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Petronor-Repsol: la transición que no transforma nada

Fuentes: Naiz

La llamada «transición energética» en Euskadi tiene un nombre propio: Petronor. Y un apellido: Repsol. Lo que no tiene es coherencia, ni honestidad, ni voluntad real de reducir emisiones. Lo que está ocurriendo en Muskiz, Abanto y, también en Las Karreras no es una transición: es una reconversión extractiva financiada con dinero público, diseñada para prolongar el negocio fósil y blindar la posición de una multinacional que opera con la misma lógica aquí que en Venezuela, donde aspira a triplicar la extracción de crudo con el beneplácito de Washington. El «relato verde» es la coartada. El negocio es el de siempre. Y el coste lo paga la ciudadanía, la de aquí y la de allí.

Muskiz-Abanto: zona de sacrificio

En Muskiz, Abanto, Las Carreras y todo su entorno, la transición energética se parece demasiado a una ocupación industrial. Los hechos son verificables: 1) Electrolizador de 100 MW. Coste: 292 millones, de los cuales 160 millones procederíann de fondos europeos NextGenerationEU. Capacidad prevista: 15.000 toneladas anuales de hidrógeno «verde». Emisiones supuestamente evitadas: 167.000 toneladas de CO₂ al año. Todo ello en una refinería que sigue procesando petróleo a gran escala.2) Tres electrolizadores previstos en total en el complejo de Petronor. El hidrógeno producido se usará principalmente para la propia refinería, no para descarbonizar Euskadi.3) Variantes viarias que destruyen huertas, campas y zonas verdes. Muros de hasta 14 metros, falsos túneles de 700 metros, rotondas sobredimensionadas. Todo ello para facilitar el acceso al Parque Tecnológico y la logística del hidrógeno.4) Líneas de alta tensión de 132 kV y 400 kV atravesando bosques, viviendas, colegios y zonas de ocio. Más de 12 kilómetros de tendido y 32 torres eléctricas nuevas. Y 5) Hidrolinera con licencia para operar 365 días, 24 horas, con camiones cisterna circulando por el municipio.

Todo esto en un municipio de menos de 5 km² ya saturado por la refinería, la autovía, el ferrocarril y las subestaciones. Todo esto en un barrio con menor esperanza de vida y mayores tasas de enfermedades respiratorias que la media vasca. Las instituciones lo llaman «progreso». Los vecinos lo viven como un experimento a costa de su salud y su entorno.

La arquitectura del greenwashing

El Corredor Vasco del Hidrógeno (BH2C), una iniciativa público-privada que ha sido destacada por la Comisión Europea como ejemplo dentro de los ocho mejores proyectos de «valles de hidrógeno» del mundo, es la pieza que faltaba para entender el engranaje completo. Se presenta como «ecosistema industrial», pero funciona como plataforma de lobby para captar fondos europeos y legitimar proyectos que no reducen emisiones. Los datos son claros: 71 organizaciones forman parte del BH2C: 50 empresas, 14 centros tecnológicos, 7 instituciones públicas. Entre sus actores principales se encuentran Petronor/Repsol, Iberdrola, Sener, H2Site… y declaran tener 50 proyectos activos que dependen de financiación europea para materializarse. Según estimaciones sectoriales, aunque no está documentado en fuentes públicas, solo cuatro actores (Iberdrola, Petronor, Sener y HyFive) habrían absorbido 40 millones de fondos NextGenerationEU.

El BH2C exige más dinero público, más flexibilidad regulatoria, más prioridad institucional, más infraestructuras y más territorio. Todo ello para sostener un combustible que Europa ya está abandonando. El BH2C no es un corredor energético: es un corredor presupuestario. Un mecanismo para canalizar dinero público hacia empresas que siguen dependiendo del petróleo.

El hidrógeno verde: la gran ficción europea

Mientras el Gobierno Vasco y la Diputación venden el hidrógeno verde como la llave del futuro, Europa ya ha empezado a retirarse en silencio. Alemania ha comprobado que es un vector ineficiente y ha abandonado proyectos clave tras comprobar su inviabilidad. Repsol ha cancelado proyectos en Puertollano. La Comisión Europea mantiene los fondos por inercia, no por convicción.

Antonio Turiel, reputado físico e investigador del CSIC, ha expresado por activa y por pasiva su escepticismo sobre el hidrógeno como solución mágica de descarbonización, calificándolo de tecnología inamadura con altísima perdidas energéticas (hasta del 90% o más de su uso final). Turiel lo explica con claridad meridiana: «la producción de hidrógeno por electrólisis pierde el 50% de la energía en el proceso antes de comprimir, otro 10% en la compresión, y entre el 10% y el 20% en el transporte en vehiculos pesados y en el uso final. El resultado es un combustible caro, ineficiente y técnicamente inviable para sustituir al gas o al diésel.

