Israel vuelve a utilizar en Líbano al misma estrategia que ha utilizado en Gaza y Cisjordania. Al exigir a la población “evacuar” y al destruir la arquitectura civil, quiere que sea imposible que las personas que vivían ahí retornen alguna vez.
Theodor Herzl escribió en su diario en 1895 que había que “hacer desaparecer al otro lado de la frontera” a la indigente población de Palestina de forma discreta y cautelosa. Esa idea se convirtió en una política en 1948. Unas 750.000 personas palestinas fueron desplazadas por la fuerza con la Nakba y el recién creado Estado de Israel se apropió de sus tierras. En 1967 se produjo la Naksa. Ocurrió en el sur de Líbano en 1978, 1982, 1993, 1996 y 2006. En cada ocasión el mundo lo llama “crisis”, pero en cada ocasión era una estrategia israelí.
Desde que Israel emprendió su último ataque al sur de Líbano el pasado 2 de marzo [de 2026], han sido desplazadas más de 1,3 millones de personas (casi una de cada cuatro personas de todo Líbano), de las cuales más de 300.000 son niños. Solo en las primeras semanas de los ataques UNICEF constató que cada día se había obligado a abandonar sus casas a al menos 19.000 chicos y chicas. Más de 3.400 libaneses han sido asesinados y más de 10.000 han resultado heridos, una cifra que aumentó drásticamente cuando Israel emprendió la Operación Eternal Darkness, esto es, más de cien ataques en todo el país en solo diez minutos, que provocaron la muerte de al menos 357 personas e hirieron a más de 1.200, aunque se cree que hay muchas más sepultadas bajo los escombros. Se han visto afectados al menos nueves puentes sobre el río Litani y siete han quedado destruidos; han tenido que cerrar 55 centros de atención primaria y hospitales, se ha atacado depósitos de combustible, estaciones de agua y escuelas, el sur del país ha quedado sistemáticamente aislado del resto del país, lo que ha provocado que decenas de miles de personas no tengan acceso a la ayuda humanitaria.
El propio ministro de Defensa, Israel Katz, lo calificó explícitamente de “modelo Beit Hanoun y Rafah”, en referencia a la actual destrucción de Gaza. No se trata de un daño colateral, sino de la misma estrategia e Israel ni siquiera lo oculta. Aun así, continúa adelante: el 1 de junio las fuerzas israelíes atacaron Tiro, la vieja ciudad portuaria del Mediterráneo y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, lo que provocó una nueva oleada de desplazamientos masivos ya que las familias huyeron al norte del país. El alto el fuego, que se amplió a 45 días y que se está renegociando en Washington, no ha detenido nada.
Lo que ocurre hoy en Líbano no es nuevo ni tampoco es una escalada, sino que es la continuación de esas ofensivas anteriores. Los desplazamientos no son una consecuencia de esta guerra, sino que siempre ha sido el objetivo. Para comprender lo que ocurre actualmente en Líbano, tenemos que comprender Gaza. Y para comprender Gaza, debemos remontarnos más atrás.
El manual de estrategia de Gaza
El desplazamiento ha sido un instrumento deliberado de la gobernanza israelíe desde 1948. El historiador Patrick Wolfe lo afirmó rotundamente: “Los colonizadores de asentamiento llegaron para quedarse: la invasión es una estructura, no un acontecimiento”. Señaló que la eliminación “es un principio organizativo de la sociedad de asentamiento colonial, no un hecho excepcional” y se lleva a cabo a través de la anexión de la tierra, el cambio de nombre de los lugares, la demolición de edificios y la eliminación de la herencia cultural, todo ello al servicio de construir una civilización totalmente nueva sobre territorio expropiado. “El colonialismo de asentamiento destruye para sustituir”, escribió Wolfe.
