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Entrevista a Ricardo Napurí, ex diputado constituyente y senador peruano de izquierda

«La Unidad Popular no se preparó para el golpe de Estado»

Fuentes: Revista La Maza

Mario Hernandez (MH): Damos comienzo a un programa especial dedicado al 40º aniversario del golpe de Estado en Chile. Tenemos como invitado a Ricardo Napurí quien abandonó Chile cuatro días antes del golpe, habiendo permanecido medio año exiliado en ese país. Cuando te invité me apuntaste una contratapa de Página 12 del pasado domingo. Recién […]

Mario Hernandez (MH): Damos comienzo a un programa especial dedicado al 40º aniversario del golpe de Estado en Chile. Tenemos como invitado a Ricardo Napurí quien abandonó Chile cuatro días antes del golpe, habiendo permanecido medio año exiliado en ese país.

Cuando te invité me apuntaste una contratapa de Página 12 del pasado domingo. Recién la pude leer hoy. En ella José Pablo Feinmann le echa la culpa del golpe de Estado al MIR diciendo, entre otras cosas: «Los del MIR fueron funcionales a los golpistas… No, Allende no era un burgués conciliador. Era un socialista temible». Que se pretenda instalar en la opinión pública argentina este «relato» y sobre todo en la juventud que en gran medida desconoce el proceso político chileno de la Unidad Popular (UP), me parece una canallada política de parte de José Pablo Feinmann, a menos que sea producto de su ignorancia de la historia política latinoamericana.

Vos que tuviste la oportunidad de vivir la experiencia de la última etapa del gobierno de Salvador Allende, ¿cuáles eran las fuerzas políticas actuantes en Chile previo al golpe y cuál era su comportamiento respecto al gobierno de la Unidad Popular?

Ricardo Napurí (RN): Quiero hacer una pequeña digresión. Yo me entrevisté con Salvador Allende en 1971, en el mismo momento que Fidel Castro estaba en Chile o estaba por llegar.

MH: Cuando fuiste a buscar apoyo para la revolución que se estaba desarrollando el Bolivia en ese momento.

RN: Tiene mucha importancia porque prácticamente ahí Allende define su proyecto estratégico y táctico visualizando el drama que vendrá en 1973.

MH: Gobierna Bolivia un general de izquierda, Torres, funciona una Asamblea Popular de campesinos, obreros, estudiantes y organizaciones sociales.

RN: Tipo soviet pero con las particularidades bolivianas.

MH: Y existe la amenaza de un golpe de Estado que terminará dando el general Banzer. Vos estabas en ese momento en Bolivia y los compañeros bolivianos te piden que hagas una gestión ante Allende.

RN: Sabiendo que yo lo conocí en Buenos Aires en el estudio de Silvio Frondizi cuando lo visitó en 1955/6. Yo era el encargado de relaciones exteriores del grupo Praxis. Así me vinculé con los socialistas chilenos. No tenía amistad con Allende pero sí un conocimiento lejano. Por esas circunstancias, al enterarse Moler, que era el secretario de Lechín…

MH: El dirigente histórico de la Central Obrera Boliviana (COB).

RN: Entonces me pidieron que fuera a Chile a plantearle a Allende que le convenía que Bolivia no cayera, que el golpe era prácticamente inminente y que si caía Bolivia, caerían una cadena de gobiernos progresistas, entre otros el chileno, como después ocurrió.

La idea era simple. Que les enviara algunos instructores militares brasileros que estaban exiliados y armas automáticas, no muchas.

Yo acepté. La empresa era muy difícil. Allende había asumido como presidente en noviembre de 1970, yo viajé a comienzos del ’71 y mi planteo podía ser mal interpretado.

MH: Incluso como una provocación.

RN: Claro, pero conversé con mis amigos Enrique Sepúlveda y Oscar Waiss, que era el director del diario oficialista La Nación, y ellos hicieron la mediación con Allende. Aunque la atmósfera estaba preparada él no conocía el carácter de mi petición.

