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Tres veteranos activistas cuentan su experiencia sobre las revueltas estudiantiles y obreras en Francia

Mayo del 68, vida y militancias

Fuentes: Rebelión

En diciembre de 1967 un grupo de estudiantes ocupó la Gedächtniskirche (Iglesia del Recuerdo al Emperador Guillermo), en Berlín Occidental. Un estudiante de sociología de 28 años, Rudi Dutschke (Rudi «el rojo»), «se subió al púlpito y pronunció un discurso revolucionario», recuerda el periodista Eduardo Haro Tecglen en el libro «El 68: Las Revoluciones Imaginarias» […]

En diciembre de 1967 un grupo de estudiantes ocupó la Gedächtniskirche (Iglesia del Recuerdo al Emperador Guillermo), en Berlín Occidental. Un estudiante de sociología de 28 años, Rudi Dutschke (Rudi «el rojo»), «se subió al púlpito y pronunció un discurso revolucionario», recuerda el periodista Eduardo Haro Tecglen en el libro «El 68: Las Revoluciones Imaginarias» (El País Aguilar, 2008). Unos meses antes de la ocupación, los disparos de un policía finiquitaron al estudiante alemán Benno Ohnesorg, de 26 años, que se manifestaba en Berlín Oeste contra la visita del Sah (monarca) de Irán, Mohammed Reza Pahlevi.
Imagen: Helio Yago

El asesinato agitó las protestas de los estudiantes. En abril de 1968, fue Dutschke quien sufrió un atentado en Berlín. Un obrero de la construcción, de ideología neonazi, disparó tres balas contra el líder estudiantil, que resultó gravemente herido. Los jóvenes señalaron entre los responsables a los periódicos del grupo Axel Springer (Bild o Die Welt), y las revueltas estallaron en Berlín, Hamburgo, Frankfurt y Munich; la solidaridad con Dutschke se extendió por Nanterre y París. Los estudiantes franceses y alemanes «estuvieron todo el tiempo en contacto y publicaron manifiestos conjuntos», subraya Haro Tecglen, que cubrió los hechos de París como enviado especial para la revista Triunfo.

El autor de «El 68: Las Revoluciones Imaginarias» resume la potencia del Mayo Francés: «No sólo fue un movimiento de estudiantes, aunque éstos tomasen la vanguardia, sino que tuvo una fuerte participación obrera y un considerable apoyo burgués o de clases medias». En directo lo vivió Ximo Jordà, quien llegó a París en septiembre de 1962, a los 18 años. Emigró del municipio valenciano de Algemesí, que en la época contaba con cerca de 20.000 habitantes; en el Carrascalet, su barrio de residencia, vivían «los más desahuciados de la sociedad», recuerda en un bar del centro de Valencia. En París trabajó en dos empresas de la barriada de Faubourg Saint-Antoine (epicentro de la venta de muebles), en las tareas de pulimentación y ebanistería. Se afilió al Partido Comunista Francés (PCF), «que todos los días convocaba movilizaciones en la calle, yo no me perdía ninguna». El catalizador fue la lucha en toda Francia, pero sobre todo en París, contra la guerra de Vietnam, donde Estados Unidos lanzó entre 1964 y 1975 siete millones de toneladas de bombas y millones de litros de defoliantes, como el Agente Naranja; al menos tres millones de vietnamitas murieron en la guerra. «Lo veías diariamente en casa, por la televisión», señala el activista.

Ximo Jordà participa hoy en el movimiento de los Yayoflautas, los «hijos» y «abuelos» del 15-M, según se definen. En París empezó por un curso de marxismo-leninismo y las sesiones de formación en el local de la Confederación General del Trabajo (CGT), sindicato de ideología comunista, donde coincidió con otros militantes (también comunistas) españoles; pasó después a los Comités de Defensa de L’Humanité (CDH), constituidos en 1930 para la distribución del periódico; fundado a principios del siglo XX por el socialista Jean Jaurès, L’Humanité se convirtió a partir de 1920 en órgano oficial del PCF. «Salíamos a la esquina que tocaba, montábamos el tenderete y vendíamos el periódico; aunque fuera un domingo a las 7,30 de la mañana y nevara en París», explica el veterano militante.

