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Los caballos de Alberti

Fuentes: Rebelión

Este mundo no es el nuevo, ni el viejo, ni el que imaginó Ernesto cuando dijo hay que endurecerse sin perder la ternura. Ni el que imaginaba John cuando dijo ingenuamente: imagina a todos los seres humanos compartiendo todo el mundo. Este mundo no es el de los girasoles, ni el de los ruiseñores, ni […]

Este mundo no es el nuevo, ni el viejo, ni el que imaginó Ernesto cuando dijo hay que endurecerse sin perder la ternura. Ni el que imaginaba John cuando dijo ingenuamente: imagina a todos los seres humanos compartiendo todo el mundo. Este mundo no es el de los girasoles, ni el de los ruiseñores, ni el de los amantes, ni el de los trabajadores, ni el de los rebeldes, ni el de los justos, ni el del Aquelarre de Zugarramurdi.

En este mundo ya no hay caballos como los de Alberti, que galopan libres por el horizonte, por el mar, por el amanecer del mundo. Este no es un mundo de caballos, ni de horizontes, mucho menos de amaneceres. Los caballos de Alberti galopaban hasta enterrarlos en el mar según dice el poeta, y no hay porque dudarlo. No en el Mediterráneo, donde los sin mundo mueren creyendo que van a un nuevo mundo. Todos tenemos el derecho a creer que vamos a un nuevo mundo cuando no encontramos nada, como aquellos que cruzan o quieren cruzar el paredón que separa a los unidos estados del norte y los estados de México. Las fronteras son muros y los muros son paredones, como en Cisjordania, en el Sahara, en Siria, en Liba, en Africa, en Asia, en América Latina, en Baltimore, en la escuelas del sueño americano, donde mueren tantos fusilados. Pero hagamos un paréntesis.

Compañeros, compañeras: ¿cómo atravesar esos paredones con los caballos de Alberti? ¿Cómo galopar por encima de los paredones? ¿Cómo hacer caer los paredones con el ruido de los cascos en la tierra? ¿Cómo hacer temblar la tierra con potradas y yeguadas rebeldes? Compañeros, compañeras: ¿ustedes creen que los caballos regresarán un día? ¿qué volverán a galopar rebeldes los caballos y las yeguas? Digo, me refiero a esos que galopaban en el viento, a eso caballos del pueblo del poeta y del poeta, que son como la historia debocada, rebelde. Digo, pregunto: ¿no será el momento de volver a galopar? ¿No será el momento de hacer galopar la palabra hasta enterrarlos en el mar? ¿No será el momento que los poetas de ahorita hagan galopar la palabra tierra adentro, mar adentro, poesía adentro, para que la palabra se levante, se rebele, salte de la silla a las calles y a los campos, como si fuera caballo o yegua del pueblo y del poeta?

Tanta palabra dirán algunos, tanta pregunta dirán otros, pero igual les sigo preguntando: ¿ustedes creen, compañeros, compañeras, que un día se pueda escuchar las olas del mar libres, sin gritos, ni llantos, sin niños que se ponen los mejores zapatos creyendo que viajan a un nuevo mundo? ¿Algún día el jinete del pueblo y del poeta galopando contra el tiempo, encontrará otro mar, otra marea? Digo, porque hoy los caballos de Alberti no galopan ni en la memoria, y no sé para qué me acuerdo de ellos entonces, ni para qué este paréntesis de preguntas.

Mejor cerremos el paréntesis y regresemos al mundo. En este mundo, la paloma de la paz es un dibujo, pobre Picaso. En este mundo la novena sinfonía y la oda a la alegría son el himno de un lugar que olvida a los otros, pobre Beethoven, pobre Schiller. En este mundo, el Che es una imagen en las camisetas, pobre Ernesto. Que triste es ese mundo, en el cual no galopan los caballos por el horizonte, no se juntan en caballada o yeguada para galopar, y solo quedan paredones en la mirada y en la palabra. Que ni siquiera aparece un esmirriado rocinante buscando uno que otro quijote perdido. Ese mundo, en el que los únicos enterrados en el mar son lo sirios, los libios, los africanos, los pobres, los ingenuos que creen que el mundo puede ser mejor, o que hay otro posible, ni el viejo ni el nuevo mundo. Ese mundo no es la tierra prometida. A nadie se le ocurriría prometer un mundo así, ni siquiera a un dios perdido en el desierto o en las iglesias, o en cualquier templo, prisionero de símbolos que solo han servido para destruir un poco más al mundo. Entonces, galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo, al sol y a la luna, galopa, que la tierra es tuya…

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.