A Pedro López López sus vecinos de San Mateo le llamaban Pedro el francés, pero no era francés. En la Marina Republicana, fue el cabo López, pero dejó de serlo al perder la guerra. En el campo de concentración de Zebbeus tuvo todo tipo de descalificaciones, entre ellos, el de come niños, pero Pedro nunca comió a ningún niño, si acaso muchos gatos. Posteriormente en Francia le llamaban Pedro el español, pero Pedro no podía volver a España. Finalmente, ya muerto el dictador regresó a España y por el hecho de cobrar una pensión francesa, había quien le llamaba emigrante y él molesto precisaba, “yo no fui emigrante, fui un exiliado político”.
Pedro López nació en la parroquia de Santa María del Monte, ayuntamiento de San Saturnino, un 23 de octubre de 1914. Cuando contaba con ocho años de edad se trasladó con sus padres y su hermano a Ferrol, con la idea de forjarse un futuro en la floreciente industria naval de la ciudad. Estudió en la Escuela Obrera hasta cumplir los 14 años. A esa edad como tantos niños de origen humilde y campesino la vida lo encaminó a la Escuela de Aprendices de la Constructora Naval [hoy Navantia] y allí estuvo dos años. Al cumplir los 16 años ingresó en la Escuela Carlos V de Aprendices de la Armada donde cursó la rama de electricidad y a los 18 años, embarcó en el crucero Miguel de Cervantes, iniciando de ese modo su andadura en los turbulentos años previos al golpe de Estado, llenos de conspiradores y anti demócratas. Al año siguiente fue ascendido a cabo.
Guerra Civil, toma del crucero «Cervantes»
Cuando en 1936 el golpista Franco en un acto de traición se rebeló contra el gobierno electo de la República, Pedro López, como hombre de izquierdas y militar fiel a su gobierno tomó partido por la República. Recordaba: “cuando empezó la guerra estuvimos varias veces en el ayuntamiento un tal Amaro que se murió, que era el director de tiro del Cervantes y un tal Porta de Canido que también se murió y era el director de tiro del Libertad. El ayuntamiento estaba lleno y cuando entraron Quintanilla1 y Azarola2 [ambos fusilados por los golpistas] al ver la juventud de los cabos les dijeron: “a ver chavales como os apañáis, hay que tomar los barcos”.
Pedro López recuerda que el 18 de julio del 36 el primer buque en zarpar de Ferrol fue el crucero Libertad, después levó anclas el crucero Miguel de Cervantes, con la orden de dirigirse a Cádiz. Recordaba con total nitidez, que los suboficiales y la marinería eran conocedores que la oficialidad pretendía poner el barco a disposición del bando golpista y a la vez detener a los fieles a la República. Por ese motivo decidieron adelantarse, “sabiendo lo que nos iba a pasar si fracasábamos, pero sin embargo se fue”, relataba con convicción. Cuando navegaban a la altura de Lisboa, los suboficiales y la marinería se amotinaron contra los sublevados, pero para el éxito de la acción era imprescindible hacerse con el pañol de armas y municiones, contando con la complicidad del pañolero, hombre leal a la República durante toda la guerra, relata con respeto a ese hombre, pero cuyo nombre no recordaba. “Rompimos el candado, y amarramos al pañolero dentro, por si perdíamos, que a él no le pasara nada”. Consideraron que el momento más adecuado para tomar el barco era la hora de comer, cuando tendrían concentrados a todos los mandos en el comedor de oficiales: “estaban todos armados, pero se tomó el barco, sin un tiro”, contaba con satisfacción.
Una vez hechos con el barco el dilema que se les presentó fue que: “no sabíamos a donde ir”; llamaron por radio a Madrid y desde el Gobierno les indicaron que pusieran rumbo a Tánger. “El barco lo llevaba un tal Juanico de Mallorca, muy buen rapaz, era cabo primera y el barco funcionó exactamente igual que con los oficiales”. En Tánger estuvieron solo una semana y después pusieron rumbo a Málaga, su nueva base de operaciones para bombardear las ciudades del estrecho tomadas por los golpistas.
Ataque de un submarino italiano
Pedro rememoraba como si fuese hoy mismo el ataque que sufrieron por parte de un submarino. “Veníamos de la mar de navegar de noche y entramos en el puerto de Cartagena, pero no teníamos amarraderos y fondeamos dentro de la dársena” y a eso de las seis de la mañana fueron alcanzados por un torpedo de un submarino [Torricelli, italiano} y el Cervantes quedó seriamente dañado y remolcado después al puerto de Cartagena para su reparación. Era obvio que, en la confrontación civil entre españoles, los militares sublevados contaban con el apoyo y la implicación directa del régimen fascista de Mussolini y del nazi de Hitler. Fueron 55 los submarinos italianos que participaron apoyando a Franco3.
