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Antonio Ruiz Vilaplana, apuntes para una biografía (I)

Fuentes: El correo de Burgos

Ayer murió víctima de un cáncer Antonio Ruiz Vilaplana, secretario judicial de Burgos, autor de un documento ‘Doy fe… (Un año de actuación en la España nacionalista)’, de gran trascendencia, tras su publicación durante la guerra española y aún en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por poner un ejemplo, una vez ejecutado Mussolini […]

Ayer murió víctima de un cáncer Antonio Ruiz Vilaplana, secretario judicial de Burgos, autor de un documento ‘Doy fe… (Un año de actuación en la España nacionalista)’, de gran trascendencia, tras su publicación durante la guerra española y aún en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por poner un ejemplo, una vez ejecutado Mussolini también conoció la edición italiana, ya que lo importante era denunciar los atroces atropellos del fascismo, y para ello, los de la España de Franco, venían a ser igualmente significativos. Puesto que el citado libro aporta sin lugar a dudas el dato central de su biografía, que en el fondo no es sino el de la guerra civil, abundaré más adelante sobre el mismo.

En principio, he de aclarar la licencia temporal con que abría esta necrológica. En ese ayer desde su muerte han pasado más de 38 años. Tantos como los que le tocó vivir bajo el franquismo en el exilio. Por otra parte, ese largo paréntesis de silencio y olvido fue absoluto en su caso. Nadie escribió entonces su obituario. Su amigo Finki Araquistain, hijo del socialista Luis Araquistain, sí lo tuvo muerto ya el dictador, gracias a la pluma de Víctor de la Serna en El País, aunque -todo hay que decirlo- con menos mérito, como no sea este el de verse envuelto en las gestiones de devolución del Guernica, habida cuenta de que su padre fue embajador en París durante la Exposición Universal del 36 para la cual se encargó la legendaria obra.

Difícilmente nadie hubiera podido escribir esa memoria. Antonio Ruiz Vilaplana llevaba en la internacional Ginebra una confortable vida de funcionario, intérprete de las Naciones Unidas, alejado de los círculos políticos, sin haber vuelto a publicar nada más, salvo un libro reportaje sobre los exiliados españoles en Nueva York, aparecido en México en 1945, y obviamente, con una limitada repercusión.

En su reciente publicación en España por la editorial Zimerman al bosquejar un mínimo apunte biográfico a manera de prólogo así lo hacían constar sus editores. Vilaplana sale de Estados Unidos, tal vez ante la insidiosa presión del macartismo, rumbo a México, puede que en su periplo conociera otros países latinoamericanos, pero insoslayablemente el tiempo y su biografía parecen detenerse en la Suiza de los relojes y chocolatinas, de los lagos y montañas bucólicas…Y eso, a pesar, que de estos clichés se aleja bastante la Ginebra de Calvino, Servet, Voltaire y Rousseau, en tanto que contaba además con una ilustre colonia de exiliados españoles, a la que también habré de referirme en otro lugar.

Esta inmensa laguna al fin ha sido cubierta, como sabrán los lectores de este diario, en parte debido a la visita de sus descendientes helvéticos a Burgos el pasado mayo. Invitados por Carlos Olivares, a raíz de la nueva edición de ‘Doy fe…’: su éxito local demuestra el gran interés que su figura, y especialmente, su testimonio (el cual no puede valorarse íntegramente sin el análisis biográfico del autor) siguen despertando 75 años después.