Todo comenzó en el municipio de Nanterre, a 13 kilómetros de la capital. Los estudiantes salieron de la universidad en dirección a París, y «allí por donde pasaban se iban parando las fábricas, sobre todo las pequeñas pero también la Citroen», explica Jordà, afiliado entonces a la CGT; «sonaron las alarmas en el sindicato, y se dijo que la Renault no pararía, que nadie desde ‘fuera’ de la factoría traería la revolución, que los trabajadores ya actuaban todos los días desde ‘dentro’; fueron las primeras reacciones negativas del PCF y la CGT», añade; pero el 16 de mayo los obreros de la Renault en Cléon (Alta Normandía) estaban en huelga indefinida, ocuparon la fábrica y retuvieron a los directivos; las huelgas se extendieron a las factorías Renault de Flins (a 40 kilómetros de París), y a la emblemática de Boulogne-Billancourt (en la periferia suroeste parisina), con más de 37.000 trabajadores en 1969; el 14 de mayo 2.000 obreros de la Sud-Aviation, cerca de Nantes, habían ocupado la fábrica y secuestrado al director.

¿Por qué apoyaba el Movimiento de Mayo del 68 este joven emigrante comunista? «Yo compartía las reivindicaciones de los estudiantes, relata Ximo Jordà, pero fue sobre todo cuando vi cómo los policías de las Compagnies Républicaines de Sécurité (CRS) les golpeaban; la sangre me hervía; arrinconaban a los estudiantes, les pegaban patadas y se los llevaban a rastras». Pero también conocía los riesgos de implicarse en la lucha: «Como migrante, si me cogían en las protestas me llevaban a la frontera al día siguiente». Las movilizaciones llegaron al barrio de Saint-Antoine, y caminaban en dirección a la Plaza de la Bastilla; «los jóvenes iban levantando los adoquines, nunca vi una cosa igual, con un arte… Los alzaban con hierros, y en apenas dos minutos ya tenían montones de piedras por toda la calle».

Pasados 50 años, ¿cuál es el balance de las barricadas nocturnas en el Barrio Latino, de la ocupación de fábricas y la paralización de los transportes, de una huelga general -la mayor en la historia de Francia- en la que participaron entre siete y 10 millones de obreros, de las revueltas que amenazaron seriamente al general De Gaulle y al régimen de la Quinta República, y proclamaron que la cultura «es la inversión de la vida»? Ximo Jordà, de 74 años, piensa hoy que el PCF se resistió a emplearse a fondo en una acción política que tumbara al Gobierno de Pompidou; «no estaba por ésas, desconfiaba del movimiento; y tampoco supo captar en los meses previos la efervescencia de la calle; pero sí fue positivo que la CGT y otros sindicatos convocaran la gran huelga general del 13 de mayo, que bloqueó París y media Francia». El activista subraya la reacción del general De Gaulle: «Era muy inteligente, se dio cuenta de que tenía que negociar; la CGT había pedido un incremento salarial, que se logró en los Acuerdos de Grenelle (aumento del 35% en el salario mínimo y del 10% en la generalidad de los sueldos); entonces De Gaulle sentó a la patronal en la mesa negociadora para que firmara los Acuerdos, porque sabía que de ese modo desactivaba la huelga y el movimiento desaparecería».

Helio Yago tenía 15 años cuando estalló («de golpe») Mayo del 68. Había migrado a Nimes -ciudad del mediodía francés- desde Bugarra, un municipio agrícola con menos de mil habitantes en la comarca valenciana de Los Serranos. «Era muy pobre, hijo de ‘rojos’ y maltratado por ello en la escuela; mi padre fue el primero del pueblo en emigrar a Francia, con la maleta de madera». Recuerda que se organizaron los Comités de Ación de estudiantes de los Liceos (CAL), y en el Instituto de Nimes convocaron una huelga general; «colaborábamos con los universitarios, hacíamos lo mismo que ellos». Además, ya tenía conciencia anarquista: sus padres estaban afiliados a la CNT. En aquellos años «militábamos mucho junto a los trotskistas de Alain Krivine y la Liga Comunista Revolucionaria (LCR)».