El destructor Ciscar y la campaña en el Cantábrico
Al quedar inoperativo el Cervantes, la tripulación fue distribuida en otros navíos republicanos. A Pedro López lo destinaron al destructor Ciscar para realizar misiones de guerra y escolta en Gijón, Santander y Bilbao, “Éramos cuatro buques de guerra en el norte, El Ciscar, el destructor José Luís Díez y dos submarinos”. Tuvieron varios encuentros esporádicos con intercambio de disparos con el crucero rebelde Almirante Cervera y también recuerda que en Santander nunca los bombardearon, mientras que en Bilbao los achicharraban los sublevados, “regresábamos por la noche porque en la oscuridad no podía entrar la aviación alemana”. El 17 de octubre de 1937 arribaron en el puerto de El Musel en Gijón y al día siguiente cuando iban a soltar amarras, sufrieron un ataque aéreo que bombardeó el barco aún atracado. Quedó escorado y hundido, “todos los aviones eran alemanes” recordaba Pedro”. En esas circunstancias, los sobrevivientes tomaron un remolcador, “realmente un barco de pesca arruinado, los maquinistas tuvieron que reparar el motor y salimos del puerto de Gijón a las ocho de la noche”; conforme iban saliendo los republicanos, el Cervera y el resto de la flota desleal entraron en Gijón. Una vez en mar abierto los hombres del Ciscar pusieron rumbo a Burdeos, donde los recibió la Cruz Roja, “que nos atendió muy bien” precisa Pedro. Las autoridades francesas les preguntaron a qué bando español deseaban ir. Recordaba Pedro que “salieron dos para la parte de Franco, un cabo y uno del cuerpo general; los demás vinimos para Cataluña”, y de allí nos mandaron para Cartagena donde estaba la base del Miguel de Cervantes, que aún no estaba operativo por los estragos del torpedo. Una vez concluidas las reparaciones del barco, Pedro volvió a hacerse a la mar. Recordaba perfectamente un combate que duró cuatro horas, un bombardeo continuo en el que cayeron compañeros muy buenos que participaran en la toma del barco: “Mouriño que era de Málaga, murió en el combate y Piñeiro que era de las Rías Bajas, quedó herido y luchó hasta la última hora, murió también”. Cuando el Cervantes regresó al puerto de Cartagena, el ministro Indalecio Prieto, que ante el avance franquista se trasladara a Valencia, les dio a la tripulación del Ciscar un banquete por la actuación que tuvieran y un mes de permiso, “encima de que perdimos el barco” comentaba con ironía Pedro; “nos pagaron los dos meses que nos debían y nos dieron una paga extraordinaria porque a los cabos nos habían ascendido a suboficiales”. Después de ese mes de descanso, realizaron tres o cuatro incursiones más con el Cervantes, pero la situación era crítica, “estuvimos aislados y víveres ya no nos podían mandar”.
Túnez y el campo de concentración de Zebbeus

Al ser tomada por los insurrectos la ciudad de Cartagena, el crucero Cervantes zarpó de puerto sin rumbo fijo, “unos decían vamos para Rusia, otros para América”. Explicaba Pedro que en aquel momento el Gobierno del doctor Negrín nos alentaba a resistir, que les iban a enviar unos chatos [aviones de caza, rápidos], pero los aviones nunca llegaron. Por ello Miguel Buiza almirante de la flota republicana ordenó dirigirse a Túnez.
“Hay que sacar el saco por el ojo”. Con esta frase Pedro López reflexionaba y contextualizaba la situación, dando a entender que cuando se agotan todos los recursos y la desesperación y el desánimo se apoderan de uno, no hay que juzgar, sino abrir la mente; y añadía: “Decimos ahora de las pateras en las que la gente se viene de África, pero no es por capricho, es que lo están pasando mal, porque no pueden vivir en su país” y son países riquísimos pero solo cuatro viven bien; y puntualizaba: “Cuando terminó la guerra en España la gente se escapaba; eso sí que fue una pena, pasando la frontera por Cataluña para Francia, gente con la mochila a cuestas, soldados, civiles y mujeres con los niños en los brazos; los metieron en campos de concentración y los recibieron mal”.
