A partir del 18 de julio de 1936 un intento contrarrevolucionario parcialmente fracasado en España tuvo la paradójica aptitud de desatar lo que su consumación quiso evitar: Una revolución.
Una específicamente proletaria y con un horizonte programático de ataque radical contra todas las relaciones de poder cuya preservación pretendían las fuerzas conservadoras y reaccionarias.
En las dos principales ciudades españolas, Barcelona y Madrid, y en muchos otros sitios de la península, las tropas sediciosas fueron derrotadas por milicias en gran parte improvisadas, con armamento escaso y precario.
Más que el poderío militar las animaba la conciencia política. En particular la voluntad y decisión para terminar con un orden social de profunda injusticia. Y el propósito de resguardo y ampliación de las conquistas obtenidas durante la segunda república, entre 1931 y 1936.
Ese fue el momento que marcó un cambio cualitativo en la configuración de la república española.
Es destacable este triunfo miliciano sobre el ejército regular. La contienda que se iniciaba quedaba bajo el signo de los grandes triunfos de fuerzas populares frente a cuerpos con abundante armamento y mandos aceitados. La gesta hispana se aunaba a episodios similares, de la batalla de Valmy durante la revolución francesa en adelante.
Reflexiones sobre sucesos gloriosos
La disyuntiva realista no era “democracia vs. fascismo”, enarbolada por corrientes republicanas, sino “revolución social vs. capitalismo con el fascismo como expresión política”. El entorno de la democracia parlamentaria no bastaba para la resistencia. Menos para contrarrestar la agresión brutal que se había desatado.
Antes de julio de 1936, en un proceso de años, las derechas se radicalizaron, organizaron y unificaron bajo el signo fascista. Existían corrientes definidas desde el comienzo en el molde del totalitarismo italiano y germano.
Otras, mayoritarias en ese campo, provenían de visiones más tradicionales, asociadas a la Iglesia, a la monarquía, la propiedad terrateniente, la reivindicación del pasado de España como gran potencia.
Convergían en un ideal contrarrevolucionario que colocara a la propiedad privada, el poder de la iglesia y el disciplinamiento de trabajadores y pobres como objetivos fundamentales.
Después podían discutir si la meta era el restablecimiento de una monarquía, la instauración de alguna modalidad de república conservadora o un Estado fascista a pleno
Lo fundamental es que encarnaban la coalición de la “gente de orden”. Tenían con ellos a los industriales, banqueros, terratenientes, dignatarios eclesiásticos. El núcleo de las clases dominantes españolas y sus servidores directos.
También contaban con amplios sectores medios, urbanos y rurales, que eran deferentes hacia la nobleza, la iglesia y las demás manifestaciones del poder existente. Entre ellos se contaban la mayor parte de los mandos del ejército y la marina, brazos armados de la revancha clasista que intentaban.
Coincidían en un enemigo, el “comunismo” como ideología subversiva de vagos y amplísimos contornos. Encarnada en la “canalla”, o “las turbas”, los términos despectivos que se reservaban sobre todo para obreros urbanos y rurales y campesinos pobres.
Los acontecimientos de Barcelona, con un triunfo resonante de trabajadores armados frente al ejército regular, marcaron un drástico parteaguas. Que el pueblo combatiente haya tenido el respaldo de las fuerzas policiales, que decidieron defender al orden legal, no modificó el sentido político y militar de la victoria.
Fue la de quienes en su mayoría no se conformaban con menos que la transformación radical de la sociedad y la entronización de un orden nuevo que la procurara.
La actitud obrera y popular no fue sólo la de resistencia. Avanzó mucho más allá. Castigaron con firmeza a los alzados en armas a favor de los poderes de hecho y contra la legalidad republicana.
El general Manuel Goded, comandante del alzamiento barcelonés, fue fusilado tras un breve juicio. Similar suerte corrió el también derrotado jefe de la rebelión militar en Madrid, general Joaquín Fanjul.
Se exhibía así la firme decisión de que no hubiera contemplaciones con los personeros del enemigo de clase. Un resguardo que toda revolución debe asumir si no quiere la pérdida de la oportunidad para imponerse.
En Barcelona, apenas derrotada la insurrección, se lanzaron en dirección a Zaragoza. El propósito era la reconquista de la importante ciudad. Era un bastión anarquista, tomada por los militares rebeldes por un encadenamiento de errores y deserciones. Exhibían así la voluntad de no recluirse en la defensa sino brindarse con todas sus fuerzas a una contraofensiva definitoria.
