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Entrevista a Vanessa Freixa, artista y activista por la ruralidad

«El capitalismo ha acabado con el campesinado, último reducto de autonomía frente al consumismo»

Fuentes: Naiz

Hace más de una década que Vanessa Freixa cambió la vida urbanita de una artista por una borda y siete ovejas en el Pirineo donde creció. Un camino inverso, nada romántico ni sencillo, pero por elección propia. Lo desgrana en su ensayo «Ruralismo: La lucha por una vida mejor», en el que advierte de que su «decisión desde el privilegio» pronto será la imposición de un planeta esquilmado por un capitalismo depredador.

Vanessa Freixa (Rialp, Lleida, 1977) sonríe al recordar que ella ni se enteró de que el pasado abril toda la Península Ibérica se quedó sin luz durante un día. Mientras atendía su huerto y a sus ovejas en una borda aislada en el Pirineo catalán, solo necesitaba la luz del sol. La misma que usó luego para que su casa tuviera energía y su ordenador funcionara, como esta mañana en la que atiende a 7K por videollamada. Porque Freixa no es ni campesina ni pastora. O al menos no solo eso. Hace ya tiempo que recorrió el camino inverso al impulso mundial. Volvió a la aldea donde creció, compró siete ovejas y empezó a recuperar los saberes y la forma de vida genuina del lugar, algo que ya está en vías de extinción. Sin renunciar a la creación artística ni la divulgación y el activismo por la ruralidad, cambió tanto su forma de vida que incluso montó una escuela de pastores que ya ha formado a cientos de personas. Toda esta experiencia, sin un ápice de romanticismo, la explica en “Ruralismo: la lucha por una vida mejor” (Errata Naturae), un ensayo oportuno y urgente sobre lo que se ha perdido con el abandono del campo y lo que está por llegar en un mundo que devora territorio y poblaciones sin límites ni descanso.

¿Qué lleva a una mujer con estudios en Bellas Artes y una vida urbana a dejarlo todo, aislarse en una borda del Pirineo y comprar siete ovejas? Fue mi enraizamiento con el lugar. Me marché como la mayoría, pero con una idea clara de que volvía. También por el acompañamiento que recibí todo el tiempo que viví en la zona. Perdí a mi padre joven, pero tuve un entorno educativo que me hizo apreciar el lugar donde había nacido. Una ciudad te puede atraer, pero justamente lo que caracteriza a una ciudad es que hay mucho aislamiento, no solo humano, en muchos otros sentidos que después sabes reconocer. Al final para mí fue un camino natural, no fue una opción radical, era lo que quería hacer desde un inicio.

¿Ha crecido su rebaño desde entonces? Yo siempre digo que tengo mucha cabeza y no vamos a pasar nunca de diez. Tenemos una finca de cuatro hectáreas, pero un corral que construimos para esa pequeña capacidad. Tener más ovejas significaría dedicarme por completo a ellas y ese no es mi plan ahora. Yo trabajo desde casa en varios proyectos diferentes, pero a la vez me permito disfrutar de esta experiencia. Quizás dentro de unos años sí que me plantee aumentar el rebaño, tener una vaca lechera y criar terneros para comerlos. Pero no quiero correr, sigo en una transformación vital en todos los sentidos y el camino es largo y cambiante.

Acarreando pasto para su rebaño de siete ovejas. Xavi Sánchez / Cortesía de Errata Naturae

Es más habitual que un viaje de este tipo se decida junto a una persona que acompaña, pero en su caso, lo hizo sin contar con su pareja. ¿Cómo se lleva algo así? Me río porque pienso que esta pregunta se la debe de hacer todo el mundo. ¿Es normal algo así? Hay personas que sí que tienen este acompañamiento inicial, pero yo tenía muy claro esto, desde mi punto de vista no suponía un cambio radical. Era solo vivir un poco más arriba, un poco más aislada. Pero tiene que haber un convencimiento genuino. Si vas con la pata medio coja, es fácil que al pensar en los problemas sin nadie que acompañe eches el freno de mano. Tenemos muchos miedos de cosas que son infundadas. Lo importante es cómo estás tú, eso opera en cualquier lugar y situación. Por tanto, la decisión parte de un trabajo interno muy importante: tener claras las cosas, qué deseas y qué quieres llevar a cabo sin idealizarlas.

