¿Qué ha hecho una población de diez millones de personas para merecer esto? ¿Por qué debe esta isla soportar el bloqueo más prolongado de la historia? ¿Por qué el antiguo líder Fidel Castro fue blanco de más de 600 intentos de asesinato? ¿Y por qué trece presidentes consecutivos de Estados Unidos han convertido el cambio de régimen en Cuba en una auténtica obsesión?
Cuba nunca ha invadido a un país vecino. Nunca ha apoyado a grupos terroristas ni ha bombardeado a otra nación. Cuando un terremoto devastador sacude un país o cuando hay que combatir un brote de ébola, los médicos y cooperantes cubanos suelen estar entre los primeros en llegar. A pesar de ser un país pobre y de sus enormes dificultades económicas, Cuba envía más médicos al Sur Global que la propia Organización Mundial de la Salud.
Pero nada de eso parece importar. Trump ha jurado «tomar el control» de la isla. Primero, resolver la cuestión de Irán; después, Cuba, y quizá más tarde Nicaragua. Hoy Washington acusa a la isla de ser «el centro del comunismo mundial», una amenaza que, según ese discurso, debe ser eliminada.
La retórica resulta grotesca, pero tiene un propósito claro: preparar a la opinión pública estadounidense y internacional para una eventual intervención militar contra Cuba.
Mientras tanto, el país está siendo asfixiado económicamente. Las transacciones financieras con Cuba son prácticamente imposibles. El acceso al crédito internacional solo existe a tipos de interés usurarios. Y, además del severísimo bloqueo económico, desde enero está en vigor un bloqueo energético. Los países que antes suministraban petróleo a Cuba reciben ahora amenazas de duras sanciones desde la Casa Blanca, lo que ha reducido el abastecimiento de crudo a mínimos históricos.
Ese bloqueo energético se está extendiendo también a otros sectores esenciales, como los alimentos, los medicamentos y otros bienes de primera necesidad. Empresas y gobiernos que mantienen relaciones comerciales con Cuba son objeto de fuertes presiones. Y la estrategia de intimidación está dando resultados.
Cuba se encuentra hoy prácticamente sola. Países como México, China, Vietnam o España siguen manteniendo relaciones económicas con la isla, pero terminan cediendo ante las presiones de la administración Trump. En estos momentos hay unos 7.000 contenedores con productos esenciales bloqueados cuando se dirigían a Cuba.
El puerto de Mariel, el mayor del país y situado cerca de La Habana, ofrece una imagen desoladora. Grandes empresas extranjeras, como la canadiense Sherritt, del sector minero, o la cadena hotelera española Meliá, están reduciendo o abandonando sus actividades.
Lo que está ocurriendo es una forma de waterboarding económico. Para el cubano de a pie, la situación es devastadora y profundamente angustiosa.
El transporte público, tradicionalmente barato, apenas funciona. El transporte privado resulta prohibitivo debido al precio exorbitante del escaso combustible disponible. En muchos lugares solo hay electricidad durante dos horas al día. Eso significa vivir sin ventiladores, pese a que las temperaturas superan constantemente los treinta grados.
Significa también que los alimentos no pueden conservarse y que, con frecuencia, tampoco hay agua potable, porque no hay suficiente energía para bombearla. Algunos barrios de La Habana llevan meses sin suministro de agua. Muchas familias cocinan con carbón vegetal o simplemente con leña. Sin electricidad tampoco funcionan los ascensores. Basta imaginar lo que supone vivir en un décimo piso.
Como numerosos servicios han dejado de funcionar —por falta de piezas de repuesto o por la escasez de energía—, cualquier trámite puede exigir horas de espera. La recogida de basura también se ha visto gravemente afectada por la falta de combustible y los residuos se acumulan en numerosos puntos de la ciudad.
La escasez de energía, medicamentos y material sanitario obliga además a aplazar operaciones e innumerables tratamientos médicos. Ya son más de 100.000 los pacientes afectados. Ibis nos contó que su padre murió en noviembre porque nunca pudo ser operado. «La mortalidad infantil se ha duplicado», dice con resignación. «Esto es una guerra sin bombas».
Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 Cuba atravesó una grave crisis económica de la que nunca llegó a recuperarse del todo. La situación actual es aún peor. Entonces los apagones duraban unas horas; hoy, en muchas zonas, apenas hay electricidad. Han pasado más de treinta años sin que el país haya podido invertir de forma significativa en infraestructuras. Todo está envejecido y una gran parte se encuentra en un estado de deterioro alarmante.
Además, el peso cubano vale hoy cinco veces menos que en los años noventa, lo que ha ampliado enormemente la brecha entre los cubanos que disponen de dólares —porque reciben remesas del extranjero o trabajan en actividades vinculadas a esa moneda— y quienes solo cobran en pesos. En los años noventa aún existía el fuerte liderazgo carismático de Fidel Castro, capaz de reforzar la resistencia psicológica de buena parte de la población. Ese elemento ya no existe.
Es la segunda vez en una sola generación que el país afronta una crisis económica de semejante magnitud. Treinta y cinco años de dificultades, incertidumbre y escasas perspectivas de mejora terminan pasando factura. Y, sin embargo, la capacidad de resistencia de la población cubana sigue siendo extraordinaria. A pesar de unas condiciones de vida extremadamente duras, no ha perdido ni el sentido del humor ni la capacidad de sonreír. Es algo que comprobamos aquí cada día.
La población tiene muy claro a quién considera responsable de esta situación. Los largos apagones comenzaron justo después de que Trump endureciera el bloqueo energético. Para la inmensa mayoría de la población cubana la relación es evidente. También ha visto cómo ha «ayudado» Trump a la población iraní.
En noviembre se celebrarán elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Hasta entonces la situación seguirá siendo especialmente delicada. Existe la posibilidad real de que Trump quiera convertir a Cuba en un nuevo trofeo político antes de esos comicios. Después, su margen de maniobra podría reducirse considerablemente. En cualquier caso, los próximos meses serán decisivos para la población cubana.
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