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Urdaibai: la lucha por el relato

Fuentes: Rebelión

El escritor George Orwell lo expresó bien claro: “Quien controla el pasado, controla el futuro”. En Urdaibai, el Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia intentan reescribir nuestro pasado inmediato para no aparecer como derrotados. Así, tras enterrar su ocurrencia de construir, con dos sedes, un Museo Guggenheim en la Reserva de la Biosfera, intentan ahora sepultar la verdad cambiando la lápida de su tumba: “Aquí yace un proyecto”, cuando en realidad, lo que yace, es su propio fracaso. Y como buenos enterradores del verdadero relato, cubren el cadáver con tierra fresca para que nadie note el hedor, confiando en que, con el tiempo, la maleza del olvido haga desaparecer la fosa común donde esconden sus propios errores. Y es que la batalla por el relato es, después, de la propia lucha, lo más importante en cualquiuer confrontación entre agentes de muy distinto signo como son, en este caso, las instituciones, por un lado, y la sociedad civil, por otro.

Desde el anuncio el pasado 16 de diciembre de retirada del proyecto por parte del Patronato y de las instituciones que lo controlan (algo que ya se barruntaba hacía meses) hasta las “rebajas de enero” en que nos encontramos, estamos asistiendo a todo un ejercicio de poder en términos de declaraciones que se sitúan en la línea de darnos gato por liebre en una especie de renovado “día de los inocentes” cotidiano.

“Aquí yace un proyecto”, han escrito en la lápida, como si el “muerto” fuera solo el Museo y no la credibilidad de quienes lo impulsaron. Pero el engaño no termina en el entierro. Porque el Poder, cuando fracasa, nunca se retira: muta. Y ahora, tras haber intentado colarnos el proyecto, pretende colarnos también su versión de los hechos. Primero nos quisieron imponer la obra; ahora nos quieren imponer el relato.

Es el doble truco del prestidigitador político: con una mano retiran el cadáver, con la otra manipulan la memoria colectiva. Y mientras nos distraen con palabras como “dificultades técnicas”, “procesos judiciales que se alargarían en el tiempo”, lo que realmente buscan es borrar las huellas de su derrota y sustituirlas por una verdad oficial, pulida, domesticada, apta para consumo institucional.

Porque el Poder no solo construye autovías, subfluviales o museos (todo con nuestro dinero) sino que construye narrativas (también con nuestro dinero). Y cuando una obra se hunde o un proyecto como el del Museo Guggenheim en Urdaibai se retira, levanta otra más urgente todavía —la obra del relato— para que nadie recuerde quién abrió el inmenso agujero de una propuesta que tendría que figurar en los anales de la Historia de las Chapuzas a nivel planetario.

Y si han tenido que necesitar nada menos que diecisiete años para darse cuenta de que el citado proyecto adolecía de “dificultades técnicas”, qué no habrán necesitado para inventarse ahora las excusas. Porque, según el nuevo evangelio institucional, el Guggenheim Urdaibai no lo ha parado en buena medida el rechazo social —no, faltaría más— sino una súbita iluminación administrativa: “era inviable en un plazo razonable de tiempo”.

Qué casualidad que esa inviabilidad haya aparecido bastante tiempo después de que la sociedad organizada les pusiera un espejo delante. Pero no, ahora hay que inventarse cualquier cosa en forma de “razones técnicas”, “demoras en la justicia”, la alineación de Saturno con Murueta… cualquier cosa menos reconocer que la ciudadanía, la validez de los propios procesos judiciales y el hartazgo de la matriz neoyorkina del Museo Guggenheim ante el chapucerío de un proyecto sin pies ni cabeza les han frenado en seco.

Mientras la diputada general asegura que “no tiene sensación de derrota”, uno entiende por qué: para sentir derrota primero hay que aceptar la realidad, y aquí la realidad se gestiona como un residuo tóxico, como el lindano: se encapsula, se entierra y se etiqueta como “aprendizaje”.

Porque ahora resulta que todo ha sido un “aprendizaje”. Diecisiete años de ocurrencias, improvisaciones, cambios de normativas, tiempo perdido de funcionarios… y la conclusión es que “algo hemos aprendido”. Aprendido, sí: que cuando un proyecto hace aguas, siempre se puede culpar al oleaje.

Y qué decir de esa frase memorable de Etxanobe, la diputada general: “Solo teníamos el concepto de lo que queríamos, quizá eso ha sido un problema. Que lo que teníamos era solo la voluntad”. Traducido: no había proyecto, no había plan, no había estudio serio… pero había voluntad. La voluntad es maravillosa para plantar tomates, no para levantar un museo en una Reserva de la Biosfera.

Luego está la teoría sociológica exprés: “Había gente radicalmente en contra, otra a favor, y quien no quería hablar por miedo”. El miedo, siempre el miedo. El miedo como comodín. El miedo como cortina de humo. Pero qué curioso: el único miedo visible era el de las instituciones a escuchar lo que no querían oír. Eso sí, la diputada general hace una igualación de todo (algunos estaban en contra, algunos a favor y otros que no hablan por miedo), pero lo que oculta son los porcentajes de esas tres opciones y que la mayoritaria (por goleada) era contraria al proyecto, algo que se sabía desde el principio sin necesidad de montar el “numerito” de la supuesta “escucha activa”.