Este hecho lo cuento en mi libro Pensar América Latina con más detalles, pero lo central fue que le planteé lo que me pidieron los compañeros bolivianos agregando que los «momios» y el imperialismo estaban detrás de la caída de su gobierno y que apoyándose por izquierda tendría un refugio y además porque Perú tenía en ese momento un gobierno militar que siempre amenazaba con rescatar Arica que es el puerto que perdió en 1879 en la guerra contra Chile. Además, en Argentina también gobernaban militares.

Me respondió: ‘Ricardo, no lo puedo ayudar ni a los compañeros bolivianos, porque se olvidaron que yo soy socialdemócrata, a pesar que en la II Internacional seamos el ala izquierda, nosotros no creemos en la revolución armada ni violenta, nos asumimos como representación del pueblo y la «vía pacífica al socialismo» no es una consigna cualquiera. Creemos que podemos abrir la vía al socialismo en el cuadro de la democracia burguesa. Yo no puedo justificar la existencia y menos promover o ayudar a una revolución del carácter de la cubana o la bolchevique’.

Con esa repuesta no defendía al proceso chileno que tenía peligros reales. EE. UU. conspiraba para hacerlo caer. Su principal posición era no creo en la lucha armada, no creo en la guerra civil, en la revolución socialista, a pesar que él se llamaba a sí mismo socialista aunque más allá del nombre puedan ser agentes de la burguesía como sucede en la actualidad con los partidos socialistas europeos o el propio socialismo chileno post Pinochet.

No aceptó. ¿Pero dónde está el mérito de esta entrevista y esas definiciones? En que dos años después la historia pasó sus cuentas. El proceso chileno devino revolucionario.

Acá se pasó por la TV, para que se vea que lo mío no es fabulación y no hago ningún cuento falaz, la entrevista de Fidel Castro con Allende donde éste le dice que es un desafío para su partido y para Chile construir el socialismo en el cuadro de la sociedad burguesa. Además le garantiza el carácter democrático de las Fuerzas Armadas. Fidel solo atina a mirarlo como diciendo: ‘Este bárbaro, ¿adónde va?’, pero no le contestó una palabra. Allende le ratificó y dijo lo mismo que a mí.

La historia es la historia y la realidad es la realidad. El carácter radical de las reformas que encabezó la Unidad Popular (UP) desencadenó un proceso revolucionario real como se ha visto en la película «La Batalla de Chile» que también se está pasando por TV. La burguesía se abroqueló con el imperialismo y tomó todas las medidas necesarias para que ese proceso no pasara y el sujeto social fundamental, como muestra la película, son las masas que apoyando al gobierno que lo creían propio, dicen vamos a defender este proceso y la única forma es con el poder popular.

MH: Hagamos un pequeño corte para intentar nuevamente una comunicación con James Petras en EE. UU. quien también estuvo presente en ese momento y lugar.

[…] No va a ser posible el contacto. Acabo de confirmar que no se encuentra en su casa. De alguna manera quiero hacerlo presente a través de un breve relato que pertenece a su libro Escribiendo historias llamado «Conversación en el patio» y que ilustra la situación previa al golpe:

«[…] Viajé a Chile en julio de 1973. El país estaba polarizado. Lo más ominoso era el comportamiento de la policía que contemplaba pasivamente cómo los derechistas atacaban las tiendas que no se adherían a los paros contra el gobierno. Si las fuerzas armadas se volcaban a la derecha, hacia los empresarios, todo estaba perdido.

