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Sobre el Fascismo

Fuentes: Pueblos

Cuando a principios del siglo XIX se luchaba por los sistemas liberales de forma airada, las dos revoluciones europeas, de 1830 y 1848, supusieron una ruptura al acabar con la cadena que ataba al ciudadano al núcleo del poder; el individuo buscaba su libertad, su derecho a una elección legítima al margen de condicionantes. La […]

Cuando a principios del siglo XIX se luchaba por los sistemas liberales de forma airada, las dos revoluciones europeas, de 1830 y 1848, supusieron una ruptura al acabar con la cadena que ataba al ciudadano al núcleo del poder; el individuo buscaba su libertad, su derecho a una elección legítima al margen de condicionantes. La emergencia de una burguesía, nacida en el marco de una catarsis industrial, eclosionó en la sociedad del bienestar, merced a las luchas sociales y los movimientos de izquierdas y, gracias a ellos, hoy gozamos de unos derechos que han permitido el desarrollo de la sociedad, pero sólo hasta ahora; hasta el denostado comunismo contribuyó con su sentido igualitario a impulsar reformas sociales y políticas de gran calado social.

Sin embargo el sistema parece dar síntomas de agotamiento. Para empezar no parece haber resuelto el problema de la subsistencia en los países del tercer mundo sino que conforme la cultura occidental se ha ido extendiendo, ha ido creando bolsas de pobreza y ahora sólo el 33% de la humanidad tiene derecho a unas condiciones dignas de vida y a un nivel de renta lo suficientemente alto; si a esto le añadimos la crisis energética, de la que nadie se atreve a hablar (se calcula que los recursos petrolíferos comenzarán a dar signos de agotamiento dentro de 40 ó 50 años, siendo muy optimistas, y las energías alternativas no han sido lo suficientemente investigadas como para ser las nuevas fuentes de la civilización humana), la tecnificación que se va imponiendo en todos los sentidos de nuestra existencia, reduciendo la mano de obra, la globalización económica, basada en los fundamentos del liberalismo, la reducción del papel del Estado a través de la limitación en políticas sociales, la bajada de impuestos, la libre circulación de las empresas, lo cual repercutirá en el menor coste por trabajador, no es de extrañar que la palabra crisis se haya convertido en tabú. Ya son cosas cotidianas la temporalidad laboral, la precariedad económica, la dificultad absoluta para acceder a una vivienda y la inseguridad creciente de una masa de población cada vez mayor, que ve peligrar su papel de clase media, etc…

¿Cuánto hemos aprendido realmente en estos 200 años? ¿Qué lección hemos sustraído de dos aparatosas guerras mundiales en las que el fascismo hacía acto de presencia de forma atroz? ¿En qué hemos convertido la democracia? Algunas hipótesis apuntan a que la técnica ha llegado a la política hasta el extremo de subyugar los principios morales a los económicos. La constitución europea, de ser aprobada, convertirá en ley este postulado, la democracia será sólo útil para consolidar la globalización, el interés de las grandes multinacionales y la burocracia creciente en pro de una disminución del Estado a favor de una dinámica sin trabas que haga crecer la idea del liberalismo económico hasta niveles desconocidos, con un individuo libre, sólo en teoría. Sabemos bien o deberíamos ser conscientes de que en realidad casi nada de lo que poseemos es imprescindible, ni tan siquiera necesario y el valor intrínseco de las cosas es insignificante comparado con lo que se considera el éxito en la sociedad de consumo.

El fin de los medios de comunicación es hacernos creer que sólo somos nosotros quienes tenemos la salvación de nuestras vidas, que hay que incorporarse al sistema para ser aceptados como tales mediante enseñas materiales, que somos felices…. Me hace gracia esa imagen despreocupada del americano medio, orgulloso de su país y su bandera, siempre listo para servir y conservar el motor de su sociedad, la economía salvaje, después de pensar que hemos llegado al clímax de la evolución. Está claro que el ser humano requiere cada vez menos de la cultura y más del hábito de consumir y tener cada día algo distinto para sentirse vivo; la comunicación pasa a un segundo plano, después de todo tenemos miles de roles esquematizados en nuestra cultura occidental y jugar a ellos es muy fácil, no es necesario ni tan siquiera decir la verdad, tanto que ésta a veces pierde todo su sentido y es lo que dice o se escucha por los mass media lo que se convierte en dogma absoluto, por más que la realidad se empecine en decirnos una y otra vez que no es así, tomando ejemplos ridículos para creernos nuestras propias mentiras, así hasta el exterminio.

Todo este modelo de la mentira, que llega hasta nuestras antenas de televisión y radio, por el momento, reduce nuestra visión y encierra en nuestra propia fortaleza: la realidad queda mucho más allá, y en la medida en que nuestras aspiraciones como seres presuntamente racionales se alejan de los logros conseguidos, nos empecinamos en principios cada vez más caducos, algunos tan antiguos que llevan siglos con nosotros y no nos damos cuenta. La fe en un Dios que nos elige y escoge, muy de moda en los Estados Unidos, es el ejemplo más peligroso, hasta el punto de que habría que remontarse al siglo de las cruzadas para ver algo semejante, en nombre de un terrorismo del que no se es responsable y que no hubiera surgido si todas las naciones del mundo tuvieran derecho a mantener su propia cultura y ritmo de evolución legítimos, si cada ser humano hubiera podido buscarse su modo de vida en el lugar donde vive, tomado de la naturaleza.