Y cuando ese remedo de consulta ciudadana—que además “no era vinculante”— mostró un rechazo mayoritario, entonces sí: “Hay gente radicalmente en contra, pero otra que quería conocer el proyecto y dice que algo hay que hacer”. Es decir: si la gente dice no, es porque no ha entendido; si dice sí, es porque es sensata. La democracia interpretativa: el resultado siempre se ajusta al guion.

Y por supuesto, la culpa es de otros: “Algún partido ha estado interviniendo permanentemente en la zona”, apunta con el dedo acusador la diputada general. Y es que siempre hay un “villano útil”. Siempre hay alguien que “capitaliza injustamente lo ocurrido”. Porque, claro, la sociedad organizada no puede tener criterio propio: siempre tiene que haber un titiritero detrás.

Otra joya: “Era un proyecto de país, no solo se debe atender a los vecinos de la zona”. Ahí está la esencia del relato: cuando la gente molesta, se la convierte en un obstáculo local frente a un sueño “nacional”. Pero qué sueño es ese que necesita imponerse a quienes viven en el territorio que pretende transformar.

Y así, entre excusas, desvíos, aprendizajes y culpas ajenas, se va construyendo el nuevo relato: no fue un fracaso, fue un imprevisto; no fue rechazo social, fue mala suerte; no fue imposición, fue voluntad; no fue chapuza, fue aprendizaje.

Pero la verdad —esa verdad que el Poder intenta enterrar bajo tierra fresca— es mucho más simple: el proyecto cayó porque no se sostenía, y ahora intentan sostener el relato para que no caiga con él la imagen de quienes lo impulsaron.

Todo esto nos lleva a colegir que el Poder nunca descansa, solo muda su piel. Que en su propia Naturaleza lleva el rechazo a perder, porque tiene una capacidad camaleónica para sobrevivir a sus propios desastres. El Guggenheim Urdaibai ha muerto, sí, pero el Poder ya está abriendo otra carpeta, otro proyecto con nombre en clave, aunque todavía no sepamos si lo llamarán “proyecto tractor”, “iniciativa estratégica”, “revitalización territorial” o “innovación cultural de país”, pero el objetivo será el mismo: volver a intentar lo que no han conseguido esta vez, solo que con otro disfraz.

Porque cuando la diputada general afirma, con una serenidad casi mística, que “no tiene sensación de derrota”, uno entiende que no la tenga: para sentir derrota hay que haber luchado por algo real, no por una ocurrencia envuelta en titanio. Y cuando añade que “nuestra obligación es poner proyectos sobre la mesa y a veces salen y otras no”, lo que en realidad está diciendo es: si este no ha colado, ya colará el siguiente.

Y así funciona la maquinaria: muerto el proyecto, viva el proyecto. Muerto el Museo, viva su posible ampliación digital, como ha dejado caer Miren Arzalluz. Muerto el titanio, viva el holograma. Muerto el Guggenheim Urdaibai, viva el Guggenheim 3.0, 4.0 o el que toque. Porque el Poder nunca se queda sin ideas: se queda sin vergüenza, que es distinto.

La diputada general también lo ha dejado caer, como quien no quiere la cosa, en una frase que debería estudiarse en las Facultades de Ciencia Política: “Pensar cómo hacemos para que el Guggenheim siga siendo una institución referente de nuestro país, con una ampliación física u otro tipo de iniciativas. Igual no hacen falta metros cuadrados y se soluciona con medios digitales.”

Ahí está la semilla del próximo invento. Cuando el titanio falla, llega el píxel. Cuando la obra física se hunde, aparece la obra virtual. Cuando la sociedad dice no, aparece la “innovación”. Cuando el territorio se defiende, aparece el “proyecto de país”.

Y así, mientras nos entretienen con el cadáver del Museo, ya están diseñando el siguiente truco de prestidigitación. Porque el Poder no descansa: hiberna. Y cuando despierta, lo hace con un nuevo relato bajo el brazo, un nuevo PowerPoint, un nuevo vídeo promocional, un nuevo eslogan que promete “revitalizar la comarca” mientras prepara el terreno para la misma operación de siempre: atraer turismo masivo, especular con el territorio y convertir Urdaibai en un parque temático rentable para unos pocos.

Lo más perverso es que lo harán diciendo que “la ciudadanía lo pidió”, que “la escucha activa lo avala”, que “algo hay que hacer”, que “no podemos quedarnos quietos”, que “Urdaibai merece un futuro”. Claro que merece un futuro. Lo que no merece es otro engaño envuelto en celofán institucional.

Pero lo verdaderamente inquietante no es que intentaran colarnos un museo imposible. Lo inquietante es que ahora intentan colarnos su versión de lo ocurrido. Primero quisieron transformar Urdaibai; ahora quieren transformar nuestra memoria.

La sociedad ya ha aprendido algo que el Poder no quería que aprendiera: que cuando la ciudadanía se organiza, el Poder tiembla. Y por eso necesitan reescribir la historia, diluir responsabilidades, inventar miedos, repartir culpas, fabricar equidistancias y convertir su derrota en un acto de supuesta prudencia institucional.

Pero no. La verdad es otra. La verdad es simple. La verdad es meridiana: el Guggenheim Urdaibai no murió por inviabilidad técnica. Murió porque la sociedad lo finiquitó. Y ahora el Poder intenta matar también la verdad.

Txema García, periodista y escritor

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.