El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución que torturaba a adolescentes pero hasta hace unos años nadie hablaba de ello. La historiadora Carmen Guillén recopila la información que el tiempo no ha borrado sobre las vidas de decenas de miles de mujeres que pasaron por sus garras.
“Usted no me mire con esa sonrisa sarcástica porque no tiene ni idea de lo que está hablando. Nosotras tenemos más pasado que futuro. ¿A usted le han hecho alguna vez una prueba de virginidad? ¿Le han puesto a usted ortigas en la vulva por hacerse pis en la cama? ¿Le han hecho hacer 150 cruces con la lengua en el suelo hasta que se le ha quedado negra? Le falta educación, tacto y estilo, y por supuesto, ninguna de nosotras cuenta con Vox”. Estas palabras, enunciadas por Consuelo García del Cid, quien estuvo encerrada en el franquista Patronato de Protección a la Mujer, retumbaron en la Comisión de Igualdad del Congreso el pasado 26 de febrero de 2026. Palabras dedicadas a una diputada de Vox que cuestionaba lo sucedido en el pasado en una institución que, tras cuarenta años de su cierre, comienza a aflorar en el debate público.
No ha habido luz para las torturas que sufrieron jóvenes y niñas dentro de estos centros, en los que se encerraba a mujeres sin juicio y sin causa, más allá de haber quebrantado una subjetiva moral católica. Este vacío fue rellenado por la tesis de Carmen Guillén, doctora en Historia Contemporánea que hoy ha transformado su ingente investigación en un libro. En Redimir y Adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985) (Crítica, 2026) se realiza un compendio de toda la documentación que es posible recabar sobre el horror vivido dentro de esos centros, ofrecida de una manera didáctica. Pero, como explica Guillén, nunca será suficiente, parte de la documentación, custodiada por las arcas del Patronato, fue víctima de una inundación, borrándose así miles de historias de mujeres.

“En este país se ha encerrado a menores que no habíamos cometido ningún delito bajo un sistema penitenciario oculto brutal, donde se nos torturó y donde hubo suicidios”, insistía del Cid en el Congreso. Días después, Guillén daba una charla en el IES Isaac Newton (Fuencarral, Madrid), antigua maternidad de Peñagrande, donde en el pasado se encerró a mujeres dentro de este Patronato, como a la histórica activista Paca Blanco. Cuenta la autora que el alumnado siempre reacciona con sorpresa ante la información que ella cuenta. Sorpresa porque han tenido que pasar 40 años para que todo esto vea la luz. De esto charla con El Salto, en una mañana que ya tiene aires de 8M pero que aún está lejos de ser el día donde estas mujeres obtendrán justicia y reparación.
Tú
eres historiadora e imagino que durante la carrera no tuviste noticias
sobre la existencia del Patronato de Protección a la Mujer.
Ya no
solo en la carrera, tampoco en el máster que hice de especialización en
Historia Contemporánea. Al menos en Murcia, donde yo estudié la
carrear, haces un repaso de la historia general, das pinceladas de
prehistoria, de historia antigua, de historia medieval y es muy difícil
abarcarlo todo, pero cuando haces un máster de especialización en
Historia Contemporánea esperas un nivel más de profundidad.
En ningún momento se me habló de esa institución, ni en congresos, ni en libros sobre la historia del franquismo. Era como que eso no existía. Cuando fui al archivo a buscar información sobre prostitución en el franquismo, que era el tema que a mí me interesaba, lo encontré. Yo nunca me planteé hacer una tesis sobre esa institución, porque mi desconocimiento era absoluto. Fue al revés, yo lo encontré por el camino cuando estaba buscando otras cosas.

Tú estabas investigando sobre la prostitución en el franquismo y te topas con el Patronato. ¿Qué es lo que despierta tu curiosidad?
Primero empecé a obsesionarme con encontrar información acerca de esa institución como vía para llegar a la prostitución y en ese proceso me di cuenta de que no hay tanta relación entre la prostitución y el Patronato, sino que es más bien como una justificación teórica que el franquismo utiliza para configurar ese aparato de control. Y efectivamente, me encuentro ante una institución gigante en términos geográficos y sobre todo en términos cronológicos.
