otra: las guerras feudales parieron una nueva aristocracia comercial, que asentada en el dinero como “potencia de las potencias”, no dudó en transformar las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas (Marx, 1867).

Las tierras se transforman en alimentos para las ovejas y vacas, los caminos dejan de transportar seda y pasan a transportar información; los oleoductos y gasoductos pasan a ser estratégicos para mover una nueva industria y hacia un nuevo territorio. Esos elementos se han ido transformando, lo que permanece constante es la competencia, esencial en el capitalismo, de la cual se desprenden todas las guerras, tanto las comerciales, geopolíticas, sociales, estratégicas; sin competencia-guerra, no existiría el capitalismo. De nuevo, la guerra precede a la paz y el capital ya ha venido al mundo «derramando sangre y lodo».

La muerte como mercancía. El “espectáculo” de la guerra.

Concebir la historia de la humanidad como la historia de la lucha de clases, nos permite develar que dicha competencia no es más que por la apropiación de la riqueza social, basada en el mecanismo fundamental de expropiación de la sangre y sudor de las clases subalternas derramadas en los campos de cultivo, las fábricas y también, en los campos de batalla.

La sangre de las clases subalternas se derrama y se consume porque es la esencia misma del sistema. Por lo general, en los conflictos de orden intercapitalista, dicha sangre circula a través de la propaganda y el periodismo de guerra y, en función de la conducción del conflicto, la sangre derramada, cual mercancía, aparece por las pantallas de los medios masivos de comunicación.

Hoy, dichos “vasos comunicantes” han logrado aún mayor capilaridad social con el desarrollo de las redes sociales, acelerando los tiempos de circulación en la disputa ideológica, con el objetivo de poder posicionar a la ciudadanía de un lado o del otro, a favor o en contra de intereses que no le son propios. Este mecanismo de manipulación forma parte de una estrategia de conducción de las mentes de los espectadores, que, en el marco de la guerra multidimensional propia del siglo XXI, ha llegado a grados máximos de perfeccionamiento. 

Una guerra híbrida (Hoffman, 2007), guerra en red (Arquilla y Rondfelt, RAND, 2000), Guerra de Quinta Generación (concepto estratégico operacional de la OTAN, 2009), donde la sangre “coagulada” en imágenes, es puesta a jugar en el mercado del territorio virtual, como verdaderos misiles disparados para impactar en el corazón de la propia subjetividad humana, en relación directa con sus consumidores a través de sus dispositivos.

Esa sangre subsumida al interés del capital que indigna e interpela, se presenta repetida por múltiples canales con el objetivo claro de apelar a una falsa humanidad. Cientos de miles de veces nos venden el desastre humanitario como gran maniobra. La sangre del obrero, del soldado o del civil muerto como daño colateral, es consumida por el capital y vendida como mercancía para los espectadores.

Algunos espectáculos de la guerra “sí serán televisados”, y en tiempo real. Este proceso no solo tiene como objetivo la conducción del sentido común de la sociedad, si no que busca la construcción del soldado-ciudadano, un activista que sea realmente soldado en el campo de batalla pero también en el campo virtual, en el campo social, que accione con las herramientas que tenga a su alcance pero que siempre intervenga; un activista con todas las letras.

Es necesario entender a la “ciudadanización” como un operador de poder, como un proceso que supone un complejo paquete tecnológico, mediante el cual las clases dominantes imponen relaciones sociales bajo su iniciativa, rompiendo, mediante enfrentamientos permanentes, las relaciones de clase en el seno de las clases subalternas. El capital debe cotidianamente afianzar ciertasrelaciones y negar otras (Marín, 2009), en un proceso de violencia que supone la expropiación del poder de los cuerpos mediante el disciplinamiento y la obediencia.

De esta manera, nos vemos forzados a juzgar y tomar posición moral sobre los horrores de la guerra, a formular juicios de valor desde una óptica fenoménica y superficial. Lo que nos es ocultado realmente, es que la moral con la que juzgamos y tomamos posición sobre todo, tiene un carácter de clase. Una construcción de un lenguaje con sus normas, reglas y códigos que regulan las condiciones de existencia y de no existencia, que corresponden a la conveniencia de una clase dominante, a un momento de la historia y una fase específica de su desarrollo.
Como sabemos, en la superficie nunca se encuentra la verdad.

