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Para leer a Rousseau

Fuentes: El Viejo Topo

Cuando, en 1742, J.J. Rousseau llegó a París para presentar a la Academia una nueva notación musical, D´Alembert era un joven matemático y Diderot se dedicaba a hacer traducciones del inglés. Voltaire (nacido en 1694) era ya entonces casi una leyenda en París. Hacía años que había conocido el éxito, primero con su Edipo (1718), […]

Cuando, en 1742, J.J. Rousseau llegó a París para presentar a la Academia una nueva notación musical, D´Alembert era un joven matemático y Diderot se dedicaba a hacer traducciones del inglés. Voltaire (nacido en 1694) era ya entonces casi una leyenda en París. Hacía años que había conocido el éxito, primero con su Edipo (1718), luego con la primera versión de La Henriade (1723) y más recientemente con las obras que publicó al regresar de su estancia en Inglaterra (1726-1735), las Cartas filosófícas y los Elementos de la filosofía de Newton, (1737). Voltaire era, sin embargo, una leyenda incómoda, aclamado por unos y temido por otros. Precisamente aquel mismo año en que Rousseau se instalaba en París y entraba en contacto con D´Alembert, 1742,Voltaire publicaba una de sus obras más escandalosas, Mahomet, inmediatamente prohibida por el Parlamento de París.

El ambiente con el que se encontró Rousseau a partir de esa fecha era este: una gran influencia de la cultura inglesa al menos en dos ámbitos, el científico natural y el de la filosofía moral y política, como se hace evidente estudiando, por una parte, los orígenes de la Enciclopedia y por otra las obras más difundidas de Voltaire y de Montesquieu en aquellos años. Todavía hay otra cosa que reforzaba aún más la influencia de la cultura inglesa en la Francia de la época: el eco que había dejado la traducción al francés (1736), por Mme de Chatelet, de La fábula de las abejas de Mandeville, un autor de origen suizo trasladado al Reino Unido. Diderot y D´Alembert entraban entonces en el comité de redacción de la Enciclopedia; Voltaire, primero prohibido, estaba siendo ya reconocido oficialmente como historiador del rey (Luis XV) y entraba en la Academia francesa, aunque mientras tanto viajaba por Holanda y Prusia al servicio del otro polo de atracción de los ilustrados: el rey filósofo, Federico II. Cuando llega aParís, J.J. Rousseau, que apenas tiene 30 años, es, en cambio, un desconocido. Llevaba a sus espaldas una vida de desgracias, privaciones e insatisfacciones desde la infancia.

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