Hablar de Treviño es adentrarse en un territorio donde la geografía política y la vida cotidiana se entrelazan de manera compleja, casi dolorosa. Desde fuera, muchos observan el mapa y ven un enclave, una anomalía administrativa, un punto que no encaja del todo en el puzle territorial. Pero para quienes han vivido allí, para quienes han sentido en primera persona el peso de esa excepcionalidad, Treviño no es un debate técnico, sino un espacio cargado de memoria, de expectativas y de heridas abiertas. Durante décadas, su población ha transitado entre la esperanza y la frustración, entre la ilusión de ser escuchados y la amarga constatación de que sus voces se diluían en un silencio institucional que parecía no tener fin. Y quizá por eso, cuando uno se acerca a su historia reciente, descubre que lo verdaderamente relevante no son los acuerdos, los informes o las fronteras, sino las emociones que han acompañado a sus habitantes: la dignidad, el cansancio, la perseverancia y, sobre todo, la sensación de haber quedado atrapados en un limbo que nadie parece dispuesto a resolver.
La historia reciente del Condado de Treviño está marcada por una tensión que va mucho más allá de los mapas y los debates institucionales. Para quienes observan desde fuera, la cuestión suele reducirse a un conflicto territorial o administrativo, un asunto de competencias entre gobiernos y de encajes jurídicos. Sin embargo, para quienes viven allí, para quienes han crecido entre esas carreteras que cruzan Álava para llegar a su propio municipio, la realidad es mucho más íntima y dolorosa. Es una historia de expectativas truncadas, de esfuerzos que parecían abrir una puerta y que, sin embargo, acabaron chocando contra un muro de indiferencia. Una historia de congoja, sí, pero también de una dignidad silenciosa que rara vez encuentra espacio en los discursos oficiales.
En la década de 1990, y muy especialmente en los años previos al referéndum unilateral del 8 de marzo de 1998, Treviño vivió un período de movilización intensa en un ambiente cargado de energía poco habitual. No fue algo improvisado ni un arrebato coyuntural: detrás hubo años de reuniones, debates, trabajo vecinal y una labor ingente de explicación casa por casa. Aquella etapa estuvo marcada por un esfuerzo colectivo que, más allá de las posiciones políticas, expresaba un profundo deseo de ser escuchados. Las conversaciones en los bares, en las plazas, en las reuniones vecinales, giraban en torno a la posibilidad de un cambio que, aunque incierto, se vivía como una oportunidad de que sus demandas iban a ser atendidas.
El día del referéndum fue, para muchos, una jornada casi festiva. No porque se tratara de un acto institucionalmente reconocido, sino porque simbolizaba algo más profundo: la afirmación de una identidad que durante décadas había sido tratada como un asunto menor. Cuando el «sí» ganó, la sensación inicial fue de triunfo íntimo, de haber logrado algo que, aunque modesto, tenía un valor emocional inmenso. Pero esa alegría duró poco. La respuesta exterior no fue un silencio inmediato, sino algo más desconcertante. Se abrió una fase de expectativa, marcada por la creación de la «Comisión de Enclaves» del Senado, que muchos interpretaron como un posible punto de inflexión. Sin embargo, aquella vía se fue desdibujando poco a poco. Lo que parecía un camino posible acabó convirtiéndose en bloqueo, luego, en espantada y, finalmente, en silencio. Un silencio administrativo, político y mediático que cayó como un jarro de agua fría sobre quienes habían puesto tanto empeño en aquel proceso. La indiferencia dolió más que el rechazo, porque implicaba que ni siquiera se consideraba necesario debatir lo que para Treviño era vital.
Con el paso del tiempo, esa indiferencia se transformó en una sensación más profunda de abandono. Los partidos que en un momento habían mostrado apoyo o simpatía fueron retirándose, unos por cálculo, otros por desgaste, otros simplemente porque la cuestión dejó de ser útil en sus agendas. Para la población de Treviño, aquello no fue solo un giro político: fue una herida emocional. La sensación de haber sido utilizados, o al menos de haber sido acompañados solo mientras resultaba conveniente, dejó un poso de desconfianza que todavía hoy se percibe en muchas conversaciones cotidianas. No se trata de grandes discursos, sino de comentarios breves, resignados, que aparecen cuando se habla de infraestructuras, de servicios, de decisiones que afectan a la vida diaria y que parecen siempre depender de instancias lejanas.
La frustración de los treviñeses no nace únicamente de la cuestión territorial, sino de la vivencia continuada de ser una excepción dentro de un sistema que funciona con reglas pensadas para otros. La dependencia administrativa, las dificultades para gestionar servicios básicos, la sensación de estar siempre en un limbo competencial, generan un desgaste que se acumula año tras año. Y, sin embargo, esta realidad rara vez ocupa titulares. Se habla de Treviño cuando surge un debate político, cuando algún actor institucional menciona el tema, pero casi nunca se aborda la dimensión humana: la de quienes viven allí, trabajan allí, crían a sus hijos allí y sienten que su voz se diluye en un mar de intereses ajenos.
Esa congoja no es un sentimiento abstracto. Se manifiesta en la incertidumbre cotidiana, en la percepción de que las decisiones que afectan al territorio se toman lejos y sin tener en cuenta la experiencia de quienes lo habitan. Se manifiesta también en la fatiga emocional de quienes han participado en procesos reivindicativos durante décadas y han visto cómo sus esfuerzos se desvanecían una y otra vez. Y, sobre todo, se manifiesta en la sensación de desvalimiento: la idea de que, por más que se intente, la realidad de Treviño queda siempre relegada a un segundo plano, eclipsada por debates más amplios en los que su población aparece como un elemento accesorio.
Aun así, hay algo profundamente admirable en la persistencia de los treviñeses. A pesar de la frustración, mantienen un vínculo fuerte con su tierra, una identidad que no depende de reconocimientos externos. Siguen organizándose, debatiendo, participando en la vida comunitaria, defendiendo lo que consideran justo. Esa resistencia tranquila, casi cotidiana, es quizá lo que mejor define al territorio: una mezcla de dignidad y cansancio, de esperanza y escepticismo, de arraigo y desconfianza hacia quienes prometen soluciones fáciles.
Hablar de Treviño únicamente en términos políticos es reducir una realidad compleja a un esquema demasiado estrecho. La verdadera historia está en las personas: en sus vivencias, en su memoria, en su desgarro, en la dignidad con la que han sostenido durante décadas una reivindicación que, para muchos, era, y sigue siendo, una cuestión de justicia cotidiana. Está en la ilusión que despertó aquel 8 de marzo de 1998 y en las heridas que dejó la indiferencia posterior. Está en la frustración acumulada, sí, pero también en la capacidad de seguir adelante pese a todo. Y quizá lo más necesario hoy sea precisamente eso: reconocer esa dimensión humana, darle espacio, escucharla sin prisas ni agendas. Porque detrás de cada mapa, de cada frontera, de cada debate institucional, hay vidas concretas que merecen ser tenidas en cuenta.
Fuente: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/trevino-el-doloroso-eco-de-un-referendum-olvidado