No consiguieron recuperarla. Sí lo hicieron con una buena parte de la región aragonesa. En particular las áreas rurales y pequeños poblados. Allí se desenvolvería una acción colectivista agraria sin precedentes en la historia española. Y con escasos antecedentes en toda la humanidad.
En la ciudad condal se constituyó el comité de milicias antifascistas, un poder político-militar con amplias facultades que reunía a todas las fuerzas de izquierda.
Hacia una nueva sociedad
Los procesos de colectivización, con diferentes alcances y modalidades, constituyeron un experimento social de proyección inusitada. Mientras en las grandes ciudades; y en la capital catalana en particular, se socializaba casi todo, hasta los pequeños comercios, en el campo se pasaba de la explotación individual a la colectiva.
Y se erigía una institucionalidad local de carácter comunal que daba prioridad a la satisfacción de las necesidades de todos. Que suprimía todas las autoridades tradicionales. Y a veces llegaba a la abolición del dinero.
Se creó además una instancia de coordinación de las colectividades agrarias de toda la zona aragonesa, el Consejo de Aragón. De predominio ácrata marcaba una nueva disposición de los trabajadores adherentes a los núcleos anarquistas (CNT-FAI) a la construcción activa y consciente de poder político.
Para los trabajadores y trabajadores orientados al ideal revolucionario, la defensa exitosa frente al fascismo no era un fin en sí mismo, sino una herramienta indispensable a la hora de encarar de inmediato el cambio radical de las relaciones sociales.
No aspiraban a la preservación de la república, sino a construir un poder de nuevo signo. Mucho más avanzado que la constitución y la legalidad republicana, de orientación en general progresista. Pero que no dejaba de entroncarse con el mantenimiento de la propiedad privada y el orden capitalista.
Se genera una distorsión, en general bienintencionada, cuando se defiende la creencia de que los oponentes al golpismo reaccionario “no querían otra cosa que la democracia y la libertad”. Es errónea la reducción de su lucha a esos limitados objetivos.
No apreciaban a la democracia liberal. Optaban por la búsqueda de una estructura social por completo distinta, con un Estado de trabajadores o sin ningún Estado.
Avances y retrocesos
Algunos historiadores han advertido sobre la necesidad de no ver todo el conflicto español bajo el lente que proporciona Cataluña. Es cierto que las distintas realidades regionales e incluso locales eran muy disímiles. Y en algunas zonas no se ponía en cuestión el orden capitalista
A comenzar por Vizcaya, en el país vasco, con un gobierno nacionalista burgués, conservador. Sin perjuicio de ello el proceso catalán puede ser tomado como la vertiente más avanzada de un movimiento revolucionario que se desplegó en todas partes, con mayor o menor vigor y profundidad.
Una de las lecciones españolas es que en situaciones de agudización de la lucha de clases menos que nunca se puede confiar en aliados que le tienen más miedo a la revolución social que al fascismo.
En el conflicto español se exhibió por parte de las fuerzas pequeñoburguesas del derrotismo, la condena a los propósitos y realizaciones revolucionarias, la búsqueda de conciliaciones imposibles, la tendencia a esperar apoyos internacionales inexistentes.
Dirigentes tan destacados como Manuel Azaña o Indalecio Prieto fueron fieles exponentes de esas opiniones y conductas. Hubo otros matices en el caso del jefe de gobierno durante la mayor parte del conflicto, Juan Negrín. Él creía en la posibilidad de la victoria. O al menos de la resistencia duradera, que permitiera el enlace del episodio bélico hispano con la guerra mundial en ciernes.
Pese a ello adhería con todas sus fuerzas a la posición de que la única forma de salvamento de la república era el diferimiento para un futuro indefinido de cualquier propósito revolucionario. Contaba en esa postura con el respaldo del comunismo español.
Éste había devenido en el partido más activo, organizado y potente de toda la izquierda ibérica. Ponía esa fuerza al servicio de una perspectiva en la que la prioridad era el triunfo en la guerra.
Coincidían con Negrín en que la revolución no avanzara e incluso retrocediera para no inducir el disgusto de aliados a veces más imaginarios que reales. Lo que en último análisis estaba en consonancia con la política soviética bajo Stalin, interesada en la protección de la U.R.S.S. y el “socialismo en un solo país” y no en el triunfo de revoluciones proletarias.
