Introducción
Este texto, síntesis de la comunicación presentada al próximo XVI Congreso Español de Sociología, analiza la articulación de la acción colectiva y la movilización popular, con una dinámica de cambio global de progreso, así como su conexión con la formación de sus élites representativas y la elaboración de una teoría social crítica que mejore su capacidad interpretativa y orientadora.
Se trata de profundizar en las particularidades españolas, sobre su diversidad social y política, y tener en cuenta la experiencia popular de acción cívica, con sus marcos socioculturales y los procesos democratizadores.
Es necesario un doble esfuerzo interpretativo y crítico, desde cierta orfandad teórica, ya que la teoría social está bastante estancada y con diversos sesgos que dificultan el análisis. Y siempre contando con que, en general, la práctica social suele ir por delante de la teoría, y hay que ir planteando problemas y dilemas que, en la medida que son manifestación de amplias experiencias populares, demandan una explicación de conjunto y una orientación transformadora.
En ese sentido, con un enfoque sociohistórico, parto de la experiencia de los movimientos sociales en España, parcialmente diferente de la de Estados Unidos, desde donde viene la mayor parte del bagaje analítico, teórico y normativo sobre este tema.
En España también hemos tenido una rica y particular experiencia expresiva y articuladora de movimientos sociales, con interacción entre ellos y con dinámicas transformadoras progresistas más globales. Esa práctica colectiva, acumulada en estas décadas, ofrece una peculiar característica, más multidimensional, para abordar este tema de la formación de identificaciones colectivas y su interacción, así como la relación entre su especificidad y su generalidad.
Procesos identificadores
Lo woke, como inicial denominación de la concienciación de la discriminación y la desigualdad, en particular en esos dos grandes campos sociales, la población racializada y la femenina, se va ampliando a la consciencia de la discriminación hacia otros sectores sociales, especialmente a los colectivos LGTBIQ+ y otros grupos marginados por su origen étnico-nacional o su estatus social y cultural subalterno.
A ello habría que añadir, por su especificidad temática, el movimiento pacifista, muy potente en su oposición a la guerra de Vietnam y, en Europa, frente a la OTAN y los riesgos de guerra, en los ochenta, así como el movimiento ecologista, frente a los crecientes peligros de la crisis energética, climática y ambiental. Éstos no se definen por sus características grupales, sino por su actividad frente a los riesgos geopolíticos o medioambientales con una conciencia pacifista y ecologista, el llamado ecopacifismo.
Como antes los grandes movimientos sociales —movimiento obrero y sindical, vecinal, estudiantil o los movimientos nacionales emancipadores y antiimperialistas—, esas dinámicas participativas, reivindicativas y expresivas, van generando vínculos de pertenencia colectiva y de apoyo mutuo. La experiencia prolongada e interactiva de una actividad relacional compartida, desde situaciones discriminatorias similares y objetivos igualitarios afines, va generando identificaciones grupales que permiten conformar sujetos colectivos, más o menos convergentes, al mismo tiempo que opuestos a adversarios comunes.
A veces se han considerado movimientos identitarios, o basados en la exigencia de políticas de identidad, con valoraciones controvertidas. En todo caso, se justifican en la existencia de discriminaciones específicas con demandas compensadoras de las desventajas, con una finalidad igualitaria. Suponen reconocimiento propio, «orgullo» grupal, frente a la marginación social y simbólica que impone el supremacismo racista o machista.
En esta aproximación inicial, los podemos definir por su acento en sus características grupales diferenciadas, con reivindicaciones particulares y representaciones colectivas específicas. En ocasiones existe una rigidez exclusivista o corporativa, en tensión con otros rasgos positivos, complementarios, y superadores de esa inclinación inmediatista e intolerante: la apertura relacional, la interacción temática interseccional, la relación de cada movimiento con un proyecto y una dinámica más global, así como su carácter movimentista y autónomo dentro de su articulación con la acción político-institucional y su vinculación con un proyecto de cambio más general.
La experiencia de la acción colectiva en la última etapa
En los últimos quince años entramos en una nueva etapa de esta configuración de movimientos populares -parciales- y una vertebración política más institucional. Se produce la explosión de la movilización cívica, sobre todo juvenil, simbolizada por el movimiento 15-M, frente a los recortes sociales y por la democratización, así como la posterior articulación político electoral de esa ciudadanía indignada con las llamadas fuerzas del cambio de progreso o nueva izquierda alternativa, que adquiere una significativa influencia político-mediática e institucional en los gobiernos de coalición progresista. Se pueden mencionar cuatro procesos paralelos.
