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La justicia argentina deniega la extradición del comandante Salvador a Chile

La paradoja de una reputada democracia con pies de barro y raíces en la tiranía

Fuentes: Rebelión

El dictamen de libertad para el símbolo de la resistencia efectiva a la dictadura de Pinochet expone la debilidad de una democracia chilena parida por la tiranía. Apablaza está libre y esto pone aún más en evidencia la inequidad y sumisión a la derecha, de una democracia socialista y una justicia chilena que hace meses piden su extradición, pero que hace años dilatan el juicio y sentencia a Augusto Pinochet


Con una altiva denuncia al perenne y omnipresente poder oligárquico en Chile y con una dura crítica a la virtualidad de la democracia contemporánea en su país, el ex guerrillero Sergio Galvarino Apablaza Guerra, «Comandante Salvador», se dirigió al juez argentino Claudio Bonadío, en el discurso previo a la lectura de su sentencia, en el juicio de extradición que le sigue el gobierno de Chile. La apelación verbal fue el preludio de un dictamen de libertad para el ex líder del FPMR (Frente Patriótico Manuel Rodríguez) que celebrarán en Chile y en Latinoamérica todos aquellos que después del golpe militar de 1973 decidieron que la defensa de la libertad y el estado de derecho no prosperaría en el marco del sistema jurídico imperialista y burgués.

Detenido en noviembre de 2004 en Argentina, portando documentación falsa, Apablaza es el Némesis de Pinochet y su puesta en libertad reivindica el prevalecer del derecho natural e inalienable del hombre a defender su libertad, aún con las armas, frente a la agonía de un dictador y a los resabios del terror que buscaron en la extradición del ex guerrillero la expiación final de una época y una generación que mantiene abierta la herida del recuerdo y exponen la debilidad de una democracia pactada con la tiranía.

El magistrado Bonadío rechazó el pedido de extradición del gobierno chileno expresando que, al no estar acreditada la participación de Apablaza en la muerte del senador chileno Jaime Guzmán y en el secuestro del aristócrata Cristián Edwards, no correspondía el pedido. Según Bonadío, el proceso seguido por el Estado chileno contra el «Comandante Salvador» no cumplió con requisitos del derecho internacional. Se le declaró reo en rebeldía y se le sometió a proceso en ausencia en Chile, sin que un abogado tuviera la posibilidad de rebatir los argumentos que hicieron en su contra.

Tragedia crónica en Latinoamérica

La denuncia de Apablaza sobre la hermenéutica de la conjura para derrocar a Allende no deja de ser ilustrativa de lo sintomática y crónica que puede ser la tragedia de la dominación para los pueblos de Latinoamérica. Según Apablaza, la sedición contra Allende la inició la derecha «…a través de sus medios de comunicación, especialmente de la cadena El Mercurio, de propiedad del clan Edwards, que según informes del Senado de los Estados Unidos contó para ello con millonarios fondos provenientes de ese país».

También denunció una transición democrática inconclusa y sin virtud. «Chile vive una democracia engendrada como salida negociada a la tiranía», dijo.

«…Así comenzó el término formal de la dictadura, dando paso a un proceso de transición democrática, que a entender del conjunto de fuerzas, aún hoy, a 15 años del recambio, no ha concluido».

El «Comandante Salvador» critica que la democracia chilena es tan real como la existencia de senadores vitalicios y su justicia tan débil como podría serlo un régimen de derecho bajo la permanente tutela de la tiranía.

«La débil democracia naciente dio sus primeros pasos protegida y tutelada, por los mismos que la habían sepultado en el brutal bombardeo a La Moneda, quienes hicieron explícita su decisión de hacer sentir su poder ante la menor acción que pretendiera hacerlos responder por sus actos y crímenes de lesa humanidad.

El primer gobierno de la transición elaboró el concepto de justicia en la medida de lo posible, es decir, aceptando las condiciones impuestas por el dictador, atrincherado hasta marzo de 1998 en la Comandancia en Jefe del Ejército, y hasta el 2002 en el Senado de la República, en calidad de miembro vitalicio, junto a varios de sus cómplices que eran senadores no elegidos por el voto popular».

Del desenlace de la historia de Apablaza, lo subjetivo es quizá aún más valioso que lo objetivo para el movimiento social en Latinoamérica. Más importante la débil democracia que expone, que la victoria simbólica de la libertad del guerrillero sobre una democracia que dilata vergonzosamente la sentencia contra el dictador chileno.

En una paradoja demencial, la democracia más elogiada del continente pide extradición y juicio para el único símbolo de la resistencia efectiva a la dictadura, mientras parece esperar que la muerte rescate a Pinochet de la justicia y al socialista Lagos de evidenciar su sumisión a la derecha.