No se percataban, o no querían hacerlo, de que lo que sostenía en la lucha a la mayoría de trabajadores y pobres era la esperanza de ser los administradores del trabajo y la riqueza. Para ellos no había guerra viable si al mismo tiempo no se hacía la revolución.
Todos esos fueron rasgos de los exponentes “moderados” entre los defensores de la república. Una parte de ellos incluso negaron al pueblo el derecho a armarse para sofocar la sublevación.
Esa renuencia del comienzo, luego vencida, fue causal de la derrota en muchos lugares. Obreros y campesinos desarmados enfrentaron a costa de millares de vidas a experimentados “moros” y “legionarios” bien pertrechados, las fuerzas de choque del ejército de África.
Una nota destacable es que los partidarios de la “sensatez” no se contentaron con posponer nuevas conquistas revolucionarias. Se dedicaron con empeño a hacer retroceder a las que ya se habían concretado, como ya dijimos. El pretexto habitual era la recomposición de un mínimo indispensable de orden público y erigir un mando único para los esfuerzos de defensa de la república.
Bajo esa capa de apariencia constructiva se empeñaron en la desarticulación de avances importantes. Se orientaron a la reimposición de la explotación agraria individual allí donde se había implantado la gestión colectiva. Y disolvieron, con despliegue de fuerzas militares, al Consejo de Aragón.
En otro orden impulsaron la reversión del laicismo extremo instaurado por las fuerzas más radicalizadas y repusieron el ejercicio del culto católico. El supuesto objetivo era no ahuyentar a las corrientes pequeño burguesas que persistían en el apoyo a la república. En la práctica buena parte de esos sectores ya habían desertado y la “tolerancia” resultaba un empeño fútil.
Momentos de particular dramatismo fueron los llamados “sucesos de Barcelona”. A principios de mayo de 1937 hubo un enfrentamiento a tiros con centenares de muertos como resultado.
Chocaron las milicias sindicales, de las juventudes libertarias y otras fuerzas de izquierda radical contra organismos represivos del gobierno central; el gobierno de la Generalitat y los comunistas.
Una marca de sangre imposible de borrar. En cuanto a sus efectos políticos significó la salida de los anarquistas del gobierno, al que habían ingresado medio año atrás y el desplazamiento del socialista jefe de gobierno, Francisco Largo Caballero. De ahí en más se incrementó la influencia de los comunistas y disminuyó la presencia obrera en el gabinete.
En Cataluña, en España ¿en el mundo?
La revolución española fue una gigantesca reivindicación de trabajadores y pobres. Les permitió armarse y construir sus propios órganos de poder. La reorganización de la propiedad de los medios de producción y los procesos de trabajo sobre nuevas bases. Pudieron avizorar un orden sin patrones, sin curas, sin aristócratas. Ni generales omnipotentes y tampoco policías asesinas.
Dieron principio de realización a una vasta gama de sueños. En páginas inolvidables, George Orwell describió un orden social “cabeza abajo” en los primeros meses de la guerra.
Innovaciones que partían de la propiedad de las grandes empresas y llegaban a la vida cotidiana: La vestimenta, el modo de saludar, el tratamiento en almacenes o restaurantes. Quienes eran ricos debían disimularlo a riesgo de sus cabezas. En muchos casos sus bienes ya habían sido expropiados y sólo quedaban trazas menguadas de su anterior prosperidad.
No había lugar para las prácticas religiosas en público. Nada de “señor” y sí “compañero”, no decir “adiós” sino “salud”.
Toda una corriente de interpretación lamenta los “excesos” revolucionarios, la creación simultánea de “demasiados enemigos”, el desencadenamiento de una represión descontrolada contra reales o presuntos partidarios de los contrarios.
Una mayor moderación y tolerancia hubieran sido de acuerdo a ellos la solución.
Son en definitiva sucesos que acompañan a toda instancia revolucionaria. Cabe tratar de restringirlos en lugar de celebrarlos, separar lo que es justicia popular de lo que entraña mero afán vengativo. Y la búsqueda del encauzamiento en la construcción de la sociedad nueva de las energías que pueden dilapidarse si el empeño predominante es demoler lo viejo.
Un elemento destacable de la secuencia hispana es que las y los revolucionarixs españoles cumplieron un rol en la lucha con el fascismo que quedó muy adelante del muy escaso que desempeñaron fuerzas proletarias más experimentadas y potentes.