La campaña militar en Gaza después de los atentados del 7 de octubre de 2023 provocó una desplazamiento casi total de su población. A principios de 2024 Israel había arrojado sobre Gaza más de 25.000 toneladas de explosivos, lo que según confirmó la ONU, equivale a dos bombas nucleares. Para abril de 2024 el total de explosivos arrojados sobre Gaza había superado las 70.000 toneladas, que supera el conjunto de toneladas de explosivos arrojados sobre Dresde, Hamburgo y Londres durante la Segunda Guerra Mundial. A fecha de mayo de 2024 más del 90% de la población de Gaza’, unos 1.9 millones de personas, había sido desplazada al menos una vez, aunque muchas personas habían sido desplazadas diez o más veces.
Como prueba de su conducta humanitaria, Israel se jactó de sus órdenes de evacuación, que se difundían mediante folletos, mensajes SMS, códigos QR y emisiones de radio, y que fueron citadas varias veces en la Corte Internacional de Justicia como prueba de que Israel protegía a la población civil. En realidad esas órdenes de evacuación ordenaban a distritos enteros trasladarse en plazos de tiempo imposibles de cumplir a zonas en las que no había comida, agua ni donde refugiarse, y a menudo a zonas que fueron bombardeadas deliberadamente. La relevante investigación de Forensic Architecture concluyó que el sistema de evacuación no había proporcionado seguridad, sino “desplazamientos masivos y traslados forzosos”, en los que “se sometía a la población palestina a bombardeos, disparos, ejecuciones, detenciones y torturas” en los mismos corredores que Israel había calificado de seguros. Las zonas a las que Israel había ordenado a la población que huyeran fueron atacadas en cuanto llegó la población. El 13 de julio de 2024 Israel arrojó ocho bombas de dos mil libras sobre la zona humanitaria de Al-Mawasi que él mismo había creado y mataron al menos a noventa personas, muchas de ellas quemadas vivas en sus tiendas de campaña.
Human Rights Watch llegó a la conclusión de que estas evacuaciones constituían el crimen de guerra de traslado forzoso. La organización de derechos humanos israelí B’Tselem llegó a la misma conclusión en su informe “No Place Under Heaven” [Ningún lugar bajo el cielo] que documentó que los desplazamientos eran una herramienta fundamental del ataque a Gaza. El título de este informe proviene de las palabras pronunciadas por el ministro de Finanzas israelí Bezalel Smotrich durante una reunión del gabinete de seguridad del gobierno israelí celebrada en abril de 2024, en las que pedía “aniquilar totalmente” las ciudades de Gaza: “Borrarás bajo el cielo el recuerdo de Amalec; no hay ningún lugar bajo el cielo”. No era casual la referencia a Amalec, la nación que la Biblia hebrea ordena a los israelitas exterminar totalmente, hombres, mujeres y niños. Benjamin Netanyahu había utilizado la misma comparación en los primeros días de la guerra y Sudáfrica lo citó en su demanda por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia como prueba de la intención genocida del gobierno israelí. Smotrich también calificó la ciudad de Gaza de “filón inmobiliario” y afirmó: “Ya hemos hecho la demolición, que es el primer paso de su renovación. Ahora tenemos que construir”, lo que planteaba claramente los planes de Israel en el lenguaje de la desposesión colonial.
De Cisjordania a Líbano
Esa misma lógica se ha extendido más allá de Gaza. Estudiosos y analistas hablan desde octubre de 2023 de la “gazificación” de Cisjordania, esto es, aplicar a los territorios ocupados unas prácticas de gobierno que se aplican a Gaza desde hace tiempo (el asedio militar, los bombardeos aéreos, los ataques sistemáticos a la infraestructura civil). Drones armados llevan a cabo asesinatos selectivos, aviones de combate atacan zonas densamente pobladas y se demuelen las viviendas.