Por tanto, el hidrógeno verde no es una solución energética: es una solución contable. Permite a Repsol maquillar emisiones, captar fondos europeos y presentarse como actor «verde» mientras mantiene intacto su negocio fósil. Y mientras aquí se levantan electrolizadores, allí −en Venezuela− se negocia la extracción de crudo para abastecer a Estados Unidos. La transición vasca se financia con dinero público, pero la reconversión extractiva se ejecuta sobre un país extranjero.

Repsol: sanciones y abusos

Y no solo eso. La CNMC acaba de sancionar a Repsol por manipular precios durante el shock energético de 2022. Subió el precio mayorista del gasóleo A a sus competidores mientras ofrecía descuentos en sus propias estaciones. Es decir, incumplió la Ley de Defensa de la Competencia y el artículo 102 del Tratado de Funcionamiento de la UE. Como sanción adicional, seis meses sin poder presentarse a licitaciones públicas de suministro de gasóleo A. Y todo ello en el marco de una estrategia diseñada para asfixiar a las gasolineras de bajo coste y ampliar su cuota de mercado.

Es decir: una empresa sancionada por prácticas abusivas es la misma que dirige la transición energética vasca. Y lo hace con el apoyo explícito de la Diputación de Bizkaia, del Gobierno Vasco, del Gobierno español y de la Comisión Europea, todos ellos financiando, legitimando y acelerando proyectos que no reducen emisiones, pero sí consolidan el poder de una multinacional que opera por encima del interés público.

Imaz: la diplomacia del barril

Mientras en Euskadi se vende la imagen de una empresa «verde», su CEO, Josu Jon Imaz, se pasea por Washington ofreciendo triplicar la extracción de petróleo en Venezuela: de 45.000 a 135.000 barriles diarios. No para garantizar la transición, sino para garantizar el suministro fósil a Estados Unidos.

En la Casa Blanca, Imaz no habla de descarbonización. Habla de barriles. Habla de permisos. Habla de inversiones en el «Golfo de América», ese lapsus revelador que muestra su elasticidad identitaria: vasco en Euskadi, patriota energético en Madrid, súbdito agradecido en Washington.

Y mientras aquí se levantan electrolizadores, allí se negocia el saqueo de un país extranjero. Mientras aquí se habla de futuro verde, allí se pacta la continuidad fósil. Mientras aquí se pide sacrificio ciudadano, allí se ofrece petróleo barato al imperio. La transición energética vasca está dirigida por alguien que no cree en ella.

Las instituciones: colaboracionismo y silencio

Gobierno Vasco, Diputación y ayuntamientos han actuado como facilitadores, no como reguladores. Han troceado proyectos para evitar evaluaciones globales. Han ignorado sistemáticamente alegaciones ciudadanas. Han aprobado licencias exprés, convertido la participación pública en un trámite vacío y dado prioridad absoluta al interés empresarial.

El Gobierno español ha canalizado fondos europeos hacia proyectos que no reducen emisiones. La Unión Europea ha financiado infraestructuras que funcionan como subsidios al greenwashing, mientras la ciudadanía queda fuera del encuadre, Invisible. Prescindible.

Todo esto no es transición, es reconversión extractiva. Y lo que ocurre en Muskiz no es un error. Es un modelo. Un modelo que combina extractivismo local, colonialismo energético en Venezuela, captura institucional, greenwashing europeo, y un relato diseñado para ocultar que nada esencial está cambiando.

Petronor–Repsol no está descarbonizando Euskadi. Está reconfigurando su negocio fósil con dinero público y relato verde. Y lo hace con la complicidad activa de las instituciones que deberían proteger a la ciudadanía.

Antonio Aretxabala, geólogo y divulgador científico, lo expresa claramente: «No existe ninguna transición. No hay sustitución. Solo se añaden nuevas fuentes de energía. Y por ello, el concepto de transición energética ni siquiera es científico. En ningún momento de la historia hubo una sustitución de nuevas fuentes. El carbón no sustituyó a los esclavos, ni el petróleo al carbón, ni el gas ni las modernas tecnologías de captación de energía solar o eólica».

Pero, lo más grave de todo esto, es que la transición energética no puede ser dirigida por quienes han construido su poder sobre la destrucción del territorio, la manipulación del mercado y el saqueo de recursos ajenos.

Si seguimos delegando nuestro futuro en quienes confunden la transición con una operación de marketing, lo único que quedará en pie será el decorado industrial. Y la certeza, demasiado tardía, de que el futuro verde nunca fue más que un eslogan.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/petronor-repsol-la-transicion-que-no-transforma-nada