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Movimiento obrero & socialismo colombiano

Nuestra rosa roja

Fuentes: www.elespectador.com

El autor hace un homenaje a la vida de María Cano, la única mujer de Colombia y de América que ha logrado encarnar, en un momento de la historia, toda la angustia y los anhelos de un pueblo.

María de los Ángeles Cano Márquez nació el 12 de agosto de 1887 en Medellín, en la familia de Rodolfo Cano y Amelia Márquez, con cinco hermanos. Su padre era educador, su tío, Fidel Cano, fue el fundador de El Espectador, y su sobrino y amigo fue el emblemático cronista Luis Tejada. El contexto familiar era espiritista en lo religioso, severo en lo educativo e imbuido de ideas políticas y de un ambiente cultural, en que lecturas y tertulias eran frecuentes, con asistencia de intelectuales como Efe Gómez, Abel Farina, Miguel Agudelo, Horacio Franco y Antonio J. Cano.

La familia era de la estirpe del radicalismo liberal y frecuentaban a Victor Hugo, Lamartine y a filósofos de la ilustración francesa. Perteneciente a esta familia de modesta clase media, María Cano fue hija de su tiempo y de su sociedad, que encontraron en su espíritu inquieto y versátil una disposición abierta a comprometerse en el mar bravío de las contradicciones de época. Algunos hitos a señalar explican el desarrollo de esta maravillosa mujer y líder política de los trabajadores. Su vida se inicia con el triunfo de la Regeneración, la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887. Un período de contrarreforma, intolerancia y persecución a los radicales y disidentes, con la dictadura del sable y la sotana.

Lejos estuvieron la paz y el sosiego prometidos por los arquitectos del nuevo régimen: Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, dado que se dieron dos guerras civiles, la de 1885 y la «guerra larga», la de los Mil Días, prólogo a la pérdida de Panamá en 1903. En el contexto internacional se destacan la revolución mexicana y la epopeya de Sandino en Nicaragua contra la intervención norteamericana, con el auge del nacionalismo antiimperialista en el continente. Se buscó oponerse al proceso de extensión del capitalismo bajo los nuevos bríos de Estados Unidos.

La Primera Guerra Mundial y sobre todo la revolución soviética de 1917 ejercieron una influencia decisiva sobre las aspiraciones de los trabajadores a escala internacional. La influencia de Luis Tejada en la evolución política de María Cano hacia el socialismo fue decisiva, con obras como Gotas de tinta y el Libro de crónicas. Se destacan su Oración para que no muera Lenin y un artículo sobre León Trotsky en 1923. Su producción estimuló la influencia de la Revolución de Octubre. La lucha se desató en los años veinte con inusitado brío, apareciendo la cuestión social en la conciencia y el debate de los proletarios. Se estaba sacudiendo la república conservadora, conformándose un propósito de autonomía e independencia de los trabajadores.

La década la inauguró la huelga de tres mil mujeres en la empresa textil Fabricato en Medellín, desde el 14 de febrero hasta el 4 de marzo de 1920. Su dirigente fue la «valiente obrera» Betsabé Espinosa. Esta huelga impactó a María Cano, le abrió los ojos y alertó su conciencia sobre las luchas de las mujeres de abajo. La influencia de Jorge Enrique Rodó y de José Vasconcelos moldeó el imaginario intelectual de América Latina. A lo que se suma la presencia poética de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Delmira Agostini, que van a calar decididamente en la vocación de Cano, quien formó parte de la revista Cyrano y luego se vinculó al Correo Liberal de Antioquia.

Su interés cultural la llevó a frecuentar la Biblioteca Departamental, donde se convirtió en la lectora de los trabajadores que acudían a escucharla, cada vez en forma más nutrida. De allí pasó a ser invitada a los barrios obreros de Medellín y luego a Remedios y Segovia por los trabajadores de las minas de oro. Con esta decisiva relación, comienza su praxis en las luchas populares. Se la distinguió como Flor del Trabajo en Medellín, destacándose su discurso por las libertades y contra la pena de muerte en 1925, al lado del expresidente Carlos E. Restrepo.