Llegamos así al punto en que el sistema se defiende a sí mismo, no tolera que lo destruyan ya que de él depende el sostenimiento de la civilización humana tal como la conocemos hoy en día y, de reparar el daño, habría que modificar todos los principios que hemos adoptado, renunciando a la mayoría de ellos, a las religiones intolerantes, a la aceptación de los hechos como consecuencias que surgen por que otros los provocan, no nosotros con nuestra cerrrazón y a la lógica del dinosaurio, que en el fondo es la nuestra.

Esa falta de realismo nos hace peligrosamente ciegos y poco de los que creemos tiene sentido, viviendo en un mundo de fábula.

El hecho de ganarse la vida es inverso en el sentido de que el sistema económico no requiere de personas sino de productores y consumidores, dentro de un esquema de esclavitud si queremos formar parte de la sociedad, de otro modo no habrá más dirección; el empobrecimiento de la clase media es creciente, el capitalismo requiere de cierta producción para mantenerse a flote, de otro modo desfallece y se lo traga todo con tal de subsistir, llevándose la dignidad de los seres humanos, sumiéndolos en la cobardía, el miedo, la resignación (no basada en la voluntad de Dios como hace siglos sino en el capricho de los poderosos, lo cual no sé si es más absurdo) y la sumisión de por vida. No es otro el fin de muchas de las empresas, las cuales practican técnicas fascistas como el mobbing, la explotación absoluta y bajos salarios que responden a la necesidad de reducción de costos laborales cada vez mayores para poder seguir sosteniéndose de forma endeble y cada vez con más prepotencia. Nuestra vida ya no depende de nuestras habilidades ni valores humanos sino del uso que podemos hacer al sistema económico, aunque el jefe sea un inepto y en realidad no sepa valorar el esfuerzo y la experiencia, otra forma de negar la evidencia e invertirla.

En ese contexto es difícil el sostenimiento de los gastos sociales por parte del Estado. La crisis, que aún no ha sido declarada, afecta a las formas de gobierno, el dominio creciente de grupos cerrados y la democracia no funciona; no existe libertad suficiente para decidir cómo será tu vida y finalmente el ser humano se acostumbra a su rol de recluso social y, si la sociedad no demanda ni protesta, son otros los que ejercen sus derechos olvidados.

Volvemos así a los viejos tiempos en que los políticos y la clase burócrata confunden sus intereses con los de los demás y deciden en nuestro nombre sin tener derecho a ello, se burlan de las instituciones democráticas y llegan a utilizarlas para sus fines totalitarios. Para ello no hay mejor receta que la miseria y la incultura galopante, la asociación con los mass media para que no haya protestas sociales de interés y la manipulación, la mentira y el miedo, si fuera necesario.

Estados Unidos, Rusia y otras naciones están a un paso de convertirse en países fascistas que defienden su identidad nacional por encima de todo en una revolución por defender lo poco que queda, llegándose a una radicalización inclusive religiosa en que el tabú va impregnando la vida cotidiana y les hace merecedores del derecho a extender la democracia por todo el mundo, derrotando y matando a quien les moleste y suponga una duda sobre sus pretensiones. Así, de Hitler a ahora apenas hemos aprendido: más de 100.000 muertos en la guerra de Irak, Sharon convirtiendo Palestina en un gueto, Putin en una política absurda de cerrazón de fronteras y orgullo nacional exacerbado, Bush con sus pretensiones de extender su voluntad a los iraníes con la intención de apropiarse del petróleo de Oriente Medio, la constitución europea y el debilitamiento de la voluntad del parlamento (artículo 396), etc…

Al menos en la Alemania nazi el fin estaba claro y no se escondían en adivinanzas como estos nuevos dictadores elegidos, al igual de Hitler, por pueblos vapuleados por el absurdo y la manipulación de unos medios que no se sabe si responden a los deseos de los gobernantes o si éstos obedecen a los que siguen vampirizándose en sucios intereses. Siempre ha sido el fascismo un fenómeno de supervivencia, pero ahora lo es también de masas.

Consecuencia de ello, la cultura como forma de convivencia, respeto y desarrollo pierde su valor y pasa a ser un inconveniente serio ya que el citado cambio de principios, tan necesario en este siglo recién estrenado no puede proceder de otra vía. Por ello no es extraño que se convierta en producto de consumo y modelos de conducta en los que el mecanismo de pensar desaparezca. La red de supina ignorancia se extiende así, el arte deja de ser algo necesario y tu voluntad no será tuya sino de quien te deje que la tengas.

Las ideas, de ese modo, pierden su peso, alguien ha decidido para ti lo que has de hacer, lo que te será permitido en la uniformidad de guante blanco, si es que tienes la suerte de ser un ciudadano de primera, porque, los hay que no tienen tal consideración y éstos tienen que ser exterminados como lo fueron más 8 millones de judíos hace sesenta años. Claro que de eso no se habla y la igualdad no es tan importante. En realidad nadie tiene derechos salvo que los pueda ejercer sobre otros y las experiencias, los sufrimientos pasados, no tienen peso ni sirven para superar los problemas actuales. La estética ha de ser útil y rentable, si no, es un anticuario.

Dicho esto, llegamos al fascismo sociológico, donde no hacen falta cámaras de gas y las guerras surgen de forma impune como contrapartida, en el nombre de Dioses fanáticos. Ya permitimos que millones de niños mueran de hambre y Occidente lo tolera, de ahí a matar y odiar por simples caprichos sólo hay un paso: la amenaza del fin de la cultura occidental.