Lo que más me llama la atención en un primer momento es que no terminó con el franquismo, permaneció hasta bien entrada la democracia. Me llama la atención también la manera en la que aplica un montón de violencias hacia miles de mujeres, pero que no se sabe nada. Yo recuerdo sentirme como quien descubre un tesoro. De repente hay algo en lo que nadie ha puesto el foco de atención y empecé a obsesionarme. Creo que sigo en ese proceso, no he salido de esa obsesión, porque cuando empiezas a estudiar esta institución sientes una especie de empatía generacional con esas mujeres. Pensaba en mis abuelas, pensaba en mi madre. Pensaba en la suerte que he tenido de nacer en un momento determinado.
Pero desde luego, lo que más me llama la atención es la amplitud cronológica y el silencio que hay ante la magnitud de algo que yo considero una de las maquinarias de represión más potentes que tuvo el franquismo.

Porque tú afirmas que sobre las mujeres hubo una represión específica y quizá más potente que la que hubo sobre los hombres.
A
ver, no más potente en términos cualitativos o cuantitativos. No se
trata de que haya una competición, sino que hubo una represión que solo
afectó a ellas, que fue esa represión de tipo moral. Solo los hombres
homosexuales vivieron este tipo de represión.
El mandato de género a la mujer la ubicaba en un espacio muy concreto que es el hogar, que es la familia, que son los cuidados hacia los hijos. Y ahí estaba atrapada. Todo lo que sea salir de ahí, cualquier tipo de disidencia, fue castigada con la institucionalización en estos centros, porque se consideraba que eso era no solo peligroso para ellas, sino potencialmente peligroso para la sociedad, que podía ser contagioso.
Las ideas de que la mujer puede ser independiente, que puede trabajar, que puede decidir no tener hijos, que puede decidir amar a otras mujeres, eso puede contagiarse. Por eso no existe un patronato de protección al hombre, porque no se consideraba que el hombre sea peligroso por pensar ese tipo de cosas, porque el discurso moral del régimen ya lo ubicaba en un lugar de privilegio. Mientras que nosotras sí que teníamos que convencernos de que nuestro lugar era un lugar secundario y se nos castigaba cuando queríamos salir de ese lugar secundario.
Era un lugar
secundario. Pero tú valoras que para el régimen era esencial que la
moral católica imperante fuera salvaguardada por nosotras.
Aquí
se produce una paradoja. La paradoja es que la mujer no solamente ha
sido el objeto de represión a lo largo de la historia, ya no digo en el
franquismo, sino a lo largo de la historia, sino que ha sido un vector
de transmisión de esa represión, porque como estaban ubicadas en ese
lugar de cuidados de la familia y de educación, ellas eran quienes
transmitían ese mensaje. Si tú las convences en primera instancia que
ese es su lugar biológico natural, pues ellas lo van a transmitir así.
Lamujer fue una pieza
fundamental del régimen: su cuerpo para generar nuevos individuos a la
patria y su conducta para convencer a esos individuos de que fuesen
adeptos a ese sistema.
El Patronato comienza en 1942 con la justificación de encerrar a mujeres “del mal vivir”. Pero ese concepto se va abriendo. ¿Quién acaba dentro del Patronato?
Pues
acaba cualquier mujer que no cumpla con ese mandato de género. A
priori, cuando nace en el 41, nace con la justificación de que es para
redimir a la mujer caída, entendiendo a la mujer caída como la
prostituta Hay un aumento de esa población prostitucional precisamente
por el contexto de penuria, de miseria, de hambre que está viviendo
España en los años de la posguerra. Y muchas mujeres que se quedan
viudas, que se quedan huérfanas y que se ven abocadas al ejercicio de la
prostitución, lo hacen de manera clandestina y esto supone un problema
para el régimen.