Asistió al Tercer Congreso Obrero Nacional como figura central el 21 de noviembre de 1926, realizado en Bogotá, del cual surgió una comisión para buscar la libertad del líder indígena Quintín Lame y del italiano Vicente Adamo, dirigente en Montería. María Cano presidió una caudalosa manifestación popular y pronunció un encendido discurso contra la patronal, el Estado y las compañías extranjeras. La escuchó el ministro de Gobierno, Jorge Vélez, quien eludió responder sobre los asuntos vitales planteados.

El discurso y la manifestación la muestran como una figura nacional de gran madurez, una líder política, espléndida figura humana, fina, bella, culta y bravía. Ya no era la Flor del Trabajo, lo era de la revolución, la Rosa Roja. Popularmente se la denominó como la Virgen Roja, un culto a su personalidad por su dedicación abnegada a las gentes del común. Su compañero de luchas y de vida, Ignacio Torres Giraldo, la describió así: «María Cano, estampa de andaluza, menudita y vibrante, tenía voz de contralto y actitud arrogante en la tribuna. Su extraordinaria facilidad de palabra y su amplia cultura le permitían enriquecer sus discursos de matices brillantes y elocuentes de contenido».

La participación de María Cano en el Partido Socialista Revolucionario (PSR), su apoyo a las huelgas del proletariado minero, petrolero, del banano, de los ferrocarriles, del río Magdalena y a los indígenas, proyectaron su carismática y audaz personalidad al corazón y mente de miles de trabajadores, contribuyendo con su acción a poner en jaque a la república conservadora. La verdad histórica es que la acción y el verbo de María Cano resultaron claves para el ocaso de dicha república.

Quien entendió bien el impacto del socialismo revolucionario fue Alfonso López Pumarejo, quien en carta a Nemesio Camacho (abril 25 de 1928), miembro de la dirección liberal, escribió: «María Cano nos ha colocado, a usted y a mí, como a los otros liberales de Colombia […] en una posición muy desairada. Confesémoslo, cándidamente. Nosotros los liberales jamás nos hubiéramos atrevido a llevar al alma del pueblo la inconformidad con la miseria.

Nos habríamos sentido hasta cierto punto culpables de la embrutecedora monotonía de su vivir aprisionado y habríamos considerado contrario a los intereses de nuestra clase enseñarles los caminos de la independencia económica, política y social». María Cano tuvo un fuerte acento feminista, que se expresó en su convocatoria por la emancipación de las mujeres en todas las esferas de la vida social y cultural.

Era afirmativa en sus llamamientos a ellas para la lucha. Ante una junta obrera, el 24 de julio de 1924, dijo: «Amigas, hermanas mías… Jamás os hablaré de resignación. Esto es apocamiento, esto es cobardía». En carta al secretario del Partido Comunista, Guillermo Hernández Rodríguez, en septiembre de 1930, rechazó las calumnias en contra suya y de sus compañeros Uribe Márquez y Torres Giraldo. Con dignidad le señala: «Entre nosotros se tiene por norma que la mujer no tiene criterio propio y que siempre obra por acto reflejo del cura, del padre o del amigo. Creo haber educado mi criterio lo suficiente para orientarme».

En la manifestación a favor de los presos políticos de Barranca, en julio de 1925, exclamó con contundencia: «Soy mujer y en mi entraña tiembla el dolor, al pensar que pudiera concebir un hijo que sería esclavo. Soy mujer y mi sangre se agita altiva al sentir el ultraje…». Tuvo el coraje de convivir en su casa con Torres Giraldo, quien además era casado y tenía un hijo, Eddy Torres, el cual se convirtió en el favorito de ella. A María Cano la acompañaron una pléyade de mujeres, como Enriqueta Jiménez Gaitán, Elvira Medina, Bertilda Forero, Clara Isabel Clavijo, Soledad Herrera, Carlota Rúa, Magdalena Soler, Carlina Mancera, Leonilde Riaño y Segunda Rentería, y las escritoras Julia Ruiz -esposa de Biófilo Panclasta-, María Eastman y Fita Uribe. Su última jornada pública, a mediados de 1934, fue en su escenario favorito: las calles en Medellín, portando la bandera de los huelguistas del Ferrocarril de Antioquia.