Algo parecido le sucedió a la dotación del Cervantes y el resto de la flota republicana cuando llegaron al puerto de Bizerta en marzo del 1939. Tras atracar los barcos solicitaron a las autoridades asilo político. Abatidos por la derrota y el exilio, recuerda Pedro que al llegar a Túnez tuvieron un recibimiento hostil por parte de franceses, algunos tunecinos y, sobre todo, de la gran colonia de italianos: “Nos llevaron en un tren y nos tiraban piedras, no sé por qué, pero insultos, rojos, criminales, teníamos rabo y comíamos niños”; un viaje de cuatrocientos kilómetros en vagones para el ganado hasta llegar al cabo de varios días a Zebbeus próximo al desierto. Los republicanos fueron recluidos en el campo de concentración de Meheri-Zebbeus, “Estábamos encerrados en una vieja mina que se habían cerrado; aquel panorama era desolador, para venirse abajo o pegarse un tiro, la comida era perruna y apenas comíamos, el calor del desierto…” 4.000 hombres encerrados en unas condiciones precarias, sin letrinas ni nada. En esa situación Pedro llegó a pensar: “Aquí vamos a morirnos poco a poco”. Afirma que había gallegos a punta pala. No se le olvida que estando en el campo, los marinos franquistas se desplazaron hasta Bizerta para hacerse con la flota republicana y el almirante al mando Salvador Moreno les ofreció amnistía si regresaban a España y una parte se acogieron. Las expectativas en el campo de concentración no eran muy halagüeñas, pero Pedro no se fiaba: “Y si después te corta el cuello Franco o nos morimos presos en las cárceles…”. En torno a unas semanas de estar en el campo de concentración y cuando las expectativas eran cualquier cosa menos buenas, recuerda que dos barcos mercantes mejicanos que venían con víveres para la flota republicana de Cartagena, recibieron la noticia de que concluía la guerra y, en vez de dar la vuelta, “Indagaron y se enteraron dónde estábamos; eran gente honrada y mandaron los víveres en camiones al campo de concentración”; un acto de solidaridad del presidente de México, Lázaro Cárdenas, que alivió la delicada situación de los presos republicanos. Sacos de leche condensada, latas de albóndigas, carne congelada, y “a cada grupo le daban partes iguales”, no hacían diferencias entre oficiales y marinería. “Con el hambre que estábamos pasando ¡hicimos cada filete! –fíjate lo que es el hambre y lo que se inventa-; con la leche en polvo hacíamos mantequilla, estabas toda la mañana con un palo removiendo, y con lo que nos sobraba, sacábamos la grasa y freíamos la carne y las patatas”.
Gatos y sabotajes
Tras varios años en el campo de concentración, había que sobrevivir en Túnez y los soldados republicanos se buscaron la vida. Pedro López encontró trabajo en una fábrica textil dirigida por un catalán “que estaba repudiado también y se marchó a Túnez”. Cuando el dueño de la fábrica supo que iban a entrar los alemanes del Afrika Korps, les hizo embalar todas las máquinas de coser y esconderlas en una cueva. Recordaba que durante los tres meses que pasaron los alemanes en Túnez, el propietario “nos pagaba igual que si trabajásemos”, y destacaba que hay pocos empresarios que hiciesen eso. Fue esa una época en la que el hambre llegó a ser tanta, que salían frecuentemente de noche a cazar gatos para alimentarse, “pasaba hambre todo Cristo, no había nada que comer”.
Conforme avanzaba la ofensiva aliada en el norte de África, otra de las actividades nocturnas con sus compañeros, la mayoría gallegos, consistía en hacer sabotajes para cortar las líneas telefónicas de los alemanes: “Con la disculpa de cazar gatos, salíamos de noche con alicates y tijeras camufladas y si veíamos peligro cazábamos gatos. Una noche a eso de las dos de la madrugada los interceptó una patrulla formada por dos gendarmes franceses y dos soldados alemanes, les explicaron que cazaban gatos y que los invitaban a un restaurante español llamado Casa Manolo que era especialista en prepararlos y: “efectivamente fuimos a comer con los cuatro policías”.
De los gallegos más activos en los sabotajes destaca a Manuel Permuy Novo, Manolo el rojo, “Ese sí que hacía sabotajes, muchas veces él solo”; del mismo modo nombra a Noguerol, “A él lo detuvieron los alemanes, trabajó mucho, como todos los que estábamos allí”; por lo que expresó gran respeto por todos sus compañeros. Con todo, guarda mal recuerdo de los italianos, “eran perrunos, si no llega a ser por los alemanes lo pasaríamos muy mal”. Consideraba que los alemanes los respetaban, de hecho, les escuchó decir: “Son unos caballeros que defendieron su país hasta el fin, y tienen mucho mérito para nosotros”. Cuando en 1942 se replegaron, conserva la imagen de verlos partir por la avenida de Paris.