Esa es la justificación teórica, pero luego esos objetivos se desdibujan y cualquier tipo de disidencia sexual, disidencia moral, cualquier tipo de rebeldía, puede acabar ahí dentro. Y también disidencias de tipo político. Tenemos expedientes de mujeres que entraron por haber acudido a manifestaciones, por empezar a estar con grupos de gente que empezaban a pensar más allá del ideario franquista.
Si tuviese que hablar de un perfil general sería el de la mujer rebelde, con todo lo que eso conlleva. Mujeres que tensionan al sistema, que no aceptaban el mandato de género, lo que ellos llamaban inmorales. Pero ese concepto de inmoralidad es tremendamente amplio y por eso tenemos expedientes con causas de internamiento tan absurdas como que la mujer suspiraba demasiado por los hombres. De ahí en adelante cualquier motivo podía ser justificación para encerrar a una mujer sin haber cometido un delito, sin haber pasado por un juicio y sin tener una condena explícita.

Estos centros, que tenían una estructura muy patriarcal
que descansaba principalmente sobre figuras masculinas, estaban
gestionados en última instancia por congregaciones religiosas, por
monjas. Monjas que, por cierto, en la actualidad, como por ejemplo las monjas Adoratrices,
siguen desplegando su llamada obra social e incluso tienen bajo su
gestión centros educativos, y centros concertados que reciben dinero
público ¿Qué ha pasado con estas instituciones? ¿No han pagado por lo
que han hecho?
Estas
instituciones llevan el peso de su historia sobre sus hombros. Hace ya
mucho tiempo que desde el colectivo de las investigadoras del Patronato y
de las supervivientes se les venía demandando un perdón público y un
perdón público que fuese acompañado de una apertura total de los
archivos, porque las congregaciones religiosas tienen archivos privados a
los que ahora mismo no tenemos acceso.
Ese acto tuvo lugar en junio del año pasado, pero fue un perdón a medias, porque fue un perdón que trató de censurar el discurso de las supervivientes para que no hablasen de ciertos temas, de ciertos tipos de violencias como los suicidios, las autolesiones o los bebés robados. Ha pasado ya casi un año y seguimos sin tener acceso a esa documentación, ni por parte de las investigadoras ni por parte de las supervivientes, que lo único que reclaman son sus propios expedientes.
Este acto se supone que iba a ser para pedir perdón pero no actuó como tal. Contó con unas declaraciones previas bastante polémicas
por parte del presidente de la Confederación Española de Religiosos
(CONFER) y las víctimas se opusieron a este perdón ¿Qué te parece la
decisión de las víctimas?
Me
parece completamente legítima. Ellas vivieron en primera persona estas
violencias y ellas tenían muy claro en qué términos querían que se
produjese ese perdón. Querían primero que su historia fuese validada y
reconocida, pudiendo mencionar todo lo que ellas vivieron ahí dentro. Y
eso no sucedió. Se trató de censurar este discurso. Querían que se
abriesen los archivos para las investigadoras y para ellas mismas, y eso
no ha sucedido. Y luego también este discurso fue polémico porque se
puso el foco de atención en algunas mujeres que pudieron tener
experiencias no negativas dentro del Patronato, en vez de poner el foco
de atención en las miles de mujeres que conocemos que tuvieran
experiencias negativas. Entonces, no se trata de invalidar el relato de
las mujeres que pudieron tener una experiencia positiva ahí dentro,
porque aunque las hubiera, eso no invalida que el Patronato en sí mismo
fue una maquinaria de represiva y que aplicó violencias a través de robo
de bebés, de humillaciones, de vejaciones, de aislamiento, de trabajo
forzado. Y creo que el foco de atención en un acto de perdón debe estar
precisamente en esas cuestiones.
Hay
muchas mujeres que pasaron por esta institución. Tú das algunos datos
aproximados por épocas. ¿Hay una estimación general de cuántas mujeres
pasaron por allí?