La acompañaba nadie menos que Manuel Marulanda Vélez, dirigente obrero del socialismo revolucionario. Con el cambio de régimen y la decisiva transformación del Partido Socialista Revolucionario en partido comunista, se dio la persecución a María Cano y a otros sectores partidarios. Había comenzado su ocaso político y su marchitamiento personal. No obstante, dejó un testimonio en sus Cartas políticas, donde analiza la crisis del socialismo y se opone con lucidez y valor a las medidas sectarias de la dirección comunista.

En estas cartas están de manifiesto sus posturas de adhesión a la Internacional, al marxismo y por la independencia de los trabajadores del bipartidismo liberal-conservador. María Cano no aceptó realizar autocríticas liquidadoras de su protagonismo y el de sus compañeros. Esos documentos quedan como una pieza acusatoria frente a los métodos y desfiguraciones del comunismo burocrático. A mi juicio, constituyen su verdadero testamento político.

Con la acción de masas beligerante y sistemática, recorriendo el país de cabo a rabo, su personalidad adquirió gran brillo y jerarquía simbólica, en medio de destacados líderes como Uribe Márquez (el «Tío Tom»), Mahecha y Torres Giraldo. Era una aguerrida combatiente por el socialismo y las libertades. Las famosas giras políticas, la prisión de siete meses en 1929 por haber combatido la liberticida Ley Heroica, la estigmatización de las clases poderosas, y su reconocimiento y liderazgo entre las mayorías nacionales, transcurren con intensidad durante siete años. Antes fueron el periodismo y la literatura, recopilados sus textos por Miguel Escobar Calle en 1985, con el título de Escritos. Llama su atención la prosa lírica modernista, que otros autores consideran que son poemas de importante validez estética.

Así elogió Luis Tejada, el 12 de febrero de 1924, estos textos: «Es una sensibilidad fina y audaz del tipo de Juana de Ibarbourou, pero María Cano tiene sin duda un sentido todavía más vivo y más intenso del color y de la forma y una mayor y más extraña esplendidez lírica». Al final, fue trabajadora humilde de la Imprenta Departamental de Antioquia, y luego, de la biblioteca que le había servido de escenario para las lecturas colectivas de las cuales era apasionada. Catorce años vividos como apostolado revolucionario y treinta y tres en el retiro y el ostracismo, hasta su muerte el 27 de abril de 1967.

La importancia de María Cano se resume con este concepto de Torres Giraldo: «María Cano es la única mujer de Colombia y de América que ha logrado encarnar, en un momento de la historia, toda la angustia y los anhelos de un pueblo. De mar a mar y del macizo andino del sur hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, llevó su voz, como campana de oro, despertando a las gentes del largo sueño de la colonia española y del nuevo coloniaje del imperialismo yanqui».

La parábola vital de María Cano es de esplendor y de tragedia. En su vida se expresa la importancia de las gentes del común, el liderazgo de mujer, el idealismo revolucionario y, al mismo tiempo, la brutalidad burocrática que destruyó más que nada la onda emancipadora de la época.

A ella se le puede recordar con su bella metáfora: «Soltad las ligaduras del águila potente y su vuelo será majestuoso, vencedor. Amigos, ¡hacia la cumbre!».


(María Cano a bordo de un vapor en Murillo, Tolima.
Fotografía de Floro Piedrahíta. Archivo del Instituto María Cano (Ismac) al cuidado de Luis Sandoval.)