El Liceo donde Helio Yago estudiaba admitía sólo a varones, y esta segregación por sexos -que se daba en todo el país- fue uno de los desencadenantes de la insurrección (en el Instituto de Nimes empezaron a estudiar mujeres en 1969, pero cuatro en un aula de 40 alumnos). «Esto nos parecía una atrocidad, además la autoridad de los profesores era intocable, casi podría hablarse de maltrato; se trataba de un sistema ‘estanco’, en el que el alumno no tenía derecho a la palabra», resume Yago, actualmente en el colectivo de Yayoflautas. Sobre el trasfondo conservador de la Universidad, Haro Tecglen cuenta de qué modo el filósofo y profesor Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) se dirigió, con un punto de ironía, a un estudiante: «En el momento de sus exámenes, hable usted de lo que quiera, pero no cite a Marx, Freud, Sartre o Lévy-Strauss; sobre todo, procure que no se note que los ha leído. Si no, va usted derecho al fracaso».

Además del carácter masivo de las manifestaciones -entre 300.000 y 800.000 personas, según las fuentes, se manifestaron el 13 de mayo en París, encabezados por los dirigentes estudiantiles y sindicales-, Helio Yago llama la atención sobre aspectos que distinguían a Francia de la realidad española; «había movilizaciones de la CGT con banderas rojas y la hoz y el martillo, a las que precedía la enseña francesa y donde se cantaba ‘La Marsellesa’; la República, en su sentido más amplio, incluido el laicismo, era ‘intocable’; también los anarquistas entonaban el himno francés». Día a día al estudiante le llegaba información de la guerra de Vietnam, el movimiento hippy, Martin Luther king o Gandhi; y por la televisión, de las movilizaciones en París. Además, «militantes de la CNT -con quienes nos encontrábamos en la Solidaridad Internacional Antifascista (SIA)- nos pasaban películas prohibidas, hechas en blanco y negro por soldados norteamericanos; veíamos las torturas, las fotografías de militares con cabezas de vietnamitas».

Los militantes trotskistas también les facilitaban abundante información. En un debate, un activista llegado de Estados Unidos les explicó cómo la industria armamentística dependía de la guerra, por lo que paralizarla dispararía el desempleo; «tienes 15 años y escuchas esto, entonces piensas ¡es demencial!»; en el libro «Guerras de Baja Intensidad» (Fundamentos, 1989), los investigadores Mariano Aguirre y Robert Matthews cifran la inversión estadounidense en la guerra de Vietnam en 300.000 millones de dólares de la época; el gasto militar de Estados Unidos representó en 2017 un tercio del total mundial.

En Nimes, igual que en París, se convocó a la huelga general el 13 de mayo. «Yo vivía en un barrio de la periferia; ese día no había autobuses, y los coches estaban parados a un lado de la carretera porque no se les suministraba gasolina», resalta Yago. También recuerda a los hijos de los huelguistas alimentándose en los comedores sociales de la CGT, después que fueran a recogerlos al mediodía; «había en la época una gran independencia sindical, subraya el activista, aunque nosotros éramos conscientes de que el PCF y la CGT iban siempre a remolque del movimiento; el PCF quería ‘orden’ y mayo del 68 era ‘desorden’; de hecho, no pudieron capitalizar lo que allí ocurrió». Observa puntos de similitud con la estrategia seguida por el PCE respecto al 15-M, a partir de 2011. En síntesis, este anarquista que llegó a Francia con seis años rebate a quienes atribuyen un fracaso a Mayo del 68: «Se cambió el sistema educativo en Francia, se introdujeron las escuelas mixtas, se abrió camino a la libertad sexual y, sobre todo, representó un gran cuestionamiento de la Autoridad».