Es muy
complicado dar cifras exactas porque tenemos un vacío documental muy
grande. La Junta Nacional, que fue el corazón de la institución, llegó a
conservar 1.186 cajas de documentación. Esto es una barbaridad. Toda
esa documentación se transfirió al sótano de un archivo, no se
clasificó, no se guardó y al final hubo una inundación y hoy en día
solamente se conservan 31 cajas. Afortunadamente, como el Patronato
tenía sedes en todas las provincias de España, podemos acudir a archivos
provinciales y hacer historia desde los márgenes. Dar cifras exactas
del número de mujeres es prácticamente imposible. Y no ahora. Creo que
en ningún momento lo vamos a poder hacer. Ojalá que sí, pero lo dudo
mucho. La institución publicaba ciertas memorias con las que nosotras
normalmente trabajamos y ahí aparecen ciertos datos que podemos
utilizar, pero son puntuales, de algunos años. Podemos hacer una
estimación de decenas de miles de mujeres teniendo en cuenta lo que
sabemos de algunos años puntuales, pero en ningún caso podemos estar
cerca de saber la cifra real, me temo.
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Hay algunas mujeres que han prestado su testimonio como
Consuelo García del Cid, que creo que fue la primera en hablar, o Paca
Blanco. ¿Crees que hay muchas mujeres que guardan su estancia en el Patronato en silencio?
100%,
sí. Sabemos que hay muchas mujeres que no quieren contarlo o que no han
querido contarlo, que han podido hablar con Consuelo o con otras
internas, de manera anónima y no han querido contar nunca su relato. Por
miedo, por vergüenza, por sentir estigma. Porque durante mucho tiempo
han pensado que la sociedad las iba a volver a juzgar en este momento.
Una doble culpabilización que empuja a no volver a tener que dar
explicaciones y a no volver a unos recuerdos probablemente muy
dolorosos. En este mes y medio que llevo de promoción del libro se han
puesto en contacto conmigo varios hijos de mujeres, creyendo ellos que
sus madres ya fallecidas podían haber estado en ese tipo de centros.
Están intentando tirar del hilo porque les suena que su madre en algún
momento dijo que estaba con monjas, pero nunca quiso hablar de eso.
Estoy segura que hay muchos testimonios que hemos perdido precisamente por el miedo y por eso yo creo que cada entrevista, cada publicación, cada película o cada documental es importante. Ahora que esta institución está ganando más visibilidad, yo creo que estamos llegando a más gente y tratando de romper esas cuestiones de culpa, vergüenza, estigma. El que estén todas unidas de alguna forma valida su relato personal. Es como una especie de catarsis, de liberación y de canalizar el trauma colectivo que la mayoría de ellas arrastran.
Estamos hablando de centros en los que se practicaba la tortura. Vamos a hablar claro.
Estamos
hablando de jóvenes y de niñas de entre 16 y 21 años, que eran
encerradas en un régimen de silencio absoluto en centros en los que se
las descontextualiza, se las llevaba a una región o a una ciudad que no
conocían, para que si intentaban fugarse estaban completamente aisladas
fuera de su red de apoyo. Mujeres que están en un momento vital
fundamental en el que se coartan sus interacciones con otras personas. Mujeres sometidas
a trabajos forzados, trabajos que se entienden siempre como cuestiones
femeninas, bordados, zurcidos, cualquier tipo de manufactura, y por los
que no ven un beneficio de tipo económico. Que tienen que fregar, que
tienen que limpiar en condiciones de humillación, de vejación y que
cuando se rebelan contra ese sistema encuentran castigos de tipo físico.
Quizá el castigo más conocido es cuando las llevan a salas de aislamiento, que las monjas llamaban salas de catarsis o de reflexión, como las que puede haber en cualquier cárcel y donde estas mujeres podían pasar una semana o diez días completamente solas y aisladas. Entonces sí, son tipos de torturas y de violencia diversa y a diferentes escalas, pero todas afectaron de alguna manera a estas mujeres que arrastran muchas veces problemas psicológicos.

Y ya en el colmo de la tortura estaba el robo de bebés.
