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Nuevo proletariado. ¿Nuevas luchas?

Fuentes: socialismo21.net

Nuevos desafíos para las izquierdas   Tras la generalizada derrota de las organizaciones del Trabajo en la postguerra europea, el capitalismo keynesiano había logrado integrar al salariado a través del consumo y de todo un entramado de dispositivos de fidelización que al tiempo servían de medidas anticíclicas (seguridad social, ciudadanía, servicios sociales, relaciones laborales reguladas, […]

Nuevos desafíos para las izquierdas

 

Tras la generalizada derrota de las organizaciones del Trabajo en la postguerra europea, el capitalismo keynesiano había logrado integrar al salariado a través del consumo y de todo un entramado de dispositivos de fidelización que al tiempo servían de medidas anticíclicas (seguridad social, ciudadanía, servicios sociales, relaciones laborales reguladas, etc.).

El Trabajo fue, de esta manera , en alta medida encauzado mediante sus organizaciones de representación política y laboral, dentro del marco de las relaciones sociales de producción capitalistas, en una forma de regulación macrocorporatista que involucró a grandes organizaciones en representación de coaliciones de fuerza, suprasectoriales, para incidir en la estructura política en gran medida como un grupo de interés organizado, en dinámicas de negociación y de conciliación de intereses contrapuestos.

Las organizaciones sindicales mayoritarias, tras subordinarse a las necesidades de acumulación el capital, pasaron a convertirse, así, en aparatos del Estado encargados de contener, encarrilar y si era menester refrenar la contestación laboral y, por extensión, también la social.

Marco propicio para la reacción de los que se llamaron Nuevos Movimientos Sociales, que denunciarían las líneas de fractura del pacto Capital/Trabajo (explotación de género, militarización, crecientismo, división internacional del trabajo, oclusión de identidades y subsunción del yo a la producción y el consumo, etc.).

La globalización y los dispositivos del liberalismo degradado, o neoliberalismo , redujeron, sin embargo, la mayor parte de los grandes sujetos políticos de clase, género y nación, entre otros, a microsujetos. Éstos, de un radio de acción mucho más limitado y reducido por lo común a la esfera privada-colectiva, esto es, a las reivindicaciones de asuntos cercanos e inmediatos de reducida incidencia social, fueron testimonio de la generalizada pérdida de universalidad de las luchas.

El tardocapitalismo ha venido encargándose, por su parte, de truncar la trayectoria de clase de la fuerza de trabajo, aquella que aseguraba su paso desde la proletarización (o desposesión de medios de producción) a la asalarización, y una vez conseguida ésta afirmaba una escala estable y ascendente a través de la formación, la experiencia y la cualificación. En su actual fase degenerativa el capitalismo se muestra más y más incapaz de convertir proporcionalmente en clase obrera el constante incremento de masa social proletarizada.

Por otro lado, la debilidad del salariado en la esfera de la producción ha venido manifestándose pareja a su pérdida de poder social de negociación, debido a los desplazamientos constantes del capital (deslocalizaciones, inversiones con diferentes composiciones técnicas y organizativas, huida fuera de la producción…) y a la creciente sustituibilidad de la fuerza de trabajo con la incorporación al sistema mundial capitalista del Segundo Mundo, la creciente proletarización externalizada (o sin inclusión al salariado) de las poblaciones del Tercero y la consiguiente multiplicación exponencial de la potencialidad migratoria o disponibilidad para migrar de la fuerza de trabajo mundial.

Parecía que el sueño del «fin de las luchas de clase» (propagandizado como el fin de la Historia) se había hecho realidad para el Capital. Buena parte de las izquierdas clásicas se vieron impregnadas de semejante ideología del fin de las ideologías, y se prepararon para sobrevivir adaptativamente al cambiante medio político, renunciado a buena parte de sus objetivos de superación del vigente modo de producción.