Podríamos tomar como ejemplo ilustrativo de la construcción del discurso dominante que aparece ante los observadores, el concepto de Guerra Fría, que signó gran parte del siglo XX. Puede considerarse “fría” desde la óptica de los productores de armas que realizaron sus mercancías, y las grandes potencias que no tuvieron algún
enfrentamiento directo; habría entonces que preguntarse cuán fría fue esa Guerra para al pueblo de Vietnam, donde se estima que murieron entre 3,8 y 5,7 millones de personas; deberíamos poder preguntarle al niño soldado de Mozambique y a sus 5.000.000 de desplazados y su millón de Muertos; investigar un poco más en la Afganistán de Rambo con un millón de muertos, siete millones de refugiados y desplazados y sus tres millones de heridos.

Trasladarnos a la Nicaragua de los Contra con 100 mil víctimas producto de la injerencia reaccionaria. Habría que preguntarle a “las Mariposas”, cuyas alas fueron arrancadas por el dictador Trujillo en la República Dominicana de la década del 60, por oponerse al patriarcado y la opresión.

Poder hacer una crítica ética de la violencia y sus consecuencias por fuera de los valores burgueses, es entender el movimiento dialéctico de una moral universal que en realidad no existe, que está condicionada socialmente. Una abstracción peligrosa y repulsiva que nos dice que el trabajo dignifica y que existen unas muertes más dignas que otras.

La sangre insurgente “no será televisada”

Pero en algunas heroicas situaciones, la sangre derramada asume otro carácter, se dignifica y se libera, y es justamente ésta la que nos es negada, ocultada y borrada de la historia. Nos referimos a la sangre derramada en las insurrecciones populares.

Existen momentos de la historia donde se rompe la legalidad del régimen y se pasa al enfrentamiento público con cierta medida física de las fuerzas sociales en pugna, donde la guerra civil se constituye en una etapa determinada de la lucha de clases (Trotsky, 1924). Momentos de “insurrecciones espontáneas determinadas por causas locales”, “intervenciones sanguinarias de las hordas contrarrevolucionarias”, “huelga general revolucionaria”, “insurrección por la conquista del poder” marcadas por el uso de la fuerza, donde los revolucionarios pagan con sangre la osadía de rebelarse. Y son justamente estos momentos de la historia donde la sangre de las víctimas o la muerte en
combate, no sirven para ser comercializadas como mercancía.

Los números que arrojan los conflictos sirven como indicadores de los enfrentamientos pero las cifras por sí mismas no son suficientes para explicar la complejidad de lo que está sucediendo. Es importante poder visualizar que en dichos encuentros lo que se trastocan son relaciones sociales, es decir, se produce una modificación en el orden de los cuerpos y de las cosas.

Estos últimos días hemos sido bombardeados con los horrores de la guerra; por el globo circulan imágenes y videos que muestran las atrocidades de los conflictos armados. Ahora bien, la pregunta sería por qué no circulan, con la misma vehemencia e indignación, las atrocidades cometidas por las fuerzas del orden contra los y las insurgentes del mundo. Sangre que fluye en combate, que se resiste a coagular, pero también sangre de los millones de nadies que mueren en la miseria, en el disciplinamiento por hambre, en los márgenes silenciosos del sistema.

El ocultamiento de ese proceso de desobediencia tiene un objetivo estratégico para las clases dominantes, ya que dichos levantamientos golpean en lo más profundo del sistema, y es por ello que la reacción del régimen se vuelve implacable: cuando se rompe el disciplinamiento de los cuerpos, lo que se rompe es la fuerza moral de la burguesía.

Podríamos remontarnos a la conquista de América, el mayor genocidio del mundo y momento fundamental del capitalismo, que, con el saqueo sistemático del oro y la plata expropiadas de las entrañas de esta tierra habitada, le fue posible dar el salto al equivalente general, en su metamorfosis al Dios-Dinero. Pero no es necesario remontarse hasta allí: basta revisar la historia reciente de América Latina para observar el curso que el capital define para nuestra sangre insurgente.

La revuelta chilena, iniciada en octubre de 2019, apenas transcurridos los primeros dos meses de conflicto, registró, en situaciones de represión por parte de las fuerzas de seguridad, 26 muertos, 11.562 heridos, 15 mil personas detenidas, 442 torturas y abusos. Se denunciaron además 1.383 vulneraciones cometidas, siendo la más recurrente el uso excesivo de la fuerza en detención con 787 casos, las torturas y otros tratos crueles en 405 ocasiones, y violencia sexual en 192. Se estima que para marzo del 2020, más de 445 víctimas habían sufrido daño ocular.