¿Ha crecido últimamente esa idealización de la vuelta al campo? Pienso en la pandemia y en tantas personas que han imaginado escapar de las urbes para volver a la naturaleza. Pero eso no es exactamente lo que hizo usted, ¿no? Hay que ver primero si los movimientos de marcha hacia el campo son por huida o son realmente por una convicción clara. Esto implica muchas cosas: un cambio laboral, una estabilidad económica, un lugar que te puedas permitir teniendo en cuenta cómo se ha disparado el precio de la cosa más esencial: la vivienda. Por eso yo siempre digo que este es un movimiento desde el privilegio. No todo el mundo que quiere se puede permitir este cambio. Y esto es muy fuerte, teniendo en cuenta que hay una problemática muy grande, porque en el mundo rural en principio faltan personas. Al final es una minoría la gente que vuelve al campo con un proyecto claro. Pero sí veo cada vez más cambios de vida, muy claros, muy obstinados, para mostrar que se puede vivir naturalmente de otra manera, sobre todo haciendo cosas que a la persona le llenan muchísimo. He conocido a mucha gente joven y no tan joven que no viene de tradición campesina, que tiene una vocación muy clara y que quiere hacer las cosas desde otro lugar. No solo en el sector agrario o ganadero, también en el ámbito de la gestión forestal. He visto gente que compra desde Suecia una pequeña serradora móvil para hacer una gestión forestal dulce, que tiene en cuenta las lunas, que intenta sacar del bosque y proveer en el sistema más localizado posible. También pasa en el sector alimentario y en muchos otros. Pero claro, entonces hay que intentar recuperar aquellos saberes que hasta hace 50, 60 o 70 años eran de lo más normal y que ahora son considerados como actividades artesanales muy minoritarias. Cuando miro a estas personas de mi alrededor, tengo mucha esperanza, pero sé que naturalmente no es la mayoría.

Freixa observa su pequeño rebaño en las laderas del Pirineo de Lleida, donde creció y a donde regresó tras estudiar Bellas Artes. Judith Prat / Cortesía de Errata Naturae

Precisamente por eso, usted fundó y dirigió durante años una escuela de pastores. ¿Tan difícil es hoy encontrar a alguien de quien aprender un saber milenario? Esta escuela nace hace 17 años y va como un cohete. Hemos desconectado tanto, hemos perdido tanto el conocimiento de cosas esenciales, de las cosas que son más manuales, más creativas, que hay una necesidad natural de volver a ellas. De hecho, la escuela de pastores nace de una necesidad local, no fue voluntad propia. Yo y mi compañera Eva nos venimos a instalar para trabajar temas de desarrollo rural en nuestro lugar porque teníamos el convencimiento que podíamos vivir de los potenciales que tenía el territorio en sí mismo. Uno de los proyectos era unas jornadas sobre la reutilización de la lana. Antes de las jornadas invitamos a una cena a unos cuantos pastores y a todos los ponentes de las jornadas, que eran gente de ámbito internacional, pero también del ámbito local. Uno de los proyectos invitados era la escuela de pastores de Asturias. Cuando todo el mundo habló, les preguntamos a los pastores y a las pastoras qué eran lo que creían que realmente ellos necesitaban. Unánimemente dijeron que la escuela de pastores. Esto era un julio del año 2008 y en enero del 2009 arrancamos la escuela de pastores con todo el financiamiento.

Se inició para mí un camino que desconocía totalmente, acercarme aún más a este oficio, a esta vida, reconocerlo, ponerlo en su lugar, difundirlo para normalizarlo, porque al final es un trabajo como otro más, pero simplemente ha sufrido una serie de desprecios a lo largo de esta corta historia que han hecho que la gente no mirara para aquí, porque se consideraba que era un oficio casi de vergüenza. Ese estigma ha llevado unas cargas muy graves para las personas que lo realizaban y naturalmente para sus descendientes y el entorno rural, porque la gente quería escapar de esta precariedad y de esta suciedad. Pero en realidad son personas que tienen un conocimiento espectacular del medio y de la vida en él.