 

Las izquierdas y los nuevos desafíos

Sin embargo, con el fin de la «globalización feliz» (Fernández Durán) algo comenzaría a cambiar. A lo largo de los años 90 del siglo XX empiezan a manifestarse signos de agotamiento del consenso social. Nuevos-Nuevos Movimientos Sociales (NNMS) surgirían en torno a ciertos factores aglutinantes: campaña contra la explotación infantil achacada a transnacionales como Nike, o el abuso contra la salud pública de otras como Nestlé; campañas contra el BM-FMI y la explotación de América Latina; por el 0,7%; contra la inacabable reforma del sistema educativo… dando paso a expresiones que intentaban nuevas coagulaciones colectivas o, por más que fuera en negativo, ciertas coaligaciones contra lo que no se quiere, más reactivas que proyectivas.

Expresiones de disidencia protagonizadas en buena medida por jóvenes, el nuevo proletariado a duras penas asalariado o que se vinculaba a la relación salarial en forma altamente precaria.

De esa manera los NNMS fueron dando paso a formas colectivas altermundialistas (y hasta cierto punto altersistémicas). Divulgados como movimientos antiglobalización, presentan diferentes expresiones y plasmaciones en todo el planeta. Suelen protagonizar intervenciones hechas menos como salariado que bajo la etiqueta de ciudadanos, desempleados, vecinos o incluso como comunidades identitarias, etc. Realizadas más como consumidores que como productores; llevadas a cabo en ocasiones incluso por los sectores medios o cualificados del Trabajo, pero siempre con muy escasa capacidad de incidencia en la economía productiva. Y es que cuando la esfera de la producción está ocupada más y más por no-ciudadanos (fuerza de trabajo migrante), son los ciudadanos (cada vez más no-asalariados) quienes tienen que incidir en los asuntos relacionadas con la ciudadanía (cada vez más empobrecida). Para los primeros están reservados los frutos más ácidos de la biopolítica: la gestión absoluta de su vida biológica, para que no «contaminen» al resto del cuerpo social.

También en su aspecto organizacional las formas de lucha adquieren expresiones congruentes con el capitalismo tardío («informacional») en el que nacen, cobrando vida a través de formas organizativas virtuales, reticulares (tras la descomposición de las formas físicas de reunión y organización tradicionales). De ahí la prevalencia actual de los «arcoiris», «rizomas», «redes», «webs»… formas de organización muy blanda, muy flexible, con relativamente leve operatividad y poca constancia hasta ahora, y que señalan, como ha dicho algún autor, la confluencia, al menos en parte, del «precariado» con el «cibertariado».

 

Igual que en el primer capitalismo industrial, cuando todavía no se habían creado los mecanismos de fidelización ni conseguido derechos, cuando el salariado fue confluyendo y fortaleciéndose a través de incipientes organizaciones reticulares, horizontales, la historia se repite en el capitalismo tardío degenerativo, o senil, que al arrasar con lo instituido en dos siglos fomenta en consecuencia la reproducción parcial de aquellas primigenias formas de resistencia y lucha.

Mas esos dos siglos no han pasado en vano. Hay toda una experiencia depositada en la memoria histórica de la clase que vive de su trabajo, en la conciencia del Trabajo como sujeto histórico que ha sido capaz de construir y pugnar por el referente de otro mundo posible ,  así como de generar topes al desenfreno omnívoro del capital hasta el punto de llegar a salvarle de sí mismo mediante las instituciones de regulación social y anticíclicas que se vio obligado a levantar.

Esos dos siglos, al menos esos dos, nos impiden desconocer u obviar que hay debates inaplazables, como el de las formas de organización y los pasos (la estrategia) para conseguir que las luchas del salariado confluyan con las del resto del proletariado (y dejar de una vez de encumbrar a la «ciudadanía» como el sujeto revolucionario), para hacer valer los intereses de la Humanidad-proletariado por encima de los de una clase, la capitalista [1] (a no confundir con los políticos profesionales, que no son una clase, mal que hoy todo el mundo haya olvidado el análisis marxista al respecto), no sólo cada vez más ridículamente minoritaria sino que comienza a perder en todas partes la complicidad de las otras clases.