Vicente Muñoz, 18 años, estudiante de teatro, cuyo cuerpo fue el blanco de seis proyectiles que impactaron en sus hombros, brazos, pecho y ojo izquierdo expresó:“Es curioso, de repente pienso que gracias a la pérdida del ojo estoy viendo más claro que nunca. No es algo que agradezca ni que lo veo como una bendición. El dolor, tanto sentimental como físico, el dolor concreto cuando te disparan, no se lo deseo a nadie. Es tremendo que como pensamos lo que todo el mundo piensa y nos dedicamos a marchar por ello nos hagan lo que nos hacen. Es responsabilidad del Estado, que le está sacando los ojos a su gente.” Un cuerpo insurgente herido en combate que, sin embargo, no contó con la indignación ni la cobertura de la prensa burguesa.

Otro conflicto de larga data es el que se libra en territorio colombiano, entre las fuerzas de la guerrilla revolucionaria y el aparato represivo del estado. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), el total supera los nueve millones en conflictos armados, teniendo en cuenta que el estado reconoce dicho conflicto desde 1985, 20 años después del inicio de la insurgencia. Entre 1958 y 2020, la guerra en Colombia ha registrado 357.108 hechos violentos, con un saldo de 265.505 víctimas fatales; 4.513 desde la firma del Acuerdo de Paz con las FARC en 2016.

La modalidad que más víctimas ha dejado hasta la actualidad es el asesinato selectivo, con 179.551 muertos. En
segundo lugar se encuentra la desaparición forzada, con 67.850 hechos de violencia registrados. Además, los registros oficiales contabilizan 2.169.8741 personas que se han desplazado forzosamente, cifra que equivale al 5% de la población colombiana. Las intervenciones sanguinarias de las hordas contrarrevolucionarias no tuvieron descanso: 168 activistas y 48 excombatientes fueron asesinados durante 2021 en suelo colombiano. Además, otras
326 personas, en su mayoría campesinos e indígenas, resultaron víctimas en una de las 92 masacres que se presentaron durante dicho año en el país.

Un conflicto que, contrariamente al relato oficial, es llevado adelante por el partido del orden y sus fuerzas “de la guerra” contra las fuerzas populares “de la paz”, que sostienen el proyecto de la vida para las mayorías; que se profundizó desde el año 2021, donde estallaron los enfrentamientos en los centros urbanos colombianos, combinados con la resistencia histórica de sus organizaciones guerrilleras y campesinas.

Podríamos mencionar también las masacres de Senkata y Sacaba en Bolivia, acontecidas días después del golpe de estado perpetrado contra el presidente Evo Morales. Dos protestas que fueron brutalmente reprimidas por el gobierno de facto encabezado por Jeanine Áñez y apoyado por grupos políticos y religiosos conservadores, bajo conducción de las oligarquías regionales. La primera se desató en Sacaba, Cochabamba; la segunda, en la ciudad de El Alto, La Paz. En ambos casos, integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad dispararon indiscriminadamente contra manifestantes y terceros, dejando un total de 27 muertos y cientos de personas heridas.

Un saldo total en los primeros 6 meses del gobierno de facto de 35 muertos, 800 heridos, más de 1.500 detenidos y cientos de exiliados. La sangre de un pueblo en lucha regó las tierras bolivianas, conectada por sus vasos comunicantes de la historia reciente con la Guerra del Agua en el año 2000 y la Guerra del Gas o “Masacre de Octubre” en 2003, donde más de 80 manifestantes fueron asesinados por las fuerzas de seguridad.

Estos procesos marcan la irrupción de otro orden de las personas y las cosas; situaciones donde la desobediencia civil rompe la legalidad impuesta de la burguesía y constituye en los enfrentamientos, nuevas relaciones sociales y con ellas, una moral de nuevo tipo. Es importante partir de una premisa: las revoluciones triunfan incluso cuando sufren una derrota, si concebimos como derrota a las pérdidas sufridas en el campo del pueblo durante las miles de insurrecciones a lo largo de la lucha por la liberación.

Debemos comprender que dichas derrotas suponen una victoria si sirvieron de enseñanza para los procesos revolucionarios que le sucedieron: así como la derrota de la comuna de París sentó las bases para el triunfo de la revolución bolchevique de 1917. A su vez, la comuna se paró en la insurrección de junio de 1848, que constituyó, en palabras de Marx, “la primera gran guerra civil de la historia entre la burguesía y el proletariado”, aprendiendo de los errores y los aciertos y, sobre todo, de la audacia necesaria para accionar, sin tener miedo a las consecuencias.