Desde el primer día que empezamos nos encontramos con una marea de gente joven, 30 años de media, la mayoría con estudios universitarios pero que sí, quería ejercer este oficio. Muchas de ellas eran mujeres. Desde entonces la escuela de pastores ha formado a casi 300 personas, muchas de ellas instaladas en proyectos propios, trabajando de pastores de montaña con diferentes explotaciones. Nuestro modelo bebe mucho de la escuela de pastores de Euskadi, también con mucha tradición, pero sobre todo de Francia, un país que siempre ha valorado este sector, los alimentos y todo lo relacionado con lo local. En el Estado español hemos vivido otra situación, la política se ha dirigido por otro camino muy diferente: apartarse de nuestros orígenes y de nuestras raíces.

¿Por qué cree que se ha denostado el trabajo rural y también la vida en el campo? Se puede resumir muy fácilmente: por el capitalismo. En mi libro cito a John Berger, que afirma que el campesinado era el último reducto de autonomía, la última expresión de alguien totalmente desvinculado de la necesidad del consumo exacerbado que tenemos hoy. Con su conocimiento, el campesino era capaz de suministrarse de manera autónoma y con libertad absoluta de movimiento. Obviamente, el sistema, de manera más o menos deliberada, ha sabido desmembrarlo. En su momento se quería traer al país una modernidad que venía de fuera, a la que te querías equiparar para no sentirte inferior. Esa actitud de pueblo pobre y con poca autoestima ha restado valor a lo que éramos, lo ha incluso despreciado y ha generado constantemente ganas de escapar. Pero no nos dimos cuenta de que en este camino hemos perdido un montón de cosas esenciales que nos daban justamente esta autonomía y libertad, aquello que nos hacía diferentes. Y nos lo hemos creído tantísimo, además reforzado por un sistema de bienestar que vemos que ya no aguanta tanto, que hasta ahora todo había tenido sentido.

La llamada riqueza, un progreso, un desarrollo que ha hecho que la gente mayoritariamente pueda vivir bien… lo vemos como derechos adquiridos, pero hay que ponerlo en duda. ¿Dónde se ha visto que todo el mundo tenga que tener su coche propio, con lo que conlleva? ¿Cómo es posible que la comida venga en gran parte de países muy lejanos cuando tenemos el terreno suficiente para proveernos localmente? ¿Por qué nos han convencido de que tenemos que comer tanta carne y no hacer una producción más diversificada para poder alimentarnos de manera sana? Todo esto lo ha hecho la política, en este caso, dirigida por una economía a la que no le importan las personas que estamos aquí debajo ni las consecuencias tan graves que tiene para la sociedad, para el medio y para los valores humanos.

Vanessa Freixa, en el salón de su casa, donde mantiene su labor artística y divulgativa. Xavi Sánchez / Cortesía de Errata Naturae

En su libro asegura que la Administración Pública ha perdido su legitimidad. Las quejas del mundo rural ante un abandono para todo menos para la burocracia son comunes, como hemos visto tras los numerosos incendios de este verano. La política es un reflejo de la transformación de la sociedad. Si tenemos una sociedad desconectada absolutamente del campo y de la vida natural, los políticos que nos representan responderán a este mismo perfil. Básicamente, no hay conocimiento del entorno, de los procesos, no hay vínculo con las sociedades que viven en aquel lugar lejano llamado campo, con su manera de vivir, con su cosmovisión del mundo. Los técnicos de la Administración han ido envejeciendo, jubilándose y, por tanto, con la sustitución de estas personas que podían tener aquel vínculo, se ha perdido mucho. Ahora tenemos mucho miedo a la intervención en la naturaleza, ha quedado claro que la actividad humana es perniciosa. Y en una parte importante es así. Vivimos una crisis ecosocial importantísima de destrucción del planeta, pero es que esto no lo hacen solo las personas, lo hace un sistema capitalista que necesita la depredación de la naturaleza para poder generar más riqueza. La gente del lugar, naturalmente, tiene la filosofía de preservar, conservar para garantizar estos bienes para el día de mañana, porque lo han hecho toda la vida.