Por eso todo lo que empieza a pasar constituye efectivamente, como proclaman tantas voces, un desafío para las fuerzas de izquierda y un toque de atención para las organizaciones obreras (tanto más para las centrales sindicales que se convirtieron en aparatos del Estado y de gobernanza).

Todo un contraargumento práxico, también, para aquellas fuerzas de la izquierda parlamentaria que como el PC (y por extensión IU), llevan años excusando la construcción de la (y a menudo incluso la implicación en la) contestación social, con el argumento de que «no hay condiciones subjetivas» o de que » las condiciones sociales no están maduras». Fuerzas institucionalizadas que han ido poco a poco volviendo la cara a la lucha social, renunciando a la que debería ser irrenunciable implicación como sujeto-movimiento en la Política integral, para concentrarse en la pelea institucional y en la disputa interna por cuotas de poder. Por eso no es de extrañar que de ella se desprendan cada vez más opciones oportunistas-populistas (Iniciativa, Compromis, Entesa, Verds…, ahora Paralelo 36, Espacio Plural, Equo, IU Abierta), ellas sí conscientes de la necesidad de articularse para ganar el espacio de la izquierda blanda, integrada, ampliarlo y atraer hacia él a los diferentes descontentos sociales.

Frente a ello es cada vez más urgente erigir fuerzas sociales y políticas tendentes a construir sujetos de clase (necesariamente recreados, sin esencialismos) susceptibles de ser potenciados a través de la imprescindible confluencia entre aquellas fuerzas, así como mediante su común reconstrucción de la Política con mayúsculas (integral), la que se hace en todos los intersticios del cuerpo social. Y que, en función de sus logros en la acumulación de fuerzas, no deben ni pueden renunciar a la política pequeña, la parlamentaria-institucional, porque es imprescindible tener presencia en todos los frentes (una pierna en cada terreno, para no caerse). Fuerzas que trabajen también con IU, con los sectores anticapitalistas que quedan en IU, pero que no dependan de esperar a su siempre aplazada «regeneración» (a que la coalición renuncie a reproducir el papel histórico del PC desde la transición que -por encima de la abnegada entrega de muchos de sus militantes- no fue otro que ser la interlocución sociopolítica de «la» izquierda ante el Capital y sus aparatos, un aparato ella misma más, mal que nos pese, de la democracia de baja intensidad juancarlista (pactada internamente pero impuesta desde el exterior), que contribuiría a marginalizar aquella contestación que se saliese de su redil, cuando no directamente a axfisiarla).

Claridad de ideas, de estrategia y de praxis, son las únicas armas contra el populismo verde y político de la «neoizquierda» autoconfinada en el marco dado de las cosas del capitalismo senil, y contra los cantos de cisne de una socialdemocracia que llega a su muerte por inanición, dado que no tiene nada que proponer una vez que el capital entra en fase decadente de acumulación.

Cuando el Capital descarta la opción reformista y renuncia cada vez más a los dispositivos de fidelización del Trabajo, las izquierdas no deben caer en la tentación autocomplaciente de argumentar que «ser socialdemócrata hoy es revolucionario», sino que deben ultrapasar esa opción, porque aferrarse a ella, con mayor o menor oportunismo, sólo conduce a quedarse fuera de los tiempos históricos en los que entramos. Rechazadas por todos.

Máxime ahora en que las chispas de movimientos como los de las sociedades árabes, el salariado griego, o el 15M en la formación socioestatal llamada «España», se hacen más tendentes a generar cortocircuitos en el sistema, proclives a que uno u otro, o la acumulación histórica de ellos, termine incendiando la contestación social a gran escala.

Porque de algo podemos estar seguras, y es de que la paz social se acaba.


[1] Logrando así e so que se llamó «dictadura del proletariado» que no es sino la democracia honda, resultante de la prevalencia de los intereses de la Humanidad frente a los de una exigua minoría empeñada en mantener un caduco sistema de explotación del ser humano por el ser humano, como es el capitalista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.