Las izquierdas italiana, alemana y austríaca cayeron vencidas con rapidez y sin atinar a una defensa eficaz de sus derechos y conquistas frente a las fuerzas de la reacción.
En suelo ibérico se dejó de lado toda flaqueza. No sólo se defendieron por casi tres años frente a las fuerzas reaccionarias. Pasaron de la resistencia al ataque. Y pusieron a las clases explotadas de España más cerca de la revolución social que los proletarios y pobres de otras latitudes a los que se suponía con más pergaminos para hacerlo.
Lecciones para el presente y el futuro cercano
Hoy, no en uno u otro país sino en buena parte del mundo, las clases explotadas o marginadas sufren un ataque en toda la línea de las fuerzas de la extrema derecha.
La intensidad y alcance del ataque hace recordar el de los fascismos de la primera mitad del siglo XX, si bien un siglo de historia transcurrida y múltiples factores modificados trazan una distancia entre unas y otras.
Hoy son preconizados y llevados a efecto a violencia estatal; el racismo y la xenofobia, la oposición a los avances sociales y culturales de las últimas décadas, la indiferencia ante la destrucción del ambiente. Se lo hace sin disimulos ni tapujos.
Se construyen nuevas fuerzas de derecha, de ideas radicales y notable grado de decisión política. Llegan al poder en varios países. Incluso en sociedades que no parecían susceptibles de sucumbir ante semejante agresión retrógrada. Los dos países de más gravitación en América del Sur, Argentina y Brasil, forman parte de esa lista.
No se oculta el propósito último de esa ofensiva: La promoción sin limitaciones de la acumulación de ganancias y riquezas por el gran capital. Y el ataque generalizado contra los derechos y las condiciones de vida y de trabajo de las clases populares. Las libertades públicas y la institucionalidad parlamentaria podrían caer en el transcurso de ese despliegue de brutalidad.
¿Cómo enfrentarlo? Es el interrogante que recorre hoy los espacios cuestionadores y revolucionarios de todo el mundo. Al menos una parte de las respuestas puede buscarse en la breve y luminosa historia de la revolución española:
Radicalidad en los objetivos, negativa a cualquier propósito conciliador, alianzas amplias y sinceras entre explotadas y explotados sin concesiones a los “amigos” con intereses de clase contrapuestos.
Como en España, se trata de buscar la construcción económica, social, política y cultural impulsada desde abajo, sobre bases horizontales, pluralistas y fraternas. Al igual que allí, se requiere asignar prioridad a la acción colectiva sobre cualquier impulso individualista. Y el despliegue de la propiedad y el trabajo en común en todas las actividades.
Del mismo modo cabe la redefinición de la labor conjunta como una acción liberadora. Y en tanto que lucha contra las distintas expresiones de los poderes que oprimen, no sólo el económico, al que por cierto hay que erradicar hasta la médula.
Se puede tomar ejemplo de la extensión de las transformaciones hispánicas en las distintas dimensiones de la vida diaria, en temprana aplicación de la consigna de que “lo personal es político”. El respeto a las formas diversas del amor y una vida afectiva no exclusivista también son temas de la revolución social que despuntaron en España.
Han pasado 89 años desde los días cuando en las calles y plazas de Barcelona una magnífica multitud con predominio anarquista (los auténticos libertarios) derrotaron a quienes tenían como objetivo primordial la masacre del pueblo para entronizar sus propiedades y privilegios.
Corresponde el homenaje y la asunción de su ejemplo. Debemos también considerar sus errores. Como el de rehusarse a asumir en plenitud el poder que la lucha triunfante había dejado en sus manos, como hicieron los dirigentes ácratas en Cataluña al comienzo del conflicto.
Que los revolucionarios del mundo se asocien para tomar como propio lo más rico y liberador de esa transformación radical en las tierras de Don Quijote. Y que se iluminen también para tener plena conciencia de los yerros que no deben repetirse.
No debemos conformarnos con nada menos que un mundo nuevo de igualdad, justicia y verdadera libertad. Si bajamos nuestras aspiraciones el peor de los mundos nos aguarda a la vuelta de la esquina.
El presente artículo es una versión corregida del que con el mismo título apareció en el libro Las derechas de la derecha. La victoria del capitalismo globalizado, compilado por Mario Hernández y publicado por Editorial Metrópolis.