Sindicalismo y racismo
Al entrar los norteamericanos en Túnez, se restableció la calma y Pedro consiguió un nuevo trabajo. Indica que con el paso del tiempo los españoles promovieron la formación de un sindicato: “Había muchos españoles de izquierdas, también franceses de izquierdas, pero pocos”, porque los que iban a las colonias era para hacerse ricos. Las condiciones laborales eran abusivas; además de las 40 horas semanales, no les pagaban las diez horas complementarias que realizaban. Por otra parte, “Nosotros no teníamos contrato ninguno y, si caías enfermo y tenías dinero comías, pero si no, te pudrías en la cama”. Así que un día se reunieron en el taller. Rememora que había muchos árabes, muchos italianos, algún francés y españoles y también estaban los interpretes de aquél galimatías. Cuando formaron el sindicato, el delegado de Fuerza Obrera, que era francés, propuso a Pedro como delegado, a lo que éste respondió, “Imposible, yo no puedo ser, soy extranjero”, pero el delegado francés insistió: “Sí vas a ser y te apoyaremos”. Salieron elegidos tres delegados, Pedro por Fuerza Obrera, otro compañero por la CGT y un árabe por Fuerza Obrera y miembro de la Central, “muy buen chaval por cierto” señalaba Pedro. La primera reivindicación fue conseguir la seguridad social para todo el personal.
Considera que en el taller había mucha discriminación “era raro ver a un francés con una lima o enganchando cables”. Con gran conciencia de clase, Pedro manifestaba la gran injusticia salarial entre las diferentes etnias. A los franceses les pagaban 90 francos al día, “Que era un sueldazo de aquella”; después estaban los españoles que cobraban 50 francos, y por último los árabes que cobraban 30 francos. “Mira que diferencia”, exclamaba Pedro escandalizado, pues todos realizaban el mismo trabajo. “Los árabes abrieron los ojos y yo les daba la razón” puntualizaba convencido.
Fin del colonialismo e independencia de Túnez
La situación en Túnez era cada vez más convulsa; los abusos de los colonizadores, las diferencias sociales y la discriminación de los tunecinos por parte de los franceses provocaron el malestar y el levantamiento de los autóctonos. Pedro se había casado en 1947 con María, nacida en Túnez y por tanto de nacionalidad francesa, aunque sus padres eran emigrantes italianos. Pedro vivió muy de cerca esa violencia estructural de la metrópoli parisina, la cual propició la aversión y el inicio de las revueltas por la independencia. A un cuñado de Pedro que era chofer de un camión y se dedicaba a transportar pescado desde Túnez a Argelia acompañado siempre de dos tunecinos, lo cogieron los “fellagas”4, lo degollaron y lo quemaron dentro del camión, a pesar de defenderlo los dos árabes. Cuando los avisaron, Pedro fue a buscar el cadáver y viendo que la situación se estaba poniendo muy mal para los europeos pensó: “lo que le pasó a mi cuñado, mañana me puede pasar a mí” y ante ese cariz, en 1957 decidieron abandonar Túnez. Fue al año siguiente de proclamarse la independencia y de ser elegido presidente Bourguiba.
Exilio en Francia
Pedro no podía regresar a España y al ser su esposa de nacionalidad francesa decidieron viajar al país galo. En la fábrica le pagaron el transporte de sus enseres y el salario de un mes y con esos bagajes, embarcaron rumbo a Marsella. Al ser un apátrida tuvo grandes dificultades y finalmente decidieron residir en Burdeos, donde viviría el mayor periodo de su vida en el exilio, de 1957 a 1982. Pasó del repudio inicial a hacer una vida normal. Es cierto comentaba, “Que había alguno que mostraba cierto rechazo hacia los españoles, tal y como sucede ahora aquí con los emigrantes, pero no era la generalidad”. Cuando murió su madre, no se atrevió a asistir a las exequias, acudió su esposa María. Durante los años vividos en Francia nunca dejó de sentirse español y de izquierdas, estableció contacto con republicanos de Burdeos, Paris y Toulouse y asistió en Burdeos a un encuentro con Felipe González, [Gregorio] Peces Barba y Alfonso Guerra. En su merecida y ganada jubilación Pedro se fue a vivir a San Mateo, Narón, cerca de Ferrol que fue donde le conocí. Mantuvo contacto con antiguos tripulantes del Cervantes y del Ciscar y con familiares de Pedro Dopico Fernández, oficial del crucero Libertad y que murió en Túnez en 1945.
Pedro tenía una gata llamada Tina; y cuando la miraba adormecida sobre una banqueta, exclamaba: “Hay, si te hubiera cogido en Túnez”. Pedro falleció el 9 de enero de 2008.
Notas:
1 Jaime Quintanilla Martínez Exalcalde de Ferrol, socialista y galeguista, fusilado el 17/8/1936
2 Antonio Azarola Gresillón, almirante, jefe del Arsenal Militar y ex ministro de Marina, fusilado el 4/8/1936
3 Benito Sacaluga Rodríguez. Submarinos de la Marina Italiana que participaron en la guerra de España (1936-1939) 14 de junio de 2023. Fuente: Oficina de Historia Naval de la Marina de Guerra Italiana.
4 Fellagas. Palabra árabe que significa “bandido”. Los colonizadores franceses les llamaban despectivamente así a los independentistas tunecinos.
Antonio Blanco Carballo. Investigador.
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