La revolución “hermosa” de febrero y su contraparte “fea y repelente” de junio. Las comuneras de París dando la alarma cuando el gobierno de Thiers pretendía desarmar la ciudad, evitando con sus cuerpos que los cañones fueran retirados. El “error” de los comuneros y comuneras de no haber avanzado sobre Versalles y sobre el Banco de París. La rebelión del acorazado Potemkin y la masacre del domingo sangriento en 1905. La lucha solitaria de Liebknecht frente a la socialdemocracia alemana y en contra de los créditos de guerra. El levantamiento espartaquista del 19, su aplastamiento y el cruel asesinato de nuestra Rosa Roja. Todos elementos determinantes y
codeterminados de un proceso revolucionario aún mayor.

En la órbita de la estrategia, es importante considerar otro elemento: la distribución espacio temporal de los enfrentamientos y su resolución no tienen relación con el calendario. Podemos hacer referencia al proceso de lucha por la emancipación de Nuestramérica que llevó adelante Artigas-Bolívar-San Martin y que pudo empezar a realizarse recién 200 años después, con el comandante Chávez. Sin olvidarnos de Haití, lugar donde se dio el primer movimiento revolucionario de América Latina que tanta influencia ejerció en Bolívar, y que las consecuencias de su osadía siguen pagando hasta el día de hoy.

En el Río de la Plata, más precisamente en lo que se denomina Argentina, el 17 de octubre de 1945 constituyó el hecho maldito del país burgués, “el subsuelo de la Patria sublevado”, donde las inmensas mayorías populares se incorporaron a la economía y política del país. Despertó, 10 años después, la implacabilidad de las hordas reaccionarias ante el despertar del “espíritu conjunto”, como lo describió Scalabrini Ortiz.

En 1955 muestran su verdadera cara y, bajo la bandera de “Cristo Vence”, instrumentando las fuerzas armadas como brazo de maniobra, el partido del orden bombardea su propia población civil, en uno de los pocos casos en la historia mundial: más de 100 bombas fueron lanzadas sobre Casa Rosada, Plaza de Mayo y sus alrededores, en una jornada sangrienta cuyo saldo no se conoce aún con exactitud; las cifras oficiales arrojan el número de más de 300 muertos y centenares de heridos.

Una trayectoria de enfrentamientos que constituyó una situación revolucionaria en ascenso, producto de una crisis económica y crisis de dominación política, que vio su mayor expresión en el año 1969 con los procesos insurreccionales, denominados “azos”: Cordobazo, Rosariazo, Choconazo, Tucumanazo y otra serie de luchas políticas y sociales que se dieron a lo largo y ancho del territorio.

Proceso que luego de 4cuatroaños, culminó con la estrategia contrarrevolucionaria de “reorganización nacional” en 1976, y el escalofriante saldo de 30.000 insurrectos e insurrectas aniquiladas por las fuerzas del orden en 6 años de dictadura. Una estrategia genocida que consumó la ruptura del entramado social que se venía tejiendo desde 1945, la destrucción de los cuerpos con la finalidad última de destruir relaciones sociales para imponer, nuevamente, el disciplinamiento y el carácter burgués del ordenamiento de las cosas y las personas.

Y aquí queremos volver a República Dominicana de los 60, de Minerva, Patria y María Teresa, que fueron masacradas en una emboscada, ahorcadas con pañuelos de seda y molidas a palos mientras aún agonizaban, para luego ser arrojadas a un barranco y simular así, para el relato oficial, un accidente automovilístico. El crimen de Minerva en particular, fue la reacción del orden ante su actividad política en la organización 14 de Junio junto a sus hermanas y compañeros, pero principalmente ante la irreverencia de negarse a las propuestas misóginas de Trujillo.

Su conciencia, queda expresada en la potencia de sus palabras: «Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré
más fuerte» y en su fecha de muerte, el 25 de noviembre de 1960, donde sus brazos, transformados en los brazos de millones de mujeres en todo el mundo, cada año, reivindican y encarnan su sangre insurgente.

La necesidad de una moral de nuevo tipo: sólo las fuerzas del Pueblo garantizarán la paz Juan Domingo Perón interpelaba en su tiempo a la moral occidental: “¿si tuvieran el mundo en su poder después de la tercera guerra mundial, que harían con él?”. El general argentino establecía acertadamente que los ideales que empujan los intereses de la guerra no son los de la “justicia social”, la misma que reclaman en la actualidad más de siete mil millones de seres que “gimen en la miseria y el sufrimiento de su explotación”.

