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La sombra del 23F

Fuentes: Rebelión

El TEDH anuló por falta de imparcialidad la sentencia de la Audiencia Nacional que impuso en 2012 penas de hasta 10 años de prisión a Otegi y a otros cuatro acusados.

Ahora, el Tribunal Supremo ordena la repetición del juicio, forzando y rompiendo la norma de que lo juzgado no puede volver a ser objeto de un nuevo juicio. No puede obviarse, además, que los en su día condenados cumplieron penas de hasta seis años, desmintiendo que la anulación sea sin más una vuelta a la casilla de salida. ¿Qué pasa con los más de dos mil días de prisión ya cumplidos por quienes volverán a ser sentados en el banquillo de acusados? Debates jurídicos al margen, me interesa ahora centrar mi atención en lo siguiente: ¿estamos viviendo una ofensiva de la ultraderecha que tiene como objetivo inmediato forzar un escenario de recortes sustanciales de libertades? ¿pretende que incluso las fuerzas sociales y políticas progresistas y la sociedad en general nos autocensuremos y procedamos a un repliegue ante el temor de amenazas militares y judiciales?

En el 23F el tejerazo no triunfó completamente. Sin embargo, la incursión sediciosa en el Congreso de los Diputados fue útil para cortocircuitar las movilizaciones y protestas ciudadanas, en pro de más y mejor democracia, reforzando a la institución monárquica a la que se concedió el honor de salvar la transición, elevando al rey al pedestal de los héroes. La consecuencia general fue crear un ambiente de ruido de sables que nos “invitaba” a la moderación. Visto retrospectivamente, sabemos por la información disponible que aquel intento golpista no podía triunfar y, sin embargo, logró algunos de sus objetivos.

Pienso que ahora se busca algo parecido, teniendo en cuenta que el régimen del 78 se rompe por las costuras. La crisis de la monarquía es una realidad, el procés de Catalunya sigue vivo, y el gobierno de coalición PSOE/Unidas Podemos parece estar consolidándose a pesar de los ataques de las derechas, todo lo cual ha despertado las alarmas en poderes fácticos que estaban esperando su oportunidad. La ultraderecha, que ya viene demostrando que tiene sonados apoyos entre fuerzas militares, en la judicatura, en las instituciones representativas y en la basura mediática, se coordina, al menos de facto, para fabricar un ambiente social y político irrespirable, en el que cuanto peor mejor es la biblia a seguir.

Naturalmente, sería inútil hacer comparaciones entre lo ocurrido en aquel invierno de 1981 y lo que sucede en nuestros días. Los formatos nada tienen que ver. Pero una interpretación inteligente si permite pensar que por métodos diferentes se buscan objetivos que tienen bastante en común. El más importante, extender el miedo y achantar a la sociedad. Y esto seguirá ocurriendo en el futuro, de una manera cíclica, hasta que no se desmonte, las maquinarias neofascistas, en buena parte herederas del franquismo y consentidas por la transición.

Los optimistas piensan que este nuevo intento de las derechas, especialmente de la ultraderecha de VOX, no tiene recorrido ante una Unión Europea que actúa de muro de contención. No seamos angelicales. Cierto que la Unión Europea no consentiría un golpe de estado militar o cívico-militar, pero apenas puede evitar el acoso a la democracia y el retroceso en la esfera de las libertades y de los derechos. De hecho, el Tribunal Supremo ha desafiado a la Unión Europea. Es toda una señal para los demás poderes antidemocráticos.

La Unión Europea está atacada desde muchos flancos y su peso político no ha podido evitar que las derechas neofascistas surjan en muchos países con resultados electorales inquietantes. Los gobiernos autoritarios de Hungría y Polonia actúan como apoyo de estos movimientos con comportamientos anti europeos. Si la pregunta es, ¿podrá triunfar el neofascismo en Europa? La respuesta está sujeta a la interpretación de que quiere decir triunfar. Una vez más distingamos entre gobierno y poder. Ganar para gobernar lo tiene difícil en la mayoría de países de la Unión Europea. Pero si se tata de influir con eficacia atacando a la democracia desde adentro, puede lograrlo. De hecho, en el estado español un sector de la judicatura ha declarado la guerra al Gobierno. La politización de la justicia supone en la práctica un gobierno paralelo de los jueces.

Miren, las derechas están desatadas. Sobre todo, las más identificadas con el neofascismo. Las derechas creen que la dirección por la que marcha el mundo les pertenece y que sólo ellas pueden asegurar el orden fuerte que se necesita para mantener una civilización libre de amenazas. La alternancia de poder izquierda/derecha como escenario de una gobernanza más o menos estable, va pasando a mejor vida en la mentalidad derechista. Ya no hay “reparto”, ahora simplemente las derechas buscan la hegemonía y la exclusión de los otros. Desde su lógica antidemocrática y sectaria no hay otra posibilidad y es por ello que está planteando batallas que por diferentes caminos lleven a un mismo objetivo: obtener el poder, todo el poder. Y si para lograrlo hay que llevar la competencia política al borde del precipicio, se lleva. Y si para conseguirlo hay que sacrificar vidas humanas tocadas por la pandemia, se hace. El afán enfermizo de poder no puede esperar.

Subestimar sus capacidades sería un error. Las derechas españolas están inmersas en lo que creen es su venganza perfecta: lograr instalar por la vía de las urnas (en última instancia por la judicial) una aparente democracia en su versión más autoritaria. Una democracia limitada y vigilada, “atada y bien atada”.