Como bien nos han enseñado múltiples autoras e investigadoras ecofeministas, así como defensoras de los territorios a lo largo del planeta, no es posible comprender la dominación masculina sobre las mujeres sin entenderla como parte de un proceso más amplio de dominación de la naturaleza, iniciado con la aparición de las primeras grandes civilizaciones.
De ahí que el patriarcado tenga sus raíces en la propia civilización, dando origen a una masculinidad de la muerte que no sólo moldeó las relaciones entre hombres y mujeres, sino también las relaciones con los demás animales y con la naturaleza. Ésta comenzó a ser percibida de manera distinta a partir de la aparición de nuevos dioses centrados en el dominio, la guerra y la destrucción.
Lo menciono porque, si bien antes de la revolución neolítica existían divinidades masculinas, fue con el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones, el desarrollo de la agricultura, la propiedad privada y los Estados cuando estos nuevos dioses adquirieron un papel central. Como nos enseñó Gerda Lerner, la consolidación del patriarcado fue también una transformación política y religiosa: el poder masculino dejó de ser una práctica para convertirse en un principio legitimado por los dioses.
En consecuencia, aparecieron los reyes como representantes de estas divinidades del dominio, justificando la guerra y un orden social jerárquico. La naturaleza dejó de ser una comunidad de vida para transformarse, progresivamente, en un territorio susceptible de ser administrado, controlado y explotado.
Es cierto que esa masculinidad de la muerte, representada por estos nuevos dioses de la guerra, fue cuestionada por el ejemplo de Cristo, quien puede interpretarse como una figura de masculinidad antipatriarcal (1). No obstante, cuando el cristianismo pasó a convertirse en la religión oficial del Imperio romano bajo Constantino, terminó reforzando muchas de las lógicas imperiales propias de esa masculinidad de la muerte.
De hecho, siglos más tarde, la cristiandad, junto con los grandes imperios europeos, impuso su dominio sobre la Tierra durante la conquista y la colonización. De este modo, la civilización occidental terminó predominando sobre otras grandes civilizaciones, no solo mediante un nuevo orden económico y político, sino también imponiendo un ideal de hombre: blanco, racional, propietario, heterosexual, cristiano y situado por encima de la naturaleza y de los pueblos indígenas.
En consecuencia, ese modelo fue presentado como universal, invisibilizando otras formas de ser hombre existentes en América Latina, África y Asia. Sin embargo, la modernidad no eliminó esa lógica, simplemente la secularizó. Es decir, los dioses patriarcales fueron reemplazados, con la Ilustración y la revolución científica, por una razón masculina eurocéntrica, construida en oposición a aquello identificado con las mujeres y la naturaleza: el cuerpo, la emoción, la interdependencia y el cuidado.
En otras palabras, el ideal del sujeto moderno fue el de un individuo racional, autónomo, conquistador y capaz de dominar tanto la naturaleza como sus propias emociones. No es casual que ese sujeto tuviera un rostro predominantemente masculino, pues hundía sus raíces en las divinidades de las primeras grandes civilizaciones. Solo que ahora ya no era Dios quien ordenaba dominar la Tierra, sino la razón, el progreso, el desarrollo y el crecimiento económico infinito los que legitimaban la explotación ilimitada del planeta y la subordinación de todo aquello considerado «irracional» o «natural».
Dicho todo lo anterior, la crisis socioambiental actual no puede comprenderse únicamente como un problema tecnológico o económico. También es una crisis cultural y de las formas de masculinidad que han sostenido un ideal de control, competencia y separación respecto del mundo vivo, lo que hace inevitable un giro relacional en nuestra manera de ser hombres.
Por lo mismo, las ecomasculinidades proponen otro camino. No buscan reemplazar una dominación por otra, sino cuestionar la asociación histórica entre masculinidad, poder y dominio. Invitan a reconocer que cuidar no es un signo de debilidad, sino una condición para la continuidad de la vida. La verdadera transformación de las masculinidades comienza cuando dejamos de querer dominar el mundo y empezamos, simplemente, a cuidarlo.
Andrés Kogan Valderrama. Sociólogo. Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea. Diplomado en Masculinidades y Cambio Social. Creador de Ecomasculinidades: https://www.instagram.com/ecomasculinidades
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