Uno, la persistencia de una amplia corriente social crítica y alternativa, diferenciada de la socialdemocracia y de las izquierdas nacionalistas, de hasta seis millones de personas, aunque en declive cuantitativo y cierto retraimiento de expectativas transformadoras. Hoy se cifra en unos tres millones de personas, con una cobertura más amplia, según temas y circunstancias, con posiciones alternativas diferenciadas, aunque participa, junto con el conjunto de las izquierdas, en un marco de confrontación política y discursiva frente al bloque de las derechas y la involución reaccionaria.
Dos, la fragmentación y la dificultad articuladora de las representaciones políticas alternativas (Sumar, con su heterogeneidad grupal, y Podemos, además de las izquierdas nacionalistas), con relativa incapacidad para su colaboración que condiciona su influencia reformadora y su estatus institucional. Ese debilitamiento y división -si no se avanza en algún arreglo-, junto con el estancamiento socialista y la gran ofensiva derechista, puede conllevar la pérdida de la gestión gubernamental progresista y el advenimiento de un cambio de ciclo político-institucional de carácter reaccionario y la correspondiente involución social y democrática.
Tres, la reactivación de algunos procesos movilizadores progresistas de gran impacto expresivo y sociopolítico. En primer lugar, hay que destacar la amplia ola feminista contra la violencia machista desde el año 2017, que ha sufrido la reacción derechista y ultraconservadora. Aparte de las movilizaciones nacionalistas, en particular del procés catalán, se han producido estos años otras campañas colectivas significativas de dos modelos: de tipo social y en defensa de la protección pública, principalmente por la sanidad y la educación públicas, la vivienda o las pensiones, y de carácter pacifista y solidario, contra el rearme y propalestina.
Cuatro, la fuerte ofensiva derechista y ultra, en especial, la mayor iniciativa política y mediática del racismo, el nacionalismo esencialista y excluyente y el machismo antifeminista, que promueven retrocesos discriminatorios en las relaciones sociales, con el refuerzo de las desigualdades y jerarquías dominantes y contra la igualdad y la convivencia cívica. Desarrollan discursos divisivos y sectarios desde una polarización identitaria de un ‘nosotros civilizado’ -cristiano, españolista, masculino y blanco-, dominador de un ‘ellos bárbaro’. Aprovechan el miedo a la pérdida de la ventaja relativa de unos segmentos sociales frente a otros, para reforzar su supremacismo; se amparan en un gran apoyo financiero y mediático de ciertos grupos de poder que pugnan por una regresión de las condiciones socioeconómicas y vitales de las mayorías ciudadanas, los derechos sociales y políticos y la neutralización de las izquierdas y la propia democracia.
Conclusión
Junto con el agotamiento de este ciclo político-institucional de orientación progresista y la incertidumbre sobre la salida de esta encrucijada, persiste una amplia identificación y pertenencia social de izquierdas, una parte más moderada y otra más transformadora, al mismo tiempo que confluyen unos perfiles o identificaciones masivas de carácter feminista (dos tercios de mujeres y un tercio de varones), ecologista, pacifista y plurinacional.
En particular, dada la división de la izquierda política alternativa y la impotencia de sus actuales liderazgos para conseguir una suficiente representación parlamentaria que facilite una nueva etapa de progreso, el foco de la respuesta se traslada a la esfera sociopolítica y cultural; es decir, al dinamismo participativo de la izquierda social y los movimientos sociales, que permitan una renovación y un refuerzo de sus representaciones políticas.
De ahí que sean cruciales las dinámicas de activación cívica, democratización popular y articulación asociativa, con sus correspondientes procesos identificadores y de pertenencias grupales particulares, enraizados en la especificidad de cada realidad social. Y, al mismo tiempo, con la participación colectiva en una trayectoria más general hacia el cambio político-institucional, por una democracia social avanzada.
Antonio Antón. Sociólogo, politólogo y escritor. Autor del libro Cambio de ciclo. Desafíos para las izquierdas.
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