«El presidente Allende y los comunistas decidieron incluir algunos generales en el gabinete. Los comerciantes acaparaban mercaderías, los dueños de tierra no sembraban, los paros proseguían. Los trabajadores ocupaban las fábricas, los campesinos se tomaban la tierra, las pobladores recorrían el centro de la ciudad exigiendo al gobierno mano firme con los especuladores. La Fuerza Aérea sobrevolaba Santiago, el transporte colectivo estaba paralizado, respetables hombres de negocio se apretujaban en taxis insultando a los militares: «¡Cobardes! ¿Por qué no derrocan al gobierno?». No querían arriesgarse ellos mismos.

«A fines de agosto las tensiones eran altas, pero después de tantas falsas alarmas todos estaban agotados y trataban de volver a la rutina.

«Fui a almorzar con unos amigos de la Corporación de Fomento de la Producción. «Si pasamos la primavera, tendremos este año una buena cosecha». «Cuando reorganicemos el sistema de transporte, la producción industrial se irá para arriba». Trataban de ser optimistas. El golpe estaba a la vuelta de la esquina. El problema era cuándo.

«Salimos del restaurante a media tarde. Buena comida, vino excelente, buenos amigos.

«Un vendedor voceaba el vespertino Ultima Hora. Miré el titular: «Renuncian tres generales». Eran los únicos constitucionalistas que había en el alto mando. «No puedo creerlo». Pedro me miró. «Es el final, se acaba el tiempo». Es tiempo de irme, pensé.

«Tomé un taxi y fui a La Moneda. Subí al piso superior. «Debo ver a Orlando Letelier». Está ocupado. «Debo verlo, por favor, aquí está mi tarjeta». Estaba ocupado, muy ocupado pero se dio tiempo para mí. «¿Qué pasa Orlando?». «Mucha presión. Amenaza de guerra civil. Por eso se retiraron». El «no a la guerra civil» significa que ellos tienen las armas. ¿Qué pasa con la izquierda? Me tomó de un brazo y me indicó que bajáramos al patio.

«Es mejor que conversemos aquí». Empezó a explicarme las negociaciones con la oposición, la lealtad de los oficiales reemplazantes. «Pinochet es muy leal. Fue mi ayudante. Te sorprendería».

«Yo no lo escuchaba. «Necesito mis pasajes, me voy». No tenía sentido discutir, él tenía que quedarse. «Me voy -le dije- pienso que esto está perdido». «Debes quedarte, te necesitamos». «Me quedaría a una guerra civil pero no a una masacre».

«Eso no pasará. Tenemos aliados». Moví la cabeza negativamente. No creía lo que me decía mientras volvíamos a la oficina. Qué posibilidades de triunfo había si el propio ministro no podía conversar con privacidad en su oficina.

«Viajé al día siguiente. Cuatro días después un millón de trabajadores marchó en apoyo al Gobierno. Una semana más tarde se produjo el golpe militar».

Esta fue la vivencia de James Petras en aquel momento.

RN: El 4 de setiembre fue la celebración de la victoria electoral de la Unidad Popular (UP), tres años antes.

MH: Ese día se movilizaron un millón de trabajadores, ¿cómo se explica semejante movilización y una semana después el golpe? Hay que aclarar que si bien Salvador Allende asume con un tercio del electorado, cada vez va obteniendo más apoyo. En las municipales de 1971 alcanza el 51% y en las legislativas de 1973 un 44%.

RN: Volvemos a lo mismo. El presidente Allende tenía la convicción de que los problemas de la revolución tenían que resolverse en el cuadro de la democracia parlamentaria y burguesa, tanto es así que se atrevió a decirle a Fidel Castro que él garantizaba a las Fuerzas Armadas. En aquellos años se decía que los militares chilenos y uruguayos eran democráticos en la medida que no habían dado golpes de Estado, habituales a lo largo del siglo XX en América Latina, sin comprender que las instituciones actúan de acuerdo a los momentos políticos y las relaciones de fuerza entre las clases, cuando ven el peligro que llaman institucional, pero en realidad se trata del peligro de la revolución.

El límite del progresismo de cualquier general o de las Fuerzas Armadas latinoamericanas, por ejemplo los casos de Velasco Alvarado o el propio Perón, es la revolución.