El problema llega cuando nos han despreciado de tal manera que nuestra autoestima está tan baja que hasta dudamos de este conocimiento que teníamos. Y lo que hacemos es apartarnos y decir: “Claro, es verdad, es que aquí no podemos hacer otra cosa más que dejar que construyan macrogranjas, que tengamos una actividad turística intensiva, que nos metan todas las infraestructuras viarias posibles, porque es que aquí quién quiere vivir”.

Para mí, uno de los problemas más graves de lo que nos ha pasado es que no hemos sabido valorar los conocimientos y, en consecuencia, no los hemos transmitido ya no en el gen familiar, sino en las estructuras formativas. ¿Cómo es posible que en primaria y secundaria no tengas como asignaturas obligatorias actividades que te vinculen a estos conocimientos ancestrales esenciales? Lo que deja entrever es que no interesa que haya una autonomía propia de las personas, que solo necesitamos consumidores en todos los sentidos, de bienes y servicios. Eso crea una sociedad súper frágil porque no somos capaces de mantenernos por nosotros mismos.

Todo esto se puede cambiar pero, ¿cuánto tiempo necesitaremos para volver a adquirir estos conocimientos? Y, cuando los adquiramos, seguramente serán diferentes porque hemos perdido por el camino a los trasmisores de esos saberes. Todo esto responde al modelo en el que vivimos a nivel casi mundial, con una organización territorial en el que solo hay personas concentradas en las ciudades mientras todo el terreno rural está vacío en todas partes y solo es un mero servidor de las necesidades urbanas y capitalistas. El capitalismo y su política han decidido sin que nos demos cuenta qué teníamos que pensar, qué teníamos que hacer y qué íbamos a ser. Y esto es muy fuerte. Porque no solo pasa en la ruralidad, pasa en la vida en general. Tenemos que abrir los ojos a ello.

La escuela de pastores que Freixa y una compañera lanzaron hace 17 años es un ejemplo de éxito y una muestra del interés que suscitan el mundo rural y sus oficios para gran parte de la población. Galdrich Peñarroja / Cortesía de Errata Naturae

A raíz de ese complejo generado al campo, su libro pone sobre la mesa el concepto del neocolonialismo. Un término que hasta hace poco solo usábamos para referirnos a territorios lejanos controlados por la metrópolis. Estamos en un punto donde hasta las personas que habitamos el mundo rural nos tenemos que cuestionar nuestra ruralidad, la identidad que representamos, porque nos tenemos que dar cuenta de que representamos una identidad que no hemos elegido nosotras, atravesada por una mirada forastera y urbana. Se coloniza nuestra imagen, se imponen mensajes y modelos, además de forma brutal y descarada en los últimos años. Por ejemplo, la excusa de la transición verde es un proceso de colonización superagresivo, super violento, en territorios donde hay una población muy baja, muchas veces envejecida y convencida de que allí no va a continuar nadie. Se les fuerza de una manera muy bestia, con el apoyo de la Administración que financia públicamente parte de estos proyectos, para que la gente venda. Y, si no, se hacen expropiaciones. Es un desgarro absoluto, una colonización clarísima mediante actividades extractivas que se instalarán en un territorio donde aparentemente no pasa nada.

Mientras se lamenta la despoblación rural desde los gobiernos, hay empresas públicas que hablan de oportunidad. En realidad, es una oportunidad para la inversión y el negocio, para hacer en aquellos espacios lo que se les plazca. Para extraer o generar energía o alimentos que en la mayor parte se van a la exportación; es decir, somos una colonia alimentaria y energética que además solo se queda con la peor parte: los contaminantes. Hemos entrado todos en el trapo a ser cómplices de intentar sacar el máximo beneficio de aquello que hacemos. Y si no lo hacemos, somos tontos. Se ve muy claro en materia de vivienda, donde ningún propietario quiere perder el beneficio que genera el alza de precios por la vivienda turística. Pasa igual con los parques solares y eólicos, con las macrogranjas y con las grandes explotaciones agrícolas. Pero en los lugares donde ocurre, el gran problema es que vive tan poca gente que todos los servicios se van desmantelando: escuelas, centros de salud, bancos, bares… Los habitantes rurales no recogemos un enriquecimiento. Y todos somos cómplices.