Es
desde luego, la mayor vulneración de derechos humanos que se ha
cometido en estos centros. A mí siempre me gusta matizar, porque el robo
es algo que tuvo lugar en el Patronato, pero no solo en el Patronato,
sino que en otros establecimientos también tuvo lugar. Pero desde luego
el Patronato tenía centros maternales donde sucedían estos robos. Dentro
de su trayectoria tan larga, desde el 41 hasta el 85, va diversificando
la capacidad que tiene de dirigir a las mujeres a un tipo de centro u
otro. Y cuando llegaban embarazadas las llevaban a esos centros
maternales donde se las sometía a esas mismas condiciones de
humillación, de vejación, de trabajo que a las otras, pero con el
agravante de estar embarazadas. Esas humillaciones iban orientadas a
tratar de forzar la firma de una adopción. Muchas de ellas dieron a sus
hijos en adopción de manera forzada.
Y luego, los casos más flagrantes, cuando no se conseguía la firma, lo que se hacía era decirle que el bebé había fallecido y se vendía a una familia adinerada, a una familia afín al régimen.
Y
todo eso de lo que estamos hablando. ¿Está recogido actualmente en la
Ley de Memoria Democrática para reparar el dolor que han sufrido estas
mujeres?
No, esa es otra
de las demandas que hacemos desde el colectivo de investigadoras y
supervivientes, incluirlas como víctimas de la represión franquista en
un apartado específico dentro de esa ley de memoria democrática, que no
las nombra. Ahora mismo tenemos una deuda pendiente con ellas como
sociedad y como Estado. Se les debe diez años de democracia estas
mujeres. Lo mínimo es reconocerlas como víctimas de esa maquinaria
represiva franquista que se prolongó en su caso, diez años más, pero no
están reconocidas como tal.

Una institución que no cierra sus puertas hasta muy entrados los ochenta. ¿Por qué sucede esto?
Yo
creo que esto tiene que ver con que era una institución que dependía
del Ministerio de Justicia, pero que de facto, digamos, el brazo
ejecutor, eran las congregaciones religiosas. Entonces la gente no
conocía tanto el Patronato. Cuando empecé a ver cosas de la institución
en los archivos, pregunté a mis abuelas que entonces vivían y habían
sido mujeres del franquismo. Las dos me dijeron lo mismo. Me dijeron que
nunca habían oído hablar del Patronato, pero sí se escuchaba mucho que
si te portabas mal te iban a llevar con las monjas. Esa amenaza velada
formaba parte del paisaje social y cultural de España antes del
franquismo y después del franquismo. Esas congregaciones estaban tan
instaladas en las ciudades que todo el mundo sabía que había una
residencia, un refugio o un hogar regentado por no sé qué congregación
donde iban las niñas problemáticas. Entonces no se percibió tanto como
algo vinculado al franquismo, no se percibió como un exceso del
franquismo al que hubiera que señalar y al que hubiera que eliminar,
como sí sucedió con otras instituciones, sino que simplemente pasó
desapercibido. La gente sabía que estaban esos espacios, pero es que
estaban muchos de ellos incluso antes de que llegase el franquismo.
Entonces la gente lo percibió como algo natural. Por eso pasó
desapercibido tanto tiempo.
Para finalizar, ahora mismo estás
en pleno proceso de promoción del libro. Sé que estuviste otro día en un
instituto, que estuvo integrado en el Patronato, hablando con el
alumnado. ¿Qué reacción recibes de la juventud cuando les cuentas lo que
era el Patronato?
Tengo que
decir que muy positiva. La verdad es que, sobre todo en ese lugar en
concreto, que es un espacio de memoria, creo que tanto los chicos como
las chicas se fueron sobrecogidos porque es una historia que sobrecoge,
que te interpela directamente y que genera empatía con esas mujeres, con
esas supervivientes.
A pesar de lo que nos dice el CIS, con esas estadísticas que nos ponen los pelos de punta con esa nueva juventud que aboga por un pasado dictatorial, en mi experiencia, cuando voy a un instituto lo normal es que luego se acerquen grupos de chicos y chicas a decirte que les ha impactado mucho, que les ha interesado el tema y que gracias por ir a contárselo. Yo no sé si es que soy una optimista patológica, pero veo cierta esperanza o por lo menos mi percepción cuando me acerco a esa población es positiva.