En 2025 fueron desplazadas internamente más de 40.000 personas palestinas en Cisjordania, la cifra anual más alta desde 1967. Varios destacados ministros israelíes han pedido abiertamente la anexión y la “migración voluntaria” de la población palestina, un lenguaje que los expertos en derechoconsideran un eufemismo de limpieza étnica. Destacadas figuras del sionismo habían hablado explícitamente de la transferencia demográfica en las décadas de 1920 y 1930 y utilizado términos como “transferencia”, “reubicación” y “migración voluntaria”, el mismo vocabulario que se utiliza ahora.
Junto a esta retórica se ha multiplicado a violencia de los colonos. Según los datos registrados conjuntamente por el ejército israelí y el Shin Bet [el servicio de inteligencia y seguridad interior de Israel], los ataques de los colonos aumentaron un 27% en 2025, aunque los ataques violentos (disparos, incendios provocados y agresiones violentas) aumentaron más de un 50%. Se sigue sin exigir responsabilidades a nadie prácticamente nunca. La expansión de las colonias se ha acelerado hasta unos niveles sin precedentes, se han legalizado retroactivamente puestos de avanzada y la construcción de colonias llega hasta lo más profundo del territorio palestino.
Líbano no es un nuevo frente, sino uno viejo que se reabre hoy con una violencia renovada.
Ya se había desplazado anteriormente a la población del sur de Líbano: en 1978, cuando Israel lo invadió por primera vez; en 1982, cuando asedió Beirut y sus campos de refugiados palestinos, un asedio que culminó con las masacres de Sabra y Chatila; en 1993, durante la Operación Rendición de Cuentas; en 1996, durante la Operación Uvas de la Ira, que culminó con la masacre de Qana; y en 2006, cuando casi un millón de personas tuvo que marcharse, aunque la mayoría volvió a las semanas del alto el fuego. Hoy esas mismas comunidades están siendo desarraigadas de nuevo.
Estamos asistiendo a la misma estructura de control, pero aplicada más extensamente. Las órdenes de evacuación se utilizan con la misma finalidad que en Gaza y se destruye la infraestructura civil para impedir que la población retorne. Esto significa hacer deliberadamente que la población esté en una situación precaria, que no se pueda establecer ni reconstruir y tampoco planificar. Vemos con ello que Gaza, Cisjordania y Líbano no son tres crisis diferentes.
El punto ciego europeo
¿Y cuál ha sido la respuesta de la comunidad internacional? La Corte Internacional de Justicia concluyó en su histórica opinión cunsultiva del 19 de julio de 2024 que la ocupación por parte de Israel de los territorios palestinos —Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza— es ilegal según el derecho internacional y debe terminar lo antes posible. Por otra parte ha dictaminado que en Gaza hay un riesgo plausible de genocidio. A continuación la Asamblea General de la ONU exigió a Israel en septiembre de 2024 que pusiera fin a su presencia ilegal [en Palestina] en un plazo de doce meses. Israel ha ignorado ambas resoluciones. El Consejo de Seguridad de la ONU está estructuralmente incapacitado para actuar: Estados Unidos ha vetado siete veces resoluciones de alto el fuego, cada una de las veces con su único voto en contra de resoluciones que apoyaban los otros 14 miembros del Consejo de Seguridad.
Mientras tanto, según el proyecto «Costes de la Guerra» de la Universidad de Brown, Estados Unidos ha proporcionado a Israel al menos 21.700 millones de dólares de ayuda miliar desde octubre de 2023, la mayor cifra anual en gasto militar de todos los tiempos. Junto ha esto, se ha seguido enviando armas a Israel desde varios Estados europeos. Las armas que han arrasado los barrios de Gaza, bombardeado sus hospitales y quemado vivos a población civil dentro de sus tiendas de campaña han sido en gran parte suministradas por los mismos gobiernos que ahora expresan su preocupación por las condiciones humanitarias en Líbano.
Llevo años investigando las migraciones, las fronteras y los desplazamientos en toda la región mediterránea. Periodistas de toda Europa me preguntan diferentes versiones de la misma pregunta: ¿Nos enfrentaremos a nueva crisis de refugiados?¿Deberían preocupar a Europa los flujos [migratorios]?