En Chile el programa de la UP era radical, se expropió el cobre, hubo una reforma agraria, montones de medidas avanzadas en un cuadro de polarización social, donde el imperialismo estaba dispuesto a que ello no ocurra y alineó a todas las fuerzas burguesas que en Chile eran fuerzas reales, con votos. Era una derecha que tenía casi el 50% de la votación popular, incluso en la actualidad. Ellos sí estaban dispuestos a combatir. Yo lo constaté y también lo habrá hecho Petras cuando decían no le tememos ni a la guerra civil ni al golpe de Estado. Sin embargo, la UP no quería ninguna de las dos.

La Unidad Popular no se preparó para el golpe de Estado, ni la guerra civil

 

MH: No se prepararon para ninguna de las dos alternativas, en cambio la derecha sí se preparó.

RN: Totalmente. Cuarenta mil camioneros hicieron huelgas, los estudiantes universitarios, el Parlamento llegó a decretar la ilegalidad del gobierno varias veces. Era una especie de guerrilla de las organizaciones opositoras que se dividían el trabajo con las instrucciones que les daba el imperialismo y cuando las masas decían ‘poder popular, poder popular, vayamos al socialismo’, el gobierno y Allende, que era un orador brillante, les contestaban ‘no, vamos a seguir por esta huella’. Cuando llega el momento de la radicalización, como describe James Petras, ya enfrentaban una crisis dentro de la UP porque el PS mayoritariamente, orientado por Altamirano, se tira hacia la izquierda y proponen «avanzar sin transar» y Henríquez del MIR plantea «gobierno de los trabajadores», mientras Allende hace frente con el Partido Comunista para «consolidar lo que tenemos» y hacen la apertura hacia la Democracia Cristina (DC) cuando ésta ya había decidido dar el golpe de Estado. La DC maniobró asistiendo a dos o tres reuniones sabiendo que venía el golpe.

No es que Allende fuera un traidor ni mucho menos, sino que su concepción política de la revolución era pacifista.

MH: Estuve en Chile en enero de 1973, tenía 18 años y muy poca experiencia política, solo había actuado en el movimiento estudiantil secundario y un poco en la Universidad. Asistí a las proclamaciones de Volodia Teitelbaum a senador y de Carlos Insunza a diputado por el PC, en una barriada obrera a las afueras de Santiago. Un acto muy numeroso, con trabajadores que desfilaban muy disciplinados, con banderas, niños, mujeres y hombres. Como número artístico participaba Inti Illimani. El acto fue atacado por el grupo fascista Patria y Libertad que llegaron en motos con cachiporras y cadenas. Los trabajadores se defendieron mientras los carabineros miraban, hasta que los atacantes son arrinconados en un baldío, entonces sí intervienen para permitir que escapen. Desde el palco los dirigentes pedían calma, no hacerle el juego a la provocación golpista, dejar que actuaran los «compañeros» carabineros, mientras Inti Illimani entonaba la canción de la UP, «Venceremos». Dantesco. Ese hecho me hizo romper ideológicamente con el reformismo, porque si bien no era militante, estaba vinculado al PC argentino a través de mi participación en la Mesa Juvenil Metropolitana del Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA). En Chile vi al reformismo en acción, impidiendo a los trabajadores darles una buena paliza a los fascistas invocando la defensa de la democracia.

RN: Tenemos que sacar múltiples lecciones del proceso chileno. Porque no fue solo Chile. También cayó Velasco Alvarado en Perú por un golpe de los militares. Yo me entrevisté con él cuando recién asumió la presidencia a través de un amigo común designado Ministro de minería, Fernández Maldonado, y me preguntó por qué el peronismo había durado tanto tiempo. Yo le contesté, entre otras cosas, porque se apoyó en las masas, no importa si controladas y así frenó a los militares y a las fuerzas hostiles oligárquicas hasta donde pudo. Además de aplicar una política de asistencialismo muy profunda.

