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Las pequeñas historias de la gente

Fuentes: Estrella Digital

La pasada semana ha llevado profusamente a las portadas mediáticas las figuras, las declaraciones y las decisiones de los grandes dirigentes políticos del mundo, reunidos por diversos motivos en el nordeste estadounidense. Política internacional, macroeconomía, proliferación nuclear y otros asuntos de máximo interés para la humanidad han ocultado, sin embargo, otras cuestiones no menos interesantes […]

La pasada semana ha llevado profusamente a las portadas mediáticas las figuras, las declaraciones y las decisiones de los grandes dirigentes políticos del mundo, reunidos por diversos motivos en el nordeste estadounidense. Política internacional, macroeconomía, proliferación nuclear y otros asuntos de máximo interés para la humanidad han ocultado, sin embargo, otras cuestiones no menos interesantes para muchos pueblos.

Así, por ejemplo, el golpe de Estado en Honduras ha pasado a un segundo plano, a pesar de la gravedad del hecho y de la vergüenza que debería producirnos la medrosa reacción de las democracias del mundo desarrollado. Esto no ha impedido escuchar algunas voces propugnando la necesidad de diálogo entre «las partes» (como si cuando se subleva un ejército pudiera hablarse de «partes») o incluso otorgando legitimidad al presidente impuesto por los golpistas, con argumentos parecidos a los que utilizaron los militares sublevados en España en 1936 para procesar y condenar a muerte por el delito de rebelión a quienes, precisamente, no se rebelaron y permanecieron fieles a la República. El primer deber de todo golpista consiste en deformar la realidad para intentar engañar a los que la observan desde lejos.

No solo los dirigentes políticos han recabado la atención de los medios. En el británico The Guardian Weekly se publicaron sendas fotografías en color de la ministra española de Economía, Elena Salgado, ilustrando un excelente informe sobre la política económica española, y la del ejecutivo mejor pagado del Reino Unido, cuyo nombre no viene al caso pero cuya imagen, juvenil, sin corbata y con aire a lo Richard Widmark, en nada se parecía a la de los poderosos de las finanzas que contemplamos usualmente. Pues bien, este individuo cobró el año pasado -en plena crisis económica- casi 62 millones de dólares, lo que le supuso un aumento del 65% en sus ingresos respecto al año anterior. Mientras tanto, en su empresa ( Reckitt Benckiser, dedicada a la belleza y la cosmética), como en otras tantas, se congelan salarios, se despiden trabajadores «redundantes» y se aprietan el cinturón. Como comentaba un editorial del citado semanario, salga cara o salga cruz, siempre suelen ganar los mismos.

Pues entre los dirigentes políticos que a su gusto conforman los destinos de la humanidad y los directivos de las grandes corporaciones, que solo buscan aumentar sus ganancias, se deslizan otras historias, no menos significativas, que hay que encontrar mirando a nuestro alrededor. Son las pequeñas historias de la gente. Como la de Sayed Parwez Kambajsh, estudiante afgano de periodismo, de 25 años de edad, que acaba de ser puesto en libertad en Kabul tras una larga odisea sufrida en ese país donde, con una hábil mezcla de letales bombardeos indiscriminados y de altruista ayuda humanitaria, pretendemos -los países de la OTAN- instaurar una democracia feliz y sempiterna.

Kambajsh fue detenido en octubre de 2007 en Mazar-i-Sharif, al norte del país. Se le acusaba de obtener en Internet documentación sobre la condición de la mujer en el islam y repartirla entre sus compañeros de la universidad. El asunto, en Afganistán, no es banal. La prueba es que un tribunal a puerta cerrada le condenó a muerte en enero del año pasado. Así es la Justicia en ese país donde nuestros soldados matan y mueren en acto de servicio.

Los siguientes 20 meses fueron para él una lucha agónica. Su hermano Ibrahimi, también periodista, pugnó por lograr un abogado eficaz que le defendiera y por trasladar el proceso a Kabul, donde la familia pensaba que tenía mejores posibilidades de defensa. Durante el verano pasado tuvo lugar otra parodia de juicio que concluyó en octubre con la conmutación de la pena de muerte por 20 años de prisión. Se le condenó por «herejía» -figura que no existe en el código penal- y porque, según se declaró durante la vista, su conducta en clase era intolerable: contaba chistes subidos de tono y hacía demasiadas preguntas «provocativas».

El presidente Karzai no quiso disgustar a los ultraconservadores dirigentes religiosos y complicarse así el proceso electoral, por lo que se inhibió del asunto. Tras haber ganado -entre graves irregularidades- las elecciones del 20 de agosto pasado, y a causa de la presión diplomática internacional en pro de la liberación de Kambajsh, Karzai le indultó, aunque mantuvo en secreto su decisión para no irritar a los sectores más fanatizados. «Respetamos la decisión del Gobierno afgano y nos tranquiliza la liberación del Sr. Kambajsh», se limitó a decir el portavoz de la misión de la ONU en Afganistán.

Como muchos otros que huyen del fanatismo religioso, Kambajsh se ha refugiado en Europa. Por el momento, no es probable que vuelva a ser detenido por repartir documentos bajados de Internet, por críticos que sean. Aunque, recordando la reacción del mundo musulmán ante las caricaturas de Mahoma de un dibujante danés, y las complicaciones que eso reportó a muchas personas y destacados dirigentes políticos, no se puede estar ya seguro de nada. Parodiando a Madame Roland, camino de la guillotina, podríamos decir: «Oh, religión… ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!».

Fuente: http://www.estrelladigital.es/ED/diario/231758.asp