Poder garantizar una paz signada por la “comprensión y el amor” que se anteponga al miedo y a la inmovilidad depende también para Perón de “ideales y soluciones” basados en una alta inspiración y una sabia previsión. Esa paz merecida para los pueblos del mundo no podrá resolverse en manos de “sectarios y mercaderes”, los destinos de los pueblos no pueden estar en manos de la tiranía, el egoísmo y la avaricia. En este sentido, continúa diciendo: “En la próxima guerra perderán todos. Los vencedores, si pretendieran imponer sus actuales sistemas, deberán enfrentar una nueva lucha, esta vez con sus pueblos”

Nosotros, los revolucionarios y revolucionarias debemos abandonar las explicaciones tautológicas de la prolongación de la política por otros medios y hacer una crítica ontológica de la historia y el presente en este proceso general de desvalorización, donde el capital sacrifica sus elementos menos desarrollados – llámense países o capitales retrasados – para poder sobrevivir. Las guerras mundiales, “las grandes guerras” (llamadas así porque en ellas murieron mayormente europeos, y la moral eurocéntrica les da la categoría de “más grandes”) fueron sustancialmente eso, y es eso mismo lo que hoy está aconteciendo.

Más allá del ordenamiento bajo los pabellones nacionales (hoy más complejo de esquematizar por el control financiero), lo que acontece en la actualidad está signado por el desarrollo de un nuevo régimen de acumulación, que amerita por lo tanto, un nuevo reparto del mundo. Al igual que en 1914, ciertas fracciones de capital utilizan los bloques geopolíticos para dirimir sus diferencias. Diferencias infranqueables, ya que se introduce a la competencia un nuevo método de desarrollo de la producción, una técnica y organización de la misma que no tiene parangón, y que transforma al viejo capitalismo.

La nueva aristocracia sentada a la mesa para reorganizar la repartija del festín. Pensar una crítica ontológica es situar nuestro análisis en este contexto y desarrollar nuestro programa en la lucha de clases, en la contradicción fundamental del capital y de las clases subalternas. Es aquí donde debemos situar nuestra praxis para poder comprender los momentos particulares de la lucha de clases, no por el fetiche de esquematizar procesos por demás complejos y dialécticos, sino por la imperiosa necesidad de poder intervenir en el transcurso de esos
acontecimientos.

Para ello resulta fundamental la mayor preparación política, y no hablamos de estar preparados para una reunión o un mero debate, sino de estar preparados para incidir, como decía Lenin, en la “única guerra legítima y justa guerra sagrada desde el punto de vista de las masas trabajadoras, oprimidas y explotadas”, lucha necesaria para salir del reino de la necesidad y pasar al reino de la libertad.

Las fuerzas de la guerra están encarnadas por el capital y su inagotable “sed de dinero”; solo las fuerzas del pueblo son capaces de garantizar la paz, tal como establece el llamamiento del Congreso Socialista Internacional en 1912, en el preludio de la Primera Guerra Mundial intercapitalista: “Oponed así al mundo capitalista de la explotación y muerte, las masas del mundo proletario de la paz y la unión de los pueblos.”

Fuentes consultadas
-Balvé, B.C. y Balvé, B. (2016). El ’69. Huelga política de masas: Rosariazo-Cordobazo-Rosariazo.
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-Castro Ruz., F. (2013). La Victoria Estratégica. Por todos los caminos de la sierra. Oficina de
Publicaciones del Consejo de Estado.
-Dussel, E. (2002). «Estado de guerra» permanente y razón cínica. Revista Herramienta.
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-Lenin, V.I. (1913). Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo en Marx, C. Obras Escogidas,
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-Marx, C. (1852). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels.
-Perón, J.D. (1952). Conducción Política. Ed. Mundo Peronista. Buenos Aires. Argentina.
-Perón, J.D. (1953). Política y Estrategia (1951-1953). Vigencias y Herencias. Ed. Fabro. Buenos Aires.
Argentina.
-Trotsky, L. (1924). Problemas de la Guerra Civil. Conferencias pronunciadas en julio de 1924 en la Sociedad de Ciencias Militares de Moscú y publicado por primera vez en Pravda no 202 el 6 de septiembre de 1924.
-Manifiesto del Congreso Socialista Internacional Extraordinario. Basilea, 24-25 de noviembre de 1912. Ed. Sedov. https://www.marxists.org/espanol/tematica/internacionales/2da-internacional/9no-congreso-manifiesto-1912-11-25.pdf

*Analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Fuente: https://estrategia.la/2022/04/06/la-muerte-como-mercancia-y-la-sangre-insurgente-apuntes-para-el-debate/