Y si desconocidos eran del todo sus años finales, otro tanto puede decirse de sus primeros, y sobre todo, sus orígenes familiares. Relata su hijo Miguel que Antonio Ruiz Vilaplana era de padre desconocido, si bien de importante posición social. Es posible que Antonio no llegara a conocerle como tal, hecho en la formación de su personalidad de indudable interés. Es sabido que Vilaplana vivió dos años en Burgos y en anteriores destinos sin la presencia de su mujer y sus 2 hijos españoles (nos dice Miguel que su consorte era mayor que él, fruto tal vez de un matrimonio ‘propio de la época’, entendiendo por tal el de conveniencia). Moviéndonos en terreno tan conjeturable es improbable calibrar el encaje de su vida familiar con el siguiente suceso -en parte trágico, en parte cómico- aparecido en la prensa gallega durante otro agosto, el de 1933. Decía así la breve noticia: «(El Ferrol). Volcó el automóvil que conducía el secretario del juzgado don Antonio Ruiz Villaplana (síc). Su madre política quedó debajo del coche…Los dos fueron recogidos en lastimoso estado.-Corresponsal».

Probablemente, la ausencia paterna en su niñez tuviera que ver con la descomposición de su primera familia, siendo el factor desencadenante la separación forzosa provocada por la guerra civil y su posterior salida a Francia conduciendo un Hispano Suiza vino a fraguar la ruptura definitiva. Vilaplana fue un ávido conductor y gran viajero. Afición esta que le proporcionó gran libertad y le facilitó el trabajo, a menudo, fuera de su residencia familiar.

Dicho lo cual es el momento de exponer las pocas noticias suyas, aunque como verán, suficientemente ilustrativas. Antonio nace en Barcelona el 29 de mayo de 1905. Y no parece precisamente un expósito del popular barrio del Carmen. Su padre, o más bien misterioso padrino, le sufraga los estudios en Madrid desde una temprana edad. En 1920 se aloja en la elitista Residencia de Estudiantes, incluso antes de iniciar la carrera de Derecho. Poco tiempo después los estudiantes debían ser universitarios. En el libro de Margarita Sáenz de Calzada, ‘La Residencia de Estudiantes. Los Residentes’, puede reconocérsele en una foto junto al gran poeta, algo mayor, Emilio Prados. Otros amigos suyos, son Manuel Altolaguirre, nacido justo un mes después, católico y también licenciado en Derecho; y Gustavo Durán, pianista, amigo de Lorca, aviador republicano del que existe una biografía y una novela -‘El soldado de porcelana’- de Vázquez Rial. Ambos coincidieron en el destierro neoyorquino. En el caserón de San Bernardo comparte pasillos y aulas con Francisco Ayala y, como reconoce en su testimonial obra, con Primo de Rivera y los miembros de la recién creada Asociación de Estudiantes de Derecho, dirigida por Serrano Súñer, antagónica de la Asociación de Estudiantes Católicos de Gil Robles.

Mientras en el Madrid brillante, absurdo y hambriento de Valle se estrena ‘Luces de bohemia’ su vida conoce los veranos borbónicos de San Sebastián junto a sus primos.

Enfrentado a los favores de un padre disfrazado de padrino rompe con él, reconociendo o intuyendo un mismo y complicado carácter en sus genes. Para pagar su independencia y el final de sus estudios trabaja de contable en un circo ambulante. Despacha los primeros asuntillos como abogado al aire libre enfrente de su pensión y prepara con éxito las oposiciones a secretario judicial. Nos dice en el libro con acertada prosa acerca de Riaza, su primer destino: «Es este un pintoresco pueblecito segoviano, de tanta belleza y conveniencia para la salud como escasez en los rendimientos profesionales».

Lo cual, sin embargo, le permite vivir buena parte en Madrid. En 1930 se crea el diario Ahora de gran prestigio en los años republicanos. Vilaplana escribe las crónicas judiciales, al tiempo que también participa en el foro como abogado, a veces, como uno de los abogados del propietario del periódico. Ambas funciones las desarrolla con destreza, lo mismo las informaciones periodísticas sobre los tribunales que sus propios informes orales ante ellos. Ejerce más cargos en la capital, como los de letrado del Tribunal de Cuentas y Decano del Colegio de Secretarios Judiciales. Precisamente, un ascenso de categoría como secretario a El Ferrol en 1932 y, especialmente en 1935 a Burgos, terminan por decantar su futuro hacia esta ciudad. Por su propia obra, sabemos que reside en un hotel mientras su mujer e hijos siguen viviendo en Madrid. Contrasta frente a una prometedora carrera profesional su matrimonio y vida familiar, en cuantos las sombras e interrogantes se agigantan.