En el libro «Revoluciones: 50 años de rebeldía (1968-2018)» (Galaxia Gutenberg, 2018), el periodista Joaquín Estefanía se hace eco de las críticas del filósofo Liberal, Raymond Aron, en sus Memorias y en los artículos del periódico Le Figaro; calificó al Movimiento de «verbena revolucionaria» y «carnaval estudiantil». Uno de quienes le respondió fue Jean Paul Sartre, «sobre todo con su presencia militante en las fábricas o en las facultades cerradas», subraya Estefanía. La revista Le Nouvelle Observateur publicó el 20 de mayo una conversación muy citada entre Sartre y el activista Daniel Cohn-Bendit, en la que el filósofo concluía: «Ustedes poseen una imaginación limitada como todo el mundo, pero tienen muchas más ideas que sus mayores». En pleno hervidero ideológico y de agitación intelectual, ¿qué pensadores estaban en boga? «Marx, Mao y Marcuse», resume el periodista en la librería Ramón Llull de Valencia, y añade al economista Ernest Mandel, uno de los dirigentes de la IV Internacional (trotskista). Según Estefanía, «fueron los quince minutos de gloria del maoísmo en Occidente; me sería difícil saber si el trotskismo tuvo o no más fuerza que el maoísmo (los dos la tuvieron), y también ejerció gran influencia Ernesto Guevara, quien ya había lanzado la consigna de crear ‘uno, dos, tres… muchos Vietnam».

Unos meses antes de que floreciera el mayo francés, Javier de Federico vivía en una buhardilla de la Isla de Sant-Louis, cerca de la catedral de Notre Dame. Le facilitaron el contacto en Francia dos amigos españoles, objetores al servicio militar. Tenía 18 años y escapó de Madrid, agobiado por una familia de «fachas absolutos», recuerda en una cafetería de Valencia. Había estudiado el bachillerato elemental en España, y en París leyó por primera vez a Freud, a los hermanos Aldous y Julian Huxley -autores de «Un mundo feliz» y «Ensayos de un biólogo»-, a Marcuse («El hombre unidimensional») y a David G. Cooper (padre de la antipsiquiatría). «Aquello fue para mí la escuela de la vida», afirma hoy. En 1967 el filósofo situacionista Guy Debord había publicado «La sociedad del espectáculo» y las obras del ‘freudomarxista’ Wilhelm Reich, quien murió en 1957 en una cárcel de Pennsylvania, circulaban con profusión.

Mientras, el joven emigrante trabajaba en lo que podía, muy poco, por ejemplo en una empresa que ofrecía servicios a un hotel y en la que doblaba todo el día servilletas. También se enrolaba en fiestas: «Había un ambiente muy callejero y de insumisión, fumábamos muchísimo y la libertad sexual prácticamente se exigía; además la represión era muy intensa, la policía francesa cargaba por ‘tonterías’; pero no todo el mundo tenía conciencia política». Después de dos años en Francia -era la época del autostop- Javier de Federico se trasladó a Holanda y Alemania.

Pero el 68 no sólo se hizo visible en París, Berlín, Praga, Berkeley, la Revolución Cultural en la China de Mao o la Ofensiva del Tet en la Guerra del Vietnam. En el libro «Los desbordes desde abajo. 1968 en América Latina» (Desde Abajo, 2018), el periodista uruguayo Raúl Zibechi aborda el proceso de luchas en la región entre enero de 1959 (triunfo de la Revolución Cubana) y septiembre de 1973 (golpe de estado de Pinochet en Chile). ¿En qué países tuvo mayor influencia la corriente «sesentayochista»? «En un sentido amplio en México -responde Zibechi por correo electrónico-, porque el movimiento estudiantil comenzó el lento declive del partido del Estado, el PRI».

Y en un sentido más general en Argentina, resalta el investigador, «porque el ‘Cordobazo’ de mayo de 1969 desarticuló la dictadura de Onganía y abrió un ciclo de luchas obreras impresionante: 15 insurrecciones y ‘puebladas’ entre 1969 y finales de 1972; quizá el mayor ciclo obrero de la segunda mitad del siglo XX en el mundo». El colaborador de los periódicos Brecha y La Jornada añade que en el 68 nacen la Teología de la Liberación y la educación popular, con los trabajos de Gustavo Gutiérrez y Paulo Freire respectivamente; y se produce el «boom» de la novela latinoamericana: «Cien años de Soledad», de García Márquez, alcanzó tiradas anuales de 100.000 ejemplares. Respecto a las diferencias con Europa, matiza Raúl Zibechi, «aquí hubo un 68 obrero, campesino, negro e indígena, porque en esos años nacen estos movimientos, que ahora tienen un impacto importante; además tuvimos la lucha armada heredera de la Revolución Cubana; entre las similitudes, hubo una revuelta juvenil y de mujeres que cambia el mundo sin tomar el poder».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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