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LA II cumbre de la CELAC y la Declaración de La Habana

¡Cómo cambian los tiempos!

Fuentes: Rebelión

Cómo rémora de ese pasado vergonzoso sólo pervive el bloqueo criminal de los Estados Unidos y una OEA moribunda, amenazada ineluctablemente de una muerte natural y merecida. Ante la realidad histórica de hoy, existen ineludibles análisis que permiten juzgar de qué manera «se hace camino al andar». La reciente Declaración de La Habana y las […]

Cómo rémora de ese pasado vergonzoso sólo pervive el bloqueo criminal de los Estados Unidos y una OEA moribunda, amenazada ineluctablemente de una muerte natural y merecida.

Ante la realidad histórica de hoy, existen ineludibles análisis que permiten juzgar de qué manera «se hace camino al andar». La reciente Declaración de La Habana y las declaraciones especiales aprobadas por unanimidad en la II Cumbre de la Celac, han puesto de manifiesto el sentir y pensar, en la voz de los gobiernos de 33 naciones representadas, de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Si tenemos en cuenta la corta vida de esta organización continental, causa asombro que se haya producido el rescate de los sueños primigenios de los fundadores sobre la necesidad de la unión, pasando por encima de asuntos secundarios que imprimen diferencias nacionales en cuanto a ópticas de los problemas propios y ajenos y, por supuesto, de sus posibles soluciones.

Emergen, pues, pujantes ideas que a corto y largo plazo, en un mundo plagado de calamidades y amenazas, resultarán beneficiosas para un fin último alcanzable: la mayor cuota posible de felicidad de los pueblos. Las fuerzas de cada pueblo unidas a las solidarias de todos, -sin ojerizas malsanas, sin competencias desleales, sin puñaladas fratricidas- harán posible en el hoy y el mañana lo que no se pudo lograr durante dos siglos. Desde 1881 Martí lo había reflejado en sus Apuntes de esta manera brillante: «¡Pues en igual continente, de iguales padres, y tras iguales dolores, y con iguales problemas, -se ha de ir a iguales fines!»

Por tanto, la fundación de la Celac y la celebración de las cumbres en Chile y Cuba marcan la ruptura con un pasado de desunión y sometimiento a la égida de EE.UU, y el surgimiento de una nueva época de unidad y cooperación entre los pueblos de nuestra America, según la definiera José Martí.

  El hecho de que Cuba participara en la fundación de la Celac, que la presidiera en su segundo año, que su capital fuera sede de la II Cumbre y que aquí se firmara unánimemente la Declaración de La Habana, tiene una significación extraordinaria si tenemos en cuenta una época anterior en la que los Estados Unidos usó su influencia descomunal para aislarla contando con el apoyo de gobiernos vendepatrias.

Las agresiones diplomáticas de los Estados Unidos contra el gobierno revolucionario se instrumentaron desde bien temprano en el seno de la OEA, bautizada por Raúl Roa, Canciller de la Dignidad, como «ministerio de colonias yanki». Así en 1960 los Estados Unidos, apoyado por gobiernos genuflexos – representantes de oligarquías nacionales y varios regímenes dictatoriales-, logró una condena contra Cuba recogida en la declaración de Costa Rica. Previamente, para conseguir sus propósitos, EE.UU. quitó a Cuba la cuota azucarera en el mercado norteamericano y la repartió entre los países productores, además aprobó un crédito de 600 millones para ofrecerlos como dádivas a esos países. ¡Vaya compra y soborno!, para exigir y obtener el voto que requerían en la OEA. Con razón Fidel en el discurso de 2 septiembre de 1960, en Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, planteó «nosotros le decimos al imperialismo que lo que vale no es la opinión de la oligarquía, que las oligarquías se pueden vender; pero los pueblos hermanos de América ¡jamás se venderán por ningún oro del imperialismo yanki!»

A este respecto vale recordar algunos fragmentos de la canción América Latina del grupo Calle 13: «Tú no puedes comprar mi alegría/ tú no puedes comprar mis dolores/ ¡tú no puedes comprar mi vida!»

Ante la condena a Cuba en Costa Rica por supuestas amenazas extraterritoriales chino-soviéticas, Cuba, que no mantenía relaciones con la China Popular sino con la China de Formosa, acordó soberanamente en ese acto la ruptura con la última y el establecimiento de las relaciones con la República Popular China. También aprobó otros enunciados de principios, apelando a la solidaridad de los pueblos para divulgarlos y defenderlos.

En la conocida como Primera Declaración de La Habana, se condenó «en todos sus términos la denominada Declaración de San José de Costa Rica, documento dictado por el imperialismo norteamericano, y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del Continente».

La Segunda Declaración de la Habana, fue adoptada el 4 de febrero de 1962, también en Asamblea General del Pueblo de Cuba, para dar la respuesta condigna a la Declaración de Punta del Este, Uruguay, donde se acordó la expulsión de Cuba por el voto de 14 de los 19 países de la OEA, y a consecuencia de la cual todos los países rompieron sus relaciones con Cuba, con la excepción de Méjico.

A los argumentos de la reunión y declaración de Punta del Este, Cuba, en voz de Fidel, declaraba que: » En Punta del Este el imperialismo yanki reunió a los cancilleres, para arrancarles mediante presión política y chantaje económico sin precedentes, con la complicidad de un grupo de los más desprestigiados gobernantes de este continente, la renuncia a la soberanía nacional de nuestros pueblos y la consagración del odiado derecho de intervención yanki en los asuntos internos de América; el sometimiento de los pueblos a la voluntad omnímoda de Estados Unidos de Norteamérica, contra la cual lucharon todos los próceres, desde Bolívar hasta Sandino. Y no se ocultaron ni el gobierno de Estados Unidos, ni los representantes de las oligarquías explotadoras, ni la gran prensa reaccionaria vendida a los monopolios y a los señores feudales, para demandar abiertamente acuerdos que equivalen a la supresión formal del derecho de autodeterminación de nuestros pueblos, borrarlo de un plumazo, en la conjura más infame que recuerda la historia de este continente».

En el transcurso de más de cincuenta años la evolución de los acontecimientos ha sido favorable a Cuba, el país que desde sus orígenes como nación insurrecta frente a España expresó su vocación latinoamericana, en voz de su presidente Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, al señalar en carta de 1871 que «… la República de Cuba considera como hijos propios a los hijos naturales de Venezuela y demás Repúblicas sudamericanas».

  Hoy Cuba mantiene relaciones de amistad con los 33 estados que integran la Celac, fue fundador de esta organización, fue miembro de la troika hasta la I Cumbre en Chile, asumió la Presidencia allí durante un año y presidió la II Cumbre en La Habana, marco en el cual se aprobó la Declaración de La Habana, se proclamó a América Latina y el Caribe como zona de Paz y se entregó la presidencia a Costa Rica.

Cómo rémora de ese pasado vergonzoso sólo pervive el bloqueo criminal de los Estados Unidos contra Cuba, condenado durante veinte períodos en la Asamblea General de la ONU y ahora también en la II Cumbre de la Celac, y una OEA, desprestigiada y moribunda, amenazada ineluctablemente de una muerte natural y merecida.

No hay dudas que se está viviendo un cambio de época y América Latina y el Caribe están también en camino de dejar de ser, definitivamente, el patio trasero de la rapaz potencia del Norte, para convertirse en la avanzada de la paz y la solidaridad en América.

Y es una verdad de este hoy prometedor que, como expresara Martí, «se está en un alba, y como en los umbrales de una vida luminosa», y que si ayer «sentina fuimos», hoy «crisol comenzamos a ser».