Es más, solo nos constan los reproches, perpetuados hasta el día de hoy a través de anónimos de supuestas nietas o familiares. De lo expresado al inicio cabe entenderse que cuando menos en Burgos la separación conyugal de hecho era notoria y solo la existencia de dos niños, Carmen y Antonio, mantenía su relación familiar y en parte sus viajes a Madrid. De este modo se entiende que el golpe militar le sorprendiera solo en Burgos, cuando por las fechas (salvo que trabajara su mujer) eran más propicias para la reunión familiar, más si cabe, fuera de los calores de la capital.

Ahora bien, en lo que concierne a su filiación política, las dificultades son parecidas. Y más que por la falta de datos por el hecho contrastable de que Vilaplana en los años de la República, a pesar de su importante vida liberal en Madrid, no se había ‘significado’ gran cosa, cuando lo propio de su condición era lo contrario. Los abogados y periodistas quedaron marcados en su mayoría en un lado o en el otro.

Item plus. En cuanto a su religiosidad, es díscolo con la formalidad de presentarse al obispo, pero nadie duda de su catolicidad. Moderno, liberal, discreto y cuidadoso de su intimidad. De lo contrario, hubiera sido depurado, y desde luego, nunca nombrado a la sazón, secretario instructor de la Comisión de Incautación de Bienes.

Buceando en un vacío casi absoluto contamos por fortuna con un testimonio de una claridad e ironía muy finas. Se trata del diplomático Eugeni Xammar y sus impagables memorias en forma de conversación, ‘Seixanta anys d’anar pel món’ (no hay traducción al castellano). Pues bien, en ellas el memorialista se permite la sorna de payés -nos recuerda al maestro Pla- de dudar del republicanismo de Vilaplana cuando este se presenta en la Embajada de París. Lo veremos pronto.

En ‘Doy fe…’, su autor, (abreviaremos también: ARV), reconoce sus simpatías por el general Mola en su visita a Burgos. En cambio, Franco le parece ridículo, la muchedumbre queda desilusionada por su baja estatura en el funeral de Mola. De hecho, ARV lo ridiculiza en esas páginas cuando el nuevo jefe de Estado queriendo impresionar marcialmente al saludar con energía, brazo en alto, descubre un gran roto en la axila de su guerrera.

A Vilaplana le indigna caer en la cuenta de que el bando nacionalista en realidad está en manos de italianos y alemanes, y más aún, la reacción de la gente «cebándose en el crimen y la venganza sobre el vencido y el contrario en ideas».

En consecuencia, entrar en las razones que determinaron su exilio voluntario resulta bastante problemático. Abandona un medro profesional que había criticado con lucidez en lo que respecta a la oficialidad rebelde. Algo hemos esbozado sobre su situación familiar. Se desprende de la lectura del libro una conciencia ética, luego puesta en duda por la prensa del nuevo Estado, y una escrupulosa sensibilidad ante la represión y las injusticias. En particular, ante el asesinato del gran músico poeta Antonio José. Y añado, hasta puede que pesara más en este hombre, a fin de cuentas, emparentado, sí, con la generación del 27, el rechazo estético al ‘cortejo extraño’ salido el mismo 18 de julio de la catedral, de viejas enlutadas con grandes escapularios y medallas, componiendo «una nota aquelarresca por su negrura y tono sombrío, que contrastaba con el hiriente y deslumbrador colorido de la bandera bicolor desplegada».

Mañana, segunda parte.

Fuente: http://www.elcorreodeburgos.com/noticias/2011-08-14/antonio-ruiz-vilaplana-apuntes-para-una-biografia-1