Velasco me contesta: ‘Yo no puedo hacer eso porque soy un militar orgánico. No puedo ir al terreno de las masas y su organización porque ese no es mi mundo. El que yo conozco es el mundo militar’.

Entonces le dije: Ud. puede caer en esas condiciones. Y cayó. Hay montones de experiencias en otros países en el mismo sentido. Lo que le pasó a Salvador Allende no fue excepcional. El problema es cuando asoma la revolución que ellos mismos desatan consciente o inconscientemente, y no están en condiciones de dar el salto cualitativo como lo hizo Cuba, Francia en 1789 o la revolución bolchevique en 1917.

Entonces retroceden, pero ya desataron las fuerzas hostiles. Los dos sujetos políticos importantes de la situación chilena eran las fuerzas burguesas a través de sus instituciones, partidos políticos, sectores económicos, etc. Un frente que ordenó el imperialismo como lo hizo en Venezuela contra Chávez, incluso financiando a los veinte partidos opositores.

Por otro lado estaban las masas, que como se ve en «La Batalla de Chile» siempre hablan de su gobierno, del gobierno de los trabajadores, que confían en Allende, pero que al mismo tiempo piden armas para defenderse ante la posibilidad de guerra civil. El golpe lo desata la reacción, sino hubieran desatado una guerra civil.

Ahora retomemos lo que dijo Feinmann, quien propone retirarse de escena y entregar el proceso revolucionario, porque él no cree en la revolución. Atacando al MIR culpa a la izquierda de la caída del régimen y apoya la política de Allende y el PC de buscar una alianza con la DC, que ya era golpista, y hacer un retroceso general manteniendo el proceso en los marcos del capitalismo, cuando la ofensiva de la burguesía era total, incluyendo la eliminación física de los opositores.

No pensemos en socialismo o comunismo, sino en poder popular

 

Esa es la lección. Es muy profunda, con todo el respeto que se merece Allende que fue consecuente con sus posiciones hasta la muerte, pero las consecuencias para Chile han sido terribles, porque si se abandona a las masas y los procesos revolucionarios, no hay ninguna garantía para lo que viene. En Chile fue un genocida, Pinochet. Allende pasa a la historia pegándose un tiro, pero después llega el genocida que estuvo casi 20 años asolando la realidad chilena. Lo mismo ocurrió con Perón para que llegaran los genocidas de La Libertadora. Las lecciones son profundas, tienen que ver con la historia, con la relación de fuerzas entre las clases, con el hecho de si uno va a defender este capitalismo salvaje con los monstruos que ha ido gestando, o buscará una respuesta apoyándose en el pueblo. No importa lo que surja. La figura de poder popular es muy linda porque es algebraica. No pensemos en socialismo o comunismo, sino en poder popular, que significa que nosotros, el pueblo, queremos reemplazar a los que propugnan el golpe militar, están aliados al imperialismo y quieren llevar a Chile a las calendas del pasado y de la historia.

Lo importante es el poder popular, pero le tienen miedo, a pesar que desatan su fuerza. Se quedan en el medio como el jamón del sándwich. La burguesía ataca, los trabajadores quedan desarmados y viene el genocida.

MH: Vamos a escuchar el discurso final de Salvador Allende, instantes antes del ataque al Palacio de La Moneda.

¿Qué impresión te produjo escuchar nuevamente, supongo que lo habrás hecho muchas veces, las últimas palabras de Allende?

RN: Tomo dos ideas que planteó. Una, que los militares y la reacción tienen la fuerza y dos, que los procesos no se detienen y la historia va a resolver a favor de los trabajadores.

Esas dos ideas son trágicas. Primero, no es cierto que en Chile la correlación de fuerzas siempre fuera favorable a la derecha. En un momento hasta hubo un sector militar institucionalista representado por el general Prats.