En los últimos años hemos asistido en Europa a un auge de la protesta supuestamente agraria muy influida o dirigida incluso por la extrema derecha. ¿Cree que este abandono político que denuncia en su libro abona el terreno para que la ultraderecha se haga fuerte en el mundo rural? Sí y no. La colonización y el desprecio de la política al mundo rural facilita que los partidos de derecha o extrema derecha se apropien de la voz del campo y de nuestras ideas políticas, es cierto. Pero estoy viendo cambios. Hace poco hubo en Madrid una manifestación respecto al mundo rural y el manifiesto tenía un tono muy distinto, más anclado a la tierra, a la protección de la naturaleza. Eso es un cambio muy positivo y hace un año habría sido inaudito. Hemos sufrido eventos muy destructivos el último año, sobre todo los incendios de este verano, donde vemos clarísimamente que estamos solos y, por tanto, no te fías de ningún partido político.

Es el momento clave en el que la gente del mundo rural tiene que cambiar de actitud, despertar de una vez ya y dejar de victimizarnos. Esto significa que, en las próximas elecciones, por favor, votemos de manera correcta. Tenemos que organizarnos para generar discursos auto centrados, decir claramente qué quiero y qué no en mi municipio y, a partir de ahí, tomar una decisión. La trampa de la política es convencernos una y otra vez de que, esta vez sí, os vamos a salvar. Pero no nos tiene que salvar nadie, nos tenemos que salvar nosotros mismos, ganar autoestima y empoderamiento. ¿Estamos preparados para ello? Creo que la clave está en los conocimientos ancestrales, en volver a aquello que sí es esencial.

Tras recordar el brutal éxodo rural de mitad del siglo XX, en su libro augura un éxodo urbano en poco tiempo y un decrecimiento obligatorio. Un movimiento inverso masivo de cientos de miles de personas hacia el campo para el que nadie se está preparando, advierte. Sí, y aquí hay que poner el peso en la Administración. A nivel planetario vivimos una escasez energética que irá a peor, sufrimos una crisis ecológica por el cambio climático que sí o sí va a obligar a que la gente se mueva, no solo de un país a otro solo, también internamente. Me parece mentira que la política no esté ya trabajando en estos escenarios. ¿Cómo es que no se está planificando a nivel alimentario? ¿Cómo no está habiendo ya una gestión territorial que ordene de manera adecuada y no con precipitación todos estos movimientos que se van a dar de manera natural? La economía y la turistificación ya están empujando poco a poco a que la gente se vaya fuera de las ciudades, porque no pueden destinar la mayoría de su sueldo solo al lugar en el que vivir. Sin embargo, no se quiere explicar de forma natural este porvenir, no se quiere dar una visión catastrofista, pero es una realidad, nos vamos a mover como siempre lo hemos hecho.

En las últimas décadas hemos tenido un bienestar que parecía inamovible, pero la historia nos muestra que son ciclos. Tras un periodo de gran progreso y libertades, ahora estamos viviendo un proceso de vuelta a la opresión, a totalitarismos, a cambios que nos afectan a nivel económico y social: menos poder adquisitivo, más inflación, menos bienestar. No planificar bien este gran éxodo urbano es una negligencia gravísima de consecuencias muy negativas. Está en entredicho la mera supervivencia de muchas personas. Será mucho peor cuando se tomen decisiones precipitadas porque no hemos preparado a las poblaciones para que empiecen a adaptarse a los cambios que sí o sí vamos a tener. Y hay que decir que no pasa nada porque vengan cambios que nos lleven de nuevo a una sobriedad en lugar de a esta sobreabundancia irreal de recursos y formas de vivir que no tienen sentido.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2026-01-11-06-00/hemeroteca_articles/el-capitalismo-ha-acabado-con-el-campesinado-ultimo-reducto-de-autonomia-frente-al-consumismo