Esta pregunta es muy reveladora. A la mayoría de la opinión pública europea y a sus gobiernos lo que más les preocupa no es lo que le ocurre a la población de Líbano, sino cómo mantener lejos a esas personas, cómo impedir que se repita lo ocurrido tras la guerra civil en Siria y la llamada crisis de refugiados en 2015. Mientras tenían lugar los intensos bombardeos sobre Gaza desde octubre de 2023 no había esa preocupación, porque los habitantes de la Franja no tenían donde huir, estaban confinados dentro de Gaza. Algunos gobiernos europeos ni siquiera contemplaron la posibilidad de una evacuación médica de niños en estado crítico. Dinamarca denegó hacerlo a pesar de una petición formal de la Organización Mundial de la Salud a los Estados miembros de la Unión Europea y a pesar de haber evacuado y tratado a más de doscientos pacientes ucranianos alegando en una respuesta por escrito al Parlamento preocupaciones migratorias.
En Gran Bretaña el primer ministro Keir Starmer tuvo que tranquilizar a la opinión pública asegurando que no se acogería a refugiados palestinos en el país en el marco de un programa para refugiados de guerra. Solo se activa el miedo de Europa a los desplazamientos cuando hay posibilidad de que haya movimiento.
La Comisión Europea se comprometió en mayo de 2024 a destinar 1.000 millones de euros en ayuda al Líbano hasta 2027. Este paquete incluía fondos para la gestión de fronteras y operaciones contra el tráfico ilegal, y los primeros 500 millones de euros se vincularon explícitamente a reducir las salidas irregulares por mar hacia Chipre y a estudiar marcos de “retorno voluntario”. Líbano se posicionó no solo como un país de acogida en crisis, sino como un socio de primera línea en la propia estrategia de Europa para contener los flujos migratorios. Se trata de la práctica cada vez más común de la externalización: externalizar a terceros países fuera de Europa la gestión de los desplazamientos, al tiempo que no se abordan en absoluto las condiciones que provocan los desplazamientos.
Líbano alberga ya una de las mayores cantidades de refugiados per cápita del mundo, ya que alberga desde hace tiempo a comunidades palestinas y a más de un millón de sirios desplazados desde 2011. Financiar a este Estado para que vigile sus propias fronteras en medio de una ofensiva israelí que está provocando activamente nuevos desplazamientos es la misma lógica de contención que funciona en Gaza y Cisjordania.
Lo que está teniendo lugar en Gaza, Cisjordania y el sur de Líbano no es una secuencia de emergencias, sino una estrategia deliberada y recurrente de los gobiernos israelíes y que está arraigada en décadas de colonialismo de asentamiento y de control militar. Las órdenes de evacuación, los ciclos de combates y retorno forzoso y la destrucción sistemática de las infraestructuras civiles son hoy los instrumentos de la guerra y del expansionismo israelíes.
Los desplazamientos provocados en Gaza y Líbano se han normalizado precisamente porque la comunidad internacional ha elegido sistemáticamente la gestión de las migraciones antes que exigir responsabilidades. Lo que parece una crisis es el efecto de políticas deliberadas, y lo que parece una respuesta humanitaria es con demasiada frecuencia la infraestructura de contención disfrazada del lenguaje de la protección.
La pregunta no es si Europa se enfrentará a una crisis de refugiados, sino si el mundo finalmente abordará la creación deliberada de desplazamientos como lo que siempre ha sido, una estrategia de de gobernanza, y responderá con el reconocimiento, la exigencia de responsabilidades y la reparación basada en los derechos que exige.
Ahlam Chemlali es una investigadora sobre migración y cuestiones fronterizas críticas, especializada en desplazamientos y conflictos. Codirige el Centre for the Study of Coercion and Accountability (CECA) de la Universidad de Aalborg de Copenhague (Dinamarca).
Texto original: https://jacobin.com/2026/06/israel-ethnic-cleansing-lebanon-palestine
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