MH: Que luego será asesinado en Buenos Aires en un atentado terrorista en 1974.

RN: Cuatro meses antes del golpe le dijo a Allende: «Acá hay generales golpistas, apóyenos a nosotros y haremos lo propio con Ud.» y éste le contestó que era institucionalista y va hasta el final. Como ya se lo había anticipado a Fidel creía en el carácter democrático de las Fuerzas Armadas. Entonces, niega el apoyo a Prats y esos militares son reprimidos.

No es cierto que en todo momento la derecha estuviera a la ofensiva, no es así. En un momento fue totalmente a favor de las masas populares. Lo que Allende no comprendió, por su condición de socialista reformista, con todo el respeto que pueda tenerle a su persona, es que los trabajadores y los de abajo crean un mundo y un poder real. ¿Acaso la Revolución Francesa no fue el mundo de los de abajo que se levanta? ¿Acaso fue la burguesía la que salió al frente? En toda revolución las masas son los actores directos, incluso en la rusa o en la china. Allende no lo veía por su concepción elitista representativa de la democracia, en el sentido que todo se tiene que resolver a través de los representantes y no cree que las masas deban expresarse directamente. No se da cuenta que la fuerza está en el proceso revolucionario y lo abandona.

MH: Nos quedan pocos minutos. Volvamos al principio sobre el papel del MIR y su responsabilidad en el golpe de Estado como afirma Feinmann.

RN: Por supuesto que no, el MIR le proveyó a Allende el equipo de defensa. Pascual Allende, que era su sobrino, ha contado esa historia. El MIR jugó todas las cartas en apoyo a Allende. Lo que no se dice es que las masas crearon organismos de defensa como las organizaciones campesinas de autodefensa y, sobre todo, los cordones industriales, donde el PC y todos los elementos de orden de la UP dijeron: ‘esto no va con nosotros’, porque estaban en la línea contraria de defensa del orden institucional para que las masas no escaparan a su control.

Las masas comenzaron a crear su poder y si su gobierno lo hubiera propiciado, hubiera sido un poder social real que hubiera llevado a la revolución socialista. A esa revolución le tenían miedo.

El MIR no jugó ningún papel de provocación porque cayó con Allende. Siempre apoyó al gobierno y nunca fue más lejos. Tan es así que cuando comenzó su compromiso con Cuba era un grupo guerrillero y cambió su condición a un partido que trabajó con las masas y los trabajadores y apoyó por izquierda a La UP y cayó con ella.

Lo que Feinmann encubre detrás de esa crítica es que las masas no deben autoorganizarse, no tienen que crear su propio poder acumulativo, no deben rebelarse, no deben hacer revoluciones, ergo, hay que defender el sistema capitalista.

MH: Hemos querido dar a este 40º aniversario del golpe en Chile un carácter de reflexión y enseñanza, por eso nos hemos corrido de los homenajes que se están haciendo en estos días exaltando particularmente la figura de Salvador Allende, incluso la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires va a votar la construcción de un monumento en una plaza de la ciudad. También hemos tratado de hacer las críticas con el mayor respeto.

RN: En mi libro Pensar América Latina lo trato con un enorme respeto, incluso por la forma como decidió morir.

MH: Eso no quita que hagamos un balance crítico porque nos interesa el porvenir. Recuerdo haber sido orador el 11 de setiembre de 1973 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que funcionaba en la calle Independencia y señalé algo por lo cual fui muy criticado, pero han pasado 40 años y no me arrepiento: que Salvador Allende haya muerto con una ametralladora en la mano no quita sus responsabilidades políticas. Creo y comparto algo que decís en tu libro: el proceso chileno fue una revolución traicionada. Creo que ese es el balance que tenemos que hacer y en eso Salvador Allende tuvo una gran responsabilidad.

RN: Y todo el grupo de la UP, fundamentalmente el PC, que era el partido más conservador de ese frente.