Se ve en concentraciones de radicales haciendo el saludo de falange, en los medios de comunicación, en la identificación con él de personas cercanas a nosotros y hasta en pactos de poder por los gobiernos en las autonomías. Si bien una parte de la izquierda ideológica siempre lo vio en el fondo del capitalismo, en las próximas elecciones generales parece que va a pasar al poder ejecutivo del Estado, con todas sus consecuencias. Y siendo esto así, me he propuesto sintetizar en un artículo breve lo que creo que son las causas básicas para hablar del auge del neofascismo hoy en España. Esto tiene como objetivo también resumir o hablar claro del problema, que ya es complejo de por sí.
1º El pasado autoritario y dictatorial de España. Hace poco se han cumplido cincuenta años de que el dictador Francisco Franco muriera. No hace falta recordar que sus crímenes quedaron impunes y que nuestra memoria histórica no acaba de madurar en un consenso dado que la Guerra Civil fue lo que Alba Rico señala como “la pedagogía del medio millón de muertos”. Eso eliminó todo lo que no formaba parte del franquismo y a su vez sustentó por la fuerza un régimen que duró cuarenta años. Cuando Franco murió había una parte de la población que apoyaba al dictador identificándose plenamente con él. Esa parte de la sociedad más que cambiar tuvo que irse transformando en algo de acuerdo a los tiempos “democráticos”. La base del franquismo pasó a los partidos políticos de derechas, finalmente al PP y en la actualidad a VOX.
2º Los medios de comunicación en España no son plurales. Y no lo digo por el esfuerzo enorme de una parte de ellos por ofrecer una información veraz, contrastada. Sino porque existen muchos más canales de información pagados por fuentes que no son públicas o de ideología progresista. Los medios de comunicación le han ido dando poco a poco más espacio al discurso “antisistema” de la derecha, al discurso antidemocrático, haciéndose eco de sus ideas extremas, como aquel globo sonda que enviaron de expulsar a ocho millones de inmigrantes. Darle cabida a la ultraderecha, normalizarla, y no directamente hablar sobre ella como algo execrable, le ha dado fuelle.
3º Aquel intento del nacionalismo catalán de hacer de Cataluña un país independiente. A la sazón existía VOX como una minoría, pero este hecho queramos o no fue un impulso al nacionalismo del otro cuño (en algún punto igual de conservador), que esgrimió la bandera de España ante la mayor crisis política en el país desde comienzos del siglo XXI. Es una cuestión que se ha intentado subsanar de varias maneras, pero en España la existencia de nacionalismos de derechas que se alimentan entre ellos, un liderazgo autoritario y una historia con unas características determinadas para el desarrollo de identidades excluyentes, hacen que el terreno sea favorable.
4º Un hecho que parece fundamental en la última década ha sido la pandemia. Las medidas que la acompañaron no fueron apoyadas por un segmento de la población que las vio como algo que no se terminaba de entender. En el marco de la comunicación política el tiempo de la pandemia ha sido todo un reto ya que implicó la relación gobernantes-gobernados en un diálogo que ocasionalmente parecía no acabar de ser transparente o sólo reducido a lo técnico. Y las medidas para atajar el virus pudieron ser interpretadas por un sector de la población como una imposición, sobre lo cual la ultraderecha volvió a encontrar un impulso para canalizar el malestar. Aquí pienso que nace el relato “rebelde” de la ultraderecha, que llama tanto la atención a los jóvenes, cuando entonces los ideales más conservadores se venden como los “antisistema”. Paradoja que rentabiliza muy bien en votos.
5º Algo que se nos hace patente cotidianamente en los aspectos básicos de la vida: la inflación. La cesta de la compra, la energía y sobre todo la vivienda. Esto tiene su incidencia en lo social porque al ciudadano le tocan el bolsillo y es cuando la tendencia política cambia. Y no sólo eso, sino que también habría que hacer todo un análisis de lo “aspiracional” en dialéctica con ese punto material, de cuáles son las ideas que mueven lo social relacionado con el cambio generacional y la satisfacción de un ideario (o no) por parte de sectores poblacionales. Hay cambios políticos que tienen como base lo material pero también lo que se interpreta como deseable a nivel de autorrealización y reconocimiento.
6º Ha aparecido, como hemos aludido ya antes, la rebeldía ante un relato institucional progresista. El Estado hoy tiene al menos oficialmente un discurso en beneficio de los derechos, yendo de la mano del anterior ciclo ideológico social —que de un tiempo a esta parte estamos ante los ecos de lo que la propia sociedad demandaba, que se ha llevado a cabo con políticas de subida del salario mínimo, de cambios en el currículum educativo a favor de la filosofía feminista, de aumento del poder adquisitivo de las pensiones, etc. Pero que al ser interpretado como “impuesto” o “inculcado”, el relato de los derechos se ha convertido paradójicamente en el enemigo a batir. Y a esto hay que añadir las contradicciones del discurso progresista al llevar a cabo su ideario en la realidad, ya que estas generan la desafección y desmovilización en otra parte de los votos de la izquierda que se trasladan a una pasividad ante la acción del autoritarismo en todas sus formas.
7º A estos factores hay que añadir los que podemos llamar como condiciones “clásicas” del fascismo, que según autoras como Hannah Arendt, ya venían como propias en las sociedades capitalistas contemporáneas, a saber, el desarrollo de relatos mendaces o directamente la inmersión en un mundo de la mentira; la aparición del líder carismático; necesidad de perderse en la masa y no pensar; pertenencia a un grupo; la propaganda en este caso de bulos y el relato sensacionalista de las redes sociales que funciona mejor que el discurso racional y con argumentos; y el odio al inmigrante, el miedo al “otro” musulmán y la supuesta “pérdida de valores occidentales” por la islamización de Europa. Es la construcción del “nosotros” frente a “ellos”, clave del éxito en muchas circunstancias relacionadas con el autoritarismo político.
8º La permisividad del Estado y las instituciones democráticas ante las acciones particulares de los partidos neofascistas y de sus grupos de base y medios de comunicación. Y sin embargo, entrar en una guerra total donde las instituciones jueguen su papel defendiéndose dará la razón al factor 6º descrito. Es decir, que cuanto más reaccione la organización institucional frente a la presión judicial, de las manifestaciones en pro del fascismo, de la caza al inmigrante, etc. es entonces cuando se hace clara la posición de los bandos. El Estado parece escoger cierta permisividad o no acción ante el escenario contrario a él mismo como Estado democrático, pero esto no cumple finalmente ninguna función sino que su pasividad fortalece el fascismo.
9º En un contexto marcado por el capitalismo como sistema económico, social, cultural, de interpretación de las acciones humanas—del ethos en el que estamos— por parte del capital siempre existirá la necesidad de control y de cumplimiento de sus políticas en beneficio de la acumulación y la constante y necesaria subida de del margen de beneficios. En cierto modo lo que se está preparando es la introducción de la violencia en los Estados para tener poder sobre la sociedad. En España la excusa puede ser la inmigración (el globo sonda que comentábamos de expulsar a ocho millones de inmigrantes) como estrategia para la preparación de un Estado parapolicial donde la violencia esté mucho más presente. La violencia contra el inmigrante al final representará la violencia contra todos los que piensan de forma diferente, y esto necesita ser acompañado por una “parapolicía”, aquellos simpatizantes del fascismo. El caso de desokupa es un ejemplo claro de esto, pero hay ya varios más. Esta es la manera de frenar el progresismo, la igualdad de género y la transformación de una sociedad donde se repartan mejor los recursos producidos por el conjunto, a partir de una ideología que conlleva la exclusión de los discapacitados, de los ancianos, enfermos y de aquellos que verdaderamente están necesitados de solidaridad.
10º El caso de España no es algo aislado, es también fruto de una corriente global que se ve en la última década, y que se sitúa como reacción a la anterior fase ideológica, que era la opuesta. Aquella que marcó un hito con el liderazgo de Latinoamérica a nivel global y con gobiernos progresistas como José Mujica, Rafael Correa, Evo Morales o Hugo Chávez, que ahora son poco menos que el mismísimo demonio y que se convierten en enemigos mortales de esta nueva ola ultraderechista global. Una atmósfera que también se apuntala por el giro hacia el conservadurismo de actores globales con gran importancia en la actualidad: las grandes tecnológicas, que parecían simpatizar con cierto ideario demócrata en su inicio pero que ahora se han convertido en partidarias de una auténtica dictadura digital al servicio de sus beneficios.
Hay que detenerse en este punto porque es lo que nos marca en la actualidad. Cada una de las medidas que se intentan imponer por parte de esas empresas recae en la vigilancia y el manejo de datos masivo. ¿Conduce esto a un mayor autoritarismo? El “Gran hermano” inmenso que va más allá cada día. Pero tales formas de control se les deberían dar la vuelta y aplicarse de abajo arriba, y no como pretenden, de arriba a abajo. La soberanía popular no debe estar a merced de un control detallado de todos los aspectos, desde la salud (lo biométrico), hasta el dinero con la conversión de la moneda en un producto ―que también puede estar sujeto al control total, así como nos muestra el dinero electrónico, las criptomonedas. O más bien, estos instrumentos de control deben de actuar de manera reversa, como digo, tomar la dirección contraria. Las cctv, geolocalizaión, el registro masivo de los datos, el dinero asociado a un token, todo esto, debe ser aplicado para que el ejercicio del poder sirva a la sociedad y no autoreferencialmente al mismo poder. Esta sería la manera de poner límites al mismo y de que la parte del neofascismo tecnológico como tal no sea una herramienta para evitar que la ciudadanía tenga el control de las instituciones.
Un ejemplo de esto podría resumirse así: en ocasiones hemos oído afirmar a grandes lobbies como Mark Zukerberg o Klaus Schwab que la vigilancia masiva, el sistema de control inmenso de datos, es algo que “no debe preocupar a la ciudadanía” y esgrimen esa premisa con el siguiente argumento: si usted no tiene nada que esconder, entonces, no tiene nada que temer. Pues bien, en lo que vengo diciendo, esto debería ser aplicado viceversa. Si usted Elon Musk, Mark Zukerberg, Klaus Schwab, Bill Gates, etc., no tiene nada que esconder, permítanos a nosotros entrar igualmente en su privacidad y en su mundo digital, que sus acciones sean también transparentes, y extender esto a la clase política que debe servir a la ciudadanía. Del mismo modo con la “tokenización” del dinero. Si es una herramienta para saber hasta dónde va el último céntimo y tener monitorizada a la ciudadanía y a las pequeñas empresas, qué mejor manera que acabar con el fraude fiscal del IBEX 35 y de los grandes capitales (blanqueo) que la “tokenización” de todos sus recursos económicos. El problema entonces es más bien hacia dónde se aplica la vigilancia, la cual siguiendo las razones anteriormente explicadas conduce a un autoritarismo más controlador que en toda la historia de la humanidad, pero que el poder popular debe entender que tales herramientas deben ser aplicadas de abajo a arriba.
Para concluir hay que añadir algo, aunque parezca obvio. Uno de los problemas de la política que nos lleva a una desmotivación de la participación ciudadana (con la consiguiente desmovilización ante el neofascismo) es la percepción de que no existen instituciones que monitoricen la labor del político. Podemos preguntarnos cómo personajes que gobiernan en la actualidad han llegado al poder: lo consiguieron engañando a los votantes. Sin ir más lejos, el actual presidente de los Estados Unidos, llegó al cargo con un discurso donde una de las ideas principales era “no más guerras”. Y no se ha cumplido. La contradicción en las democracias es que se vende algo al votante y luego se hace lo contrario. Podemos hablar de que existen elecciones intermedias o en otros sectores que ponen al alcance el castigo electoral pero la contradicción y la mentira sobre los programas electorales deberían ser condenadas no sólo de forma electoral, sino que deberían llegar hasta la forma penal en la medida en que las repercusiones de sus políticas llegan al asesinato de miles de personas.
La profundización en las instituciones es necesaria hoy día en el campo político. Recuerdo durante la pandemia que uno de los dueños de Repsol, empresa que hace la política desde el campo económico y como lobby fuera de las instituciones democráticas, hizo una declaración afirmando que la pandemia había cambiado al capitalismo convirtiéndolo en algo donde lo esencial sería el ejercicio fáctico del poder, sin atención a las leyes ni a ningún otro tipo de instancia que no fuera la fuerza, el dinero, el capital. Esta declaración, que es secundada en la actualidad por políticos como Trump o Netanyahu a través la violencia, la guerra, es la desaparición de las convenciones que sostienen y equilibran el poder. Y eso ocurre en las “altas esferas”.
¿Qué deberíamos esperar de esto “abajo”, en la sociedad civil que padece estas políticas autoritarias? Pues deberíamos esperar un revulsivo de signo contrario: la toma de conciencia de que las convenciones que regulan el poder son eso mismo, convenciones. Y de que si no se siguen por parte de los que organizan y son representantes, lo natural es que vuelva a residir en la soberanía popular y no en los poseedores de las armas o el capital. Si el ejercicio del poder ha perdido su norte, la sociedad debe valorar las condiciones materiales de su existencia y no las convenciones de control impuestas, cuando esas condiciones no son seguidas pierden su valor. En realidad, las cadenas son ilusorias, igual que las fronteras o como algunas paredes pintadas hablan: “el dinero es sólo un trozo de papel”.
Esta comparativa de la desaparición de los acuerdos que sostienen el edificio de la sociedad se produciría entonces en todos los niveles y no solo en el perteneciente a los dueños de la Repsol. Que nos lo recuerden “desde arriba” hablando claramente y llamando a las cosas por su nombre que ya sólo existe el ejercicio de la coerción, debe conllevar la conciencia de que las cadenas también son ilusorias y de que quien tiene realmente el poder es la soberanía popular.
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